The Grey Dog’s Coffee
Dos barriles de madera que hacen de grandes macetas con un diminuto árbol cada uno y un banco también de madera decoran la entrada del número 33 de Carmine Street, más conocido como The Grey Dog’s Coffee, una pequeña cafetería que recoge en apenas sesenta metros cuadrados toda la actividad vital de Greenwich Village.
The Grey Dog’s Coffee es uno de los últimos establecimientos en llegar al barrio con más solera de Manhattan. En Greenwich Village, se amontonan algunas de las cafeterías, restaurantes y bares más históricos de la ciudad. Sin embargo, The Grey Dog’s Coffee se creó en 1996. Una fecha que no ha sido un impedimento para que el local se convierta en un clásico.
Al parecer, el establecimiento debe su nombre a dos perros labradores llamados Moose y Goose, uno blanco y otro negro. Los dueños de los perros, futuros dueños también de la cafetería, pensaron que lo mejor sería juntar el blanco de Moose y el negro de Goose para dar nombre al pequeño comercio. De ahí surgió The Grey Dog’s Coffee.
Desde la calle, a modo de taberna, se puede ver un letrero de madera roída con el nombre del local colgando sobre la entrada. Tras cruzar una doble puerta, se accede a una sala, no más grande que el salón de muchas de las casas que se dejan ver desde la calle de Greenwich Village, que recibe a los transeúntes bajo su decoración de luces de colores, radiadores iluminados y macetas colgando de techos y paredes de oscuro ladrillo chocolate. Unos pequeños cuadros de trazos impresionistas, que muestran varios perros grises, y unas fotografías de los distintos equipos infantiles de béisbol que patrocina la cafetería completan el paisaje del local. A primera vista, la impresión que despierta en el recién llegado es la de sentirse como en mitad de una de esas habitaciones del Manhattan más cool, que está a medio camino entre lo espléndido y lo aparatoso.
En esta línea, es recomendable acudir a The Grey Dog’s Coffee un sábado o domingo a nuestra hora del aperitivo y a la del almuerzo. No porque sea más tranquilo, sino porque esconde una agitada e inconmensurable actividad, la misma que desprende cada una de las calles del barrio. No se viene a The Grey Dog’s Coffee con la idea de buscar comodidad, más bien se espera formar parte del joven ajetreo, regatear a cada uno de los minutos un poco más de ambiente.
La gente en cola espera para que el camarero les asigne una de las pequeñas y apiñadas mesas del local, mientras se pide en la barra del fondo y se deja el nombre. El camarero sólo está para llevar los platos a la mesa. Una vez en el sitio se puede uno distraer durante un rato con los mapas de colores de los Estados Unidos que se recogen en los tableros redondos de las mesas. También con el peculiar mapa que muestra la cafetería, donde grupos de universitarios de la New York University conviven con parejas de recién enamorados y solitarios de gafas de pasta negra y estómagos sin fondo que parecen haber pasado antes por alguna de las viejas librerías de la zona.
En un soleado mediodía de sábado, el murmureo de ese ambiente desordenado es casi tan apetitoso como cualquiera de los menús que ofrece The Grey Dog’s Coffee. Todo merece la pena, desde las ensaladas hasta los postres, pero son los menús de Michigan Sandwiches los que forman parte de la especialidad de la casa. Cada uno con su correspondiente número rondando los 7,50$ y 8,50$, es difícil decantarse por un menú u otro, pero el número 8, compuesto por una mezcla de ensalada de atún y cebolla, o el número 5, liderado por un pollo a la barbacoa, son garantía de buen provecho.
El mismo propósito de utilidad, que da comer cualquiera de estos sándwiches, invade al abandonar The Grey Dog’s Coffee. Pues, a veces, no hay nada mejor que verse dentro del bullicio para recordar que, al fin y al cabo, hay que alegrarse de estar vivos.