Friday 29 de December de 2006

Blood Brother

Se acaba el año y, como siempre, es inevitable echar la vista atrás. Sin duda, mi 2006 está protagonizado por Nueva York, por estas serenatas que suenan y que ya cubren, injustamente o no, todo lo que ha pasado este año, que por otro lado ha sido fructífero y lleno de buenos momentos. Un año que comenzaba lleno de dudas y esperanzas y acaba posiblemente con muchas de unas y otras todavía en el aire, y otras nuevas, pero con la más importante resuelta, tangible: Nueva York. Este blog es en la medida de lo que cabe un testimonio de ello. Pero acaba el año y, entre reflexiones y recuerdos, quiero hablar del comienzo de todo, de la inspiración. Porque Nueva York se lo debo a Toni.

Visto desde la distancia que ofrece el tiempo, conocí a Toni de la única forma que podía conocerle: de una manera extraordinaria. La primera vez que le vi en persona fue en Nueva York, que era el sitio en el que el destino había querido que nos encontráramos.  

Durante años, sabíamos el uno del otro a través de Internet. Por una lista de correo sobre Bruce Springsteen, por un chat o por emails. Él sabía cómo me iba en la carrera mientras me recomendaba películas antiguas y me contaba anécdotas de su vida. Tampoco era una relación muy regular. A veces, había meses en los que no sabía nada de él y viceversa. Era lo normal. Pero un día sucedió que le dije que estaba pensando en irme unos meses fuera, a estudiar inglés, y él me facilitó todo.

Fue gracioso. El día antes de coger el avión hacia Nueva York, me pidió por un email urgente que le mandara una foto mía. Ninguno habíamos caído: no nos conocíamos físicamente. En los dos o tres meses previos a llegar a Nueva York, cuando ya tenía claro que me iba para allá, recuerdo no haberme preocupado en absoluto por Toni, es decir, como me decía mucha gente: qué era eso de irse a casa de un tío que no conoces de nada. Ciertamente, ser precavido era lo más normal. La gente que me quería de verdad lo decía para protegerme, los que no tanto sólo decían tonterías. Pero para mí era como una certeza, quizás porque alguien que me había recomendado fervorosamente a Charles Chaplin, cuando uno es un chaval inocente y con todo el mundo por delante, era garantía suficiente.

Aún recuerdo, como si fuera hoy, mi primera noche en Nueva York. El impacto de la ciudad fue tremendo, pero no menos fue mi primera charla con Toni. Bajo la lamparita verde del diner, con un pequeño jukebox de mesa haciendo sonar a Elvis Presley, Toni me resumió su vida mientras se fumaba un cigarrillo tras otro en lo que dura una cena en la que uno se come una Rock´n´roll Burger. Con el don de la palabra, se dejó de anécdotas y fue al grano. Como él mismo me dijo, el primer día ya sabes quién es Toni, de principio a fin. La opción de elegir fue mía. De nuevo, el tenerlo claro fue la cosa más natural del mundo.

Los dos llegamos a Nueva York huyendo de algo. Cada uno con sus cosas y yo, sinceramente, impulsado por la desorientación habitual de todo adolescente en edad de crecer. El tener Nueva York como lugar de destino podía ser coincidencia pero el compartir juntos una amistad que crecía cada minuto no lo era. El haber conocido como conocí Nueva York, o el haber visto a Bruce Springsteen a dos metros de mí en el Stone Pony durante un concierto memorable y poder darle la mano al final como si fuera mi vecino, o el haberme sentido más periodista que nunca desde Nueva York, eran hechos suficientes para hablar de la experiencia de mi vida. Sin embargo, nada podía compararse a lo que significaba mi amistad con Toni. Cuando nos despedimos en el aeropuerto, de regreso a Madrid, lloré. Pero no lo pasé peor que cuando esa misma mañana haciendo las maletas escuchamos juntos y en silencio la canción de Serrat; Decir amigo. Lo peor de la vida es cuando no te deja opción. Y cuando nos dijimos hasta la próxima no la había.

Creo que vivir juntos durante tres meses nos cambió para siempre a los dos. Nos hizo ver lo que nos faltaba y nos hizo apostar por lo que nos dictaba nuestro corazón. Dos años después, él ya tuvo claro que dejaba Nueva York y yo tuve claro que regresaba con Nines. Y es verdad que al principio me daba miedo volver a Nueva York por mí mismo pero sobre todo por Toni. Nueva York sin él podía no ser Nueva York. Yo sin él en Nueva York podía no ser yo. En los primeros días en la ciudad, veía el fantasma de Toni por todas partes. Un día me acerqué a la puerta de la que fue casa de Toni y pensé en llamar. Quería saber si el fantasma existía. Pero fue el propio Toni el que me dijo desde la distancia que no había fantasma y una tarde paseando por Manhattan sentí que cada loco detalle de esa ciudad me pertenecía.  

