Wednesday 29 de November de 2006

Nighthawks (Trasnochadores)

 

Al llegar a la quinta planta del Whitney Musuem of American Art, si se gira hacia la izquierda, uno se encuentra con este bar, expuesto con estos tipos en la barra, perdidos en la profundidad de la noche, bajo el aura fantástica que los envuelve en su condición de simples personajes urbanos.

Como el propio Edward Hooper dijo, no es más que un restaurante de la Greenwich Avenue en la confluencia de dos calles. Tal vez, sea la mejor forma de situarlo por parte de su creador, pero visto desde la perspectiva del espectador, frente al cuadro, el efecto de esas calles y ese bar esboza el hito de la soledad en la gran ciudad.

Puede uno llegar al sitio de frente, como cruzando la calle, y así observar, que a medida que se acerca, la luz del bar es lo único que ilumina ese pequeño rincón de una naturaleza extraviada. Hay un mundo mostrándose en su interior, silencioso como la oscuridad de afuera, pero al que van a parar los náufragos cuando la vida se desborda y se inunda de anhelos pasados.

Si se va por la derecha, la acera se estira algo hasta el cruce con la esquina. El hombre de espaldas enseña su perfil cortado y la sombra en la que se consume. Los que han hecho de este sitio un lugar de estudio aseguran que es el mismo Hooper, sentado dentro de su propio conflicto humano. Hasta ahora lo cierto es que el hombre, ligeramente encorvado y de cualquier manera, carga con una resignación sin cura.

Al llegar por la izquierda, uno se percata aún mejor del ventanal curvo, que hace visible el cristal. El bar rodea a los individuos como un recipiente herméticamente cerrado. La pareja se halla ensimismada, pero por separado, cada uno en su propio aislamiento. Ella parece buscar la gracia a un paquete de cerillas, puede que vacío, incapaz de encender nada. Su acompañante es apuesto, de gesto rígido y mirada penetrante, pero con su cigarrillo entre los dedos y su sombrero gris es fiel reflejo de un hombre sin atributos, un ciudadano sin sueños. Al camarero, por su parte, se le adivina buena persona aunque falto de soluciones, como un recogedor de suspiros, que sólo puede ofrecer cafés de medianoche

En conjunto, estos trasnochadores, refugiados en una luz que cae picada, forman un acontecimiento simple y natural. A pocos pasos de ellos muestran el mismo aspecto abandonado que sugieren, más intacto si cabe con una existencia cromática de una intensidad teatral. Es una escena congelada, en la que cada personaje parece querer cobrar vida a cada segundo que pasa, pero no pueden evitar ser figuras ambivalentes en la duermevela.

Siempre he tenido trastornos del sueño, tal vez por eso sienta tanta empatía por estos tipos. No soy el único, pues hace poco me enteré que el guionista Douglas Steinbeck ha llevado la silenciosa intriga de Nighthawks al teatro, para explicar qué sucede en la vida de los personajes. No lo sé, pero he podido conocerles en persona y no puedo por menos que asegurar que estos noctámbulos de paso fugaz merecen quedar retratados para la eternidad.

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Tuesday 28 de November de 2006

Brooklyn Bridge

Posiblemente, el puente de Brooklyn (Brooklyn Bridge) sea la fotografía más bonita de Nueva York. Al menos, su instantánea, se coja por donde se coja, guarda siempre el mejor brillo.

Desde la orilla de la isla de Manhattan, el lugar más recurrente es Seaport, donde tras dejar atrás unos barcos y remolcadores reformados, que no sin asombro invocan a otra época de vapor y vela en mitad de los rascacielos, se gira hacia la izquierda y se da de bruces con la maravilla. La contemplación se lleva sobre la madera del muelle, con el East River dejándose morir en su encuentro con el Hudson, a la altura de la Estatua de la Libertad.   

Al otro lado del río, en su territorio de origen, la opción más seleccionada es la que ofrece el paseo del Promenade, con vistas igual de espectaculares, entre las lujosas casas de enredaderas que miran al skyline de Manhattan y de las cuales una es residencia de Norman Mailer.

Una de las panorámicas del puente más difíciles de encontrar en las recomendaciones de cualquier guía es la que diariamente está más al alcance de la vista del neoyorkino. La línea naranja del metro, en sus letras B y D, da la posibilidad de observar el Brooklyn Bridge en altura al paso del tren por el puente de Manhattan. La sensación que produce la única imagen en movimiento del puente de Brooklyn es sencillamente asombrosa.

