De Greco to Picasso
En Nueva York, está siendo un éxito la exposición El Greco to Picasso. Time, Truth and History, que desde el pasado noviembre se encuentra en el Museo Guggenheim. Los neoyorkinos, tan puestos siempre en cuestiones artísticas, están acudiendo en masa y con verdadero interés a este museo que, para los más versados de la ciudad, no deja de parecer la torre de un aparcamiento de coches en mitad del Upper East Side, frente a Central Park. El Guggenheim no es orgullo de todos, como lo pueda ser el Metropolitan o el MOMA.
La muestra es un curioso acercamiento a la historia de España a través de la recopilación de cuadros de los mejores artistas que ha dado la pintura española. Tiene su conexión con otra que hubo en el Museo de El Prado que se llamaba El Retrato Español. Del Greco a Picasso. Pero en el Guggenheim neoyorkino, la panorámica es más amplia.
Los cuadros se exponen según temáticas referentes a bodegones, retratos, religión, realeza o personajes de la calle. El Greco, Velazquéz, Goya, Murillo, Zurbarán, Ribera, Miranda, Miró, Picasso o Dalí son algunas de las firmas que aparecen en las partes inferiores de las obras expuestas, a lo largo de la galería circular que recorre el museo de arriba a abajo, y lo digo así porque es menos cansado subir en ascensor hasta el quinto piso del centro e ir descendiendo la cuesta hasta el hall que viceversa. Doy fe.
Para un español, como yo, está exposición es muy recomendable e interesante. Ya no sólo merece la pena por la cantidad de buenos pinceles que se dan cita en ella, sino que además se goza de lo lindo de esas comparaciones que se pueden sacar de los enfrentamientos a los que están expuestos algunos cuadros. El museo coloca, uno junto a otro, cuadros que tienen el mismo motivo. Así, se puede ver la evolución del arte, que toma una misma realidad para percibirla diferente. En el surrealismo de Dalí o en el cubismo de Picasso ya se ve esa semilla plantada por Van Gogh en el que artista altera las apariencias de las cosas porque así es cómo las ve. Dalí, Miró o Picasso utilizan los mismos motivos con diferentes representaciones.
La Virgen del Rosario de Murillo es compacta con una armonía perfecta, mientras que la Madonna de Dalí se descompone para formar el mismo orden armonioso. Ambas transmiten lo mismo. En otro caso, El caballero Franciso Pacheco de Velazquéz es digno, fiel a la realidad y minuciosamente magnífico. El caballero Jaime Sabartés de Picasso, similar a su primo hermano Pacheco, es deforme, más colorista y no menos verdadero. Uno y otro son dos mundos dentro del mismo mundo.

Para un neoyorkino, la muestra tiene los mismos ingredientes de interés que para un español con la añadidura de un muy apetitoso exotismo. Para un español, El Greco to Picasso. Time, Truth and History no deja de ser la España de siempre, la que ha mamado desde los tiempos más prescolares. La España de los Franciscanos, Dominicanos o Carmelitas de El Greco, de los infantes de Velazquéz, de sus Austrias, de esa naturaleza muerta tan característica de nuestros bodegones, de la Duquesa de Alba de Goya. De hecho, muchos de los cuadros de las vírgenes con sus niños todavía cuelgan, en vulgares copias de andar por casa, de las paredes de muchos hogares de nuestros padres o abuelos.
Puede que este mundo, como extraído de un libro viejo, sea lo más parecido a las grandes historias fantásticas para un neoyorkino. Es el contacto con otro lugar, otro tiempo, otra dimensión. El Enano Don Sebastián de Morra de Velazquéz, que sienta sus nalgas en una de las paredes del museo, es la mejor ilustración de este sentimiento comunitario. En ese pasillo girado, observan las imágenes absortos a los detalles de cada una, con un brillo en los ojos y ofreciendo comentarios cargados de fascinación y curiosidad. Al fin y al cabo, es comprensible, a mí me pasa con la misa gospel, los rascacielos, el vendedor de perritos o los botes de sopa Campbell de Andy Warhol que están en el MOMA.