Hoy Toni está perdido por algún remoto lugar de Centroamérica. La vida le ha vuelto a poner a prueba. A todo el mundo nos pone, seguramente, pero con Toni a veces se ensaña y parece que trata de ponérselo más difícil que al resto. Pero Toni siempre sale ganando. Por lo que sé de él, para alcanzar el cielo no hace falta estirar un edificio hacia las nubes, basta con intentar que cada mañana haya un motivo. Toni no cree en Dios. Así que ese no es su motivo. De hecho, tiene más de un motivo. Como yo con este mensaje, mi motivo es que una de estas serenatas esté dedicada a Toni.

Hay amigos que pasan a convertirse en hermanos. Hay hermanos que justifican la vida. Lo mejor es que no soy el único hermano de Toni. Los tiene en abundancia, ellos lo saben, y todos sabemos, gracias a él, que nunca hay retirada, que nunca hay rendición.

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Thursday 28 de December de 2006

Oda a Susan Sontag

Desde la semana pasada estoy en Madrid y mis días no dejan de ser un ir y venir de ver a muchísima gente. Por suerte, no paro y me encanta encontrarme de nuevo con tantos amigos. Mientras ando de aquí para allá, sin tiempo para mirar desde la distancia Nueva York, que me espera de nuevo a la vuelta del nuevo año, quiero recordar a Susan Sontag, de la que prometí hablar un día. Hoy se cumplen dos años de su muerte, por lo que creo que es un buen día para recordar a esta gran intelectual -aunque a ella no le gustaba que la llamasen así- neoyorkina de la segunda mitad del siglo XX. Por ello, os dejo un artículo que escribí sobre ella en la misma semana de su fallecimiento y que fue difundido por el CCS entre varios medios de comunicación. Sus ensayos y sus entrevistas son obligatorios.


Susan Sontag, matriz de la inteligencia no callada

Dice el filosofo Emilio Lledó cuando habla de la lectura y los libros como una necesidad urgente: "El hablar una lengua sea lo que sea, no significa nada. Es casi un hecho natural. Lo que hace falta es ser alguien con ella, decir algo con ella, ser persona desde ella, y a eso lo llamo lengua matriz"  Susan Sontag era palabra en sí misma. Hablaba para vivir. O viceversa. Siempre haciéndose con palabras, valientes, escépticas, comprometidas, críticas. Siendo ella persona en la lengua que defendía, en la que creía; la lengua de la razón.

Sontag fue la voz crítica de Occidente. Su ética guardaba la belleza de la fuerza innata, capaz de combatir cualquier aspecto de la vida con un torrente de opiniones. Abordó todos los problemas contemporáneos y formó parte de la Academia de Estados Unidos. Su carrera como escritora comenzó a los 30 años con El benefactor, a las que sumó otras tres novelas: Estuche de muerte, El amante del volcán y En América. Por esta última mereció el Nacional Book Award. Pero alternó la novela, con el teatro, el cine y el ensayo, escribiendo centenares de artículos donde mostraba su individualidad intelectual. Vivió de cerca guerras como la de Vietnam, la del Yom Kipur y la de Bosnia. Fue una de las más dedicadas activistas en contra de la guerra de Vietnam. En Estados Unidos, había sido criticada con especial dureza en los últimos años por unas declaraciones contra George W. Bush después del 11-S y por su oposición a la guerra de Iraq. En el 2003 declaró: "La fórmula del Gobierno de Bush consiste en afirmar que tenemos enemigos en todas partes, que tenemos que embarcarnos en una guerra interminable y que cualquiera que se oponga al Gobierno es antipatriótico. Esa es una formula persuasiva, capaz de persuadir a mucha gente. La paranoia es persuasiva"

Fue galardonada con numerosos premios, uno de los últimos el Premio Príncipe de Asturias de las Letras de 2003 por "la profundidad de pensamiento y calidad estética" En cierta ocasión aseguró: "Tengo la impresión de que la literatura ha ampliado mi capacidad de compasión" En la literatura encontraba lugares comunes a sus inquietudes. En el discurso que pronunció al recibir el galardón, Sontag dijo: "Imaginemos la literatura como una utopía..."

