Monday, November 20, 2006

Central Café

Frente a la puerta principal de la Grand Central Terminal y bajo el pequeño puente que salva la calle 42 conectando Park Avenue con la estación de ferrocarriles, descansa una cafetería que desde hace mucho tiempo es mi humilde lugar de retiro. Su nombre es Central Café, uno de esos establecimientos que guardan el aroma a antigua canción de jazz.

Difícilmente alguien que busque alimentar el estómago encontrará en este sitio alguna gran recompensa, porque Central Café no sirve el mejor desayuno de Manhattan ni los platos más baratos. Su encanto poco tiene que ver con el contenido de su menú. La llave de su atractivo reside en un carácter único, forjado por esos viajeros que tienen unos minutos antes de coger el tren, otros que vienen cargados de historias tras apearse de la estación y quienes, como yo, sólo buscan un poco de reposo en medio de la vorágine urbana.

Ese rasgo de cruce de caminos también se constata en su aspecto físico. Con sus letras rojas y luminosas, el letrero de Central Café cuelga en una cabina a modo de hall, que trae a la memoria los viejos cafés neoyorkinos. En su interior, sin embargo, hay un aire a cafés parisinos con sus sillas de mimbre y sus mesitas rojas.

Sentado en alguna de esas mesas, bajo un techo ligeramente ovalado, lo mejor que se puede hacer es observar la intensidad de la vida al otro lado de los ventanales, con el encuadre que deja la puerta de la Grand Central Terminal y el puente sobre ese pedacito de la 42th St. 

El movimiento sordo de la calle pasa como un rollo de película que no se detiene. Los taxis van y vienen. Por ahí se ve a un caballero con maletín correr para coger el tren, mientras dos señoritas muy arregladas salen de la estación. Otro joven espera apoyado en una farola con un ramo de rosas y una chica, que carga una guitarra, cruza la calle con la mirada fija al suelo, pareciendo buscar un acorde que se le ha caído. El paso de las personas y los coches, como el sonido del viento otoñal que hace volar las hojas, ha de oírse fijando la mirada y dando paso a la fabulación. Uno termina por crear fotografías en blanco y negro de cada personaje que aparece en escena.  

Tal vez, Central Café no sea el mejor sitio para las recomendaciones de los periódicos. Pero es un rincón especial que esconde magia. La misma que me llevó hasta él. Fue cuando recién licenciado en Periodismo me encontraba disfrutando de esta ciudad en todo su esplendor mientras podía contarlo por la radio, en una sección que ganó peso. Un 10 de septiembre fue la última conexión, dos días antes de abandonar la ciudad. Cerré entrevistando en directo a Antonio Muñoz Molina, que acababa de llegar a la dirección del Instituto Cervantes de Nueva York y era una de las personas más representativas que vivió el 11-S, con la sombra del 11-M en España.

Creo que la emoción de toda aquella mañana me nubló con el tiempo muchas cosas tal y como fueron. Pero recuerdo que bajé la Quinta Avenida con un sol radiante, sintiendo que algo quedaba ya para siempre. Entonces giré en la 42th St y me topé con Central Café, frente a la Grand Central Terminal. Me senté en una de sus sillas de mimbre, junto a la ventana, con un café con leche, un zumo de naranja y un croissant. Me quedé contemplando el ritmo de la calle. Sentí que acababa de bajarme de un tren que había llegado a su última estación. Sólo deseaba coger el siguiente. Y la vida ha querido que mi tren pase de nuevo por Nueva York. Espero que la misma mesa de Central Café me quede reservada al final de este viaje.

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Friday, November 17, 2006

Otoño en Central Park

Cuando Nueva York se vuelve endiablada, uno puede reencontrarse con la vida paseando por Central Park. Por sus caminos sinuosos, sin dirección predeterminada, lo más fácil es sentirse aislado de una ciudad que, como todas las grandes metrópolis, tiene un perfil enfurecido por la lucha de ponerse en pie todos los días sobre el mismo cemento desgastado. Quizá cualquier parque pueda ofrecer un poco de descanso al hombre del traje gris y a la mujer de la agenda, pero ninguno consigue que cada hoja que cae en estos días de un avanzado otoño parezca bailar con la brisa en una melodía perfecta, pensada sólo para ti.

