El apartamento
De entrada, Nueva York no engaña a nadie que pretenda vivir en la ciudad. Uno llega con toda la ilusión del mundo y se encuentra con un apartamento vacío, donde inocentes paredes blancas pueden esconder el mayor de los desasosiegos. Es un hecho tan normal en los alquileres que a nadie de por aquí se le ocurre preguntar por la existencia de muebles, cubiertos o cortinas cuando cambia de piso.
Para los más despistados, casi siempre europeos y japoneses, el estado de Nueva York podría, por así decirlo, colgar un gran cartel de la Estatua de la Libertad o en la fachada del aeropuerto John Kennedy donde rezase la siguiente afirmación: si quieres mitigar las turbaciones del alma, mejor será que cierres la primera puerta y regreses por donde has venido.
Para los que pasan ese umbral, como yo, el problema viene, por ejemplo, cuando con tanto movimiento, acompañado de jet-lag, empiezas a echar en falta una silla. Este infravalorado instrumento adquiere categoría divina cuando el cuerpo te pide sentarte más allá del frío suelo y la taza del retrete. En situaciones de este tipo hay que tirar de ingenio; una buena caja puede aguantar unos minutos, e incluso si sobrevive podrá hacer de mesita de noche en un futuro dormitorio.
A falta de talonario, cada compra ha de mirarse con cuidado. Uno no puede tirar el dinero en una bonita mesa de madera para la cocina si luego necesita un juego de sartenes para cocinar. Lo de fregar el suelo es más difícil, porque todavía es un misterio saber con qué narices escurren la fregona estos neoyorkinos. Tanta tecnología en tantas cosas y, si quieres escurrir lo que friegas, te toca agacharte y hacerlo con la mano.
En parte, se podría decir que es como parecerse al entrañable C.C. Buxter, el protagonista de El apartamento. En esta obra maestra del insuperable Billy Wilder, su personaje principal, interpretado por el irrepetible Jack Lemmon, vive en un discreto apartamento de Manhattan, soltero y sin muchos recursos. Una situación que sirve a Wilder para mostrar de nuevo su talento para el humor y su perfección por el detalle. En la película se puede ver cómo el piso está decorado con algún póster sujeto a la pared con celo. O mejor aún, al bueno de C.C. Buxter escurriendo los espaguetis con una raqueta.
Lo dicho, aquí no queda otra que ingeniárselas.