On my way
Reconozco que me hacía falta ir a un concierto, encontrarme de lleno con la música en vivo, más ahora que como habéis apuntado algunos ha estado Bruce Springsteen de gira por España y me lo he perdido. Desde que estoy en Nueva York no escuchó toda la música que me gustaría ni voy a todos los conciertos a los que suelo asistir en Madrid. Tampoco leo tantos libros ni veo semanalmente las películas que tengo por costumbre. Hasta ahora ha sido por una falta real de tiempo, y supongo que también por una falta de organización. Con este concierto siento que las cosas empiezan a volver a su sitio y así lo espero, porque os aseguro que me notaba cada día más desajustado por dentro.
El caso es que he ido a ver a Ben Kweller, un cantante estrictamente neoyorkino. Si no le conocéis, os lo recomiendo. No cambiará la vida a nadie pero su música desprende una agradable empatía hacia la inocencia que se le supone al rock´n´roll. Uno de sus padrinos es Nils Lofgren, guitarrista de la E Street Band de Bruce Springsteen, y ha contado en la producción de sus trabajos con el gran Ethan Johns, colaborador entre otros de Ryan Adams, Whiskeytown, Emmylou Harris, Rufus Wainwright y Kings of Leon.
El concierto fue en el Webster Hall, que se encuentra en la calle 11, a pocos pasos de Union Square. Esta sala es una de las tantas maravillosas que tiene Nueva York, demostrando que la ciudad aprecia más la música que el aire que respira. Madrid queda a años luz en este aspecto, de verdad. El Webster Hall recuerda por dentro a una especie de templo budista, decorado con motivos florales y dragones e iluminado en una perfecta combinación de oscuro y violeta. Es una sala espaciosa y ancha, con una barra que no molesta en la entrada y otra en una habitación lateral. El sonido es muy bueno.
La producción musical de Nueva York no tiene semejanza con nada. Muchas salas programan hasta tres teloneros que acompañan al cantante o grupo principal. Todo está debidamente anunciado y los horarios se cumplen sin problemas. Hay una oferta musical inabarcable, siendo el jazz, el rock y el folk las propuestas más abundantes.
La actuación de Ben Kweller me sorprendió realmente. La fragilidad de sus discos (mi preferido es On my way, 2004) se tradujo en un concierto personalísimo. Se podría decir que es un songwriter de los de antes enamorado de los clásicos del rock´n´roll. Empezó con la guitarra en una puesta de escena folk, para acercarse al piano en la cuarta canción. A partir de entonces salió la banda ofreciendo una fiesta sencilla, sin sobredimensiones, que traía el mejor espíritu rockero buenrollista, en el buen sentido del término.
Después de lo visto, me atrevo a decir que Ben Kweller, adorado por la juventud neoyorkina, es un rara avis a medio camino entre el Billy Joel de The Stranger (1977) y el Bruce Springsteen de The River (1980). Un tipo que con su corazoncito neoyorkino te conquista con buenas palabras y buenos acordes. Para qué queremos más cuando no se puede tener todo.


