Hombre con pajitas en las orejas
Media tarde de un sábado. Camino del tren, la gente baja las escaleras por la boca de metro. Al girar la esquina, dentro del pasillo subterráneo, un hombre se encuentra frente a la pared. De piel negra y con un gorro gris más por sucio que por colorido, el hombre tiene dos pajitas en las orejas. Parecen pajitas del Mc Donalds, que incrustadas en cada oído del caballero se mantienen en posición descendente y estirándose como dos antenas. Es difícil tener dos pajitas en las orejas, con ese pequeño gorro en la coronilla, y entablar un auténtico debate con la pared. Pero este hombre lo consigue. La gente vuela camino del tren. Y el hombre discute solo contra la pared. Parece un tema serio, al menos le va la vida en ello. Esas baldosas, tan sucias como su gorro, no ciñen en el gesto. Ni se inmutan. Pero el hombre agita sus pajitas mientras menea la cabeza y a veces señala con el dedo a la pared. Está muy cabreado, muy serio, pero no consigue nada. La pared, repito, ni se inmuta, y el hombre, repito, ni con pajitas en las orejas logra persuadirla.