Pero a la contemplación que tengo más cariño, y que es igualmente difícil de encontrar en las páginas de las guías, se halla al bajarse uno en la estación de York St, en Brooklyn Heights. Si se va de noche, conviene ser un amante de las películas de mafiosos para no amilanarse al recorrer callejones de piedra rodeados de fábricas vacías y oscuros parkings para coches. Con luz puede reconocerse la zona como el sitio donde un Al Pacino ciego le pide conducir el Ferrari a un joven Chris O´Donnell en Esencia de mujer.

Como los buscadores de oro, ha de seguirse el camino hacia el río y, bajo el puente de Manhattan, se encuentra el Brooklyn Park. Este parque, reformado recientemente, acoge una serie de bancos que permiten sentarse como el pequeño hombre con sombrero que se ve en una de las láminas más famosas que existen sobre el puente. El asiento se toma entre la tremenda longitud de ambos puentes, quedando el de Brooklyn a la izquierda, en todo su esplendor cuando cae la noche con los rascacielos de fondo. El río ofrece su rumor a la vista mientras un sonido metálico y estridente se oye en las alturas con el traquetear del tren por el puente de Manhattan. Poco más se puede hacer que no sea cegarse de Brooklyn Bridge, con sus cables de acero adornados de luces y su gótico romántico sobre East River.

 

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Monday 27 de November de 2006

El hechicero

Siempre he asociado a Tom Waits con una especie de hechicero, capaz de conseguir lo que pocos encuentran, gracias al arte musical que cultiva con sus polvos de estrellas y sus pócimas secretas. Tardé más de la cuenta en llegar a él, fui reservándome el adentrarme en su leyenda como quien deja el mejor bocado para el final. Por mi vida antes pasaron las grandes discografías de Bruce Springsteen, Neil Young, Bob Dylan, Van Morrison, Tom Petty, Otis Redding y menesteres de igual tamaño. Hasta que un buen día todo esto cambió.

A la vuelta de mi primer viaje a Nueva York, no podía evitar que pasado un tiempo me asaltaran, a menudo, recuerdos del fuego de la noche neoyorkina. Por una extraña razón que aún desconozco, empecé a relacionar aquellos paseos nocturnos con Tom Waits. No sé si tenía sentido. La misma intensidad que gastaba en recordar se proyectaba en conocer la música de Waits. Aunque seguí sin atender a ello durante una temporada, sin hacerme con uno de sus discos como esperando algún momento realmente propicio, lejos de las prisas. No hice lo mismo con el último disco de Springsteen por esas fechas. Fui a la tienda el primer día que salió a la venta. Allí, casualmente me encontré que cerca estaba Closing Time, y sentí que ya era hora de dar el paso, después de escuchar la novedad de Bruce.

Había decidido reservar la misma tarde-noche que compré el disco de Springsteen a degustarlo tranquilamente. Adelanté trabajo y me preparé. Pero sucedió lo nunca imaginado. No habían pasado ni cinco minutos de tener el disco de Sprinsgteen en la cadena de música cuando se fue la luz. Aquella noche llovía con furia. Esperé a oscuras a que se reactivará el servicio y encender el aparato. Pero la luz no venía y el disco estaba dentro. Estuvimos sin ella hasta el día siguiente.

En una casa en velas, se había roto la ilusión de disfrutar de un disco nuevo y ansiado. Tumbado sobre la cama, observé que tenía el discman en la mesa y Closing Time aguardando en la penumbra. No podía dudar de ello. Había sido acto de magia. Bajo una atmósfera temblorosa, en un juego de luces y sombras, me adentré a escuchar el primer álbum de Tom Waits. Antes de dar al play, pensé que me exponía a no tener tanto motivo de acordarme de Nueva York y su noche. Podía ser. Pero sin remedio ya se oía el one, two, three de una voz fuera de lo común.

