Desmontándome
Ahora que han pasado los días intensos de levantar una casa y poner en orden esta larga estancia, me veo como el personaje desenfocado de la película de Woody Allen, Desmontando a Harry. Aquel hombre, interpretado por Robin Williams, estaba deformado por la realidad a pesar de su deseo por adaptarse a ella.
Reconozco que tengo cierto vértigo por lo que puede suponer estar viviendo en Nueva York. Me notó en las alturas, privilegiado por encontrarme donde me encuentro, y sin embargo no dejo de sentir que dentro de mí hay un apresuramiento anormal. Puede que se deba a que cuando lo pienso no me creo que estoy formando parte de esta ciudad, acompañado de la persona que más quiero del mundo. Todo ello es motivo de alegría e ilusión, pero también es cierto que ha habido y hay un sentimiento de ruptura, aunque no tengo claro con qué.
En esta confusión, una escena del pasado ha salpicado hoy mi memoria bajo la llovizna con la que ha amanecido Nueva York. He recordado cómo un día tuve que levantarme en mitad de una clase y salir por la puerta pidiendo disculpas. Creo que entonces mentí como nunca diciendo que me llamaban del trabajo. Era una tarde gris y la promesa de lluvia recorría las calles de Madrid. Yo guardaba un remolino en todo el cuerpo, donde se escuchaban extraños taxis amarillos y gaviotas sobre el río. Aquel aire venía agitándose en mí desde que miré por la ventana de la clase por la que garabateaban hojas caducas. Anduve solo y, mientras lo hacía, me prometí no dejar que ese viento se me escapará nunca, por muy bien sentado que me encontrase.
Sinceramente, lo que no sé es adónde me lleva ese viento. Y eso me descoloca.