Supermarket
Cualquiera puede pensar que un supermercado americano no se diferencia de uno español, pero sería la primera vez que estos estadounidenses no hacen de un sitio algo peculiar, y más si a comida nos referimos.
Lo primero que llama la atención paseando por los pasillos es que aquí lo grande abunda. No es difícil ver galones de todo, como tampoco lo es encontrarse con botes que podrían alimentar a un regimiento. El ketchup, famosísima salsa que puede acompañar tanto un desayuno como una merienda, se puede comprar en botes de 72 oz., que al cambio, son más de dos kilos de rojo condimento. Le siguen de cerca algunos botes de mantequilla o yogurt que se pesan en un kilo y medio.
Así, si tenemos en cuenta las gigantescas y variadísimas cajas de cereales que se venden, uno podría hacer un desayuno con el galón de leche entera, los mastodontes vitamínicos de manteca y cereal y un completo surtido de galletas de chocolate. De lo que se entiende que las numerosas familias que compran a lo grande, no sólo desayunan mucho, sino que lo hacen sobre una amplia mesa de billar o similares. Asimismo, la mantequilla es un producto estrella que incluso se vende en botes de spray. Pero el trono lo tiene la crema de cacahuete (peanut cream), que servidor no la cambia por la nocilla que tan buenas tardes le hizo pasar a la salida del colegio.
En este orden de exageraciones, hay otra que también supera a España. El precio de la buena comida. Si quieres buena carne, hay que pagarla. Amen de nuestras aceitunas (olives), que lejos de ser baratas forman parte de los platos exóticos y exquisitos. En mis circunstancias neoyorkinas el bolsillo manda, y uno se ha terminado por hacer especialista en ofertas de supermercado, donde se lleva cinco botes de judías verdes por un dólar y medio y, luego, pasa factura masticando cada céntimo que se ha ahorrado por comprarlas de esa marca de nombre impronunciable pero tan barata. Como casi todo de esa marca que venga enlatado, judías especialmente, los filetes de vaca (beef) o de cerdo (pork) o de lo que sea también parecen chicles adquiriendo su forma de bola de niño en el interior de la boca.
Precisamente, los niños donde más disfrutan cuando van acompañando a sus padres (mummies and daddies) es en la sección de refrescos. Dedican varios minutos a seleccionar el bote más colorido. Una fiesta de sabores y burbujas de la merece la pena que nombrar los refrescos más llamativos: manzana, fresa, lima, vainilla, cereza, té helado, tuttifruti, tropicana o piña. En mi caso, lo tradicional me puede y prefiero decantarme por la Coca Cola de toda la vida (Classic Coke), que conviene apuntar que no tiene el mismo sabor que la de España. Aquí, Coca Cola y Pepsi libran diariamente batallas descarnadas por conquistar una estantería de supermercado o un minuto de televisión más que el enemigo.
Y si hay algo que ya se lleva muy mal es lo del pan. Una baguette decente no baja de cuatro dólares, y menos de ese precio se hace siempre incomestible. En Estados Unidos, nuestra querida pistola, la de untar el plato, no existe. Lo más parecido se llama igual y mata, como mucha de la comida que tienen en sus supermarkets.