Tuesday, October 3, 2006

El regreso

Después de mucho tiempo, la primera nota de esta serenata es ahora un soplo que se esfuma en el aire. El regreso ya se ha producido.

Tantos desvelos y tantas tardes de lluvia cultivaron la idealización y sin embargo volver ha sido como entrar por la puerta de casa. Tras la espera, Nueva York se ha presentado muy familiar, lejos de los fuegos artificiales que anidan en los recuerdos. Cuando aparecí en la calle, en el cruce de la Sexta Avenida con la 34, en pleno corazón de Manhattan, me pareció no haber salido nunca de allí. Cualquier viento, propio de los altos vuelos de las ensoñaciones, dejó paso a una rara calidez de mediodía. Como todo en esta ciudad, el sentimiento se caracterizó por su intensidad, siempre desmedida y magnética.

El sonido de la metrópoli, a la salida de la estación, se hizo una acogida de brazos abiertos. Es su mayor seña de identidad, por encima de rascacielos y más reconocible que sus taxis. Nueva York es un enjambre de bocinas, pasos, traqueteos de autobuses, retumbar de trenes subterráneos y palabras, millones de palabras flotando en el aire. La ciudad está envuelta en una vibración incesante, sugiriéndose cada segundo diferente y mostrándose siempre igual. Como el mar que no deja de trabajar con su continuo oleaje, la acústica neoyorkina no descansa. El transeúnte atento nota de alguna manera ese extraño ritmo en el ambiente, muy distinto al de otros enclaves conocidos.

Sin saberlo, ese dinamismo te absorbe, y puede que viaje contigo más allá del asfalto de esta urbe. Un buen día ese sonido despierta y otro cualquiera te da la bienvenida, como si entonces sólo hubiese pasado ayer. Sencillamente, bajo ese ritmo interno percibes que Nueva York, en su estado de continua adolescencia, existe para ser contada, vive por y para las palabras, que se escuchan siempre volando entre calles y avenidas, a la búsqueda de que alguien las haga suyas.

Posted by Fernando Navarro at 19:14:58 | Permalink | Comments (3)