Hombre blanco clamando a Dios
"Oh my God!", exclama. "Oh my God!", repite a los pocos segundos. Deja caer las palabras, sentado en uno de esas butacas de madera que habitan el nuevo trasbordador de ferry hacia Staten Island. Viste chaquetón gris, pantalones de pana grises y oscuros zapatos de un negro desteñido. Su cara tiene algún detalle de una suciedad incierta, que hace juego con su garabateado pelo gris. "Oh my God!", vuelve a sonar de su boca. Está rodeado de gente que espera coger ese ferry hacia a la isla, la mayoría turistas dispuestos a quemar sus cámaras digitales tirando fotos al skyline y la Estatua de la Libertad, pero él no mira a nadie y tampoco se siente observado. Algunos niños luchan por quedarse afónicos a lo lejos. "Oh my God!", revienta el hombre en un grito. "Oh my God!", añade a lo que antes había dicho. Su mirada se levanta, sin encontrar descanso. "Oh my God!". "Oh my God!". Se incorpora, se desabrocha el único botón de la chaqueta que queda colgando, mientras por los altavoces una dulce voz femenina anuncia la llegada del barco. Como si fuese un capítulo que está cansado de vivir, ese hombre de paso torpe se va cuando todo el mundo viene. Busca la puerta de salida cuando la gente se amontona para coger el ferry y, si no lo ha dejado claro para quién estuviese haciendo caso a lo que estaba diciendo, repite incrédulamente: "Oh my God!"



con su exclamación, su soledad, su desamparo...
y cómo no haber leido esta posdata, antes... (Comment this)