Ningún disco, salvando alguno de Bruce, ha conseguido nunca antes llevarse tanto de mí. Ninguna música, nunca antes, me dio tanto impulso para perseguir la estela de un recuerdo que nunca estuvo completo. Tras Closing Time, llegaron The Heart of Saturday Night, Small Change y los demás. Así hasta Orphans: Brawlers, Bawlers & Bastards, el último trabajo de este arrebatador artista que salió publicado la semana pasada y donde encontraréis la mejor información en Máquina de huesos. Podría dedicar otro mensaje a hablar de este triple cd que ya es disco del año, por encima de los de Springsteen, Dylan, Petty o Young, con joyas como Take care of all my children, Widow´s grove, Low Down o Fish in the Jailhouse. Podría, pero no lo haré. Sólo os aseguro que desde aquel suceso de lluvia, velas y música, y a medida que me sumergía en Tom Waits, me fue muy difícil volver a las viejas memorias, todo era mirar hacia delante.

Y siempre me pasa. Cuando el hechicero empieza a tocar el piano, me entran unas ganas de muerte de ponerme en marcha.

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Sunday 26 de November de 2006

American Skin

Hoy sólo quería llamar vuestra atención, en este día de domingo, por una triste realidad que no sólo sucede en las películas sobre las calles de Nueva York. Por desgracia, parece que se repite de forma periódica. El hecho sucedió la noche del sábado y la fuente de la información es la Agencia EFE.


Sean Bell, un joven negro de 23 años que hoy iba a contraer matrimonio, falleció la pasada madrugada acribillado por agentes de la Policía a la salida de un club nocturno en Nueva York, donde celebraba su despedida de soltero. Dos de sus amigos resultaron heridos, uno de ellos de gravedad. Los jóvenes, que iban desarmados, recibieron 50 tiros. De momento, la Policía no ha podido explicar lo sucedido, mientras cunde la indignación entre familiares y líderes de la comunidad negra, entre ellos el reverendo y activista Al Sharpton.

Kathleen Price, una de las portavoces de la policía de la ciudad, ha informado de que los hechos ocurrieron a las 4.00 hora local (las diez en España) en las cercanías del Club Kalua, un local de striptease situado en el barrio de Queens. Price ha agregado que no se registraron heridos entre los policías. El sargento Mike Wysokowski, otro portavoz, ha reconocido que, por el momento, se desconocen las causas del tiroteo y que al menos ochos oficiales estuvieron implicados en la refriega.

El club estaba siendo investigado desde hacía semanas, según han informado las autoridades, por prostitución, tráfico de armas y de drogas. Los agentes, que iban de paisano, reconocen haber cometido un error y alegan que uno de ellos escuchó a los jóvenes decir "saca la pistola". Dispararon hasta 50 tiros contra el coche en el que se había subido el grupo de amigos.

El reverendo Al Sharpton, amigo de la familia de Bell y de su novia, padres de dos hijos de tres y cinco meses, ha explicado a los periodistas que no se han encontrado armas en el automóvil del joven fallecido y que "no había razones para que la policía disparara". Sean ingresó en el Hospital Jamaica de Nueva York, donde murió, mientras que los otros dos jóvenes se encuentran en la Clínica María Inmaculada. Los dos jóvenes heridos han sido identificados como Trent Benefeld, de 23 años, y Joseph Guzmán, de 31. Sharpton ha declarado que "la novia, en lugar de organizar su boda, está organizando su entierro". El sacerdote ha añadido que esta familia merece respuestas y justicia" y que estará "con ellos hasta lograrlas". Vamos a investigar los hechos", ha subrayado el activista político.

Además ha mostrado su indignaciçon tras comprobar que los heridos estaban esposados a sus camas. "No somos antipolicía, somos antiviolencia", ha concluido el reverendo.


Hace unos años, Bruce Springsteen compusó una estremecedora canción llamada American Skin (41 shots) que relataba un hecho igual que éste, con la salvedad que el chico, que fue acribillado entonces por 41 disparos, iba solo e hizo el amago de sacar la cartera de su abrigo para identificarse. Una canción que sigue siendo de rabiosa actualidad, aquí, en Nueva York; y me temo que lo será por mucho tiempo si la mentalidad de algunos no cambia.

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Saturday 25 de November de 2006

Acción de Gracias

Uno se daba cuenta que los próximos días prometían diferentes cuando el lunes los supermercados abrían la semana haciendo hueco como podían en sus frigoríficos a los pavos congelados. La gente empezaba a comprar comida de forma compulsiva. Los periódicos, las emisoras de radio y los canales de televisión también iban avisando con su información detallada al milímetro sobre las previsiones del tiempo en todas partes del país. El martes ya se veían las primeras imágenes de aeropuertos con largas colas de espera. Mientras, el tráfico de Nueva York era más disparatado, si cabe, en la hora punta de la tarde del miércoles. Por un instante, llegué a pensar que se había decretado el estado de sitio, aunque sabía que nos encontrábamos en vísperas del día de Acción de Gracias (Thanksgiving).

