Volver
El pasado viernes se estrenó Volver (2006) en las salas de la ciudad, tras haber pasado por el New York Film Festival durante la primera quincena de octubre. No deja de ser curioso ver una película española en la cartelera neoyorkina, pero más aún es contemplar cómo se acoge una cinta de Almodóvar en
la Gran Manzana.
Sabía que el cine de Pedro Almodóvar interesa a los neoyorkinos. Uno de ellos así me lo comentaba hace unos días. Hablábamos de España e incidió apasionadamente en Almodóvar y su obra, dejando de lado los tópicos que nos persiguen. El director manchego es considerado un artista de culto. Su arte produce un gran atractivo al moverse en el círculo independiente pero sin faltarle reconocimiento ejemplificado en los Oscars, que siempre se tienen en cuenta. La prensa además ha calificado su último trabajo con una media de cuatro estrellas sobre cinco.
Pero al acercarme al cine, no imaginé que sincera y grande podía ser la expectación de los neoyorkinos. Una de las salas donde se proyecta Volver es el Lincoln Center Cinemas, donde muchos que han querido verla se han tenido que coger entradas para otra sesión porque ya se habían vendido todos los asientos. Al no ser numerados, no era recomendable entrar apurando la hora pero veinte minutos antes ya tocaba, como en mi caso, sentarte en las primeras filas.
El público está formado, principalmente, por matrimonios cultivados del Upper Side de Manhattan. Parejas que a primera vista pasarían sin problemas por algunas de las tantas que salen en las películas de Woody Allen. También llama la atención ver a numerosas ancianas, que acuden a la sala sin compañía y parece llegarlas el cine de Almodóvar más que a nadie. Ellas son las que más se animan a hablar con otras personas de cuánto les gusta este hombre.
A diferencia de España, los estadounidenses no doblan las películas. Una situación de la que soy partidario pero que permite darse cuenta de lo mucho que, a veces, se pierde en la traducción, más cuando el lenguaje que utilizan los personajes de Almodóvar es tan costumbrista. Los dejes manchegos de Penélope Cruz o Lola Dueñas o las coletillas latinas que tiene la amiga prostituta pasan desapercibidas en la mayoría de los subtítulos. Lo que uno siente casi como propio, por cercano, queda bastante más plano.
Pero esto no es problema para nadie. Los matrimonios cultivados y las ancianas ríen con las frases. Y algún que otro escandaloso se toma cada frase del guión como una carcajada, que se repite estridente por la sala. En algunos momentos, parece como si Almodóvar representase el humor fácil y barato, lejano a lo dramático que guardan sus retratos. De otra forma, donde uno ve normalidad española, los neoyorkinos ven exotismo e incluso disparate. Por ejemplo, con los sonados y apretados besos de las mujeres o con alguna contestación que otra de la Penélope Cruz o la Carmen Maura.
Al finalizar la película, la sala rompe en aplausos y algunas ancianas califican a gritos lo visto con un very good o un fantastic. No son pocos los que quedan maravillados y sorprendidos con la interpretación de “la otra novia de Tom Cruise que no es Nicole Kidman”, como vulgarmente califica la prensa sensacionalista estadounidense a Penélope. Como tampoco son pocos los que piensan al abandonar la sala que Almodóvar es de lo mejor que se puede ver en el cine hoy día. Palabra neoyorkina.