Era una humanista del siglo XX, una lectora apasionada. Carlos Fuentes ha escrito: "En las playas del Lido, Susan tenía por lectura ligera, de vacaciones, a Henry James. En los cafés de Manhattan, descubrió antes que nadie en América la gran novela de Italo Calvino Si una noche de invierno un viajero. Este sentimiento de la admiración y la sorpresa era habitual en ella y nos llevaba a sus amigos a leer lo que, sin ella, acaso hubiese pasado desapercibido"

Contó con la admiración de sus amigos y siempre fue reconocida por su trabajo, a pesar de que sus opiniones levantaban polémicas en muchas ocasiones. Tal vez, porque en un mundo cada vez más homogéneo, menos tolerante, ella iba contra la obviedad. En el lanzamiento de su libro En América afirmó: "Me disgustan la vanidad, la violencia, las armas de fuego, Hollywood, la cultura de masas que ha arrasado otro tipo de culturas. Quizá por eso me gusta ser extranjera. Me interesan más los derrotados que los vencedores"

Una de sus últimas polémicas tuvo como protagonistas a Fidel Castro y García Marquéz, en una entrevista a El País Semanal habló sobre el debate de Cuba: "García Marquéz no puede seguir siendo amigo de Castro y a la vez calificarse a sí mismo de periodista. Desde Bogotá, le exigí públicamente que explicara cómo podía estar en contra de la pena de muerte y a la vez defender que el régimen cubano ejecutara a gente por delitos menores, su respuesta fue lamentable. En resumen, insistió en que se oponía a la pena de muerte y aseguró que había ayudado a muchos disidentes para que pudieran huir de Cuba. Me pareció patético. Me afecta la posición en que se encuentra, porque le admiro muchísimo"

Susan Sontag muere acompañada de la palabra. El mundo pierde una matriz de las ideas que "bailaba con lobos", como ha dicho José Saramago. Ella ya lo propuso en los años 60 en su ensayo Contra la interpretación: "La alternativa es inexorable: o soy viajero de las antiguas épocas, y me enfrento con un espectáculo prodigioso que me resultaría casi ininteligible o soy viajero de mi época, precipitándome en la búsqueda de una realidad desvanecida" Ella vivió en la segunda opción y lo contó.

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Friday 22 de December de 2006

Patos

Los patos siempre han sido la verdadera cuestión.

Los que sean, como yo, fieles seguidores de esa maravillosa serie llamada Los Sopranos entenderán de lo que hablo. Para los que todavía no hayan tenido el placer de disfrutar de esta obra maestra por capítulos intentaré explicarlo, aunque lo mejor es acudir a las tiendas, videoclubs, bibliotecas públicas o al fin del mundo y hacerse con las temporadas de la serie.

En su primer episodio, unos patos salvajes habitan el patio de Tony Soprano, el capo de una mafia de New Jersey. No sé sabe de dónde han llegado, pero lo han hecho para quedarse nadando en el agua de la piscina de Tony, que los contempla entusiasmado. No son patos más bonitos que los otros patos, ni más grandes, ni tan siquiera más raros. Son unos patos normalitos, que pasarían desapercibidos en mitad del campo, pero son los patos que se han instalado en la vida de Tony.

Tony está casado con una gran mujer y es padre de dos hijos sanos e inteligentes. Una familia que podría ser perfecta en cualquier serie de televisión pero en ésta no lo es tanto, y además pasan de los patos del cabeza de familia. Tony se preocupa por sus patos pero para su mujer e hijos son sólo patos. Tony podría hablar de los patos en el trabajo, rodeado de sus chicos, cuando se reúnen en el Bada Bing o en el café italiano, pero los chicos de Tony no lo entenderían, por muy fieles que sean a él, o al menos intenten serlo.

El problema viene cuando un buen día los patos se van volando. Tony se prepara para hacer una barbacoa junto a la piscina en el día del cumpleaños de su hijo. Está solo, con su puro encendido, observando los patos en el agua. De repente, los patos agitan sus alas y salen volando, camino de alguna parte con una música de ópera de fondo, lejos de la vida de Tony. En ese momento, Tony siente un mareo, tal vez un ataque de pánico, y cae al suelo tras perder el conocimiento, mientras los patos se van surcando el cielo.

Resulta que es el principio de todo. La serie arranca con Tony sentado frente a su psiquiatra. Un jefe de la mafia abriendo su alma ante una psiquiatra. Cierto. Tony cuenta todo esto; cómo llegaron los patos y cómo se fueron hasta que cayó al césped, rendido por la marcha de los patos. No se sabe muy bien qué significado tienen los patos. No lo sabe la psiquiatra, no lo sabe Tony, no lo sé yo. Sólo se puede decir que para Tony fueron algo especial, tan intangible como auténtico.

Bien pensado, todo el mundo necesita tener unos patos. No sé muy bien qué significa esto, pero creo que forma parte de la condición humana: el tener unos patos, el proyectar parte de lo que llevamos dentro en unos patos. Según se puede ver en las andanzas de Tony Soprano, la vida es imperfecta, irreal, sencilla, difícil, auténtica, mágica, descreída, grande, diminuta, imposible, irremediable. Y Tony vive mucho la vida. Y es verdad, en algún momento, por breve que sea, hacen falta unos patos. El problema es saber vivir sin ellos.  