En Estados Unidos, el día de Acción de Gracias se celebra cada cuarto de jueves de noviembre. Se trata de la única fiesta capaz de paralizar al país entero, seguido del fin de año y el Día de la Independencia. Así que el jueves por estas tierras fue día de fiesta, una palabra que casi se me había olvidado pronunciar pues los neoyorkinos no son muy dados a ella. Y menuda fiesta. Nueva York celebró su tradicional desfile de globos, que este año llegaba a su edición ochenta.

Pero antes es de justicia decir que nada acompañó. El jueves amaneció lloviendo a cantaros y con temperaturas oscilando entre los 2 y 5 grados, con una sensación térmica inferior por culpa del viento. Encima se superaba la asistencia del año anterior. Más de dos millones y medio de personas, venidas muchas de otros Estados y repartidas desde la 77th St. hasta Herald Square, frente a los almacenes Macy´s, organizador de este monumental desfile. Una locura.

De todas formas, se pudo disfrutar de un ambiente impagable, por su exceso y su originalidad. Los niños agarrados a sus globos y con ojos como platos gozando de los gigantes Scooby Doo, Snoopy, Garfield, Picachu o Bob la Esponja. Cada figura era llevada por unas veinte personas. Buena música de bandas y las primeras referencias a la llegada inminente de la Navidad. Un enorme Santa Claus cerró el desfile. Para el que le interese este acontecimiento, se recomienda la película De ilusión también se vive (Miracle on 34th Street, 1954) o su remake de inferior calidad Milagro en la ciudad (1994).

Luego, en todo el país llegó la cena de Acción de Gracias. A diferencia de la Navidad, el día de Acción de Gracias no es una celebración exclusiva del cristianismo y se festeja en todos los rincones del país. Por eso, hay más desplazamientos que ninguna otra fecha del año. Es el día que todos los familiares, entre hermanos, primos y abuelos, se reúnen alrededor del pavo, se ven después de meses y terminan, ellos, bebiendo cervezas y viendo algún partido de fútbol americano.

Nosotros acabamos en casa de unos amigos, degustando comida de muchos países, no sólo pavo y pastel de manzana. Allí, me enteré que Acción de Gracias es una tradición que data del siglo XVII y que al parecer nació de la hospitalidad que una tribu india de Massachusetts tuvo con un grupo de supervivientes colonos puritanos, sorprendidos por un duro invierno. Al final estos indios, como todos, sucumbieron al despiadado asentamiento colono, aunque todavía hay un grupo de los primeros nativos que al menos lucha por que la historia no se desvirtué. Todavía no lo han conseguido porque la fiesta se asocia desde siempre al agradecimiento de los colonos a Dios por las cosechas anuales.

A los indios nadie les ha dado aún las gracias, mientras todas las tiendas de Nueva York han dado su anual pistoletazo de salida a las compras de Navidad.

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Friday 24 de November de 2006

El mejor lanzamiento nipón

Daisuke Matsuzaka es el gran ídolo del béisbol japonés por el que los clubes más ricos de las Grandes Ligas de Estados Unidos están dispuestos a vaciar sus carteras. Este pitcher diestro de 26 años, capaz de lanzar la bola a más de 140 kilómetros por hora, ha llevado una carrera meteorítica en su país en los Leones de Seibu. Pero este equipo se le ha quedado pequeño, más aún cuando se convirtió en el jugador más valioso del último Clásico Mundial de Béisbol, un escaparate donde participan equipos de todo el mundo con la idea de sacar una pasta por sus mejores jugadores a los insaciables clubes estadounidenses.

Los dueños de los Leones de Seibu se frotan las manos. El lanzador ha recibido el permiso del equipo para negociar, dos años antes de acabar su contrato. El club que desee hacerse con los servicios de su estrella debe desembolsar cerca de 30 millones de dólares sólo por el derecho a negociar con él. Luego, toca presentar la oferta más apetitosa. En esta carrera han entrado nueve clubes; entre ellos, los representantes neoyorkinos, Yankees y Mets.

