Misa gospel en Harlem
Harlem hace tiempo que dejó de ser territorio vedado para la población blanca, a pesar de que el vecindario cuenta con un 90 por ciento de negros afroamericanos. Tal vez porque Harlem hace tiempo que dejó de ser el mito de Harlem, pues Bill Clinton, el primer presidente negro de los Estados Unidos, trasladó sus oficinas en mitad de Malcom X Boulevard y alquilar un piso allí empieza a tener el mismo precio que hacerlo en cualquier otra parte de Manhattan. Situación que no impide decir que por el momento tampoco Harlem es Greenwich Village, pues las casas coloniales de principios del siglo XIX de un sitio y otro muestran evidentes diferencias y esconden aún más abismos, ni la noche de Harlem es un paseo nocturno apto siempre para el más gallardo de los solitarios. Posiblemente, hoy en día, sea una misa gospel lo que mejor ejemplifique eso que todo el mundo conoce como Harlem.
Una misa gospel es un asunto muy serio para el ciudadano negro que participa, para el creyente que acude cada domingo a cantar sus oraciones. Una misa gospel es un espectáculo para el turista blanco, una actividad de recreo para el curioso. Formo parte de esa segunda banda, que aún distanciándome del pelotón que acude a las iglesias no deja de ser un simple observador que a veces se emociona. No es para menos. He asistido a varias misas gospel porque me gustan de verás y todas han conseguido, en un momento u otro, ponerme los pelos de punta.
Sólo cuando se llega a la iglesia a uno le hacen sentir que va a formar parte de algo especial. En la entrada, los hombres reciben trajeados a la gente, dando los buenos días y preguntando por el lugar de procedencia. Un recibimiento tan sólo superado por la llegada señorial de las mujeres, que de domingo visten con largos sombreros y guantes de terciopelo. Señoras de rojo tambaleando sus anchuras por el pasillo hacia la capilla. Señoritas de amarillo peinadas con delicadeza en la jornada festiva. Todas sonriendo. Entre ellos, hay un sentido de la comunidad sincero que logran transmitir desde el primer segundo de llegar a la iglesia.
Por los general, los turistas y curiosos no suelen compartir espacio con los feligreses, pero esto no siempre es así y en varias ocasiones o según las circunstancias unos y otros se mezclan entre los bancos de la capilla. El problema, si así puede llamarse, viene por lo que ahora la misa gospel se ha convertido. Hace dos años, había parroquias que sobrevivían a la llegada masiva de los hoteles y sus turistas. Hoy es tarea imposible. Cada domingo, la misa gospel forma parte del tour, que aprovecha la comunidad creyente como un ingreso regular de dinero. No cobran entrada, pero no hay quién se resista a donar algunos dólares tras un canto gospel acompañado de un coro.

Una misa gospel no por ello deja de ser auténtica, si así quiere decirse, pero sí está visitada de más. La dosis de visitas está tan explotada que es difícil no verlo en la mayoría de las veces como un espectáculo ajeno a la misa. Pero lo cierto es que son los feligreses los que hacen creer lo contrario. Puede que el problema lo tengamos nosotros, los curiosos, y no ellos.
El rito transcurre con mujeres mayores, que acuden con fe ciega al acto, pidiendo al resto de la gente levantarse y participar en la misa. Asombra verlas gritando "Dios gana", "Aleluya", "Yeah" o "El Señor es mi padre" en mitad de la liturgia, como una respuesta, y de manera espontánea y desordenada, sin más pretensión que soltar lo que parecen llevar dentro. Tanto como ver pedir perdón apoyados contra la pared, como castigados en el colegio. El pastor baptista grita, enloquece, susurra y se dirige a la cara de los presentes. Es un showman, no falto de escenificaciones. Un párroco católico español se daría pena a sí mismo frente a un tío de estas facultades comunicativas.
Aún más digo por el coro de la iglesia. Las canciones de misa de un sitio y otro distan tanto como los dos polos polares. En la misa gospel, voces agudas solistas, masculinas y femeninas, cantan arropadas por una batería, un órgano y dos coros, uno formado por hombres y otro por mujeres. Rezan cantando y baliando. Es un concierto. Llevan la música en la sangre, puede que, como decía Lorca hablando de los negros de Harlem en Poeta en Nueva York, no hay rubor, tienen sangre furiosa por debajo de las pieles. Es gospel, ese género propio de las celebraciones que vehiculiza las complejidades del alma en sus ánimos entregados de fiesta y redención. Mientras tanto, las mujeres se ofrecen cantando y bailando, en la medida de lo que pueden, con las manos en plegaria. A veces, todos se reúnen en el centro del altar y hacen una gran piña. Otras, los niños crean sus propias escenografías coloridas.
Podría decirse que todo forma parte del mismo show, para deleite del turista, sino fuera porque las lágrimas que desprenden las mujeres y los hombres, los pañuelos que se dejan unos a otros o el cantante que asegura que lleva preparando toda la semana el siguiente canto a Dios para terminar reventado en un lloro sin soltar el micrófono, son situaciones tan emotivas como ciertas.
Cuando los turistas abandonan la misa, ésta sigue sin más. He tenido oportunidad de quedarme a las tres horas que en total suele durar un misa gospel. Normalmente, continúan con sus cantos y actos a la vez que todas suelen dedicar el tiempo sin turistas a hablar de las actividades que la comunidad oferta para los feligreses. Los planes y horarios para ayudar a la gente sin recursos, a las amas de casa o los niños.
Los turistas y curiosos se van con caras de incredulidad, asombro, reparo, empatía. He visto todo. Alguno llegaba exigiendo un circo dentro de su programa de viaje. Otro, medio en lágrimas, poniéndose una mano en el corazón mientras tira besos con la otra. Pero siempre es algo ajeno, que no se puede entender nunca del todo. Porque una misa gospel es así como un ghetto abierto al público, que aún sin barreras se guarda siempre para sí mismo su secreto, porque no pertenece al hombre blanco.