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Thursday 21 de December de 2006

De compras por la Quinta Avenida

Con la Navidad, Nueva York no es una ciudad recomendable para cuentas corrientes no acostumbradas a sobresaltos. No dejes para mañana lo que puedas comprar hoy es la premisa neoyorkina. Y nada mejor que la Quinta Avenida, el más famoso escaparate del mundo. Por ahí habitan las firmas más caras y prestigiosas: anillos de Tiffany, ropa de Versace, relojes de Rolex o joyas de Cartier. Y, entre todas, la tienda oficial de la NBA.

NBA Store es el paraíso para los amantes del baloncesto. Pantallas gigantes presiden su entrada con imágenes de los All-Stars. En sus dos plantas existen todos los productos imaginados. Entre compra y compra, se pueden echar unos tiros en unas canastas con marcadores electrónicos o jugar a la X-Box al lado del plató de NBA TV, donde se emite en directo para la cadena ABC. 

Por sus pasillos uno puede toparse con Iverson o Yao Ming, muñecos a tamaño real que mueven la cabeza. Más pequeños, de un metro de altura, son las réplicas que se venden de McGradi, Nowitzki, Wallace y tantos otros, aunque la reproducción perfecta se encuentra en el último Dream Team con jugadores de cartón que posan para la foto oficial y de la que se puede formar parte.

Sin embargo, uno se percata de lo pequeñito que es cuando en una pared, a modo de boulevard de Hollywood, cuelgan unos balones de plomo con la marca de la mano de algunas estrellas. Tal extremidad queda diminuta frente a la de Chris Webber, Jason Kidd y, sobre todo, Shaquille O´Neal, que podría asfixiar a un elefante.

Asimismo, la tienda cuenta con una colección de libros y dvds con los mejores momentos de la NBA. Pero la verdadera recreación es el apartado dedicado a Michael Jordan. Espacio sin límite para los grandes recuerdos y prohibitivo para el bolsillo: un autógrafo en una camiseta de los Wizards cuesta 1,700 dólares.

*Artículo publicado en el diario deportivo La Voz del Deporte cada martes de la semana.

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Wednesday 20 de December de 2006

Esto es Nueva York

"Nueva York concederá el don de la soledad y el don de la intimidad a cualquiera que esté interesado en obtener tan extrañas recompensas. Semejante largueza explica la presencia dentro de los límites de la ciudad de gran parte de su población, pues muchos residentes de Manhattan son personas que cogieron sus bártulos y acudieron a la ciudad en busca de asilo, del cumplimiento de sus deseos o de cualquier otro Grial de mayor o menor importancia. La capacidad de conceder tan discutibles dones es una misteriosa característica de Nueva York".

Éste párrafo es el comienzo del libro Here is New York (Esto es Nueva York, 1949, Editorial Minúscula) de E. B. White, del que se puede hablar aprovechando la temporada de regalos que se acerca. Qué mejor que regalar un libro. Así que Esto es Nueva York es la recomendación de "Serenatas". A mi juicio, el texto más delicioso de todos los leídos sobre la ciudad. Un pequeño manual de siete mil quinientas palabras -del que me he hecho incluso con su edición en inglés- que describe con intuición certera el cambio constante de una urbe colosal con sus vibrantes evocaciones y retratos.

Elwyn Brooks White (1899 - 1985) fue una de las firmas más representativas de la revista New Yorker, la más prestigiosa de los Estados Unidos, formando parte de su staff. Su reconocimiento no sólo vino de su labor periodística. Sus tres libros infantiles, Stuart Little, Las telarañas de Carlota y La trompeta del cisne son clásicos del género. Galardonado con el Pulitzer, el escritor tuvo entre sus amistades más cercanas a Dorothy Parker.

En Esto es Nueva York, White se arrima al ambiente neoyorkino con la presencia de un observador lúcido y el espíritu de un nostálgico esperanzado. Cualidades que forman una lectura rica, más abundante en ideas de lo que parece a primera vista, y que se sugiere en todo momento apasionada. "Muchos de sus pobladores probablemente estén aquí para escapar de la realidad, no para enfrentarse a ella. Pero cualquiera que sea su significado, se trata de un don raro y creo que ejerce un efecto positivo en la capacidad creativa de los neoyorkinos, pues la creación consiste en parte en renunciar a las grandes y pequeñas distracciones".

