Días de turismo
Estos días pasados Manhattan ha sido literalmente invadida por españoles. Parece que media España ha aprovechado el largísimo puente de diciembre para cruzar el charco y visitar la Gran Manzana. Me comentaron incluso que en las noticias se hicieron eco de ello. Sin duda, pocas veces Nueva York ha tenido tanta concentración de españoles. Parecía Londres.
Durante este tiempo, la idea de unos y otros ha sido patearse la ciudad de un lado para otro intentando abarcarlo todo. Por las calles se veía más de la cuenta el típico vaivén turístico que come con los ojos, tira de tarjeta de crédito y dispara con su cámara de fotos. Nada desdeñable, pero no he podido evitar sentirme muy ajeno a todo eso. Es una paradoja, lo sé. Nueva York es posiblemente la ciudad turística por excelencia.
Esta semana que se va me ha servido para darme cuenta de algo que a lo mejor sabía pero nunca había pensado: nunca he sido turista en Nueva York. La vida ha querido que lo haya sido en muchos sitios pero no aquí. Creo que mi situación ya vino predeterminada antes incluso de pisar por primera vez este suelo. Quise hacer de la ciudad algo de mí, o yo algo de ella, como se quiera, o como sea. La cuestión es que siempre llegué con la idea de quedarme. Nunca me ha comido el tiempo en Nueva York, como sí me ha pasado en otros lugares y como le pasa a tanta gente que viene y se va por aquí.
Sin embargo, no siempre es una cuestión de tiempo. Creo que mi poca afinidad con algunos de los turistas que he visto estos días por la ciudad se debe además a una diferente concepción de Nueva York, o del viaje en sí mismo. Muchos llegan para atiborrarse de compras y fotos y cargar con algún saco de cosas vistas. No existen las historias, los sonidos ni los personajes. No existe más ritmo que el que ellos marcan, cuando en el caso de Nueva York se agita y acompasa cada segundo, se estira y se envuelve cada día.
En este turismo todoterreno, el gran libro abierto de Nueva York queda reducido a un catálogo de unas páginas sin encuadernar. Puede que también influya la pasta con la que está hecha cada persona. Así, si se mira la siguiente fotografía se puede ver muchos edificios iluminados en aglomeración o un frenesí de vida.