El jugador tampoco se ha dormido en los laureles y ha contratado al agente, Scott Boras, capaz de rascar hasta el último dólar sobre la mesa de caoba del despacho de cualquier gerente general de béisbol. En su lista de clientes se encuentra Alex Rodríguez, tercera base de los Yankees, que tiene el contrato más caro con unos nueve millones de dólares por temporada.

Una cifra similar podrá embolsarse Matsuzaka si la oferta de los Medias Rojas de Boston es aceptada por el equipo japonés. Es la más alta. La operación se cerraría en 83 millones de dólares, entre derechos, negociación y monto del contrato. Sería el mejor lanzamiento nipón de la historia. No sabemos si acabará en bola.

*Artículo publicado en el diario deportivo La Voz del Deporte dentro de mi colaboración con el periódico cada martes de la semana. Este blog recoge el texto siempre después de ser publicado en el diario.

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Thursday 23 de November de 2006

Exhibicionismo neoyorkino

Imagino que muchos ya sabéis la última del mago David Blaine, que no es otra que permanecer suspendido durante tres días sobre Times Square atado con grilletes a un giroscopio. Una de tantas excentricidades de este neoyorkino nacido en Brooklyn que antes pasó 44 días en una jaula a base de agua sobre el río Tamésis, permaneció sepultado durante siete días en un ataúd o se sacó el corazón en mitad de un programa de televisión. Todo este circo está patrocinado por una multinacional vendiendo una campaña de ayuda a niños necesitados. Una estúpida solidaridad que no deja de ser un ejercicio de marketing.

Pero este tema me ha hecho pensar en el exhibicionismo que, como una chapa incrustada en la solapa, se reconoce en cada neoyorkino. Un rasgo que llama poderosamente la atención al foráneo, tan ávido de las situaciones más inverosímiles que suceden por estas calles. En este sentido, Times Square se lleva la palma, ya que desde que llegué he visto una exposición de motos Harley Davidson en plena avenida o la plaza cortada al tráfico para crear un patio de butacas donde visionar por una de sus enormes pantallas el estreno de Madama Batterfly en el Metropolitan Opera. Sin embargo, me refiero a un exhibicionismo tan genuino como el de los grandes acontecimientos y que goza de una salud a prueba de bombas. Hablo de la manifestación individual neoyorkina, tan diferente a todo lo conocido que no tiene mejor adjetivo que el de la ciudad. 

Un ejemplo me viene que ni pintado para explicarlo. El otro fin de semana paseando por Central Park a media mañana nos topamos a la altura de Sheep Meadow con un grupo de neoyorkinos que, según dicen ellos mismos, practican el arte de la danza sobre patines. La mayoría son miembros de la asociación Central Park Dance Skaters Association Skate Circle. Verdaderos frikis (freak) que acotan una zona del parque para patinar mientras un Dj en una mesa de platos pincha funky, hip hop y todo aquello que pueda incitar al baile, sobre patines. Con la música a todo trapo, los curiosos se amontonan alrededor de la pista y los turistas gastan la batería de sus cámaras digitales.

La risa llega a primera vista. Una pareja de ancianos, que debieron ser patinadores profesionales, practican sus bailes de salón sobre ruedas. Otra de la misma quinta vuela de un lado para otro en mangas de camisa rosa y maquillada. Un gran negro danza tal cual bailarina y otro corre de espaldas emocionado por el ritmo. Hay patinadores solitarios, de dos en dos o en grupo. Mientras tanto, los del staff se encargan de animar a los del otro lado de la valla a participar en la fiesta.

Cada uno responde a ese impulso de exhibición tan propio de aquí, nada extraño. En conjunto, forman una marca de fábrica neoyorkina, con la que os podéis entretener un rato, como yo lo hice, en el siguiente vídeo que me he encontrado buceando en la red.  

Posted by Fernando Navarro at 03:55:02 | Permanent Link | Comments (3) |

Wednesday 22 de November de 2006

Fábula cinéfila

Cerca de donde vivo hay un cine que cuando lo vi por primera vez con sus brillantes lucecitas y sus letras negras sobre fondo blanco me recordó a aquel que aparecía en La rosa púrpura de El Cairo (The Purple Rose of Cairo, 1985). Tal vez, sea mi admiración por ese hombrecillo llamado Woody Allen, pero lo cierto es que la fachada del Loew´s Jersey Theatre, construido en 1926, conserva la apariencia de otra época, cercana a las viejas historias y a los sueños que bailan a ritmo de swing. En más de una ocasión me he preguntado si en su interior no aguarda una solitaria Mia Farrow, sentada sobre una butaca roja en la confortable oscuridad.

