You talkin´ to me?
Desde que estoy aquí, cada día me encuentro una sorpresa. Es un tópico, lo sé, pero Nueva York no deja de sorprender nunca. Es un conglomerado de sucesos diarios al que la vista no se acostumbra. Bueno, tal vez sí, cuando asocio todo a esta urbe que tiene por costumbre revolver lo más pintado y echar abajo las ideas preconcebidas, cuando me digo para mí mismo que al fin y al cabo esto es Nueva York y que lo inimaginable es normal.
Pero a pesar de todo, igualmente, llama la atención. Es imposible numerar todas las excentricidades que he visto en mis días neoyorkinos. Habría necesitado un bolígrafo con mucha tinta y un cuaderno de tantas hojas que no podría transportar. A lo mejor, hubiese sido preferible hacer de este blog un cuaderno de apuntes de estas cosas sorprendentes, que no tienen nombre ni parangón, e ir añadiendo diariamente cada una que sale al camino. Aún consciente de que me dejo varias, y que dentro de dos meses tendré que escribir otro mensaje como éste, paso a comentar a vuela pluma algunas de las que más me sorprendieron.
Por ejemplo, resulta que en el tren que tengo que coger todos los días para ir al centro de Manhattan he visto a una mujer que transporta una silla. Es una actitud muy funcional. Lo hace porque así tiene donde sentarse siempre durante los 25 minutos que dura el viaje hasta el Midtown. Cuando ella sube al tren nunca quedan asientos libres. La primera vez que la mujer estaba con la silla y la desplegó en medio del vagón pensé que aquella mañana tendría que dejar la silla en algún sitio. Todo esto se vino abajo cuando a la semana siguiente la misma mujer con la misma silla volvía a subirse en la misma parada y desplegaba la silla, se sentaba y se ponía a leer. Desconozco si luego, al llegar al trabajo, ata la silla a un árbol como una bicicleta o la saca el mismo provecho que en el vagón del tren.
Times Square se lleva la palma. Por allí, pasean grupos de Hare Krishna que buscan el estado puro de la mente y el placer infinito, y alguna moneda, en la multitud incierta de del lugar más transitado de Manhattan. También de fiesta me he topado con judíos ataviados con sus túnicas y tambores bailando en un cerco policial ante los flashes de turistas. También he visto a un tío de dos metros que completamente trajeado, sin quererlo ni beberlo, se ha tirado al suelo en mitad de la calle 42 y se ha puesto a hacer flexiones con los nudillos. Como poseído, no paró hasta que el traje estuvo empapado en sudor. No buscaba monedas ni aplausos. Tan sólo se apartó un poquito, se puso en un lado de la acera y pareció intentar superar su propio récord de flexiones en mitad de la calle.
Aunque más difícil me parecía lo que vi el otro día por la Sexta Avenida. Un hombre transportando una considerable caja en la cabeza mientras llevaba las manos en el bolsillo y silbaba. Por cierto, que lo normal es ver gente cantando por la calle, a grito en voz, sumergida en sus interpretaciones musicales sin importarles cuánto llaman la atención. Como corrientes son las ejecutivas que visten de traje con deportivas blancas y los zapatos en una bolsa para ponérselos a la entrada de la oficina. Esto último, realmente, es cuestión de comodidad, pero no lo es que un hombre que tranquilamente pasea por la calle al ver que un coche pita más de la cuenta en la carretera salga corriendo y le pegue patadas a la ventanilla, con la consiguiente pelea, en un acto de purificación.
Entiendo, por lo tanto, que un joven Martin Scorsese se interesara en profundizar en personajes como el inigualable Travis, que da vida otro joven Robert De Niro en Taxi Driver (1976). Hablarle al espejo puede ser el primer paso a la locura, o tan sólo lo más normal del mundo, quiero decir, de Nueva York.
PD. He colgado más fotos en el albúm. Ya sabéis, está en la barra de la derecha. Sólo tenéis que pinchar dos veces. Son fotillos de andar por casa, pero espero que sirvan para mostrar un poco más NY.