Wednesday, October 18, 2006

Idioma fútbol

De los 148 idiomas que se tiene constancia que se hablan en Nueva York, no sé si se encuentra uno que parece que relaciona más que ningún otro a personas de diferentes países. Me refiero al fútbol.

Si bien este deporte casi no existe para los estadounidenses, no ocurre lo mismo para el resto de personas procedentes de todas partes del mundo que también forman este país. Nueva York es el ejemplo más ilustrativo. Entre sus más de diez millones de habitantes, hay numerosas comunidades latinas, europeas o asiáticas.

Así, en el inmenso barrio de Queens se habla más español que inglés por los millones de hispanohablantes que lo residen entre mejicanos, colombianos, dominicanos o venezolanos. Otro caso similar es Chinatown; con miles de chinos multiplicándose por las calles hasta alcanzar cifras incalculables. Tan sólo en este vecindario se publican diariamente siete periódicos en chino.

Esta variedad de gentes tiene algo en común que no tienen los norteamericanos: afición por el fútbol. Por las calles de la Gran Manzana, a veces, se deja ver alguien con una camiseta de fútbol. Pronto, otro que cruza a su lado le hace un gesto de complicidad. Los más atrevidos se lanzan al debate, sin importar el grado de entendimiento, y bien es cierto que para según que amores sobran las palabras.

A este periodista que escribe, sin ir más lejos, le basta decir que es de Madrid y chinos, japoneses y coreanos le hacen un tercer grado sobre el Real Madrid. De hecho, las camisetas del equipo blanco son las que más se ven por las calles de Nueva York. Eso sí, todos preguntan qué le pasa al Real Madrid en estos últimos años. Ni con el mejor inglés se podría explicar. El fútbol, confirmado, tiene preguntas sin respuesta.

* Artículo publicado en el diario deportivo “
La Voz del Deporte” (www.lavozdeldeporte.com) dentro de mi colaboración con el periódico cada martes de la semana. Este blog recoge el texto siempre después de ser publicado en el diario.

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Tuesday, October 17, 2006

El apartamento

De entrada, Nueva York no engaña a nadie que pretenda vivir en la ciudad. Uno llega con toda la ilusión del mundo y se encuentra con un apartamento vacío, donde inocentes paredes blancas pueden esconder el mayor de los desasosiegos. Es un hecho tan normal en los alquileres que a nadie de por aquí se le ocurre preguntar por la existencia de muebles, cubiertos o cortinas cuando cambia de piso.

Para los más despistados, casi siempre europeos y japoneses, el estado de Nueva York podría, por así decirlo, colgar un gran cartel de la Estatua de la Libertad o en la fachada del aeropuerto John Kennedy donde rezase la siguiente afirmación: si quieres mitigar las turbaciones del alma, mejor será que cierres la primera puerta y regreses por donde has venido.

Para los que pasan ese umbral, como yo, el problema viene, por ejemplo, cuando con tanto movimiento, acompañado de jet-lag, empiezas a echar en falta una silla. Este infravalorado instrumento adquiere categoría divina cuando el cuerpo te pide sentarte más allá del frío suelo y la taza del retrete. En situaciones de este tipo hay que tirar de ingenio; una buena caja puede aguantar unos minutos, e incluso si sobrevive podrá hacer de mesita de noche en un futuro dormitorio.

A falta de talonario, cada compra ha de mirarse con cuidado. Uno no puede tirar el dinero en una bonita mesa de madera para la cocina si luego necesita un juego de sartenes para cocinar. Lo de fregar el suelo es más difícil, porque todavía es un misterio saber con qué narices escurren la fregona estos neoyorkinos. Tanta tecnología en tantas cosas y, si quieres escurrir lo que friegas, te toca agacharte y hacerlo con la mano.

En parte, se podría decir que es como parecerse al entrañable C.C. Buxter, el protagonista de El apartamento. En esta obra maestra del insuperable Billy Wilder, su personaje principal, interpretado por el irrepetible Jack Lemmon, vive en un discreto apartamento de Manhattan, soltero y sin muchos recursos. Una situación que sirve a Wilder para mostrar de nuevo su talento para el humor y su perfección por el detalle. En la película se puede ver cómo el piso está decorado con algún póster sujeto a la pared con celo. O mejor aún, al bueno de C.C. Buxter escurriendo los espaguetis con una raqueta.

