Test del estrés
Resulta que estoy estresado y necesito ayuda. No es que lo diga yo, sino que me lo dice una gente que parece que sabe mucho de esto. Os cuento.
Hace semanas en la estación de metro de Union Square me llamaron la atención un par de mesas que se encontraban donde normalmente uno puede disfrutar de buena música callejera en directo. Unos grandes carteles presidían cada una: “Test gratis para conocer tu estrés”. Ese día, sí que debía estar de los nervios porque, a pesar de lo curioso del tema, no tuve tiempo para pararme a curiosear. Desde entonces y entre la multitud del metro neoyorkino, volví a ver estas mesas, o unas parecidas, dos o tres veces más. Hasta que hoy he dado de lleno con ellas en el subsuelo de Times Square y no me he resistido. Me he hecho el test del estrés.
A cada lado de la mesa se sienta una persona, mujer u hombre, todos trajeados y, por lo general, bastante jóvenes, casi adolescentes. Ya se sabe que Nueva York goza de la fama de ser una de las ciudades más histéricas del mundo, por lo que nadie se puede extrañar de ver cada uno de los cuatro asientos ocupados con personas, que antes de subir al tren conceden un poco de su tiempo a saber si están estresados.
Después de esperar unos minutos, ha llegado mi turno. Me he sentado frente a una chica rolliza y con gafas, que me ha recibido con una sonrisa abierta. Junto a ella había un aparato rojo, el medidor de estrés que se llama, que recordaba a un loro de música ochentero. La chica me ha dicho que tenía que sujetar una especie de manguitos metálicos que con un cable se conectaban al medidor de estrés. Ella me haría preguntas y la aguja del medidor, como la de una válvula de aire o un tensiometro, subiría siempre que mi cuerpo transmitiese vibraciones estresantes. Y, sinceramente, a pesar de la gracia que tenía la situación frente a esa chica, me he sentido como un Woody Allen a la baja, sustituyendo el diván por una silla de plástico en mitad de los pasillos del metro y las teorías y métodos de Freud por un extraño transistor de ondas.
Lo gracioso ha venido con las preguntas. Ella diciéndome que pensara en gente que me ponía nervioso; que si un jefe, que si un político. Más adelante, preguntándome por las preocupaciones de mi vida; que si no sé si quiero meterme de lleno en nuevos proyectos de trabajo, que si no he bajado a la lavandería esta semana, que si somos una mota de polvo en un universo infinito, que si el Real Madrid está peor de cómo lo dejé, que qué escribo hoy en Serenatas, que si leer buena parte de las noticias de un periódico o, lo que es peor, conocer cosas que no salen en los periódicos. En fin, más de una preocupación y la amiga intentando meter el dedo en una llaga que yo podía dejar abierta, mientras la aguja apenas subía en el aparato. Así que ella ha tocado una rueda en mitad de la charla y la aguja se ha hecho más sensible a mis preocupaciones.
A partir de ahí, me ha asegurado que estoy estresado, aunque yo intentaba hacerla comprender que me encontraba en una de las etapas más tranquilas de mi vida, que me viera en los últimos cuatro años y eso sí podía llamarse estrés. Quejarme ahora de estrés, decía yo, era un lujo que no me podía permitir. Pero ella insistía. “Estás estresado… y lo peor es que necesitas ayuda”. Ahí es dónde no ha parado de insistirme. “Necesitas ayuda”. “Necesitas ayuda”.
Entonces, me ha instado a comprar un libro. Su título: Dianetics, The Modern Science of Mental Health de Ron Hubbard. Y ahí es donde lo he entendido todo. La chica, sus compañeros y las mesas formaban parte de la Iglesia de la Cienciología, que para los que no la conozcan es, a grandes rasgos, una filosofía práctica que defiende un ser espiritual inmortal formado por mente y cuerpo. Está reconocida como una religión en Estados Unidos pero en la mayoría de países es entendida como una secta. Finalmente, la chica me ha dicho que el libro ayudó a gente muy valiosa, como John Travolta. También me ha invitado a asistir en el alto Manhattan a un encuentro de técnicas de relajación para alcanzar nuestros objetivos.
No pienso ir. Tampoco he comprado el libro. Sólo faltaría que la gracia del test gratuito del estrés me costará la vida. Por ahora, la mejor receta que conozco para combatir mi estrés, cuando lo tengo, es la música, como la del jukebox.
O sea, que estas cosas también tienen campaña de navidad.
Ayer, en uno de los episodios repetidos de House: los médicos acaban de curar a un enfermo de una parálisis. El enfermo es un genio del jazz que busca identificarse con House por la soledad de la cumbre y por su terror a perder su don. Cuando ya se va del hospital por su propio pie ve al médico tomarse una de sus pastillas mágicas. Le pregunta “¿Cuántas de ésas toma al día?” House, después de estar unos segundos callado, contesta “Sufro mucho”. Y el músico le mira y le dice: “Ya. Como todos.”
Ésa es la puerta que le abrimos a las religiones, a los psiquiatras. O a internet.
jajaajjajajajaj lo siento pero es que te veo sentado ahi y no puedo evitarlo.
El otro dia ya empezado vi un reportaje de la secta que mas rapido se esta propagando, en America latina causa furor, los Evangelistas , menuda panda de hijos… ( se pueden decir tacos en este diario? )
La cuestion, en USA habia algo asi como unos ejercicios espirituales con crios de 6 a 11 años, que dejaban en pañales a las juventudes hitlerianas.
De ahi saldra el nuevo Bush.
PD. Ya has podido ver Una verdad incomoda? autobombo de Al Gore aparte, una pelicula necesaria y de obligada vision.
Ya sabes fer que lo mejor para no estresarse es hacer el amor, y por lo que dices manda “huevos” que tengas que ir a New York a buscar las inspiración divina. En españa hace tiempo que existe el Viagra pero creo que te confundistes de farmaco y le distes mucho a la propecia.
Bueno figura me imagino que como todos , esperamos que llegues pronto y nos cuentes de primera mano que tal te lo has pasado!!!
Un abrazo
K: El Señor House siempre igual de bueno. Gracias por el comentario.
Surren: No más bushes, please. La peli todavía no la he visto, espero hacerlo pronto como tu otra recomendación “Voces inocentes”.
Riki: Nos veremos pronto.
Ja, ja, que bueno! Pero oye, si ayudaron a Travolta y a Tom Cruise…
Que soy El Paco de Oviedo, y a ver si paso por aquí más a menudo.
Un abrazo.
Paco: Buenísimo verte por aquí. Pues a ver si es verdad y te vemos más por aquí. Casi prefiero quedarme con mis problemas a quedar como Travolta y Cruise. Un abrazo!