Thursday, January 11, 2007

Denuncia

Tenía pensado hablar de otro tema pero hoy la actualidad manda, y no sólo involucra a Nueva York sino también a todo Estados Unidos y gran parte del mundo.

El presidente de los EE.UU., George W. Bush, ha dado su primer discurso del año a la hora de mayor audiencia (las 21.00, hora local) para hablar de la nueva estrategia en la guerra de Iraq, después de que los demócratas tomaron el poder en las dos cámaras (Senado y Congreso) y Donald Rumsfeld dimitió como vicepresidente del Gobierno.

Retransmitido por todas las cadenas de televisión, en su discurso Bush ha reconocido y asumido los “errores” de la estrategia en Iraq y ha descartado la opción de la retirada porque, en su opinión, provocaría “el desplome” del Gobierno iraquí. Según ha dicho el presidente estadounidense, el plan incluye el envío de 24.000 soldados, de los cuales al menos 17.500 estarán destinados en Bagdad. De los 6.800 millones de dólares adicionales del nuevo plan, 5.600 millones irán destinados al aumento de tropas, mientras que los 1.200 restantes financiarán los programas de reconstrucción y de empleo.

No seré yo quién analice esta nueva estrategia del gobierno más poderoso del mundo. Eso es asunto de los expertos. Pero no puedo evitar el pronunciarme, de nuevo, contra una guerra que siempre me ha parecido, como la mayoría,  injusta, innecesaria y, como todas, brutal para los de siempre, los civiles e inocentes que las sufren. Soy de los que piensan como Jean Paul Sastre que dijo que cuando los ricos hacen la guerra, son los pobres los que mueren. Y escuchando las palabras de Bush, me han venido muchas cosas a la cabeza, pero por poner una de ellas, dejadme que pinche en este tablón que es “Serenatas” un texto que además está relacionado con esta metrópoli. Es un poema de Federico García Lorca de un libro imprescindible como Poeta en Nueva York (1929), del que seguro se volverá a hablar en este blog. No es el mejor escrito para referirse a una situación de guerra como ésta, pero está íntimamente ligado con Nueva York y, sobre todo, con la denuncia y con esa “otra mitad, la mitad irredimible”.

NUEVA YORK (OFICINA Y DENUNCIA)

“Debajo de las multiplicaciones
hay una gota de sangre de pato;
debajo de las divisiones
hay una gota de sangre de marinero;
debajo de las sumas, un río de sangre tierna.
Un río que viene cantando
por los dormitorios de los arrabales,
y es plata, cemento o brisa
en el alba mentida de New York.
Existen las montañas. Lo sé.
Y los anteojos para la sabiduría.
Lo sé. Pero yo no he venido a ver el cielo.
Yo he venido para ver la turbia sangre.
La sangre que lleva las máquinas a las cataratas
y el espíritu a la lengua de la cobra.
Todos los días se matan en New York
cuatro millones de patos,
cinco millones de cerdos,
dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,
un millón de vacas,
un millón de corderos
y dos millones de gallos,
que dejan los cielos hechos añicos.
Más vale sollozar afilando la navaja
o asesinar a los perros
en las alucinantes cacerías,
que resistir en la madrugada
los interminables trenes de leche,
los interminables trenes de sangre
y los trenes de rosas maniatadas
por los comerciantes de perfumes.
Los patos y las palomas,
y los cerdos y los corderos
ponen sus gotas de sangre
debajo de las multiplicaciones,
y los terribles alaridos de las vacas estrujadas
llenan de dolor el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.
Yo denuncio a toda la gente
que ignora la otra mitad,
la mitad irredimible
que levanta sus montes de cemento
donde laten los corazones
de los animalitos que se olvidan
y donde caeremos todos
en la última fiesta de los taladros.
Os escupo en la cara.
La otra mitad me escucha
devorando, orinando, volando, en su pureza
como los niños de las porterías
que llevan frágiles palitos
a los huecos donde se oxidan
las antenas de los insectos.
No es el infierno, es la calle.
Nos es la muerte, es la tienda de frutas.
Hay un mundo de ríos quebrados
y distancia inaccesibles
en la patita de ese gato
quebrada por el automóvil,
y yo oigo el canto de la lombriz
en el corazón de muchas niñas.
Oxido, fermento, tierra estremecida.
Tierra tú mismo que nadas
por los números de la oficina.
¿Qué voy a hacer? ¿Ordenar los paisajes?
¿Ordenar los amores que luego son fotografías,
que luego son pedazos de madera
y bocanadas de sangre?
San Ignacio de Loyola
asesinó un pequeño conejo
y todavía sus labios gimen
por las torres de las iglesias.
No, no, no, no; yo denuncio.
Yo denuncio la conjura
de estas desiertas oficinas
que no radian las agonías,
que borran los programas de la selva,
y me ofrezco a ser comido
por las vacas estrujadas
cuando sus gritos llenan el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite. “

Posted by Fernando Navarro in 05:06:18 | Permalink | Comments (3)