Para escribir el texto para la revista Holiday. White se alojó en el hotel Algonquin y como un recién llegado, que venía a revisar lo que ya conocía, empezó a escribir. "La ciudad siempre está llena de devotos principiantes -jóvenes actores, jóvenes aspirantes a poetas, bailarinas, pintores, periodistas, cantantes-, cada cual dependiente de su propia marca de tónica para sobrevivir y cada cual con su propia cuadra de gigantes".

Bajo un estilo modesto, la lectura corre sin detenerse, con la misma "intensa fiebre" que al autor le consumía sólo de saber que vivía en la misma isla de Don Marquis, Heywood Broun o Dorothy Parker, entre otros grandes de las letras. Y en ese adorado ritmo, el lector puede encontrar sentencias tan buenas y dispares como que "la ciudad ha de ser tolerante o estallaría en una nube radioactiva de odio y rencor y fanatismo", o que "el tópico más repetido acerca de Nueva York es: `Es un sitio estupendo, pero no me gustaría vivir allí".

En este sentido, sinceramente, el alma neoyorkina de White no engaña. Así, asegura que "la ciudad es incómoda y molesta", aunque apuntilla que "los neoyorkinos temporalmente no anhelan comodidad ni bienestar: si lo hicieran vivirían en otra parte". Tal vez, porque como él dice tienen "la sensación de pertenecer a algo único, cosmopolita, poderoso y sin par".

Esto es Nueva York es un libro al que hace referencia Antonio Muñoz Molina en Ventanas de Manhattan. Para los morbosos, apuntar asimismo que en sus páginas uno puede encontrar casi una predicción de lo que será la mayor catástrofe de la ciudad cincuenta años después: los sucesos del 11-S. Pero dicha la curiosidad, me quedo con el pulso de una narrativa grande por sencilla, única por perspicaz, y que guarda un final perfecto, que hubiera matado por escribirlo de mi puño y letra. Como no seré tan asesino, no lo escribiré en Serenatas y esperaré a que alguno se vaya a una librería y en una gélida tarde a la luz de una lámpara devore Esto es Nueva York. Al menos, entenderá por un instante porque esta metrópoli es lo que es.

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Tuesday 19 de December de 2006

Patinaje sobre hielo

Como ayer se dijo, el fuego de la Navidad se enciende con el enorme árbol del Rockefeller Center, que reside en el centro de Manhattan emitiendo luz hasta altas horas de la noche. Con permiso siempre de Times Square, es el epicentro de la ciudad por estas fechas. Se puede decir que la Navidad no se extiende como un manto que cambia de cara la metrópoli de un día para otro, sino que se localiza con fervor en determinados puntos, que van ganando energía y terminan por iluminar al conjunto entero. Un paisaje navideño neoyorkino que nunca estaría completo sin las pistas de hielo, que desde finales de noviembre empezaron a brotar como del subsuelo urbano.

Es una delicia observar Nueva York a cualquier hora del día, incluso de la medianoche, conquistada por patinadores que buscan, como agua en el desierto, parqués congelados donde dar rienda suelta a su tiempo libre. La pista de patinaje más famosa se localiza bajo el gran árbol del Rockefeller. No es muy grande pero está impregnada de un espíritu insustituible con las mesas con velitas que se ven a través de los ventanales de los restaurantes que la rodean y la gente que se amontona en los cuatro lados de la terraza que se encuentra en el piso superior de la plaza. Es el sitio donde van indistintamente los turistas y los neoyorkinos, pero se paga caro, dependiendo del mes, el día y la hora, patinar puede oscilar entre los 15 y los 35 dólares.

Central Park cuenta con dos pistas de hielo; una en la mitad norte y otra al comienzo de del lado sur, cerca de algunos de los paseos más bonitos del parque. Esta última es la más grande de la ciudad y ofrece una vista preciosa desde el mirador, que da a esa especie de laguna congelada que descansa en las faldas de los edificios en luces de la Quinta Avenida.

Pero si hubiese que elegir, me quedaría con la pista de hielo del Bryant Park, tal vez el parque que más aprecio de Nueva York. Sobre los metros cuadrados de su explanada verde, que sirve en primavera y verano como centro de picnic de ejecutivos y mochileros del Midtown, se levanta cada invierno una pista de patinaje acompañada de casetas de artículos navideños. Las mesitas y sillas, que desperdigadas caracterizan al parque, se disponen esta vez fuera del verde y rodean la pista de hielo, a modo de terraza a nivel por la que pasan y disfrutan de los patinadores media ciudad.

Patinar en Bryant Park es gratuito. Sólo cuesta el alquiler de los patines (8$), pero son muchos los neoyorkinos que cuentan con unos propios y esperan ansiosos la temporada de patinaje sobre hielo. En Bryant Park, más que en ninguna otra pista, no se hace extraño ver a un oficinista que, inmediatamente después de acabar su jornada laboral en el torno de la East 42 St, saca sus patines de una bolsa o maletín y con traje y corbata se lanza sobre el hielo. Patinan solos, sin más compañía que la música que suena en el parque y con la sonrisa por bandera. Es una imagen digna de la ciudad.

