Naciones Unidas
Gracias a la hermana de Nines, la guapísima Esther, conocemos a uno de los consejeros del embajador de España en las Naciones Unidas (ONU). Una persona, que representando al país, se reúne diariamentecon otros iguales de diferentes naciones para negociar soluciones a los problemas de seguridad y terrorismo que afectan al mundo. En otras palabras, una persona que se mueve cada día por los pasillos y las salas de la cámara con más peso de la organización; el Consejo de Seguridad de la ONU. De su mano, hemos tenido la oportunidad de conocer, con tratamiento de delegados, la sede del organismo internacional más allá del recorrido turístico de una hora que se oferta por más de diez dólares.
El simbolismo de Naciones Unidas es mundialmente conocido. Tal vez, sea esa razón de más para que el edificio que aloja su sede resulte tan poco estimulante, dentro de una ciudad que, para más sangre, destaca por el diseño de su arquitectura. Los que construyeron el edificio tras la II Guerra Mundial ya debieron pensar que en el mundo habría poco lugar para la estética mientras existiese la funcionalidad. Y con su estructura rectangular, habitada por centenares de despachos, la última venció a la primera, e intenta con el paso de los años tener algún sentido.
Una vez dentro, nuestro formidable guía se salió del recorrido turístico. Así, pudimos sentarnos en la silla del presidente y el director del Consejo de Seguridad, donde cada día se intentan solucionar los conflictos de una forma pacífica a través del diálogo, bajo la grabación de las cámaras del canal de televisión de la ONU. Al menos, esa es la fachada.
Tal y como conocimos, una cosa es lo que se hace ver y otra lo que es. Por ejemplo, los representantes de Israel y Palestina parecen mostrarse respeto y querer hacer su trabajo sobre la mesa redonda del Consejo de Seguridad, pero cuando abandonan la sala no se hablan, por no dirigirse malas palabras. Esta sala que se conoce como una de las más importantes para los designios del mundo realmente no deja de ser un marco de representaciones, más o menos convincentes, donde cada embajador tira de sus apuntes, bajo el respaldo de sus consejeros, sentados a sus espaldas. El verdadero teatro de operaciones se cuece en un salón colindante, fuera del recorrido turístico y parecido al hall de un hotel, donde se hablan las cosas por su nombre. Incluso cuenta con una habitación para asuntos urgentes, donde cuelga un cartel de ocupado cuando es utilizada. Cuando nosotros estuvimos allí, miembros de la Confederación Árabe ocupaban una de las mesitas del salón hablando de distintas estrategias.
Nuestra visita tampoco tuvo nada de las explicaciones de los guías oficiales, que enfatizan en su discurso la necesidad de diálogo y conciencia que promueve la ONU. A pesar de que pudimos sentirnos como Kofi Annan frente al micrófono en la zona de prensa, nos quedó claro que los que de verdad mandan en ese edificio son los intérpretes. Su sindicato dice cómo y cuándo se hacen las reuniones. Si pasa de las seis de la tarde, se paga hora extra y, claro, esto pocas veces sucede. Así que muchos consejeros si tienen que hacer reuniones o alargarlas sin intérpretes más allá de esa hora, utilizan el inglés como idioma de negociación y se atienen a que no había una traducción exacta de los términos cuando éstos no son del agrado de los gobiernos a los que se deben. En este aspecto, nos contaba nuestro guía que las traducciones son de una importancia vital. Y ahí, los intérpretes de español que en su inmensa mayoría son latinos pueden crear importantes confusiones con su vocabulario distinto al nuestro. Por cierto, los idiomas oficiales de la ONU son; inglés, francés, chino, ruso, árabe y español.
Los consejeros trabajan por comisiones y se pueden ver muchos despachos ocupados. Sobre la puerta de cada habitación, a modo de estación de tren, una pantalla informa de los países que se han citado y el motivo de la reunión. Nosotros comimos rodeados de consejeros, que donde más a gusto se encuentran, por lo general, es en una pequeña cafetería de la segunda planta, único lugar habilitado para fumar. Allí, es normal ver a todos como estudiantes con sus cafés y sus papeles sobre la mesa.
La Asamblea General es lo que más impresiona. Con sus numerosas cabinas por las paredes trae a la memoria, para los que la han visto, la película de La intérprete (The Interpreter, 2005). Nadie que no esté oficialmente acreditado puede acceder a la parte baja de esta sala y a ninguna de sus 192 delegaciones, que rotan cada año situando a cada país en diferentes mesas frente a la presidencia. Nosotros, ya está dicho, fuimos unos privilegiados, gracias a nuestro amigo. Y pudimos sentarnos donde lo hace el embajador de España y, cuando viene, el Presidente del Gobierno. Tiene su gracia; aunque bajo esa cámara ovalada uno esconde la imperiosa sensación de que todo debería ser mucho más fácil. Y además con ardor se piensa que nadie, por muy poderoso que sea, debería olvidarse que este organismo existe. En definitiva, dan ganas de cambiar el mundo, empezando hoy mismo sin esperar a mañana, aunque se desconozca cómo hacerlo.
