Hombre negro con su blues
9:34 a.m. Estación de Metro de la calle 34. La gente sólo anda preocupada de llegar a su hora. Todos andamos atareados en cumplir con nuestro horario, en mantener la rutina en marcha, otro día más de diario. Todos menos uno. Es un hombre negro de unos 40 años pero que aparenta unos 60 pasados. Va vestido con traje gris, puede que de esos que llevaron los ejecutivos de Madison Avenue hace ahora 30 años. Parece que le queda dos tallas más grandes, pero en el fondo le va con su amplio sombrero negro que se estira en una circunferencia que es difícil que no llame la atención del más dormido de los transeúntes. El hombre se para en el andén, al contrario de la marcha unísona de la multitud sin un segundo que perder. El hombre se pone a cantar. Es un blues, es un loco y extraño blues a la desesperada. Se pone a cantarlo a gritos con una voz que realmente es de disco, pero se pone a cantarlo con los brazos en alto y a gritos, a marchas forzadas a contracorriente de todos, mientras los más educados le ignoran y le esquivan y los menos pacientes le insultan y le mandan a tomar por culo sin contemplaciones. Pero el hombre negro sigue con su blues a la desesperada caminando a codazos. Es imposible que coja ningún tren. Éste ha llegado a su última parada y la única salida es abandonar ese andén y tirar por donde van todos.