Con su sugerencia de colores, Central Park es un refugio donde cada detalle del parque forma parte de una obra creada para ejercitar el espíritu. Pinceladas otoñales de amarillo castaño, verde nublado, marrón chocolate y naranja agridulce, envueltas sobre el rojizo vivo que guardan las copas de los árboles más altos. Los paseos se eligen al azar por sus trazos curvos y sus recodos inesperados, mientras farolitas negras cuidan de los pasos sobre la arena y el césped. A medida que uno avanza y se adentra en su naturaleza, va adquiriendo nuevas tonalidades hasta reconocer una sensación de promesa compartida, que no puede engañar a nadie.

Por la vista pasan niños jugando con sus madres, patinadores y ciclistas sin orden entre corredores de footing y calesas con amantes, perros sueltos y transeúntes ligeros de equipaje. Hay hojas mojadas en el suelo que recuerdan a huellas en el camino, habitado a menudo por ardillas que abandonan las ramas de los árboles. De fondo, el hombre de jazz busca unas monedas, hace sonar el saxo y desprende más vibraciones a las que se quedan con el vuelo de las palomas, el graznido de los gansos y el rumor del agua. El cuadro hechiza como en una fantasía, trae una melancólica canción de Van Morrison.

Los bancos esperan para el reposo de los pies y el sosiego interno. Bajo un cielo plata, Central Park tiene el don del primer amor, aquel que arrebata y se refugia en la soledad.

 

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Thursday, November 16, 2006

Ballad of a thin man

Con su letra menuda y utilizando el anuario del colegio, aprovecha para dejar una larga declaración a una tal Echo Helstreim, en la que se puede leer: “Eres la mejor actriz del colegio. La más bella. No tengo palabras para ti. Me alegro de conocerte, de verdad”. Corre el año 1959. Es el mismo chaval que en otro libro del colegio aparece registrado como Little Richard. La letra de este joven no varía mucho cuando escribe un poema con dos versiones (la good y la bad) sobre un papel amarilleado, donde expresa su deseo por “conseguir unas buenas motos para recorrer carreteras interminables”. Su incipiente talento al verso no le sirve, en cambio, para sacar más de un “Bien” en el análisis de los personajes de la obra de John Steinbeck, Las uvas de la ira (The Grapes of Wrath, 1939). El chico asegura en su ensayo que quiere aprender de lo que dicen los personajes de Steinbeck, aunque el profesor le deja una nota diciendo que parece que quieres ayudar pero no sabes cómo. Y, tal vez, no lo sabía, pero el joven decide dejar todo para perseguir su musa, y llegar hasta Nueva York.

Bob Dylan llegó a Nueva York con apetito de comerse la vida. Así lo muestra la exposición que se puede ir a ver a The Morgan Library & Museum, que presenta la trayectoria de un joven que, tras abandonar Hibbing y Minneapolis, terminó haciendo de su arte un punto de inflexión en la historia de la música popular. Bajo el título Bob Dylan’s American Journey, 1956-1966, la muestra recoge más de 150 objetos entre fotografías, libros, recortes de periódicos, entradas de conciertos, camisetas, instrumentos, posters o carteles, acompañados de material visual y sonoro de los discos de Dylan, desde su primer trabajo de cantautor hasta que revolucionó a todos con Highway 61 Revisited (1965) y Blonde on Blonde (1966). Una exposición que está centrada en pequeños detalles y curiosidades, como las escritas anteriormente, que ayudan a conocer el retrato de Dylan y, para los dylanitas, permite gozar de un material nunca expuesto.

Gracias a un apartado especial, se puede ver a un cantante que venía impulsado por los vientos de libertad que las composiciones del irrepetible Woody Guthrie hacían soplar en su corazón. De Guthrie se exponen varias cosas, como una guitarra Martin Acoustic de 1940 o la camiseta que llevó puesta cuando ingresó con enfermedad incurable en el Grey Stone Hospital, llamado Gravestone Hospital (Hospital de la sepultura de piedra) por la lengua afilada de Guthrie. La pasión de Dylan por el cantautor queda reflejada en una fotografía donde calca el look de Guthrie.