A mí me gusta patinar en Bryant Park. Un árbol más humilde que el del Rockefeller se encuentra entre el parque y la Biblioteca Pública. Algunas personas mayores han hecho de este lugar su espacio de recreo, sentadas al borde de la pista y distraídas con lo que se cuece en la pista. Uno distingue a los verdaderos neoyorkinos del resto de aspirantes por cómo se deslizan por la pista. El neoyorkino más que nadie patina paseando, mientras unos desprenden una euforia fuera de límite y otros hacemos lo que podemos sobre el resbaladizo hielo, con Frank Sinatra sonando danzarín por los altavoces. 

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Monday 18 de December de 2006

Christmas Tree

Es cierto que hasta ahora me he resistido a hablar de la Navidad, pues suficiente se adelantan ya los anuncios de televisión y los escaparates de las tiendas decorados para estas fechas siempre tan señaladas. Pero encaramos la recta final hacia la Nochebuena y el día de Navidad y creo que ya es momento de comentar el jolgorio neoyorkino.

Reconozco que al principio me costó cogerlo. Puede que me esperara, como cuando te cuentan maravillas de una película, algo más. Manhattan es la ciudad que no duerme y que nunca se encuentra apagada. Por eso, ha sido difícil reconocer un espíritu diferente que se viera caracterizado en una iluminación especial por las calles o en un movimiento más intenso, como en el caso de otras ciudades europeas. Ambas cosas, luz y actividad, vienen adheridas por "defecto" a la piel de la metrópoli. Intentar percatarse de una dinamo más enérgica en Times Square es tarea casi imposible. Tampoco resulta fácil ver una mayor agitación en las compras. Puede que las tarjetas de crédito se achicharren un poco más en el periodo navideño pero comprar compulsivamente es algo que se lleva en cualquier época del año.

Con éstas, todo el mundo hablaba de una Navidad que se me escapaba delante de mis narices. Hasta mi propio cuerpo me contradecía cuando repleto de energía está acostumbrado por estas fechas a decaer en una pesadumbre bañada en melancolía. Por momentos me era imposible creer y sentir que la Navidad había llegado a Nueva York.

Sin embargo, ha habido un chispazo que ha encendido la estrella. En una ciudad cúmulo de tantas vibraciones, la concentración puede destellar como pocas veces. Y en el Rockefeller Center sucede. Presidiendo la plaza, su inmenso árbol de Navidad resplandece elegante, vivaz, magno... fantástico, en una palabra. Un abeto gigante de más de 20 metros y medio siglo de vida, inflado en su curiosa silueta de bizcocho envuelto en lucecitas rojas, amarillas y naranjas, reina en mitad de la Quinta Avenida. El sobrio Rockefeller, estirado hacia el cielo, le acompaña a sus espaldas con su iluminación de tridimensionales copos de nieve. Frente al árbol, grandes estrellas blancas y azules cuelgan de las fachadas de los edificios en un espectáculo musical de campanas. A sus pies, la pista de hielo parece una postal viva con su Prometeo de oro centelleando a cada flash de las cámaras y paso de los patinadores.

El deleite no es sólo para la vista sino que el ambiente absorbe en ese jazz navideño que recorre cada rincón de la plaza. El agua de las pequeñas fuentes del centro del paseo sigue su curso mientras unos ángeles con trompetas crean un pasillo colorido. Y en la muchedumbre gozosa, que no incomoda como en otros sitios de Nueva York, muchas personas hacen cola tranquilamente para cazar la foto ideal con los ángeles plateados a los lados y el árbol de Navidad de fondo.

Es un espacio reconfortante, que da lo que promete: sensación de calidez y notas de luces y de música flotando en torno a un gran árbol que te abraza en tiempo de frío.  

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Friday 15 de December de 2006

Oro de ley

Al oeste de la calle 47, entre la Quinta y la Sexta avenida, se encuentra Diamond Row, la más impresionante hilera de joyerías del mundo que dentro de sus confines puede que esconda más riqueza que las 9.000 toneladas de reserva de oro de los Estados Unidos, que bajo tierra se guardan en el Federal Reserve Bank de la calle Fulton, en las proximidades de Wall Street.

 

En Diamond Row, los tasadores de gemas, diamantes y oro saben mejor que nadie cuando alguien quiere dar gato por liebre. A poco que les guste el baloncesto pueden garantizar que el oro conseguido por los jugadores españoles en el último Campeonato Mundial reluce como auténtico.  

