La anciana y mi gorra
Una de las cosas que más me ha dejado marcado de este tiempo en Nueva York me sucedió en St. Paul Church, la pequeña iglesia cuyo cementerio desde hace seis años mira de cara a la Zona Cero.
Me encontraba mirando las fotografías de algunos de los muertos que dejó el atentado contra las Torres Gemelas cuando vi a una anciana levantarse de un banco de la iglesia. Tardó varios segundos en ponerse de pie. Al principio, parecía tambalearse, pero con tesón terminó por echar andar. Pensé que aquella mujer haría mejor en permanecer sentada, mientras a paso entrecortado ella se dirigía hacia donde yo estaba. Debía de estar muy ocupado en mis pensamientos porque de repente me la encontré frente a mí, a menos de dos palmos de distancia. La sorpresa fue inmediata. Lo que me dijo en un inglés centenario no pude entenderlo. Me lo volvió a repetir, sin más fortuna. Su rostro me indicaba que algo iba mal entre esa muchedumbre de curiosos allí congregada. Ante mi nula reacción, aquella anciana hizo un gesto, ligero como una paloma, con el cual me pedía que me quitara mi gorra. En menos tiempo del que recuerdo, me la quité. Ella me devolvió un thank you, sir, y se dio la vuelta para regresar al banco. Durante los siguientes minutos sentí que alguna de esas caras sonrientes, reveladas a color antes de esfumarse para siempre, se había quedado mirando mi torpeza.

Desde el mismo 11 de Septiembre, St. Paul Church se convirtió en el centro de operaciones para atender a las víctimas y a los policías y bomberos. Hasta ese señalado día, esta pequeña iglesia, más propia de una callejuela de Praga, no atraía a más turistas que a los tres locos norteamericanos más nostálgicos de su propia historia. Su jardín alberga tumbas de los revolucionarios colonos y franceses, que dieron su vida por la Independencia de los Estados Unidos, y su edificio recoge una silla de madera donde George Washington ofició el discursó de inauguración del nuevo país un 30 de abril de 1789.
Durante los días que siguieron a la tragedia, la iglesia se llenó de voluntarios que trabajaron día y noche para el servicio de bomberos y policías. Como dijo uno de los muchos voluntarios, St. Paul Church fue un oasis de cielo en mitad del infierno. Bajo el techo blanco de su capilla, hubo una cocina abierta las 24 horas con todos los alimentos donados y sirviendo más de 3.000 almuerzos diarios. También decenas de masajistas. Incluso un piano que no dejó de sonar ni un solo día y por el que pasaron 500 músicos diferentes.

Hoy, el piano está cubierto por una lona. Sólo queda una simple cama por la que debieron pasar centenares de personas para descansar unas horas. De los 15.000 osos de peluche que mandaron los niños de las escuelas de Nueva York a St. Paul Church, apenas se recogen unos 10 muñecos sobre un mostrador. Y un enorme rollo de papel permite a la gente escribir mensajes o bendiciones. A veces, hay cola. "Dios bendiga a todo el mundo" o "Nunca olvidaremos" aparecían con letras grandes sobre el resto.
No parecen mensajes escritos con tinta china. Uno de los trenes que cojo para llegar a Manhattan tiene su parada en mitad de la Zona Cero, donde ahora los camiones van montando pisos de la futura Torre de la Libertad. Lo he visto varias veces. Los americanos van hablando en el vagón y cuando de repente el tren sale del túnel, a la rara luz del antiguo World Trade Center, se crea el silencio. Una tarde de viernes dos chicos iban descojonándose sobre lo que seguro harían esa noche de marcha y, al llegar el tren a la Zona Cero, no tuvieron ni que mirarse para cerrar la boca y contemplar por la ventana. Al otro lado sólo había obras, pero ese vagón lo tomó un fantasma.

Supongo que es casi imposible y pretencioso hablar de la Zona Cero y la tragedia cuando nunca antes se han conocido las Torres Gemelas. Supongo que aún lo es más cuando aquello fue, y ha permanecido con el tiempo en mi memoria, como un impresionante espectáculo de telerrealidad, que te hace sentir roto pero cuya sangre no te salpica. Bueno, viví más de cerca el 11-M, trabajando para informar de lo que todavía no era consciente. He nacido asimismo en un país marcado por el terrorismo, al que sin desearlo asocio con la vida de España, porque en mi país, por supuesto, tenemos tapas, toros, fútbol, playas, flamenco, bellas mujeres, varios idiomas y, no quepa duda, terrorismo. Por eso, tal vez, lo de las Torres Gemelas, de alguna manera, flota en un aire que reconozco.
Pero, sobre todo, no sé qué se puede decir si un grupo de adolescentes, y algún adulto, se apiñan en torno a un lado de la verja, por el que se recogen algunas coronas de flores y velas, que han permanecido a modo de detalle, como señal de duelo para recordar el 11-S. El grupeto se pega a la valla, posa, sonríe de oreja a oreja, con las flores y las velas detrás, y muestra su entusiasmo sólo similar a la fotografía de mesilla que se espera de la Estatua de la Libertad.
Este marco, que hoy es común denominador de la Zona Cero, a lo mejor nunca ha estado muy lejos de mi gorra. Aunque sólo sea por esa anciana que me miró a los ojos y anduvo hacia mí, intento llevar la gorra en la mano, siempre que me cruzo con lo mismo. Sinceramente, no es tarea fácil. Si te pones a mirar, acá, allá, casi en cualquier parte de este mundo que revienta por los cuatros costados, no encuentras momento de ponértela en la cabeza. Espero que haya más ancianas allí donde se necesitan.




Juanky (Comment this)
Por cierto Fernando, tengo un amigo viviendo en Manhattan, por cuestiones de trabajo tambien, y tras dos años allí, vuelve definitivamente a España a finales de este mes. Me comenta que no sabe qué hacer su última noche para despedirse de la ciudad y eso le agobia... me parece una pregunta interesante.. ¿qué hacer en la última noche en NY alguien que ha vivido allí?
Un abrazo
VICTOR (Comment this)
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;) (Comment this)