Pero el joven Dylan también aprendía de los viejos blues y del extenso legado de canciones folk al mismo tiempo que se empapaba de literatura. En el recorrido se ven libros de la época, con las tapas desgastadas, de Byron, Kyats o Donne. Como uno que ha cedido Suze Rotolo, la novia de Dylan que le introdujo en el conocimiento de varios poetas. Se puede reconocer a un artista que necesitaba el arte más que el aire.

Hay otro apartado muy especial dedicado a su relación con el Greenwich Village. Dylan pagaba un alquiler de 60 dólares mensuales por un apartamento cerca de Washington Square, que pisaba poco pues se dedicaba a recorrer las calles y los cafés de la zona más activa de Manhattan, punto de encuentro asimismo de los miembros de la generación Beat con Kerouac, Burroughs o Ginsberg a la cabeza. Eran los años, como dijo Dylan una vez, en los que absorbía tantas influencias con tanta rapidez que le costaba mucho apagar la luz por la noche.

Y entre covers de las canciones del rey del folk, que en pequeñas habitaciones pueden escucharse y seleccionarse apretando un botón, se da paso al verdadero salto de genio, cuando Dylan agarró la guitarra eléctrica y desató todas sus fieras. Highway 61 Revisited es un catálogo de talento artístico a raudales. Representa las auténticas virtudes de Dylan. Su independencia, su derroche, su búsqueda y su lucha. Uno de los momentos más fascinantes de la historia del rock. De ese disco se recoge una dedicatoria de Dylan, cedida por un fan, sobre la portada del álbum en la que se lee: “How does it feel be on your own just like a Rolling Stone!”.

Es el viaje de un chaval que buscando se convirtió en prodigioso trovador folk y volvió a romper con lo que tenía para pasar a ser uno de los mayores innovadores del rock. Es un viaje que está documentado de forma magistral por Martin Scorsese en No direction home (2005). Y suena así.

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Wednesday, November 15, 2006

Seguir a los Knicks

Con la llegada de noviembre, se ha dado el pistoletazo de salida a una nueva temporada de la NBA, que trae, como siempre, un calendario repleto de partidos, un loco baile de estadísticas y una importante dosis de espectáculo cada semana. En la zona de Nueva York, hay dos equipos en la liga profesional de baloncesto; los New York Knicks, genuinos de la metrópoli, y los New Jersey Nets.

No es fácil convertirse en un seguidor de los Knicks, a pesar de que toda la ciudad se pelea cada semana por conseguir alguna entrada para sus partidos, que rara vez su precio baja de los 50 dólares. Conocido como uno de los conjuntos más arrogantes de los últimos años, los Knicks no ganan un campeonato desde 1973 ni pisan una final desde 1999.

Juegan en el Madison Square Garden, que impresiona por dentro aunque sin dejar de ser por fuera una de las estructuras más feas de Manhattan. Ningún amante de la Gran Manzana olvida que para construirlo fue necesario arrasar en 1963 la antigua Penn Station, uno de los tesoros arquitectónicos de la Belle Époque neoyorkina, ahora sólo disponible en postales. El enfado de la opinión pública originó la creación de la ley de conservación de monumentos.

Este año, los Knicks han arrancado la temporada bajo la sombra de la duda. El entrenador, Isiah Thomas, comenzó con un ultimátum: sólo tenía un año para hacer algo con el equipo. Pero en lo que va de mes, ya acumulan más derrotas que victorias. Mientras, el antiguo entrenador, Larry Brown, recibe del club casi 19 millones de dólares por el despido del año pasado.

Los leales seguidores de los Knicks saben que nunca parten como favoritos. Sin embargo, su equipo representa el cruce de caminos entre Nueva York y la NBA, un encuentro único como pocos.

