Independence Day
Sólo el Día de la Independencia puede hacer que Nueva York, y más concretamente Manhattan, amanezca casi desierta. Tres cuartas partes de la ciudad están de vacaciones celebrando tan señalada fecha. La mayoría optan, si pueden, por una barbacoa con sus amigos. Porque el 4 de julio es, además del aniversario para conmemorar la independencia de los estadounidenses con respecto a los ingleses, el día de la barbacoa. Hamburguesas, perritos calientes o costillas aderezadas con salsas dulzonas. Los grandes almacenes y tiendas de ropa aprovechan la fiesta, por su parte, para lanzar sus rebajas del cuatro de julio que se extenderán hasta final de mes.
Pero el momento grande llega al final de la jornada. A partir de las nueve, Manhattan, Brooklyn, Long Island, Queens y Jersey se arrancan en una traca de fuegos artificiales. Sucede igual en todo el país. Previamente, ha habido fiestas, conciertos y barbacoas masivas para la llegada de los fuegos.
Medios de comunicación y neoyorkinos dicen que la mejor vista se encuentra en las inmediaciones del Puente de Brooklyn. Es en el río East donde se concentra la mejor parte de los fuegos. Puede ser. Pero todo el mundo sabe que te obligas a soportar una marabunta agobiante como pocas.
Yo he tenido oportunidad de asistir a mi segundo Día de la Independencia estadounidense en Nueva York. El primero fue hace ahora tres años subido a la azotea de un edificio de Jersey con la compañía de Toni y una pareja de coreanos. El skyline de Manhattan se estiraba en el horizonte con los fuegos por todas partes, mientras comíamos comida coreana cocinada por aquellos chicos. A mí se me ocurrió la genial idea de comprar Jack Daniels pero no refrescos. Matar el picante coreano con Jack Daniels es tan inolvidable como aquella vista de película.
Esta noche no había azotea. Nos hemos negado a morir ahogados en el río East. Por eso, hemos ido hasta orillas del río Hudson, en Pavonia Newport, en el lado de Jersey, donde el skyline se erige arrebatador. Llovía ligeramente. La fiesta de fuegos bailaba sobre la figura de luces de Manhattan. No había comida coreana ni whisky. Esta vez, unas manos estrechadas y la brisa despeinando el pelo. Nueva York, si se pone, sigue siendo la ciudad más mágica que te puedas echar a los ojos.