 

En los 2´15 metros de Pau Gasol hay más kilates que en el conjunto de los Memphis Grizzlies. El jugador español, aún convaleciente de su lesión, todavía no ha pisado una cancha esta liga. Los Grizzlies no dejan de cosechar derrotas en una temporada horrible. Los de Memphis son hoy por hoy uno de los peores equipos de la NBA y la gran decepción de este campeonato, con permiso de los Miami Heats. Ahora más que nunca se sabe hasta qué punto el nombre de Gasol suena mejor que todo el triste blues que desprende el conjunto de Tennessee.

 

Otra joya que brilla es Jorge Garbajosa. El ala pívot se está confirmando como uno de los mejores novatos con los Raptors de Toronto. A sus 28 años no tiene tanto recorrido como otros jóvenes pero esconde la llave de la experiencia. Además, cuenta con el apadrinamiento en el equipo de José Manuel Calderón, que va a más. Y Sergio Rodríguez ya empieza a contar con minutos y confianza en los Portland Blazers. El ‘Spanish Chocolate’, como es llamado por sus compañeros, también apunta alto.

 

Lo nuestro en basket es oro de ley, como ninguno.

 

*Artículo publicado en el diario deportivo La Voz del Deporte cada martes de la semana.

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Thursday 14 de December de 2006

Fotografías de ficción

En el mundo de flashes de los Estados Unidos, las mejores imágenes llevan la firma de Annie Leibowitz. Por su objetivo han pasado la inmensa mayoría de las celebridades que han producido el cine, la música, la televisión, la literatura, el deporte e incluso la política estadounidenses en el último medio siglo. Aunque es la etapa que va desde la década de los noventa hasta nuestros días la que se recoge en 197 fotografías en la exposición Annie Leibowitz, a Photographer's life; 1990-2005, en el Museo de Brooklyn.

Hablar de Leibowitz es referirse a la retratista por excelencia de los personajes de la mayor industria de entretenimiento del mundo. De ella son algunas de las instantáneas que más fácilmente se recuerdan en la memoria colectiva, como la fotografía de John Lennon desnudo y abrazado a Yoko Ono, tomada poco antes de la muerte del ex Beatle, considerada asimismo la mejor portada de la historia de la revista Rolling Stone.

En la muestra de Brooklyn, se pueden ver imágenes de personajes de la pantalla como a Steven Spilberg recreándose ante la cámara como un niño, a un viejo Jack Lemmon con la sonrisa partida o a Jack Nickolson camuflado tras unas enormes gafas de sol con el brillo de su calva.

También hay varios músicos, tales como Iggy Pop de frente y de espaldas con el torso desnudo y arrugado sobre unos pantalones vaqueros a medio tirar, Willie Nelson recordando a un tótem indio con su legendaria cabellera suelta, o Johnny Cash con su mujer, June Carter, arropándose el uno al otro en una tarde gris en el porche de su casa. Entre los escritores, se encuentra, por ejemplo, un William Burroughs aducido, de frente y de perfil, por la vida.

Luego, existen otros retratos que cuesta creer que son reales porque es difícil pensar que los sujetos que posan no se han sonrojado al verse después en la imagen. Uno de ellos tiene como protagonista al gabinete de Bush en la Casa Blanca, con los desaparecidos Collin Powell y Donald Rumsfeld. El presidente y sus secretarios se erigen en pantomima tan triunfantes e idílicos con la bandera estadounidense detrás que parecen adolescentes que van a estrenar uniformes nuevos. Otro es el de Donald Trump con su mujer; él la mira de reojo desde un deportivo de escándalo mientras ella desciende a medio desnudar por las escaleras de un Boeing.

Sin embargo, la estrella del escándalo es la famosa imagen de Demi Moore desnuda, sólo con su anillo conyugal, y embarazada. Publicada en agosto de 1991 en la revista Vanity Fair, la portada dio la vuelta al mundo y creó un precedente. Un texto de Leibowitz que se recoge junto a la fotografía asegura que fue Demi Moore quién tuvo la iniciativa de hacer tal pose a pesar de que Leibowitz sabía que tenían una bomba en las manos.

La exposición también tiene sus fotografías personales donde la artista acerca al público imágenes de sus padres y algunos de sus viajes por el mundo con su amante desaparecida, mi respetadísima y querida Susan Sontag, que algún día tendrá su capítulo en estas serenatas. Es la parte más floja del recorrido, tal vez porque se aleja de la ficción donde Leibowitz se mueve como pez en el agua. Es en ese mundo de famosos donde pesca los rasgos más acentuados de tales personajes en representación. Hace algo parecido a lo que hacían los grandes retratistas de la historia de la pintura que se fijaban en el detalle para sugerir en su obra la personalidad que escondía el retratado, sólo que Leibowitz se enfrenta con tal intensidad a sus sujetos que cuando da con el punto, el destello sobrepasa la imagen.  