A la espera de saberlo, puedo asegurar que desde hace algún tiempo me siento como el aventurero Gil Shepherd de la cinta de Woody Allen, a medio camino entre la realidad y la ficción. A veces, me parece que esta experiencia es como una película, vista en pantalla grande. Cada objeto forma parte del decorado, cada persona es un personaje y yo un simple protagonista, como otro cualquiera, que tiene un papel que cumplir.

Todavía no sé cuando llegué a pisar realmente el suelo de Nueva York. Durante una temporada no he sentido ni he padecido, tan sólo he sido un personaje en blanco esperando alguna trama, prisionero de mi propia película, que se sucede sin que yo pueda hacer nada.  

Es difícil no verlo de otra manera. Tanto tiempo al acecho de esta historia y ahora que estoy dentro de ella me doy cuenta que el guión sólo llevaba escrito el título. Quisiera decir que puedo escribir varias páginas, y seguramente así sea, pero el problema está en el desenlace. La realidad está en el lado del proyector. Hay una idea, un profundo sentimiento, que trajo de nuevo todo esto que es Nueva York. Quiero pensar que con llegar aquí no basta. Quiero creer que mi personaje salta de la pantalla y padece la lluvia de medianoche, superando la indeterminación.

No he acudido a la llamada de estas calles para evadirme, tal Mia Farrow en el cine Jewel. Puede que se esté acercando el verdadero momento en el que tengo que hacer frente a la realidad, a mi propia realidad, y a la historia que quiero hacer de ella. Necesito que llegue, o no podré evitar confundirme con mi personaje.

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Tuesday 21 de November de 2006

En la lavandería

Cada vez que tengo que ir a la lavandería, me entran ganas de salir corriendo. Esto de la lavandería no va conmigo, me recuerda a tener que hacer los deberes de matemáticas en el colegio, pero es inevitable.

Por aquí, se hace difícil ver lavadoras en los pisos. Se trata de llenar y llenar la bolsa de la ropa sucia hasta verte en la obligación de bajar a la calle con ella, andarte un par de manzanas y consumir un par de horas en el sitio, limpiando y secando la misma ropa que volverás a ensuciar en un breve periodo de tiempo.

Existen dos tipos de lavanderías; la laundromat, que es un autoservicio, y la laundry, que cuenta con personal que puede atender tu colada y doblar tu ropa por un suplemento. Son igual de aburridas, pero es lo que se lleva en esta ciudad. Hay varias maneras de hacer el viaje:

Los más ordenados, por lo general solteros y solteras, van con su bolsita en la mano transportando sus seis o siete prendas regularmente dos veces por semana. No miran el dinero sino la comodidad.

Los más expertos usan carritos de la compra para mover el armatoste de ropa sucia. Suelen ser madres a cargo de familias numerosas.

Y el resto, la mayoría en la que me incluyo, agarramos como buenamente podemos un saco, emulando a ese viejo entrañable que responde al nombre de Papa Noel (Santa Claus). No sé cómo hará el anciano para reír mientras transporta tal cantidad de peso a cuestas. Yo no río, y eso que entró por la puerta, agotado sí, y no por la chimenea.

Dentro del local la historia comienza por la selección de lavadora. La mitad no suelen funcionar. La pequeña cuesta 1,50 dólares, la mediana 2$ y la grande 4$. Si no se es propenso a los mareos, en esta última podría lavarse uno con una vaca en brazos. Las máquinas funcionan con monedas de 25 centavos que se depositan una por una en rendijas. No hay lavandería que no tenga su aparato para cambiar billetes por monedas. Luego, el mecanismo es como el de cualquier lavadora, con la salvedad que el programa es fijo sin la posibilidad de seleccionar lo que deseas entre prelavado, lavado, aclarado y centrifugado. Tampoco suele seleccionarse la temperatura. Todo está ya elegido de antemano.

La espera se lleva lo mejor posible. Uno puede escaparse en esos tres cuartos de hora de lavado e ir haciendo otras cosas. Pero para los que creen que su ropa interior es un tesoro que merece vigilancia, el establecimiento tiene televisiones, revistas, periódicos y máquinas de refrescos y comida.

