Friday, March 9, 2007

Paseo hasta Vesubio

Existen pocas cosas más gratificantes que hacer en Nueva York durante un sábado soleado que pasear por Sullivan Street y alrededores, que se esconde al margen oeste del SoHo.

En el entramado de calles que forman el SoHo siempre destacan algunas de las fachadas más espectaculares de Manhattan, bajo las cuales descansan los famosos lofts, que dan cabida a algunas de las personas con más poder adquisitivo de la ciudad, y las galerías de renombre en las que uno puede perder media mañana con artistas que van desde los cuadros de pop-art a las esculturas de piedra maciza. Pero su arquitectura de hierro colado, que tanto atrajo a artistas y fotografías inspiró, hoy en día está habitada además por las tiendas de marca más famosas que son el segundo plato para los que se cansan de la Quinta Avenida.

Fuera de este ritmo comercial y de punto exquisito, se halla Sullivan Street, una de esas calles que guardan un espíritu fascinante, a medio camino entre el dinamismo bohemio del Greenwich Village y la tradición italoamericana de una zona que terminó por convertirse desde mediados del siglo XX en el asentamiento más perdurable de panaderías y tiendas de embutidos.

Por Sullivan Street se dan cita pequeños comercios como Pino’s Prime Meats, que tras abrir su puerta desprende un intenso olor a queso que transporta a un pueblo remoto, donde a media mañana los salchichones cuelgan y los grandes frascos de aceitunas se apiñan sobre viejas estanterías en una atmósfera genuinamente italiana. También se hallan mercados de auténtico acento mediterráneo como Richie’s Candy Store o una serie de cafés como Pepe Rosso to Go, donde apenas entran 15 personas y muchos asiduos llegan en bicicletas que aparcan a la puerta del diminuto local. La iglesia de San Antonio de Padua se encuentra enclavada en mitad de la calle con su románico fuera del contexto neoyorkino.

Sin embargo, a pocos pasos de Sullivan Street se esconde el verdadero tesoro de esta zona. Vivir en Nueva York supone privarse de ciertos menesteres. Para quién se ha alimentado más de bocadillos que de hamburguesas, Nueva York es un coto vedado donde el pan, la crujiente barra con miga dentro, es un producto para sibaritas al alcance sólo de poderosos bolsillos. Es difícil encontrar buen pan, y cuando se encuentra no baja de 4 dólares la barra. Esto ya no es problema si se va a Vesubio, ubicado en el 160 de Prince Street entre Thompson Street y West Broadway.

Vesubio es una panadería que empezó a vender su pan recién hecho en el año 1920. Especializada en toda clase de pan italiano, la pequeña tienda no sólo hace las funciones de una panadería al uso sino que también ofrece almuerzos en sus apenas 40 metros cuadrados, donde se recogen cinco mesas con dos sillas cada una. Para los cinéfilos, Vesubio aparece en la película El Príncipe de las Mareas (The Prince of Tides, 1991)

Parece imposible, pero Vesubio funciona como un organismo perfecto, donde el escaso espacio no altera su capacidad para organizar a su clientela. La gente que llega deseando comer alguno de sus grandísimos bocadillos parece estar de acuerdo para no amontonarse. Es un goteo constante de personas que llegan para comprar pan que llevarse a casa o para comer. A éstos últimos, si les toca esperar, se van a dar una vuelta por la zona, donde florecen cafés y galerías de arte.

Los bocadillos de Vesubio merecen más nombre que las hamburguesas de la mayoría de los diners. Lo que la panadería llama Vesubio Special Panini (8.50$) no es otra cosa que un pedazo de bocata de pan italiano (a elegir entre ciabatta, foccacia, whole wheat, Italian hero o roll) con atún, pollo, pavo o cualquiera de las múltiples variantes que se ofertan. De hecho, se puede hacer un bocadillo a la carta donde se elige el pan, dos ingredientes, el tipo de queso (provolone, parmesan, swiss, cheddar, aciago, brie o mozzarella) y dos condimentos (tomate, lechuga, pesto, pimientos…).

Como es de imaginar, y como servidor puede afirmar, el bocadillo de Vesubio es un tremendo órdago a grande, al que ni las mejores cartas pueden ganar con facilidad. Por cierto, los cubiertos no van con Vesubio. Mientras uno intenta hacerse con ese bocadillo, suena un hilo musical, a modo de cafetería, y se ven las fotos de unos italianos, que posando con sus delantales y sus gorros de panaderos, tuvieron la brillante idea de abrir Vesubio. Esos italianos color sepia sonríen de oreja a oreja a la entrada de la panadería, que ahora se mantiene igual que entonces, pareciendo indicar que lo que esperaba dentro ya en esos días era cualquier cosa menos comida americana.

Posted by Fernando Navarro at 05:25:56 | Permalink | Comments (6)