Monday, July 2, 2007

Paisajes

En el más verde de nuestros valles, habitado por los ángeles buenos, antaño un bello y majestuoso palacio -un radiante palacio-alzaba su frente. En los dominios del rey Pensamiento, allí se elevaba. Jamás un serafín desplegó el ala sobre un edificio la mitad de bello. Banderas amarillas, gloriosas doradas sobre su remate flotaban y ondeaban (esto, todo esto, sucedía hace mucho, muchísimo tiempo); y a cada suave brisa que retozaba en aquellos gratos días, a lo largo de los muros pálidos y empenachados se elevaba un aroma alado. Los que vagaban por ese alegre valle, a través de dos ventanas iluminadas, veían espíritus moviéndose musicalmente a los sones de un laúd bien templado, en torno a un trono donde, sentado (porfirogénito) con un fausto digno de su gloria, aparecía el señor del reino. Y refulgente de perlas y rubíes era la puerta del bello palacio por la que salía a oleadas, a oleadas, a oleadas y centelleaba sin cesar, una turba de Ecos cuya grata misión era sólo cantar, con voces de magnífica belleza, el talento y el saber de su rey. Pero seres malvados, con ropajes de luto, asaltaron la elevada posición del monarca;(ah, lloremos, pues nunca el alba despuntará sobre él, el desolado) Y en torno a su mansión, la gloria que rojeaba y florecía es sólo una historia oscuramente recordada de las viejas edades sepultadas. Y ahora los viajeros, en ese valle, a través de las ventanas rojizas, ven amplias formas moviéndose fantásticamente en una desacorde melodía; mientras, cual un rápido y horrible río, a través de la pálida puerta una horrenda turba se precipita eternamente, riendo, mas sin sonreír nunca más.

La caída de la casa Usher (1839) - Edgar Allan Poe


Construida en 1812, una granja de madera fue el último hogar de Edgar Allan Poe, quién murió en ella en 1849. Esta construcción de tablas de madera blanca hoy sobrevive en medio de un vecindario hispano de pantalones anchos y gorras de los Yankees en el centro del Bronx. No tiene nada que merezca la pena, aunque el Edgar A. Poe Cottage haga las funciones de museo dedicado al gran escritor.

Sólo más llegar a Nueva York me empapé de los cuentos y relatos de Poe. Su prosa magnética y profundidad psicológica enlazaron directamente con la llegada de un cielo gris sobre Manhattan. Es el gris característico del otoño e invierno neoyorkinos. Sin lluvia, sin viento, sin niebla, pero un gris difuminado arropando a esta metrópoli de vértigo.

No llevaba mucho tiempo en Nueva York cuando hice mi primera visita al Metropolitan Museum. En este templo del arte, donde uno puede gastar días en degustar las salas, andaba paseando cuando llegué a la galería de arte europeo. En una de las salas de pintura española, hay una dedicada a El Greco. Allí, sólo más cruzar el umbral, se topa uno, justo enfrente, con Paisaje de Toledo. Dejando atrás el gigantesco lienzo de Cristo en la cruz y a un lado los espectros que dan vida a La adoración de los pastores, el cuadro de Paisaje de Toledo me llamó en silencio como un cuento de Poe, que en esos días estaba devorando. A dos palmos de la obra, sentí escalofríos, pensé en Poe, en la máscara de la Muerte Roja y en la casa Usher. Sin embargo, era fascinante contemplar ese cuadro de El Greco.

Y lo sigue siendo. Siempre que voy al Metropolitan necesito verlo. Algunas veces intento explicárselo torpemente a la gente que me acompaña, pero quedo como un extraño. Tal vez, no están perdidos en el efecto Poe, o el efecto El Greco. Lo que sea. Estos días, con un sol de verano insustituible, a veces me sube el mismo escalofrío, sólo de pensar que la casa de Poe y Paisaje de Toledo terminarán quedando mucho más lejos.

Posted by Fernando Navarro at 05:41:53 | Permalink | Comments (8)