*Artículo publicado en el diario deportivo “
La Voz del Deporte” dentro de mi colaboración con el periódico cada martes de la semana. Este blog recoge el texto siempre después de ser publicado en el diario.

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Tuesday, November 14, 2006

Naciones Unidas

Gracias a la hermana de Nines, la guapísima Esther, conocemos a uno de los consejeros del embajador de España en las Naciones Unidas (ONU). Una persona, que representando al país, se reúne diariamentecon otros iguales de diferentes naciones para negociar soluciones a los problemas de seguridad y terrorismo que afectan al mundo. En otras palabras, una persona que se mueve cada día por los pasillos y las salas de la cámara con más peso de la organización; el Consejo de Seguridad de la ONU. De su mano, hemos tenido la oportunidad de conocer, con tratamiento de delegados, la sede del organismo internacional más allá del recorrido turístico de una hora que se oferta por más de diez dólares.

El simbolismo de Naciones Unidas es mundialmente conocido. Tal vez, sea esa razón de más para que el edificio que aloja su sede resulte tan poco estimulante, dentro de una ciudad que, para más sangre, destaca por el diseño de su arquitectura. Los que construyeron el edificio tras la II Guerra Mundial ya debieron pensar que en el mundo habría poco lugar para la estética mientras existiese la funcionalidad. Y con su estructura rectangular, habitada por centenares de despachos, la última venció a la primera, e intenta con el paso de los años tener algún sentido.

Una vez dentro, nuestro formidable guía se salió del recorrido turístico. Así, pudimos sentarnos en la silla del presidente y el director del Consejo de Seguridad, donde cada día se intentan solucionar los conflictos de una forma pacífica a través del diálogo, bajo la grabación de las cámaras del canal de televisión de la ONU. Al menos, esa es la fachada.

Tal y como conocimos, una cosa es lo que se hace ver y otra lo que es. Por ejemplo, los representantes de Israel y Palestina parecen mostrarse respeto y querer hacer su trabajo sobre la mesa redonda del Consejo de Seguridad, pero cuando abandonan la sala no se hablan, por no dirigirse malas palabras. Esta sala que se conoce como una de las más importantes para los designios del mundo realmente no deja de ser un marco de representaciones, más o menos convincentes, donde cada embajador tira de sus apuntes, bajo el respaldo de sus consejeros, sentados a sus espaldas. El verdadero teatro de operaciones se cuece en un salón colindante, fuera del recorrido turístico y parecido al hall de un hotel, donde se hablan las cosas por su nombre. Incluso cuenta con una habitación para asuntos urgentes, donde cuelga un cartel de ocupado cuando es utilizada. Cuando nosotros estuvimos allí, miembros de la Confederación Árabe ocupaban una de las mesitas del salón hablando de distintas estrategias.

Nuestra visita tampoco tuvo nada de las explicaciones de los guías oficiales, que enfatizan en su discurso la necesidad de diálogo y conciencia que promueve la ONU. A pesar de que pudimos sentirnos como Kofi Annan frente al micrófono en la zona de prensa, nos quedó claro que los que de verdad mandan en ese edificio son los intérpretes. Su sindicato dice cómo y cuándo se hacen las reuniones. Si pasa de las seis de la tarde, se paga hora extra y, claro, esto pocas veces sucede. Así que muchos consejeros si tienen que hacer reuniones o alargarlas sin intérpretes más allá de esa hora, utilizan el inglés como idioma de negociación y se atienen a que no había una traducción exacta de los términos cuando éstos no son del agrado de los gobiernos a los que se deben. En este aspecto, nos contaba nuestro guía que las traducciones son de una importancia vital. Y ahí, los intérpretes de español que en su inmensa mayoría son latinos pueden crear importantes confusiones con su vocabulario distinto al nuestro. Por cierto, los idiomas oficiales de la ONU son; inglés, francés, chino, ruso, árabe y español.

