New York Public Library
Era una mañana soleada y quería visitar la Biblioteca Nacional de España, erigida en el Paseo de la Castellana entre Plaza Colón y Cibeles. Con amabilidad de funcionario, se me indicó que para acceder a la Biblioteca Nacional era necesario tener una autorización previa de investigador. Mi simple curiosidad no estaba autorizada por nadie, así que me quedé sin entrar al edificio y con cara de sorpresa mayúscula. Acababa de regresar de mi primer viaje neoyorkino, y, claro, allí había gastado varias mañanas de un verano caluroso en las salas de la New York Public Library, abierta para el gozo y disfrute de todo el que quiera desde 1849.

Con su fachada de mármol blanco, la Biblioteca Pública de Nueva York es la sede del sistema bibliotecario público más extenso del mundo, que descansa en la 5th Av. a la altura de la 42nd Street. A primera vista, es una construcción imponente, que pasaría por una construcción digna de la mejor época de la Roma de Augusto, gracias a una triple arquería de tipología clásica y elegantes columnas corintias. Pero las bocinas de los taxis y los transeúntes que hablan por sus móviles, sentados en las escaleras de entrada, delatan el vivir de los días. Los escalones están flanqueados por los majestuosos leones reclinados que, según aseguran desde la propia biblioteca, son símbolo de la policía de Nueva York.
Si la entrada exterior es para recordar, lo que se esconde en esas paredes es aún más impactante. El interior de la biblioteca es un sueño de mármol. A ambos lados de un amplio hall, dos escalinatas dignifican el paso de las personas hasta hacerlo decimonónico. Se suben escalones como se pasan páginas de un incunable. Con ese mimo, se llega hasta la Reading Room (sala de lectura), donde las palabras flotan en un espacio repleto de vida.
Esta sala de lectura es una de las grandes maravillas de Nueva York. Bajo un techo de madera pulida, se dan cita diariamente decenas de lectores, algunos con sus portátiles conectados, que habitan largas mesas que se distribuyen en fila. Unas confortables sillas de madera y unas lamparitas grises, perfectas para refugiarse en la lectura, forman parte de esta historia que alimenta al espíritu. Hileras de libros antiguos recorren las paredes, mientras la luz de unas elegantes lámparas que cuelgan del techo se refleja con timidez en un suelo de baldosa. Aunque son unos grandes ventanales
, que muestran un cielo blanco y el recodo de algún edificio, los que iluminan el ambiente.
Cualquiera puede pasear por esta sala. No hacen falta autorizaciones ni recomendaciones. Uno puede ojear los libros que allí descansan. O tirar una foto con sumo cuidado. Como cualquiera con residencia en Estados Unidos puede hacerse socio de la Biblioteca Pública de Nueva York. Yo mismo lo hice en dos minutos; lo que tardé en rellenar un formulario en un ordenador y que me hicieran una fotografía instantánea para el carné. En el mostrador que divide la sala en dos partes, hay un pequeño marcador electrónico que da el turno a los solicitantes. Los libros suben disparados por unos ascensores provenientes de una colección de más de 140 kilómetros que descansa en ocho niveles bajo el edificio.
Socio, o algo parecido, era Trotsky. Está documentado que el ruso solía trabajar en esta sala durante su estancia en Nueva York, antes de la revolución de 1917, cuando la biblioteca abría hasta altas horas de la noche. La capital del capitalismo no sólo maravilló a Trotsky, sino que además en sus entrañas gestó buena parte de la revolución comunista. Una paradoja como la de la lengua española, que siendo más rica que la anglosajona y debería darse a conocer con orgullo se permite el lujo de cerrar las puertas de la Biblioteca Nacional.



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Esa biblioteca es uno de los sitios que tengo que visitar. Pronto. (Comment this)