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Wednesday 13 de December de 2006

Test del estrés

Resulta que estoy estresado y necesito ayuda. No es que lo diga yo, sino que me lo dice una gente que parece que sabe mucho de esto. Os cuento.

Hace semanas en la estación de metro de Union Square me llamaron la atención un par de mesas que se encontraban donde normalmente uno puede disfrutar de buena música callejera en directo. Unos grandes carteles presidían cada una: "Test gratis para conocer tu estrés". Ese día, sí que debía estar de los nervios porque, a pesar de lo curioso del tema, no tuve tiempo para pararme a curiosear. Desde entonces y entre la multitud del metro neoyorkino, volví a ver estas mesas, o unas parecidas, dos o tres veces más. Hasta que hoy he dado de lleno con ellas en el subsuelo de Times Square y no me he resistido. Me he hecho el test del estrés.

A cada lado de la mesa se sienta una persona, mujer u hombre, todos trajeados y, por lo general, bastante jóvenes, casi adolescentes. Ya se sabe que Nueva York goza de la fama de ser una de las ciudades más histéricas del mundo, por lo que nadie se puede extrañar de ver cada uno de los cuatro asientos ocupados con personas, que antes de subir al tren conceden un poco de su tiempo a saber si están estresados.

Después de esperar unos minutos, ha llegado mi turno. Me he sentado frente a una chica rolliza y con gafas, que me ha recibido con una sonrisa abierta. Junto a ella había un aparato rojo, el medidor de estrés que se llama, que recordaba a un loro de música ochentero. La chica me ha dicho que tenía que sujetar una especie de manguitos metálicos que con un cable se conectaban al medidor de estrés. Ella me haría preguntas y la aguja del medidor, como la de una válvula de aire o un tensiometro, subiría siempre que mi cuerpo transmitiese vibraciones estresantes. Y, sinceramente, a pesar de la gracia que tenía la situación frente a esa chica, me he sentido como un Woody Allen a la baja, sustituyendo el diván por una silla de plástico en mitad de los pasillos del metro y las teorías y métodos de Freud por un extraño transistor de ondas.

Lo gracioso ha venido con las preguntas. Ella diciéndome que pensara en gente que me ponía nervioso; que si un jefe, que si un político. Más adelante, preguntándome por las preocupaciones de mi vida; que si no sé si quiero meterme de lleno en nuevos proyectos de trabajo, que si no he bajado a la lavandería esta semana, que si somos una mota de polvo en un universo infinito, que si el Real Madrid está peor de cómo lo dejé, que qué  escribo hoy en Serenatas, que si leer buena parte de las noticias de un periódico o, lo que es peor, conocer cosas que no salen en los periódicos. En fin, más de una preocupación y la amiga intentando meter el dedo en una llaga que yo podía dejar abierta, mientras la aguja apenas subía en el aparato. Así que ella ha tocado una rueda en mitad de la charla y la aguja se ha hecho más sensible a mis preocupaciones.

A partir de ahí, me ha asegurado que estoy estresado, aunque yo intentaba hacerla comprender que me encontraba en una de las etapas más tranquilas de mi vida, que me viera en los últimos cuatro años y eso sí podía llamarse estrés. Quejarme ahora de estrés, decía yo, era un lujo que no me podía permitir. Pero ella insistía. "Estás estresado... y lo peor es que necesitas ayuda". Ahí es dónde no ha parado de insistirme. "Necesitas ayuda". "Necesitas ayuda".

Entonces, me ha instado a comprar un libro. Su título: Dianetics, The Modern Science of Mental Health de Ron Hubbard. Y ahí es donde lo he entendido todo. La chica, sus compañeros y las mesas formaban parte de la Iglesia de la Cienciología, que para los que no la conozcan es, a grandes rasgos, una filosofía práctica que defiende un ser espiritual inmortal formado por mente y cuerpo. Está reconocida como una religión en Estados Unidos pero en la mayoría de países es entendida como una secta. Finalmente, la chica me ha dicho que el libro ayudó a gente muy valiosa, como John Travolta. También me ha invitado a asistir en el alto Manhattan a un encuentro de técnicas de relajación para alcanzar nuestros objetivos.

No pienso ir. Tampoco he comprado el libro. Sólo faltaría que la gracia del test gratuito del estrés me costará la vida. Por ahora, la mejor receta que conozco para combatir mi estrés, cuando lo tengo, es la música, como la del jukebox.

Posted by Fernando Navarro at 04:10:29 | Permanent Link | Comments (6) |
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