Los consejeros trabajan por comisiones y se pueden ver muchos despachos ocupados. Sobre la puerta de cada habitación, a modo de estación de tren, una pantalla informa de los países que se han citado y el motivo de la reunión. Nosotros comimos rodeados de consejeros, que donde más a gusto se encuentran, por lo general, es en una pequeña cafetería de la segunda planta, único lugar habilitado para fumar. Allí, es normal ver a todos como estudiantes con sus cafés y sus papeles sobre la mesa.

La Asamblea General es lo que más impresiona. Con sus numerosas cabinas por las paredes trae a la memoria, para los que la han visto, la película de La intérprete (The Interpreter, 2005). Nadie que no esté oficialmente acreditado puede acceder a la parte baja de esta sala y a ninguna de sus 192 delegaciones, que rotan cada año situando a cada país en diferentes mesas frente a la presidencia. Nosotros, ya está dicho, fuimos unos privilegiados, gracias a nuestro amigo. Y pudimos sentarnos donde lo hace el embajador de España y, cuando viene, el Presidente del Gobierno. Tiene su gracia; aunque bajo esa cámara ovalada uno esconde la imperiosa sensación de que todo debería ser mucho más fácil. Y además con ardor se piensa que nadie, por muy poderoso que sea, debería olvidarse que este organismo existe. En definitiva, dan ganas de cambiar el mundo, empezando hoy mismo sin esperar a mañana, aunque se desconozca cómo hacerlo.

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Monday, November 13, 2006

El espíritu del baile

Es difícil encontrar un término medio en Nueva York. En el tema de los conciertos así sucede. Las entradas para una actuación de Brian Wilson, ex líder de los Beach Boys, pueden oscilar entre los 140 y los 400 dólares en el Beacon Theater. Precios similares se ven con otros nombres igual de ilustres. Incluso existen situaciones tan prohibitivas como un concierto de los Rolling Stones, también en el Beacon Theater, con tickets por 4.000$ en el 60 aniversario al ex presidente Bill Clinton (entradas agotadas). Pero fuera de esta línea, la ciudad ofrece un amplio abanico de opciones mucho más económicas y, seguramente, más atractivas. Por 25 dólares, se puede disfrutar en una misma noche de uno de los rockeros más gratificantes de la década de los setenta y de una de las leyendas vivas del blues.

Con sus abundantes mesas para comer y sus camareros paseándose con platos de hamburguesas de un lado para otro, el B. B. King Blues Club no deja de ser un buen local de música negra para consumo de blancos, situado en mitad de la 42th St. en el entorno recreativo y turístico de Times Square. Una sala dedicada a una de las guitarras del blues más famosas de todos los tiempos que cuenta con una programación muy recomendable, aparte de una gran acústica y estupenda visibilidad.  

Sobre su escenario, el primero en pasar haciendo las funciones de telonero de la noche fue Gary Us Bonds, una de mis debilidades musicales. El bueno de Gary forma parte de la escena de Asbury Park, donde descorchó su rock´n´roll festivo de tintes clásicos en temas como “Jole Blond”, “Quarter to three” o “Dear Lady Twist”. El cantante es amigo de Bruce Springsteen y el propio jefe ha reconocido su admiración por él, rescatándole del olvido con la versión en directo de algunos de sus temas. Decir Gary Us Bonds es hablar de buena parte del Springsteen más movido de The River (1980), donde se reconoce una comunión especial con el público por la herencia que se deja oír con el rock´n´roll primigenio. Rock a la vieja usanza, de meneo de caderas, que levantó a varias parejas de sus sillas para hacerlas bailar en el B. B. King Blues Club. También para emocionar a más de uno con la versión de “I´ve Got Dreams to Remember“, del eterno Otis Redding.

Se puede afirmar que Gary Us Bonds es uno de los pocos embajadores que quedan del espíritu del jukebox, que tan grandes momentos ha dado a la juventud estadounidense. Por sí sólo podría ser cabeza de cartel, si no fuera porque después de él venía todo un bluesman, uno de los últimos grandes del Missippi; Pinetop Perkins. A sus 93 años, el anciano pianista salió al escenario caminando muy despacio, apoyado en su bastón, con traje amarillo y sombrero blanco. Las colaboraciones de este hombre con los mejores bluesmen se cuentan por decenas, llegando a trabajar durante once años para Muddy Waters.