Lo dicho, aquí no queda otra que ingeniárselas.  

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Monday, October 16, 2006

CBGB closed!

Cuando leáis estas líneas, el legendario CBGB habrá cerrado sus puertas para siempre en la ciudad de Nueva York, tras 33 años localizado en el 315 de Bowery entre la primera y segunda calle. Era una muerte anunciada, pero reconozco que hay cierto lugar para la tristeza cuando pienso que esta noche de domingo este club de punk-rock ha puesto definitivamente el candado porque el dueño de la sala, Hilly Kristal, no puede hacer frente a la fuerte subida del alquiler. Para más pesar el club abrirá una réplica en Las Vegas, que poco o nada tiene que ver con lo que ha significado el CBGB.

Al menos el fin sí ha tenido más sentido con Patti Smith como encargada de oficiar el acto de defunción. Su voz ha sido la última en llenar de música la mítica sala, tras unos días en los que se han dejado ver en señal de despedida los Bad Brains, los Dictators o los dos miembros más célebres de Blondie, Debbie Harry y Chris Stein. Me hubiese gustado ir alguno de estos conciertos pero estaba todo vendido.

El CBGB abrió sus puertas en 1973 y desde entonces no había dejado de programar conciertos convirtiéndose en una de las salas más productivas del mundo. Según las estimaciones, ha rondado las 30 bandas por semana. Son datos que no son exagerados porque desde el principio el CBGB nació con la idea de dar a todo tipo de grupos la posibilidad de ir a tocar con total libertad, en unos años en los que había pocos sitios que programasen conciertos.

Las primeras actuaciones estuvieron encaminadas al blues y al country, pero el espíritu neoyorkino rápidamente le dio a la sala una personalidad irrenunciable. Durante mucho tiempo, noche tras noche Los Ramones hicieron volar por los aires todos los rigores del establishment rock, poniendo las semillas del punk con su sentido de la melodía y su descarada puesta en escena. El propio dueño del CBGB ha llegado a reconocer cómo estaba de asustado al principio cuando Los Ramones tocaron en diecisiete minutos diecisiete canciones sin parar. De ellos es una foto conocidísima a la puerta del local.

Por esos años setenta, Patti Smith, la musa maldita del rock, llegó a cantar cuatro noches por semana durante siete semanas. En el mismo escenario Blondie se convirtió en la banda con más tirón de la ciudad, mientras que en los ochenta Television o Talking Heads avanzaron nuevos sonidos para la escuela del rock.

Éstos son algunos de los nombres más relevantes de la historia de la sala, pero miles de bandas más han creado la leyenda de cuando había una verdadera escena de Nueva York. Un sentimiento que la sala todavía desprendía. Aún recuerdo cuando hace dos años pude entrar al local vacío, un mediodía de diario, y pasear solo. Al contrario de lo que pensaba era bastante pequeño. Y aunque todo el local estaba graffiteado, resultaba muy llamativo ver el cuarto de baño pintado con esa anarquía tan original.

El viernes, de nuevo, pude pasarme por allí por última vez. De esos días de vino y rosas de la sala me habló un veterano, que esperaba para entrar a ver a los Dictators, asegurándome que entonces el CBGB estaba siempre lleno y aún así había más gente fuera que dentro. Este ambiente extramusical, según muchos, dejó de existir hace años en el CBGB, a pesar de contar con una galería de arte. Un chico me decía que a la sala ya sólo le preocupaba hacer merchandising.

Y también es verdad. Es un síntoma de algunas de las mejores historias de Nueva York, que desde hace ya un buen tiempo parecen haber perdido su esencia por su presencia en el mercado. Sin embargo, es inevitable para todo amante del rock sentirse mal, aunque sea por un segundo, por el curso de los hechos. Primero porque CBGB ha sido siempre una seña de identidad de la ciudad de Nueva York. Y segundo porque nadie que haya movido sus caderas al ritmo frenético del Blitzkrieg Bop podría imaginarse que hubiese un final tan malo para tan buena música.

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Saturday, October 14, 2006

Fuera de juego

Se preguntan los neoyorkinos y demás compatriotas estadounidenses cómo puede triunfar un deporte en el cual el marcador puede quedar empate a cero al final del juego. Se refieren al fútbol o soccer, su nombre por estas vastas tierras. Según queda demostrado diariamente, la cultura del espectáculo norteamericana no admite un entretenimiento deportivo con pocos puntos o goles y, sobre todo, sin victoria ni derrota en un partido.

