Motherfucker
Creo que esta posdata de Travis será difícil de igualar.
Cruce de la Sexta Avenida con la calle 23. Servidor se dispone a cruzar como otro cualquiera. De lejos, entre coches que aminoran la marcha, se ve venir por la carretera a alguien montando en bicicleta con una especie de abrigo de visón muy llamativo. La bicicleta va dando tumbos, quién conduzca parece que está a punto de perder el equilibrio en cualquier momento y darse de bruces contra el capó de un taxi o el suelo. Semáforo en verde (blanco en Nueva York) para los peatones. Servidor empieza a cruzar.
Quién conduce la bicicleta, ya más cerca, es como un animal sacado de un circo, que se esconde en pantalones cortos bajo un enorme abrigo de piel de leopardo, que cuelga como un mantón de Manila, y lleva puesto un sombrero negro de paja y una inmensas gafas de sol de pasta blanca y reluciente. No se sabe si es una mujer o un hombre. Es una persona negra, como sacada de una alucinación pasada de rosca de LSD, que recorre con su piel de leopardo y en una vieja bicicleta una de las avenidas con más tráfico. Servidor va por mitad del camino hacia la otra acera, y ha aprendido a cazar estas cosas de un vistazo, sin necesidad de seguir con la mirada al personaje, como un primerizo. Pero algo falla. De repente, la persona negra debe haber atravesado a servidor con unos ojos que no se dejan ver tras los oscuros cristales. Se arranca a gritar: “motherfucker”, “motherfucker”… Repetidamente, sin descanso.
Al principio, servidor piensa que ese insulto va dirigido a otro, tal vez a alguien que ni siquiera existe. Pero el motherfucker se acerca a servidor como un tiro de escopeta, poniendo la quinta y dando pedales histéricos. Servidor ya se halla en la acera, pero ese motherfucker sigue persiguiéndole, cada vez más alto, más estridente en una ciudad llena de ruido. Motherfucker, motherfucker… una y otra vez, y en dirección contraria, porque la bicicleta de circo ya no atiende al tráfico y a los coches que pintan, la bicicleta atiende al motherfucker que persigue y que haciéndose el despistado sabe que, primero, maldita la gracia que tiene todo, y, segundo, esto supera cualquier sorpresa. Pero en su torpe balanceo, al lado de la acera, la bicicleta se cansa de perseguir a su motherfucker y gira de vuelta a su anterior destino, y servidor deja de oír motherfucker, como aliviado y con una risa tonta que sólo da un chute neoyorkino. Junto a servidor camina un hombre negro, muy alto, descojonado e indiferente, que dice bien claro: “Fucking motherfucker… she is crazy… Jajajaja”. Servidor también ríe, pero piensa: “¿cómo sabe que era una tía ese loco motherfucker?”