Pinetop Perkins, que debe su nombre al maestro Pinetop Smith, es fiel representante del boogie-woogie, estilo preferentemente instrumental nacido en el sur de Estados Unidos y de ritmo bailable y melodías sencillas y repetitivas. Las jam-sessions ligeras de Pinetop son una delicia para los oídos. Ciertamente es un hombre de blues que guarda el secreto del género porque le bastó repetir mil veces “I´m alone” para introducir a los presentes en su mundo personal, mientras sus dedos saltarines paseaban por el camino de teclas. Curioso, asimismo, era ver cómo iba a su bola, ajeno a la banda que le acompañaba, o su manía de viejo zorro de cerrar las canciones siempre a su manera. Pocos creímos que volvería a salir en los bises después de lo muchísimo que le costó levantarse e irse ayudado por uno de los guitarristas. Pero salió y cerró la fiesta con media sala bailando, jóvenes y viejos, todos embriagados, y éste que escribe entusiasmado con la sonrisa torcida de Pinetop Perkins.

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Friday, November 10, 2006

Sin freno

Estos neoyorkinos no paran. El domingo, pocos días después de la espectacular fiesta de Halloween que celebraron, se quitaron las máscaras y las pelucas para ponerse las deportivas y las cintas en la cabeza y lanzarse a correr por las calles. La cita era un clásico: el Maratón de Nueva York.

Alrededor de 38.000 personas se vistieron de corto para participar en esta carrera que recorre los cinco grandes distritos de la ciudad. El maratón parte de la isla de Staten Island, famosa durante años por haber sido el vertedero más grande del mundo, y pasa por Brooklyn, Queens y El Bronx hasta terminar en Central Park, el pulmón de Manhattan. En total, 26 millas, que al cambio nuestro son 42 kilómetros y pico.

Una distancia que se atraganta a los estadounidenses, que no ven ganar a un corredor suyo desde hace 25 años. Tal vez, por eso, el New York Road Runners, entidad organizadora del maratón, se había decidido en esta edición a repartir 100.000 dólares entre los cincos estadounidenses mejor ubicados. Pero ni por esas. Ganó un brasileño en categoría masculina, una letona en femenina y un australiano en silla de ruedas.

Si se trata de cifras, eso sí, Nueva York está para batirlas. Este año se habían alcanzado las 90.000 solicitudes de participación, de las cuales más de la mitad no se cursaron. Al tiempo, más de cien países han estado representados y se han consumido un millón y medio de botellas de agua. Y otro récord: el de las más de cien bandas de música inscritas para tocar por las calles. El ritmo que no falte.  

Como a Lance Armstrong, que acabó en el puesto 856. Sin bicicleta, el siete veces campeón del Tour de Francia cumplió su objetivo: terminar la carrera por debajo de las tres horas. A éste tampoco hay quién lo pare.

 *Artículo publicado en el diario deportivo “La Voz del Deporte” dentro de mi colaboración con el periódico cada martes de la semana. Este blog recoge el texto siempre después de ser publicado en el diario.

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Thursday, November 9, 2006

El sueño de Ana

Hoy, una compañera de clase, Ana, de Santo Domingo y residente en Nueva York, me aseguraba que le había hecho mucha ilusión ir a votar por primera vez en su vida en los Estados Unidos. Ana lo tenía claro: había dado su voto a Hillary Clinton porque esperaba que llegase el día, que sin Bush en el poder, se fuera a la cama cada noche más tranquila.

 

Ya será conocido por todos, los demócratas han barrido en las elecciones legislativas. Se han hecho con el control definitivo de todo el Congreso (Cámara de Representantes y Senado). En un día, el presidente George W. Bush ha visto como el mismo pueblo al que recuerda diariamente que está “en guerra” ha rechazado su política, salpicada por los muertos de Irak y los escándalos de corrupción de su partido. Tan fuerte ha sido el golpe que uno de los más feroces halcones de su administración y principal artífice de la guerra, el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, ha dimitido, expandiendo aún más la victoria demócrata.

