Paisajes
En el más verde de nuestros valles, habitado por los ángeles buenos, antaño un bello y majestuoso palacio -un radiante palacio-alzaba su frente. En los dominios del rey Pensamiento, allí se elevaba. Jamás un serafín desplegó el ala sobre un edificio la mitad de bello. Banderas amarillas, gloriosas doradas sobre su remate flotaban y ondeaban (esto, todo esto, sucedía hace mucho, muchísimo tiempo); y a cada suave brisa que retozaba en aquellos gratos días, a lo largo de los muros pálidos y empenachados se elevaba un aroma alado. Los que vagaban por ese alegre valle, a través de dos ventanas iluminadas, veían espíritus moviéndose musicalmente a los sones de un laúd bien templado, en torno a un trono donde, sentado (porfirogénito) con un fausto digno de su gloria, aparecía el señor del reino. Y refulgente de perlas y rubíes era la puerta del bello palacio por la que salía a oleadas, a oleadas, a oleadas y centelleaba sin cesar, una turba de Ecos cuya grata misión era sólo cantar, con voces de magnífica belleza, el talento y el saber de su rey. Pero seres malvados, con ropajes de luto, asaltaron la elevada posición del monarca;(ah, lloremos, pues nunca el alba despuntará sobre él, el desolado) Y en torno a su mansión, la gloria que rojeaba y florecía es sólo una historia oscuramente recordada de las viejas edades sepultadas. Y ahora los viajeros, en ese valle, a través de las ventanas rojizas, ven amplias formas moviéndose fantásticamente en una desacorde melodía; mientras, cual un rápido y horrible río, a través de la pálida puerta una horrenda turba se precipita eternamente, riendo, mas sin sonreír nunca más.
La caída de la casa Usher (1839) - Edgar Allan Poe
Construida en 1812, una granja de madera fue el último hogar de Edgar Allan Poe, quién murió en ella en 1849. Esta construcción de tablas de madera blanca hoy sobrevive en medio de un vecindario hispano de pantalones anchos y gorras de los Yankees en el centro del Bronx. No tiene nada que merezca la pena, aunque el Edgar A. Poe Cottage haga las funciones de museo dedicado al gran escritor.
Sólo más llegar a Nueva York me empapé de los cuentos y relatos de Poe. Su prosa magnética y profundidad psicológica enlazaron directamente con la llegada de un cielo gris sobre Manhattan. Es el gris característico del otoño e invierno neoyorkinos. Sin lluvia, sin viento, sin niebla, pero un gris difuminado arropando a esta metrópoli de vértigo.
No llevaba mucho tiempo en Nueva York cuando hice mi primera visita al Metropolitan Museum. En este templo del arte, donde uno puede gastar días en degustar las salas, andaba paseando cuando llegué a la galería de arte europeo. En una de las salas de pintura española, hay una dedicada a El Greco. Allí, sólo más cruzar el umbral, se topa uno, justo enfrente, con Paisaje de Toledo. Dejando atrás el gigantesco lienzo de Cristo en la cruz y a un lado los espectros que dan vida a La adoración de los pastores, el cuadro de Paisaje de Toledo me llamó en silencio como un cuento de Poe, que en esos días estaba devorando. A dos palmos de la obra, sentí escalofríos, pensé en Poe, en la máscara de la Muerte Roja y en la casa Usher. Sin embargo, era fascinante contemplar ese cuadro de El Greco.
Y lo sigue siendo. Siempre que voy al Metropolitan necesito verlo. Algunas veces intento explicárselo torpemente a la gente que me acompaña, pero quedo como un extraño. Tal vez, no están perdidos en el efecto Poe, o el efecto El Greco. Lo que sea. Estos días, con un sol de verano insustituible, a veces me sube el mismo escalofrío, sólo de pensar que la casa de Poe y Paisaje de Toledo terminarán quedando mucho más lejos.

La lista de pretendientes se cuenta por decenas de miles pero Anderson Cooper sólo tiene ojos, hoy por hoy, para la CNN, ya se sabe, la cadena de noticias más famosa del mundo. Desde el pasado 2001, este periodista se debe a la CNN aunque saltó a la fama no hace mucho tiempo, tras cubrir la guerra de Irak en plena línea de batalla o el desastre del huracán Katrina. Labores de servicio suficientes para impulsar una inigualable carrera periodística. Así hasta alcanzar su recompensa con un programa exclusivo: Anderson Cooper 360º, que consiste en un dinámico programa de reportajes con cobertura mundial y con sede en la Gran Manzana.

No hay nada mejor que dejarse caer por ahí una mañana de domingo cuando el viejo Bobby está vestido de traje y corbata, como manda la tradición en Harlem. La casa feliz de Bobby apenas es más grande que una panadería. Al entrar, llama especialmente la atención la colección de fotografías que posee este anciano. En un tablón acristalado con colores de otra época, Robinson aparece retratado junto a figuras tales como Fats Domino, James Brown, Smokey Robinson o Solomon Burke. De aquellos maravillosos años, para coleccionistas, hay un disco dedicado al Mr. Robinson llamado ‘El fuego y la furia’.

The View se encuentra dentro de las dependencias del hotel Marriot Marquis Times Square, en la Avenida Broadway. Para acceder al restaurante, se tiene que entrar al hotel y coger unos ascensores que llevarán volando al piso 58 del edificio. Lo de volar es casi literal pues los ascensores, unas capsulas acristaladas propias del siglo que viene, suben a una velocidad generosa mientras se deja ver el interior del hotel. A medida que se sube, el Marriot Marquis se asemeja más a un alojamiento de ciencia ficción, donde tal vez se aloje en alguna de sus habitaciones la princesa Leia con su amante Han Solo.

Grand Central Terminal está formada de centenares de zapatos y zapatillas, tacones y plataformas, que crean al unísono un sonido inigualable, como un murmullo de un río en mitad de la montaña. Bajo el mármol, esas huellas de fugacidad, adosadas a todo tipo de palabras, suenan casi a canción celestial, añeja, en una ciudad de dispares bocinas. Pero también está formada por sombreros, gabardinas, faldas o vestidos de encaje que esperan la llegada o la salida de un tren en alguna de sus ventanillas, donde lamparitas metálicas caen en curva. Un reloj plateado, que a la luz del día engaña por su tono oro, preside el tránsito, mientras en el techo se recoge un cielo verde azulado con estrellas, como un mar con cochas salteadas, recreando constelaciones que parecen salidas de una mitología muy lejana, frente a las barras y estrellas que rigen una gran bandera de los Estados Unidos.