Blood Brother
Se acaba el año y, como siempre, es inevitable echar la vista atrás. Sin duda, mi 2006 está protagonizado por Nueva York, por estas serenatas que suenan y que ya cubren, injustamente o no, todo lo que ha pasado este año, que por otro lado ha sido fructífero y lleno de buenos momentos. Un año que comenzaba lleno de dudas y esperanzas y acaba posiblemente con muchas de unas y otras todavía en el aire, y otras nuevas, pero con la más importante resuelta, tangible: Nueva York. Este blog es en la medida de lo que cabe un testimonio de ello. Pero acaba el año y, entre reflexiones y recuerdos, quiero hablar del comienzo de todo, de la inspiración. Porque Nueva York se lo debo a Toni.
Visto desde la distancia que ofrece el tiempo, conocí a Toni de la única forma que podía conocerle: de una manera extraordinaria. La primera vez que le vi en persona fue en Nueva York, que era el sitio en el que el destino había querido que nos encontráramos.
Durante años, sabíamos el uno del otro a través de Internet. Por una lista de correo sobre Bruce Springsteen, por un chat o por emails. Él sabía cómo me iba en la carrera mientras me recomendaba películas antiguas y me contaba anécdotas de su vida. Tampoco era una relación muy regular. A veces, había meses en los que no sabía nada de él y viceversa. Era lo normal. Pero un día sucedió que le dije que estaba pensando en irme unos meses fuera, a estudiar inglés, y él me facilitó todo.
Fue gracioso. El día antes de coger el avión hacia Nueva York, me pidió por un email urgente que le mandara una foto mía. Ninguno habíamos caído: no nos conocíamos físicamente. En los dos o tres meses previos a llegar a Nueva York, cuando ya tenía claro que me iba para allá, recuerdo no haberme preocupado en absoluto por Toni, es decir, como me decía mucha gente: qué era eso de irse a casa de un tío que no conoces de nada. Ciertamente, ser precavido era lo más normal. La gente que me quería de verdad lo decía para protegerme, los que no tanto sólo decían tonterías. Pero para mí era como una certeza, quizás porque alguien que me había recomendado fervorosamente a Charles Chaplin, cuando uno es un chaval inocente y con todo el mundo por delante, era garantía suficiente.
Aún recuerdo, como si fuera hoy, mi primera noche en Nueva York. El impacto de la ciudad fue tremendo, pero no menos fue mi primera charla con Toni. Bajo la lamparita verde del diner, con un pequeño jukebox de mesa haciendo sonar a Elvis Presley, Toni me resumió su vida mientras se fumaba un cigarrillo tras otro en lo que dura una cena en la que uno se come una Rock´n´roll Burger. Con el don de la palabra, se dejó de anécdotas y fue al grano. Como él mismo me dijo, el primer día ya sabes quién es Toni, de principio a fin. La opción de elegir fue mía. De nuevo, el tenerlo claro fue la cosa más natural del mundo.
Los dos llegamos a Nueva York huyendo de algo. Cada uno con sus cosas y yo, sinceramente, impulsado por la desorientación habitual de todo adolescente en edad de crecer. El tener Nueva York como lugar de destino podía ser coincidencia pero el compartir juntos una amistad que crecía cada minuto no lo era. El haber conocido como conocí Nueva York, o el haber visto a Bruce Springsteen a dos metros de mí en el Stone Pony durante un concierto memorable y poder darle la mano al final como si fuera mi vecino, o el haberme sentido más periodista que nunca desde Nueva York, eran hechos suficientes para hablar de la experiencia de mi vida. Sin embargo, nada podía compararse a lo que significaba mi amistad con Toni. Cuando nos despedimos en el aeropuerto, de regreso a Madrid, lloré. Pero no lo pasé peor que cuando esa misma mañana haciendo las maletas escuchamos juntos y en silencio la canción de Serrat; Decir amigo. Lo peor de la vida es cuando no te deja opción. Y cuando nos dijimos hasta la próxima no la había.
Creo que vivir juntos durante tres meses nos cambió para siempre a los dos. Nos hizo ver lo que nos faltaba y nos hizo apostar por lo que nos dictaba nuestro corazón. Dos años después, él ya tuvo claro que dejaba Nueva York y yo tuve claro que regresaba con Nines. Y es verdad que al principio me daba miedo volver a Nueva York por mí mismo pero sobre todo por Toni. Nueva York sin él podía no ser Nueva York. Yo sin él en Nueva York podía no ser yo. En los primeros días en la ciudad, veía el fantasma de Toni por todas partes. Un día me acerqué a la puerta de la que fue casa de Toni y pensé en llamar. Quería saber si el fantasma existía. Pero fue el propio Toni el que me dijo desde la distancia que no había fantasma y una tarde paseando por Manhattan sentí que cada loco detalle de esa ciudad me pertenecía.
Hoy Toni está perdido por algún remoto lugar de Centroamérica. La vida le ha vuelto a poner a prueba. A todo el mundo nos pone, seguramente, pero con Toni a veces se ensaña y parece que trata de ponérselo más difícil que al resto. Pero Toni siempre sale ganando. Por lo que sé de él, para alcanzar el cielo no hace falta estirar un edificio hacia las nubes, basta con intentar que cada mañana haya un motivo. Toni no cree en Dios. Así que ese no es su motivo. De hecho, tiene más de un motivo. Como yo con este mensaje, mi motivo es que una de estas serenatas esté dedicada a Toni.
Hay amigos que pasan a convertirse en hermanos. Hay hermanos que justifican la vida. Lo mejor es que no soy el único hermano de Toni. Los tiene en abundancia, ellos lo saben, y todos sabemos, gracias a él, que nunca hay retirada, que nunca hay rendición.