Mujer blanca en todo a 99 cents
Si no fuera por sus chanclas de primera generación y sus pinzas en el pelo, se diría que aquella mujer tiene pinta de atracar un hotel. Su gesto no perdona a nadie en el todo a 99 céntimos de la calle 33 entre la Sexta y Séptima Avenida. El mundo le pesa una barbaridad, pero no tanto como la cesta que carga repleta de latas de conserva, bolsas de congelados, patatas fritas, bebidas energéticas y demás morralla a menos de un dólar, aunque todo sea dicho: con tax cada producto quedará en 1,02$. El pelo gris de esta mujer blanca parece comprado en una de esas estanterías perdidas del hipermercado, entre utensilios para el baño y menaje del hogar, donde se esconden chollos que rara vez tienen algún sentido. La mujer parece una experta de los pasillos; esquiva gente, como evitando el roce que podría hacer saltar su cólera, y puede ir mirando a un lado para saber que se encontrará en el otro. No es fácil. Un hiper de todo a 99 céntimos es un desastre más grande que el tráfico neoyorkino. Ella arrastra sus pies, revisa varias veces cada producto que desecha y aspira fuerte, como si le faltara el aire, cuando por fin da con algo que la convence, siempre a 99 céntimos. Cuando llega a las cajas, donde se revuelven colas desordenadas, inquietas y abarrotadas de personas, nuestra mujer se precipita, sin quererlo tal vez, pero va a chocar con otra mujer. Se insultan, se mandan a la mierda, pero no se miran a los ojos. Si lo hicieran, se verían a sí mismas. Porque en ese desastre de compras de todo a 99 céntimos aquella mujer no está sola, las hay por docenas, casi tantas como hombres.



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