Cheerleaders
En Estados Unidos, todavía hay un tópico que se cumple a rajatabla: todo buen jugador de baloncesto o fútbol americano aspira a montárselo con una de las cheerleaders del instituto o la universidad.
El tema de las cheerleaders en Estados Unidos viene de lejos y, curiosamente, está protagonizado por un chico. La historia cuenta que a finales del siglo XIX nació en la Universidad de Minnesota. Al parecer, a un estudiante llamado Johnny, que debió ser un pésimo deportista, se le ocurrió ponerse frente a un numeroso público que se encontraba en un partido de fútbol americano. Cogió y, en mitad de un descanso, se puso a cantar para animar a sus compañeros. Desde entonces, cundió el ejemplo y el ‘estilo Johnny’ cobró forma.
Las chicas se hicieron dueñas de lo de animar, más aún cuando ellas no podían jugar con ellos. A través de la pantalla, películas y series otorgaron fama a esta actividad, donde rubias y morenas combinan elementos del baile y la gimnasia.
En los años setenta, ser cheerleader ya era un asunto más serio. Se crearon los primeros campeonatos nacionales. Así hasta ahora que las cheerleaders son profesionales e, incluso, superestrellas. Madonna, Halle Berry, Paula Adbul o Sandra Bullock hicieron sus pinitos como adolescentes, con la minifalda y los pompones.
Es por eso que la señora Wanda Holloway, una madre de familia de Texas, lo tuvo claro en el año 1991. Contrató a un asesino a sueldo para liquidar a la madre de la chica que competía contra su hija por conseguir el trono de cheerleader del instituto. Las niñas tenían trece años y doña Holloway pensó que sería la mejor forma de conseguir que la otra chica no se presentase a la final. Holloway acabó en la cárcel, pero con dinero. Si llega a tener un niño, la pobre Holloway se queda en bancarrota contratando matones para cargarse a los padres de los jugadores de un equipo entero.
*Artículo publicado por el periódico La Voz del Deporte en la colaboración de cada martes.
Con su gorra de los antiguos Brooklyn Dodgers, Jackie destacó en el campo como un jugador repleto de cualidades, capaz de ponerse al frente de un equipo con el que ganó seis campeonatos, aunque no hubo nadie con su paciencia y perseverancia. Durante sus primeros años, Jackie fue diana de una colección de insultos racistas mientras su buzón se llenaba cada semana de cartas con amenazas de muerte. En el terreno de juego, tuvo que soportar que algunos lanzadores le tiraran a dar con la pelota a la cabeza o las piernas y más de un catcher le escupiera al pasar a su lado. Pero Jackie terminó por ganar la batalla. Llegó a ser reconocido el jugador más valioso del campeonato y su dorsal 42 fue retirado a modo de homenaje.