Central Café
Frente a la puerta principal de la Grand Central Terminal y bajo el pequeño puente que salva la calle 42 conectando Park Avenue con la estación de ferrocarriles, descansa una cafetería que desde hace mucho tiempo es mi humilde lugar de retiro. Su nombre es Central Café, uno de esos establecimientos que guardan el aroma a antigua canción de jazz.
Difícilmente alguien que busque alimentar el estómago encontrará en este sitio alguna gran recompensa, porque Central Café no sirve el mejor desayuno de Manhattan ni los platos más baratos. Su encanto poco tiene que ver con el contenido de su menú. La llave de su atractivo reside en un carácter único, forjado por esos viajeros que tienen unos minutos antes de coger el tren, otros que vienen cargados de historias tras apearse de la estación y quienes, como yo, sólo buscan un poco de reposo en medio de la vorágine urbana.
Ese rasgo de cruce de caminos también se constata en su aspecto físico. Con sus letras rojas y luminosas, el letrero de Central Café cuelga en una cabina a modo de hall, que trae a la memoria los viejos cafés neoyorkinos. En su interior, sin embargo, hay un aire a cafés parisinos con sus sillas de mimbre y sus mesitas rojas.
Sentado en alguna de esas mesas, bajo un techo ligeramente ovalado, lo mejor que se puede hacer es observar la intensidad de la vida al otro lado de los ventanales, con el encuadre que deja la puerta de la Grand Central Terminal y el puente sobre ese pedacito de la 42th St.
El movimiento sordo de la calle pasa como un rollo de película que no se detiene. Los taxis van y vienen. Por ahí se ve a un caballero con maletín correr para coger el tren, mientras dos señoritas muy arregladas salen de la estación. Otro joven espera apoyado en
una farola con un ramo de rosas y una chica, que carga una guitarra, cruza la calle con la mirada fija al suelo, pareciendo buscar un acorde que se le ha caído. El paso de las personas y los coches, como el sonido del viento otoñal que hace volar las hojas, ha de oírse fijando la mirada y dando paso a la fabulación. Uno termina por crear fotografías en blanco y negro de cada personaje que aparece en escena.
Tal vez, Central Café no sea el mejor sitio para las recomendaciones de los periódicos. Pero es un rincón especial que esconde magia. La misma que me llevó hasta él. Fue cuando recién licenciado en Periodismo me encontraba disfrutando de esta ciudad en todo su esplendor mientras podía contarlo por la radio, en una sección que ganó peso. Un 10 de septiembre fue la última conexión, dos días antes de abandonar la ciudad. Cerré entrevistando en directo a Antonio Muñoz Molina, que acababa de llegar a la dirección del Instituto Cervantes de Nueva York y era una de las personas más representativas que vivió el 11-S, con la sombra del 11-M en España.
Creo que la emoción de toda aquella mañana me nubló con el tiempo muchas cosas tal y como fueron. Pero recuerdo que bajé la Quinta Avenida con un sol radiante, sintiendo que algo quedaba ya para siempre. Entonces giré en la 42th St y me topé con Central Café, frente a la Grand Central Terminal. Me senté en una de sus sillas de mimbre, junto a la ventana, con un café con leche, un zumo de naranja y un croissant. Me quedé contemplando el ritmo de la calle. Sentí que acababa de bajarme de un tren que había llegado a su última estación. Sólo deseaba coger el siguiente. Y la vida ha querido que mi tren pase de nuevo por Nueva York. Espero que la misma mesa de Central Café me quede reservada al final de este viaje.