En la lavandería
Cada vez que tengo que ir a la lavandería, me entran ganas de salir corriendo. Esto de la lavandería no va conmigo, me recuerda a tener que hacer los deberes de matemáticas en el colegio, pero es inevitable.
Por aquí, se hace difícil ver lavadoras en los pisos. Se trata de llenar y llenar la bolsa de la ropa sucia hasta verte en la obligación de bajar a la calle con ella, andarte un par de manzanas y consumir un par de horas en el sitio, limpiando y secando la misma ropa que volverás a ensuciar en un breve periodo de tiempo.
Existen dos tipos de lavanderías; la laundromat, que es un autoservicio, y la laundry, que cuenta con personal que puede atender tu colada y doblar tu ropa por un suplemento. Son igual de aburridas, pero es lo que se lleva en esta ciudad. Hay varias maneras de hacer el viaje:
Los más ordenados, por lo general solteros y solteras, van con su bolsita en la mano transportando sus seis o siete prendas regularmente dos veces por semana. No miran el dinero sino la comodidad.
Los más expertos usan carritos de la compra para mover el armatoste de ropa sucia. Suelen ser madres a cargo de familias numerosas.
Y el resto, la mayoría en la que me incluyo, agarramos como buenamente podemos un saco, emulando a ese viejo entrañable que responde al nombre de Papa Noel (Santa Claus). No sé cómo hará el anciano para reír mientras transporta tal cantidad de peso a cuestas. Yo no río, y eso que entró por la puerta, agotado sí, y no por la chimenea.
Dentro del local la historia comienza por la selección de lavadora. La mitad no suelen funcionar. La pequeña cuesta 1,50 dólares, la mediana 2$ y la grande 4$. Si no se es propenso a los mareos, en esta última podría lavarse uno con una vaca en brazos. Las máquinas funcionan con monedas de 25 centavos que se depositan una por una en rendijas. No hay lavandería que no tenga su aparato para cambiar billetes por monedas. Luego, el mecanismo es como el de cualquier lavadora, con la salvedad que el programa es fijo sin la posibilidad de seleccionar lo que deseas entre prelavado, lavado, aclarado y centrifugado. Tampoco suele seleccionarse la temperatura. Todo está ya elegido de antemano.
La espera se lleva lo mejor posible. Uno puede escaparse en esos tres cuartos de hora de lavado e ir haciendo otras cosas. Pero para los que creen que su ropa interior es un tesoro que merece vigilancia, el establecimiento tiene televisiones, revistas, periódicos y máquinas de refrescos y comida.
Sólo en las series de televisión y en las películas se encuentra el amor verdadero junto a la secadora. Observando las caras de alegría de las personas presentes, no parece un lugar propicio para ligar, aunque hay alguno que lo intenta con entradas tan recurrentes como; “Qué… el chisme da más vueltas que la vida!”.
Por cierto, entre tanta lavadora no se ve nunca un hombre musulmán, a no ser que sea el dueño del establecimiento. No sucede lo mismo con las mujeres musulmanas, que ataviadas con sus pañuelos sobre la cabeza se acercan solas o acompañadas de sus pequeños. Con la mayoría de la población latina la cosa es parecida pero diferente. La mujer y la hija se encargan de la colada, mientras el marido se pasa de vez en cuando con el hijo varón a comprobar que todo está en orden. Un vistazo y se van a dar un paseo.
Yo, en cambio, no me libro.
En el tiempo de espera, es posible leer un libro de Paul Auster, por ejemplo ¿o acaso no hay condiciones para concentrarse?
oh, bueno, no sé si este comentario será leído…
Lo mismo, me pregunto, sobre si será posible escribir en este lapso. O ir trazando unas ideas…