Sin duda, el fútbol es un deporte minoritario en Estados Unidos. Más aún, es un deporte falto de prestigio que no cuenta con apoyo popular ni mediático. Las cadenas de televisión nunca retransmiten un partido de soccer. Tampoco los numerosos programas deportivos dedican espacios a comentar la liga nacional o el resto de campeonatos internacionales. Y las grandes marcas comerciales pescan en los mares del béisbol, el basket, el hockey o el fútbol americano, que lejos de parecerse al balompié es un rugby con armadura y casco, para firmar contratos multimillonarios de publicidad con sus peces gordos.

 Visto el panorama, por el fútbol aquí no se llega a los senderos de gloria, tan buscados por el sueño norteamericano. Tampoco es el mejor camino para fomentar las relaciones sociales. Pregúntale, por ejemplo, a un neoyorkino en el ascensor de uno de los tantos rascacielos de Manhattan por el último partido de los Yankees o el mercado de fichajes de la NBA o, incluso, apurando, por las carreras de caballos, y seguro te da conversación. Anímate a hablar de soccer, de la Champions League, de Ronaldo y compañía y te quedas mirando cómo el ascensor marca, uno por uno, los cincuenta pisos en la pantalla mientras el neoyorkino despliega el New York Times hasta crear una pared de papel entre los dos.

Definitivamente, un aficionado al fútbol, o al soccer si se prefiere, está fuera de juego en Estados Unidos.

*Artículo publicado en el diario deportivo “La Voz del Deporte” (www.lavozdeldeporte.com) dentro de mi colaboración con el periódico cada martes de la semana. Este blog recoge el texto siempre después de ser publicado en el diario.

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Friday, October 13, 2006

Desmontándome

Ahora que han pasado los días intensos de levantar una casa y poner en orden esta larga estancia, me veo como el personaje desenfocado de la película de Woody Allen, Desmontando a Harry. Aquel hombre, interpretado por Robin Williams, estaba deformado por la realidad a pesar de su deseo por adaptarse a ella.

 

Reconozco que tengo cierto vértigo por lo que puede suponer estar viviendo en Nueva York. Me notó en las alturas, privilegiado por encontrarme donde me encuentro, y sin embargo no dejo de sentir que dentro de mí hay un apresuramiento anormal. Puede que se deba a que cuando lo pienso no me creo que estoy formando parte de esta ciudad, acompañado de la persona que más quiero del mundo. Todo ello es motivo de alegría e ilusión, pero también es cierto que ha habido y hay un sentimiento de ruptura, aunque no tengo claro con qué.

 

En esta confusión, una escena del pasado ha salpicado hoy mi memoria bajo la llovizna con la que ha amanecido Nueva York. He recordado cómo un día tuve que levantarme en mitad de una clase y salir por la puerta pidiendo disculpas. Creo que entonces mentí como nunca diciendo que me llamaban del trabajo. Era una tarde gris y la promesa de lluvia recorría las calles de Madrid. Yo guardaba un remolino en todo el cuerpo, donde se escuchaban extraños taxis amarillos y gaviotas sobre el río. Aquel aire venía agitándose en mí desde que miré por la ventana de la clase por la que garabateaban hojas caducas. Anduve solo y, mientras lo hacía, me prometí no dejar que ese viento se me escapará nunca, por muy bien sentado que me encontrase.

 

Sinceramente, lo que no sé es adónde me lleva ese viento. Y eso me descoloca.

 

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Thursday, October 12, 2006

Realidades extraordinarias

Al contrario de lo que pueda parecer, el sobresalto que ha causado el accidente de una avioneta en uno de los edificios del Upper Side de Manhattan ha sido mucho menor que lo que indican muchos medios de comunicación. Según nos han contado desde España, cadenas de televisión y radio han abierto con el suceso, interrumpiendo programación incluso para adelantar la noticia. En Estados Unidos, la cobertura ha sido parecida, pero la telerrealidad poco tiene que ver a veces con el verdadero impacto de los hechos.

