Murray's Bagels
Nueva York debe a la inmigración del siglo XIX procedente de Centro Europa muchas cosas, pero en una ciudad donde comer a todas horas y en cualquier sitio es un hobby diario, no hay ni habrá deuda más importante que la introducción del bagel, esa rosquilla de pan denso que suele ir rellena de cualquier condimento y tiene tantos adeptos como los mismísimos hot-dogs.
Con su puerta acristalada y sus dos grandes ventanales a ambos lados de una pequeña entrada de madera blanca, Murray's Bagels recuerda más a una antigua barbería que a un restaurante de comida. En Manhattan, es casi imposible que un sitio de alimentación, desde los delis hasta otros más finos, no ofrezca bagels en su carta. Se cuentan por decenas las tiendas especializadas en la venta de este producto. Murray's Bagels es una de ellas, pero con la salvedad que su interior recoge un ambiente que pasaría por cualquier cafetería de Greenwich Village.
En pleno tránsito de la 6th Avenue, a la altura de 13th Street, esperan dos banquitos de madera a la entrada de Murray's Bagels, donde se esconde un muestrario de rosquillas de pan que recorre todos los sabores y sorprende a la imaginación más dada a las grandes ideas. Al abrir la puerta, con el nombre escrito sobre el cristal bajo letras de imprenta negra, se deja oír un ligero chirriar, más propio de una película de género negro que de una ciudad donde se multiplican cada vez más las alarmas de rayos infrarrojos que avisan de la entrada de clientes. Enfrente, un amplio mostrador se halla su doble barra de servicio y preparación de bagels. Antes de alcanzarla, a la derecha hay un autoservicio de bebidas y a la izquierda descansan ocho pequeñas mesas.
Murray's Bagels es un local habitado por la madera. Las sillas que acompañan a las mesas, las banquetas que se estiran al otro lado, para los solitarios que prefieren comer su bagel mientras ojean anuncios por palabras pinchados en un gran corcho, o el mismo suelo de aspecto viejo, están formados de madera con diferentes tonalidades. Puede que sea uno de los motivos que aporta al local un toque cálido, aunque realmente es esa música de jazz que nunca deja de sonar lo que crea un ambiente confortable. Un gran cuadro de un trompetista es la única decoración del local, mientras los sonidos del jazz clásico envuelven la atmósfera con olor a levadura. Muchísimos transeúntes llegan, piden su bagel y se lo llevan para comer por el camino.
La variedad de los bagels hace difícil seleccionar uno. Los hay dulces, salados, vegetales o una mezcla de todo. Eso hace que los precios oscilen dependiendo de la elección. Uno de los más baratos (2,99$) es el de huevo, propio para la hora del brunch (ese espacio de tiempo que los neoyorkinos no perdonan cada día entre el desayuno y la comida), o el de queso untado, el más típico de todos. A mí me encanta el de beef con mostaza (7$) que viene relleno hasta los topes y acompañado de una porción de ensalada de col.
Pero lo mejor viene después, si se está sin más compañía que esa circunferencia de pan, a la hora del almuerzo, no hay mejor sitio que la mesa pegada a uno de los dos grandes ventanales. Lo que hay que hacer es sentarse y disfrutar el bagel con el goteo constante de los que entran y se van y, sobre todo, con el ritmo loco de la 6th Avenue, que en la mayoría de las veces encuentra su punto culminante cuando una trompeta se dispara haciendo swing redondo.



Tu historia, Víctor, es muy buena. :-) A mí me paso algo parecido la primera vez que intenté ir comiendo y andando por la calle pero con un trozo de pizza! (Comment this)
Me iré pasando por este blog que parece realmente interesante, y NY nos apasiona. Un saludo. (Comment this)