 

Una onda que guarda nuevas situaciones. Será la primera vez en la historia estadounidense que lidere
la Cámara de Representantes una mujer, Nancy Pelosi. La nueva madam speaker de la Cámara Baja forma parte del ala izquierda demócrata y se convierte en la segunda, tras el vicepresidente Dick Cheney, en la línea de sucesión presidencial, augurando la posible llegada de una mujer a la presidencia. En esta carrera, tiene todas las papeletas Hillary Clinton, reelegida por aplastante mayoría como senadora demócrata del Estado de Nueva York, y dispuesta a probar más altos vuelos. La Cámara de Representantes contará asimismo con su primer escaño musulmán, Keith Ellison, que sale del Estado de Minesota.

 

Otras notas no han llamado tanto la atención pero también son interesantes. El Estado de New Jersey tendrá un senador demócrata de origen cubano, Robert Menéndez. Este abogado que se dirige a su audiencia en inglés y español se convierte en el tercer latino en el Senado. La presencia de los latinos en los órganos de gobierno estadounidenses se constata cada vez más, una vez que todo el país asume que forman una comunidad muy numerosa y pujante, que hace que media nación hable en español (en Nueva York se estima que alrededor del 35% de la población es latina).

 

En este sentido, hay un apunte que creo que ha pasado desapercibo para los medios de comunicación españoles. En precampaña, George W. Bush ha leído algunas frases de sus discursos en español. Es la primera vez en la historia que un presidente estadounidense se dirige a su audiencia del país en otro idioma que no es inglés. Un hecho que seguro que no ha dejado de ser una estrategia política para movilizar al voto latino tras la aprobación de la “Ley del Muro”, que permitirá la construcción de una doble muralla en la frontera con México.

 

Pero Bush no ha conseguido persuadir a gran parte del país, entre ellas a mi compañera de clase. Ana desde hoy, creo asegurar, empieza a conciliar un poco más el sueño.

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Wednesday, November 8, 2006

Volver

El pasado viernes se estrenó Volver (2006) en las salas de la ciudad, tras haber pasado por el New York Film Festival durante la primera quincena de octubre. No deja de ser curioso ver una película española en la cartelera neoyorkina, pero más aún es contemplar cómo se acoge una cinta de Almodóvar en
la Gran Manzana.

 

Sabía que el cine de Pedro Almodóvar interesa a los neoyorkinos. Uno de ellos así me lo comentaba hace unos días. Hablábamos de España e incidió apasionadamente en Almodóvar y su obra, dejando de lado los tópicos que nos persiguen. El director manchego es considerado un artista de culto. Su arte produce un gran atractivo al moverse en el círculo independiente pero sin faltarle reconocimiento ejemplificado en los Oscars, que siempre se tienen en cuenta. La prensa además ha calificado su último trabajo con una media de cuatro estrellas sobre cinco.

 

Pero al acercarme al cine, no imaginé que sincera y grande podía ser la expectación de los neoyorkinos. Una de las salas donde se proyecta Volver es el Lincoln Center Cinemas, donde muchos que han querido verla se han tenido que coger entradas para otra sesión porque ya se habían vendido todos los asientos. Al no ser numerados, no era recomendable entrar apurando la hora pero veinte minutos antes ya tocaba, como en mi caso, sentarte en las primeras filas.

 

El público está formado, principalmente, por matrimonios cultivados del Upper Side de Manhattan. Parejas que a primera vista pasarían sin problemas por algunas de las tantas que salen en las películas de Woody Allen. También llama la atención ver a numerosas ancianas, que acuden a la sala sin compañía y parece llegarlas el cine de Almodóvar más que a nadie. Ellas son las que más se animan a hablar con otras personas de cuánto les gusta este hombre.

 

A diferencia de España, los estadounidenses no doblan las películas. Una situación de la que soy partidario pero que permite darse cuenta de lo mucho que, a veces, se pierde en la traducción, más cuando el lenguaje que utilizan los personajes de Almodóvar es tan costumbrista. Los dejes manchegos de Penélope Cruz o Lola Dueñas o las coletillas latinas que tiene la amiga prostituta pasan desapercibidas en la mayoría de los subtítulos. Lo que uno siente casi como propio, por cercano, queda bastante más plano.

