Wednesday, December 13, 2006

Test del estrés

Resulta que estoy estresado y necesito ayuda. No es que lo diga yo, sino que me lo dice una gente que parece que sabe mucho de esto. Os cuento.

Hace semanas en la estación de metro de Union Square me llamaron la atención un par de mesas que se encontraban donde normalmente uno puede disfrutar de buena música callejera en directo. Unos grandes carteles presidían cada una: “Test gratis para conocer tu estrés”. Ese día, sí que debía estar de los nervios porque, a pesar de lo curioso del tema, no tuve tiempo para pararme a curiosear. Desde entonces y entre la multitud del metro neoyorkino, volví a ver estas mesas, o unas parecidas, dos o tres veces más. Hasta que hoy he dado de lleno con ellas en el subsuelo de Times Square y no me he resistido. Me he hecho el test del estrés.

A cada lado de la mesa se sienta una persona, mujer u hombre, todos trajeados y, por lo general, bastante jóvenes, casi adolescentes. Ya se sabe que Nueva York goza de la fama de ser una de las ciudades más histéricas del mundo, por lo que nadie se puede extrañar de ver cada uno de los cuatro asientos ocupados con personas, que antes de subir al tren conceden un poco de su tiempo a saber si están estresados.

Después de esperar unos minutos, ha llegado mi turno. Me he sentado frente a una chica rolliza y con gafas, que me ha recibido con una sonrisa abierta. Junto a ella había un aparato rojo, el medidor de estrés que se llama, que recordaba a un loro de música ochentero. La chica me ha dicho que tenía que sujetar una especie de manguitos metálicos que con un cable se conectaban al medidor de estrés. Ella me haría preguntas y la aguja del medidor, como la de una válvula de aire o un tensiometro, subiría siempre que mi cuerpo transmitiese vibraciones estresantes. Y, sinceramente, a pesar de la gracia que tenía la situación frente a esa chica, me he sentido como un Woody Allen a la baja, sustituyendo el diván por una silla de plástico en mitad de los pasillos del metro y las teorías y métodos de Freud por un extraño transistor de ondas.

Lo gracioso ha venido con las preguntas. Ella diciéndome que pensara en gente que me ponía nervioso; que si un jefe, que si un político. Más adelante, preguntándome por las preocupaciones de mi vida; que si no sé si quiero meterme de lleno en nuevos proyectos de trabajo, que si no he bajado a la lavandería esta semana, que si somos una mota de polvo en un universo infinito, que si el Real Madrid está peor de cómo lo dejé, que qué  escribo hoy en Serenatas, que si leer buena parte de las noticias de un periódico o, lo que es peor, conocer cosas que no salen en los periódicos. En fin, más de una preocupación y la amiga intentando meter el dedo en una llaga que yo podía dejar abierta, mientras la aguja apenas subía en el aparato. Así que ella ha tocado una rueda en mitad de la charla y la aguja se ha hecho más sensible a mis preocupaciones.

A partir de ahí, me ha asegurado que estoy estresado, aunque yo intentaba hacerla comprender que me encontraba en una de las etapas más tranquilas de mi vida, que me viera en los últimos cuatro años y eso sí podía llamarse estrés. Quejarme ahora de estrés, decía yo, era un lujo que no me podía permitir. Pero ella insistía. “Estás estresado… y lo peor es que necesitas ayuda”. Ahí es dónde no ha parado de insistirme. “Necesitas ayuda”. “Necesitas ayuda”.

Entonces, me ha instado a comprar un libro. Su título: Dianetics, The Modern Science of Mental Health de Ron Hubbard. Y ahí es donde lo he entendido todo. La chica, sus compañeros y las mesas formaban parte de la Iglesia de la Cienciología, que para los que no la conozcan es, a grandes rasgos, una filosofía práctica que defiende un ser espiritual inmortal formado por mente y cuerpo. Está reconocida como una religión en Estados Unidos pero en la mayoría de países es entendida como una secta. Finalmente, la chica me ha dicho que el libro ayudó a gente muy valiosa, como John Travolta. También me ha invitado a asistir en el alto Manhattan a un encuentro de técnicas de relajación para alcanzar nuestros objetivos.

No pienso ir. Tampoco he comprado el libro. Sólo faltaría que la gracia del test gratuito del estrés me costará la vida. Por ahora, la mejor receta que conozco para combatir mi estrés, cuando lo tengo, es la música, como la del jukebox.

Posted by Fernando Navarro at 03:10:29 | Permalink | Comments (6)