Sunday, October 8, 2006

Tierra de todos

Paseando por la calle, algunos anuncios publicitarios señalan que Nueva York es la única ciudad del mundo donde se tiene constancia que se hablan 148 idiomas. Bien es cierto que la historia de esta metrópoli se ha forjado siempre bajo el flujo constante de inmigrantes de todas partes, etnias y religiones, pero resulta llamativo conocer tal variedad de procedencias.

En el siglo XVII, holandeses e ingleses ya peleaban por estas tierras para establecerse en colonias comerciales. La historia cuenta que fueron los holandeses quienes compraron la isla de Manhattan a los indios nativos. Al parecer, fue una hábil maniobra por ambas partes. Los primeros consiguieron la isla a cambio de unas baratijas y unos pocos útiles. Los segundos vendieron unas tierras que directamente no les pertenecían, ni siquiera habían residido allí en la vida. Un hecho histórico que se representa con figuras de tamaño natural en un tono más trascendental y alegórico en uno de los primeros pasillos del American Museum of Natural History (Museo de Historia Natural) de Nueva York.

Con todo, la colonia de Manhattan tomó su nombre de la palabra india Mana-Hata (isla de las colinas). La ciudad, por entonces una comunidad de unos centenares de habitantes, tuvo que esperar a la llegada de los británicos. Éstos se hicieron con el poder de las tierras holandesas y cambiaron el nombre de Nueva Ámsterdam por el de Nueva York, en honor al duque de York, hermano del rey Carlos II de Inglaterra.

En el siglo XIX, alemanes e irlandeses empezaron a llegar en grandes oleadas. Los irlandeses eran campesinos huyendo de la crisis de la patata mientras que los alemanes eran liberales, intelectuales y revolucionarios que vieron fracasar la revolución de 1848 contra el Antiguo Régimen. Durante muchísimos años, Nueva York se enriqueció con la mano de obra barata y el impulso de las nuevas ideas.

Poco después llegarían miles y miles de italianos que en época de revueltas veían en esta ciudad la oportunidad que no tenían de asentarse en su tierra natal. Dieron nombre a Little Italy, como uno de los barrios de la ciudad más poblados y pobres. A finales del siglo XIX, la mayoría de los 750.000 habitantes de la ciudad era inmigrante. Por esa época, vivían más irlandeses en Nueva York que en la misma Dublín.

Durante las dos primeras décadas del siglo XX, las cosas no cambiaron. Se estima que llegaron un millón y medio de judíos, que empezaron a hacer fortuna, y miles más de refugiados de Europa del este, entre ellos muchos griegos que formaron la Astoria griega del barrio de Queens. Los chinos se instalaron en la zona baja de la ciudad, creando la actual Chinatown, después de haber trabajado durante años en la costa oeste de América abandonando la pobreza asiática.

La ciudad mantuvo su posición privilegiada en el campo económico y cultural en el periodo de entreguerras y los años de la posguerra nazi. La comunidad intelectual y creativa, además de las infraestructuras por la mano de obra, aumentaban como la espuma con la entrada de nuevas corrientes de personas. Una tendencia que tuvo sus retrocesos algunas décadas pero que se ha recuperado en los últimos veinte años con la presencia de varias comunidades indias, árabes y, sobre todo, latinas como puedan ser dominicanos, mejicanos o colombianos. Todos ellos impulsados por la inestabilidad política y social de sus países de origen.

Este compendio de gentes hace a Nueva York diferente de casi todo lo demás. No es de extrañar entonces que se puedan hablar decenas de idiomas. Es una suerte en estos tiempos que corren y, bien pensado, siempre han corrido. Tal vez, no hayamos cambiado tanto y Nueva York tampoco. A lo mejor, por eso, Nueva York todavía despierta tantos sueños en tanta gente.

Posted by Fernando Navarro in 18:26:41 | Permalink | Comments (4)