Puedo asegurar que Nueva York ha seguido con su ritmo habitual de vida durante todo el día. Nosotros nos encontrábamos en el Midtown a la hora del siniestro. Y hemos estado por la calle 34 y alrededores hasta tres horas después del accidente. La única preocupación de las personas que había por allí en ese tiempo era resguardarse de la tromba de agua que ha caído. Los turistas seguían con sus compras, los taxistas con sus zigzags por las avenidas y los vendedores de perritos calientes leyendo los periódicos gratuitos en su larga jornada.

El accidente, espectacular y desgraciado (se ha confirmado la muerte de dos personas, una de ellas el pitcher de los Yankees de Nueva York, Cory Lidle), ha ocurrido en la calle 72 Este. Estoy convencido que a tres manzanas de allí el sentimiento de normalidad era similar al que nosotros hemos tenido en todo momento mientras televisiones y radios se hacían eco de la noticia.

Tres manzanas en Manhattan son un mundo. Hace diez días, por ejemplo, una grúa de construcción cayó sobre un edificio, tirándolo abajo y matando a dos obreros, en la calle 13 Este con la Cuarta Avenida. Todavía en la calle 14 y en la Quinta Avenida en torno a esa altura el mundo seguía como si nada. La noticia también salió por todos los medios, pero nosotros quisimos saber qué pasaba en la calle 14, a tan sólo una manzana del accidente, y la gente no se preocupaba. Se puede decir que el dinamismo de la ciudad a doscientos metros de cualquier suceso no se detiene.

Incluso, alguna vez he oído decir a algún corresponsal de algún medio de comunicación español que el impacto del 11-S, sin dejar de ser un hecho brutal y sin precedentes que dejó en estado de shock a todos, no pudo impedir que unas dos cuartas partes de la ciudad retomase el pulso diario en un tiempo especialmente corto.

Los neoyorkinos parecen únicos en librarse de una fuerza terrible como es la histeria de las masas. Tal vez porque están acostumbrados a arreglárselas siempre con todo, pues tienen una temperatura variante como pocas, transportes atestados de gente,  servicios inadecuados para tantos o viviendas viejas como ninguna.

Me parece que ésta sí que es una realidad extraordinaria.

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Wednesday, October 11, 2006

Gran Manzana Transgénica

El otro día en el tren, de camino a Manhattan, había una fila de cuatro asientos y en cada extremo se encontraban dos personas, un hombre y una mujer, ambos de tamaño enorme con muslos de circunferencia olímpica, que ocupaban por cuatro. Un chino intentó tomar asiento entre los colosos a pesar de que muchos en el vagón veíamos demasiada dificultad en la empresa. El pequeño hombre de ojos rasgados dobló su cuerpo como buenamente pudo. Lo fácil sería decir que el chino se puso amarillo, así que diremos que se puso rojo como un tomate. Emparedado como estaba, duró menos de una parada en el asiento hasta que se levantó y se fue al final del vagón.

Sin ánimo de ofender, Nueva York está llena de gente excesivamente gorda. Una situación que no pasa de lo amable si no fuera porque esta obesidad exagerada, que se deja ver en mujeres y hombres por igual, se ha convertido en una cuestión de debate en la ciudad. La culpa la tiene un informe que el Departamento de Salud ha hecho público hace bien poco, donde se indica que las enfermedades del corazón son la causa primera de mortalidad en Nueva York.

Por eso, acaba de proponerse una ley para eliminar de todos los restaurantes las grasas transgénicas, conocidas como “trans”. Estas grasas se encuentran en todos los alimentos fritos y en muchos procesados químicamente. La propuesta de las autoridades sanitarias espera disminuir el riesgo de enfermedades cardiovasculares y la tendencia de muchos habitantes neoyorkinos a enfermedades crónicas como la diabetes y el colesterol. De aprobarse, la ciudad de Nueva York se convertiría en la primera de Estados Unidos en prohibir las grasas trans.

La propuesta de ley toca a una de las espinas dorsales de la ciudad. Muchos comerciantes y dueños de restaurantes se han opuesto a la medida al considerar que pueden tener pérdidas económicas.