 

Pero esto no es problema para nadie. Los matrimonios cultivados y las ancianas ríen con las frases. Y algún que otro escandaloso se toma cada frase del guión como una carcajada, que se repite estridente por la sala. En algunos momentos, parece como si Almodóvar representase el humor fácil y barato, lejano a lo dramático que guardan sus retratos. De otra forma, donde uno ve normalidad española, los neoyorkinos ven exotismo e incluso disparate. Por ejemplo, con los sonados y apretados besos de las mujeres o con alguna contestación que otra de la Penélope Cruz o la Carmen Maura.

 

Al finalizar la película, la sala rompe en aplausos y algunas ancianas califican a gritos lo visto con un very good o un fantastic. No son pocos los que quedan maravillados y sorprendidos con la interpretación de “la otra novia de Tom Cruise que no es Nicole Kidman”, como vulgarmente califica la prensa sensacionalista estadounidense a Penélope. Como tampoco son pocos los que piensan al abandonar la sala que Almodóvar es de lo mejor que se puede ver en el cine hoy día. Palabra neoyorkina.   

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Tuesday, November 7, 2006

Elecciones

En pocas horas, Estados Unidos afronta sus elecciones legislativas, donde 200 millones de habitantes tienen la oportunidad de elegir una nueva Cámara de Representantes, un tercio del Senado y a los gobernadores de 36 Estados. Todavía en la noche del lunes, se emitían decenas de anuncios políticos que iban desde el meramente institucional hasta el insulto directo al adversario, dentro de una campaña electoral que empezó muy descafeinada pero se ha ido agitando en los últimos días.

Las elecciones legislativas llaman menos la atención del pueblo estadounidense que las presidenciales, donde se vota por el Presidente de la nación. Los senadores o fiscales que se tienen que elegir son figuras desconocidas que cuando saltan a las pantallas es por algún escándalo. El cine también ha contribuido a su fama cuando suelen ser los prototipos de personajes corruptos, vendidos a los negocios de alguna mafia. Por eso, mañana serán mayoría los que preferirán saber los resultados de la NBA antes que sus representantes en la Cámara alta y baja.

Pero lo cierto es que estos comicios se presentan fundamentales para el futuro del país. Los republicanos tienen la mayoría en las dos cámaras desde 1994. Sin embargo, los sondeos dan una victoria holgada a los demócratas, que de conseguirla podrían variar el rumbo del país en los próximos años. Un rumbo que en estos momentos se tambalea por la guerra de Irak y los casi 3.000 soldados estadounidenses muertos en ella, aparte de la polémica “Ley del Muro”. Los cartuchos de los republicanos se acaban cuando el pueblo muestra por cada nueva encuesta su desconfianza en la guerra. Mientras que en el lado demócrata, un chiste del ex candidato a presidente, John Kerry, escandaliza a medio país cuando pide a estudiantes universitarios que no se atasquen en los estudios como las tropas en Irak. La tensión entre los dos grandes bandos estadounidenses ha ido aumentado a medida que se acercan las elecciones.

Con todo, hay estados muy definidos que no dejaran de dar su voto a republicanos y demócratas. Por el contrario, Minnesotta, Nevada, Alaska, Idaho y Michigan son las plazas más en el aire con una apretada disputa entre unos y otros.

El estado de Nueva York, como siempre, se perfila claramente demócrata. Y además cuenta con una candidata a senadora que pocas opciones tiene de perder, Hillary Clinton. La todavía mujer del ex presidente, Bill Clinton, cuenta con la confianza de todos. Se ha retocado la cara y ahora parece dispuesta a impulsar definitivamente su carrera política. Los expertos aseguran que Nueva York se le queda pequeño, y que ella hace mejor oposición a los republicanos que otros compañeros demócratas. Todo indica a que finalmente el bragetazo lo ha dado ella.

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