Grand Central Terminal
Apenas tengo tiempo para sentarme frente a la pantalla, incluso para pensar que podría ser lo siguiente a escribir en "Serenatas", ahora que Nueva York se ha metido tanto en mi sangre que podría mostrar cada componente del ADN de esta ciudad. Cuando dejo que mi mente dedique un minuto al blog, me salen decenas de cosas que merecerían ser compartidas. Pero la actividad neoyorkina me exige estar en la calle. Supongo que desde hace mucho estoy donde quería haber estado sólo más pisar las aceras de Nueva York.
Con todo, el problema no es la ciudad, que me roba algo de "Serenatas". El problema es lo que queda. Ni mucho ni poco. Es lo que es, como todo. Sin embargo, ya ha sonado el primer aviso de llamada. Puede que por eso el otro día dejase todo y necesitase aguardar un buen rato en Grand Central Terminal, el templo de los viajantes.

La estación reside orgullosa en la calle 42, a medio camino de la New York Public Library y el edificio Chrysler, como un palacio de otra época en mitad de la vorágine de alturas del Midtown. Los edificios de oficinas, donde cada mañana despiertan las firmas comerciales más importantes de este siglo, rodean a esta construcción decimonónica, que sobrevive por el impulso diario de centenares de miles de personas que son como suspiros de una vida entera.
Remodelada sobre cimientos de mármol después de haber estado durante años abandonada y despojada de su esencia, Grand Central Terminal es un homenaje al acto de transitar. A principios de siglo XX, no existía el JFK y eran las puertas majestuosas de esta estación el primer contacto de los viajeros con Nueva York. Ese testimonio, que podría haberse perdido, se ha recuperado gracias al apoyo ciudadano, y hoy la estación de ferrocarriles ofrece, tanto al paso acelerado como al de libre de horarios, un espacio de resonancias casi místicas con esas grandes lámparas victorianas iluminadas y esos amplios ventanales en arcos de medio punto, por los que entran los radiantes rayos de sol de media mañana, la tenue luz de la tarde o el palpitante nocturno eléctrico del otro lado de la calle.
Grand Central Terminal está formada de centenares de zapatos y zapatillas, tacones y plataformas, que crean al unísono un sonido inigualable, como un murmullo de un río en mitad de la montaña. Bajo el mármol, esas huellas de fugacidad, adosadas a todo tipo de palabras, suenan casi a canción celestial, añeja, en una ciudad de dispares bocinas. Pero también está formada por sombreros, gabardinas, faldas o vestidos de encaje que esperan la llegada o la salida de un tren en alguna de sus ventanillas, donde lamparitas metálicas caen en curva. Un reloj plateado, que a la luz del día engaña por su tono oro, preside el tránsito, mientras en el techo se recoge un cielo verde azulado con estrellas, como un mar con cochas salteadas, recreando constelaciones que parecen salidas de una mitología muy lejana, frente a las barras y estrellas que rigen una gran bandera de los Estados Unidos.
Visto ahora, ese antiguo óvalo con agujas marca la partida. Queda menos. El tren está en el andén, ya es un hecho, aunque todavía queda tiempo para un capuchino en Central Café. Entre el vaivén de pasajeros, resopla la primera llamada del tren. Cuando me toque cogerlo, espero que no me deje nada. Porque, sinceramente, me va a hacer falta llevarme toda esta ciudad allí donde quiero dar buena cuenta de ella.



La interrogación (Comment this)
Anónimo: Gracias! (Comment this)