Comer fuera de casa es una auténtica pasión en Nueva York. A cualquier hora, en cualquier momento del día, se puede y se debe comer algo si el estómago pica un poco. Es difícil no ver a alguien comiendo mientras camina por la calle o en el metro, en el autobús e incluso conduciendo. Así, por la mañana temprano, se puede observar a los neoyorkinos tomando su desayuno compuesto de bagels (rosquillas) y café, de camino al trabajo. En los puestos callejeros, a partir del mediodía, desde un yuppie hasta un turista piden el clásico hot dog para matar el hambre. También están disponibles las nueces con miel, los pretzels (galleta tostada en forma de rosquilla, espolvoreada con sal), los pinchos de carne y, cada vez más abundantes, los kebabs. Y si el tiempo acompaña, los helados con sirope chorreando nunca faltan. Todo esto en situaciones de tránsito, porque luego están los miles y miles de restaurantes, siempre con gente en ellos, que forman la oferta gastronómica más amplia del mundo. No falta de nada, por ende sombran los alimentos grasientos y se multiplican los problemas para la salud y, claro, para sentarse en el metro.

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Sunday, October 8, 2006

Tierra de todos

Paseando por la calle, algunos anuncios publicitarios señalan que Nueva York es la única ciudad del mundo donde se tiene constancia que se hablan 148 idiomas. Bien es cierto que la historia de esta metrópoli se ha forjado siempre bajo el flujo constante de inmigrantes de todas partes, etnias y religiones, pero resulta llamativo conocer tal variedad de procedencias.

En el siglo XVII, holandeses e ingleses ya peleaban por estas tierras para establecerse en colonias comerciales. La historia cuenta que fueron los holandeses quienes compraron la isla de Manhattan a los indios nativos. Al parecer, fue una hábil maniobra por ambas partes. Los primeros consiguieron la isla a cambio de unas baratijas y unos pocos útiles. Los segundos vendieron unas tierras que directamente no les pertenecían, ni siquiera habían residido allí en la vida. Un hecho histórico que se representa con figuras de tamaño natural en un tono más trascendental y alegórico en uno de los primeros pasillos del American Museum of Natural History (Museo de Historia Natural) de Nueva York.

Con todo, la colonia de Manhattan tomó su nombre de la palabra india Mana-Hata (isla de las colinas). La ciudad, por entonces una comunidad de unos centenares de habitantes, tuvo que esperar a la llegada de los británicos. Éstos se hicieron con el poder de las tierras holandesas y cambiaron el nombre de Nueva Ámsterdam por el de Nueva York, en honor al duque de York, hermano del rey Carlos II de Inglaterra.

En el siglo XIX, alemanes e irlandeses empezaron a llegar en grandes oleadas. Los irlandeses eran campesinos huyendo de la crisis de la patata mientras que los alemanes eran liberales, intelectuales y revolucionarios que vieron fracasar la revolución de 1848 contra el Antiguo Régimen. Durante muchísimos años, Nueva York se enriqueció con la mano de obra barata y el impulso de las nuevas ideas.

Poco después llegarían miles y miles de italianos que en época de revueltas veían en esta ciudad la oportunidad que no tenían de asentarse en su tierra natal. Dieron nombre a Little Italy, como uno de los barrios de la ciudad más poblados y pobres. A finales del siglo XIX, la mayoría de los 750.000 habitantes de la ciudad era inmigrante. Por esa época, vivían más irlandeses en Nueva York que en la misma Dublín.

Durante las dos primeras décadas del siglo XX, las cosas no cambiaron. Se estima que llegaron un millón y medio de judíos, que empezaron a hacer fortuna, y miles más de refugiados de Europa del este, entre ellos muchos griegos que formaron la Astoria griega del barrio de Queens. Los chinos se instalaron en la zona baja de la ciudad, creando la actual Chinatown, después de haber trabajado durante años en la costa oeste de América abandonando la pobreza asiática.

La ciudad mantuvo su posición privilegiada en el campo económico y cultural en el periodo de entreguerras y los años de la posguerra nazi. La comunidad intelectual y creativa, además de las infraestructuras por la mano de obra, aumentaban como la espuma con la entrada de nuevas corrientes de personas. Una tendencia que tuvo sus retrocesos algunas décadas pero que se ha recuperado en los últimos veinte años con la presencia de varias comunidades indias, árabes y, sobre todo, latinas como puedan ser dominicanos, mejicanos o colombianos. Todos ellos impulsados por la inestabilidad política y social de sus países de origen.