Sólo en las series de televisión y en las películas se encuentra el amor verdadero junto a la secadora. Observando las caras de alegría de las personas presentes, no parece un lugar propicio para ligar, aunque hay alguno que lo intenta con entradas tan recurrentes como; "Qué... el chisme da más vueltas que la vida!".

Por cierto, entre tanta lavadora no se ve nunca un hombre musulmán, a no ser que sea el dueño del establecimiento. No sucede lo mismo con las mujeres musulmanas, que ataviadas con sus pañuelos sobre la cabeza se acercan solas o acompañadas de sus pequeños. Con la mayoría de la población latina la cosa es parecida pero diferente. La mujer y la hija se encargan de la colada, mientras el marido se pasa de vez en cuando con el hijo varón a comprobar que todo está en orden. Un vistazo y se van a dar un paseo.

Yo, en cambio, no me libro.

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Monday 20 de November de 2006

Central Café

Frente a la puerta principal de la Grand Central Terminal y bajo el pequeño puente que salva la calle 42 conectando Park Avenue con la estación de ferrocarriles, descansa una cafetería que desde hace mucho tiempo es mi humilde lugar de retiro. Su nombre es Central Café, uno de esos establecimientos que guardan el aroma a antigua canción de jazz.

Difícilmente alguien que busque alimentar el estómago encontrará en este sitio alguna gran recompensa, porque Central Café no sirve el mejor desayuno de Manhattan ni los platos más baratos. Su encanto poco tiene que ver con el contenido de su menú. La llave de su atractivo reside en un carácter único, forjado por esos viajeros que tienen unos minutos antes de coger el tren, otros que vienen cargados de historias tras apearse de la estación y quienes, como yo, sólo buscan un poco de reposo en medio de la vorágine urbana.

Ese rasgo de cruce de caminos también se constata en su aspecto físico. Con sus letras rojas y luminosas, el letrero de Central Café cuelga en una cabina a modo de hall, que trae a la memoria los viejos cafés neoyorkinos. En su interior, sin embargo, hay un aire a cafés parisinos con sus sillas de mimbre y sus mesitas rojas.

Sentado en alguna de esas mesas, bajo un techo ligeramente ovalado, lo mejor que se puede hacer es observar la intensidad de la vida al otro lado de los ventanales, con el encuadre que deja la puerta de la Grand Central Terminal y el puente sobre ese pedacito de la 42th St. 

El movimiento sordo de la calle pasa como un rollo de película que no se detiene. Los taxis van y vienen. Por ahí se ve a un caballero con maletín correr para coger el tren, mientras dos señoritas muy arregladas salen de la estación. Otro joven espera apoyado en una farola con un ramo de rosas y una chica, que carga una guitarra, cruza la calle con la mirada fija al suelo, pareciendo buscar un acorde que se le ha caído. El paso de las personas y los coches, como el sonido del viento otoñal que hace volar las hojas, ha de oírse fijando la mirada y dando paso a la fabulación. Uno termina por crear fotografías en blanco y negro de cada personaje que aparece en escena.  

Tal vez, Central Café no sea el mejor sitio para las recomendaciones de los periódicos. Pero es un rincón especial que esconde magia. La misma que me llevó hasta él. Fue cuando recién licenciado en Periodismo me encontraba disfrutando de esta ciudad en todo su esplendor mientras podía contarlo por la radio, en una sección que ganó peso. Un 10 de septiembre fue la última conexión, dos días antes de abandonar la ciudad. Cerré entrevistando en directo a Antonio Muñoz Molina, que acababa de llegar a la dirección del Instituto Cervantes de Nueva York y era una de las personas más representativas que vivió el 11-S, con la sombra del 11-M en España.

Creo que la emoción de toda aquella mañana me nubló con el tiempo muchas cosas tal y como fueron. Pero recuerdo que bajé la Quinta Avenida con un sol radiante, sintiendo que algo quedaba ya para siempre. Entonces giré en la 42th St y me topé con Central Café, frente a la Grand Central Terminal. Me senté en una de sus sillas de mimbre, junto a la ventana, con un café con leche, un zumo de naranja y un croissant. Me quedé contemplando el ritmo de la calle. Sentí que acababa de bajarme de un tren que había llegado a su última estación. Sólo deseaba coger el siguiente. Y la vida ha querido que mi tren pase de nuevo por Nueva York. Espero que la misma mesa de Central Café me quede reservada al final de este viaje.

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