Astroland
Creo que más de una vez, sino la mayoría, haría como Tom Hanks en Big (1988) cuando en mitad de Coney Island decide echar de nuevo una moneda en la máquina del mago para volver a ser niño, renunciando a ser adulto. No es que me siente mal crecer, pues hasta ahora no hay queja en absoluto, pero guardo un profundo sentimiento insustituible de esa época pasada. Si me tengo que poner, me pongo del lado de Saint-Exupéry, que decía aquello de “mi patria es la infancia”.
De cualquier manera, queda claro que nadie resiste el paso acelerado del tiempo. Ni lo
s lugares con más solera de Nueva York. Hace un mes por aquí se habló del cierre del CBGB, ahora se acaba de anunciar que ocurrirá lo mismo con Astroland, el parque de atracciones de Coney Island. Será en el otoño de 2007 cuando este centro de diversión caiga en manos de la constructora Thor Equities, que quiere remodelarlo con un proyecto que se antoja hortera con elefantes dorados y hologramas. La horterada imagino que terminará siendo espectacular.
Astroland lleva abierto, como tal, desde 1962. Con la creación del parque se centralizó toda la zona de ocio que giraba en torno a Coney Island, que llevaba siendo desde principios del siglo XX el lugar preferido de los neoyorkinos de clase obrera durante el periodo estival. Una fotografía con miles de personas abarrotando la playa de Coney Island, Brighton Beach, se ha convertido en uno de los posters más representativos de aquella época, cuando los inmigrantes rusos y polacos años antes habían levantado sus suburbios de la Little Odessa.
Si se echa un vistazo a los filmes de Buster Keaton y a las fotografías en blanco y negro de las primeras décadas del siglo pasado; uno se puede hacer una idea de lo que era entonces tomar el metro hasta Stillwell Avenue para descubrir la parte más al sur de Brooklyn. El mismo metro que cogieron los Warriors, huyendo tras ser acusados injustamente de matar a Cyrus, y que aún mantiene esas últimas estaciones a cielo abierto.
Fue en el verano de hace dos años cuando tuve la oportunidad de pasar un día en Coney Island. Astroland era la sonrisa de un mundo que había caducado. El color, que en otro tiempo brillaba cada día del verano, se había teñido triste, decadente. El sitio había asumido su derrota.
Un barco pirata, una casa del terror, unas barcas para amantes, coches de choque, distintos tenderetes, columpios, juegos de magia o un gran martillo, que poca fuerza medía ya, se recogían junto al paseo marítimo de Coney Island. Todo presidido por la Wonder Wheel, la vieja noria que aún conserva su estatus de más alta del mundo, y la montaña rusa Cyclone, que con sus restos de madera aún en pie desde 1927 presume de ser la primera de la historia.
A media tarde, pude ver a las gaviotas sobre la arena en la playa sucia de un mar que miraba a la ciudad. Desde la orilla, una sensación de pérdida recorría aquella gran feria de pueblo en retirada. Bajo nubes de algodón rosa, pensé en ese niño que quería ser mayor en el salón de espejos de Astroland y, tras cumplir su deseo, se termina convirtiendo en un mayor que vuelve a pedir ser niño, mientras el carrusel se sigue moviendo al ritmo del Coney Island Baby, de Lou Reed.