Este compendio de gentes hace a Nueva York diferente de casi todo lo demás. No es de extrañar entonces que se puedan hablar decenas de idiomas. Es una suerte en estos tiempos que corren y, bien pensado, siempre han corrido. Tal vez, no hayamos cambiado tanto y Nueva York tampoco. A lo mejor, por eso, Nueva York todavía despierta tantos sueños en tanta gente.

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Friday, October 6, 2006

La música de Paul Auster

La obra de Paul Auster desprende siempre una extraña inspiración que parece estar en conexión directa con la idiosincrasia de Nueva York. El encanto de sus historias o la mística de sus personajes recuerdan a menudo al vitalismo que se respira cada día en las calles de esta ciudad.

El autor de Mr. Vértigo, La música del azar o Trilogía de Nueva York nació en Newark aunque reside como escritor adoptado en la orilla neoyorkina, concretamente en Brooklyn. Algunos han asegurado que es el máximo exponente del realismo mágico del norte, a la estela de Gabriel García Márquez con el que se siente especialmente identificado este novelista que ha sido marinero y profesor de universidad. No creo que la prosa de Auster tenga el peso de la del escritor colombiano, pero sin ser una escritura tan majestuosa esconde, sin duda, una transparencia incuestionable, capaz de irradiar un optimismo embriagador.

Por lo general, una casa y un camino son la metáfora de la obra del último Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Auster suele presentar relatos llenos de paradojas que enfrentan a los personajes con ellos mismos y su entorno. Dos de los ejemplos más ilustrativos en este sentido los encarnan los protagonistas de El libro de las ilusiones y El Palacio de la Luna.

Esa lucha característica de sus narraciones más importantes no queda lejos de la que se puede observar en el conglomerado humano que forma la ciudad de Nueva York. Se diría que sus novelas guardan más de un acorde en común con el ritmo de la metrópoli. Hay siempre una posibilidad de que todo puede cambiar. Y cambia.

En una entrevista reciente, Auster afirmó: “El proceso de escritura tiene que ver con la música, el sonido, el ritmo; relacionar un párrafo con otros, para que la gente no lea sólo con la mente, sino también con el cuerpo”. Verdaderamente, en la escritura de Auster se reconoce a veces esa expresión que dejan los propios personajes de carne y hueso de Nueva York, con el cúmulo de sus desolaciones y sus esperanzas, la mayoría de ellas llevadas en soledad.  

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Tuesday, October 3, 2006

El regreso

Después de mucho tiempo, la primera nota de esta serenata es ahora un soplo que se esfuma en el aire. El regreso ya se ha producido.

Tantos desvelos y tantas tardes de lluvia cultivaron la idealización y sin embargo volver ha sido como entrar por la puerta de casa. Tras la espera, Nueva York se ha presentado muy familiar, lejos de los fuegos artificiales que anidan en los recuerdos. Cuando aparecí en la calle, en el cruce de la Sexta Avenida con la 34, en pleno corazón de Manhattan, me pareció no haber salido nunca de allí. Cualquier viento, propio de los altos vuelos de las ensoñaciones, dejó paso a una rara calidez de mediodía. Como todo en esta ciudad, el sentimiento se caracterizó por su intensidad, siempre desmedida y magnética.

El sonido de la metrópoli, a la salida de la estación, se hizo una acogida de brazos abiertos. Es su mayor seña de identidad, por encima de rascacielos y más reconocible que sus taxis. Nueva York es un enjambre de bocinas, pasos, traqueteos de autobuses, retumbar de trenes subterráneos y palabras, millones de palabras flotando en el aire. La ciudad está envuelta en una vibración incesante, sugiriéndose cada segundo diferente y mostrándose siempre igual. Como el mar que no deja de trabajar con su continuo oleaje, la acústica neoyorkina no descansa. El transeúnte atento nota de alguna manera ese extraño ritmo en el ambiente, muy distinto al de otros enclaves conocidos.

Sin saberlo, ese dinamismo te absorbe, y puede que viaje contigo más allá del asfalto de esta urbe. Un buen día ese sonido despierta y otro cualquiera te da la bienvenida, como si entonces sólo hubiese pasado ayer. Sencillamente, bajo ese ritmo interno percibes que Nueva York, en su estado de continua adolescencia, existe para ser contada, vive por y para las palabras, que se escuchan siempre volando entre calles y avenidas, a la búsqueda de que alguien las haga suyas.

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