Superclásico
El domingo Nueva York amaneció indiferente al ’superclásico’ que se jugaba al otro lado del charco. El taxista escuchaba por la radio la misma música de siempre y el vendedor de perritos calientes leía en el periódico el último suceso ocurrido en la madrugada del Bronx. No se respiraba ningún ambiente especial, a menos que uno rebuscara entre tantas calles y avenidas hasta dar con un oasis llamado La Nacional.
Este restaurante español, que en su día sirvió de refugio a gente tan letrada como Machado, García Lorca o Buñuel, es un lugar de acogida para todo aquél que quiera comer una tortilla de patatas y, en situaciones tan apremiantes como la de esta semana, ver un Real Madrid-Barcelona. Media hora antes del pitido inicial, decenas de personas llenaban el bar desde el niño vestido con la equipación completa hasta el padre con la bufanda al cuello.
Reencontrarse con un partido de estas características siempre es gratificante, pero hacerlo en pleno Manhattan a las tres de la tarde entre fotos de Manolote y anuncios de “se dan clases de flamenco” es más que extraño. Tanto como ver a un neoyorkino disfrutar de su primer partido de fútbol. Ajeno a algunas reglas del juego y a las importantes ausencias de Etoo y Ronaldo, nuestro amigo reía y gritaba con las faltas, como si de fútbol americano se tratase, y se desgañitaba con las caras de Capello.
Aunque hay cosas que no cambian cuando se trata de un derbi con la máxima rivalidad. Se sufren las ocasiones pérdidas o se pide penalti fuera del área. Ni en Nueva York falta el que le echa la culpa al árbitro, el que opina en alto con las bravas en la boca y el que festeja el gol de Raúl subido a una silla a grito de combate.
En fin, superclásico.
*Artículo publicado en el diario deportivo “La Voz del Deporte” (http://www.lavozdeldeporte.com/) dentro de mi colaboración con el periódico cada martes de la semana. Este blog recoge el texto siempre después de ser publicado en el diario.