Tuesday 30 de January de 2007

De Greco to Picasso

En Nueva York, está siendo un éxito la exposición El Greco to Picasso. Time, Truth and History, que desde el pasado noviembre se encuentra en el Museo Guggenheim. Los neoyorkinos, tan puestos siempre en cuestiones artísticas, están acudiendo en masa y con verdadero interés a este museo que, para los más versados de la ciudad, no deja de parecer la torre de un aparcamiento de coches en mitad del Upper East Side, frente a Central Park. El Guggenheim no es orgullo de todos, como lo pueda ser el Metropolitan o el MOMA.

La muestra es un curioso acercamiento a la historia de España a través de la recopilación de cuadros de los mejores artistas que ha dado la pintura española. Tiene su conexión con otra que hubo en el Museo de El Prado que se llamaba El Retrato Español. Del Greco a Picasso. Pero en el Guggenheim neoyorkino, la panorámica es más amplia.

Los cuadros se exponen según temáticas referentes a bodegones, retratos, religión, realeza o personajes de la calle. El Greco, Velazquéz, Goya, Murillo, Zurbarán, Ribera, Miranda, Miró, Picasso o Dalí son algunas de las firmas que aparecen en las partes inferiores de las obras expuestas, a lo largo de la galería circular que recorre el museo de arriba a abajo, y lo digo así porque es menos cansado subir en ascensor hasta el quinto piso del centro e ir descendiendo la cuesta hasta el hall que viceversa. Doy fe.

Para un español, como yo, está exposición es muy recomendable e interesante. Ya no sólo merece la pena por la cantidad de buenos pinceles que se dan cita en ella, sino que además se goza de lo lindo de esas comparaciones que se pueden sacar de los enfrentamientos a los que están expuestos algunos cuadros. El museo coloca, uno junto a otro, cuadros que tienen el mismo motivo. Así, se puede ver la evolución del arte, que toma una misma realidad para percibirla diferente. En el surrealismo de Dalí o en el cubismo de Picasso ya se ve esa semilla plantada por Van Gogh en el que artista altera las apariencias de las cosas porque así es cómo las ve. Dalí, Miró o Picasso utilizan los mismos motivos con diferentes representaciones.

La Virgen del Rosario de Murillo es compacta con una armonía perfecta, mientras que la Madonna de Dalí se descompone para formar el mismo orden armonioso. Ambas transmiten lo mismo. En otro caso, El caballero Franciso Pacheco de Velazquéz es digno, fiel a la realidad y minuciosamente magnífico. El caballero Jaime Sabartés de Picasso, similar a su primo hermano Pacheco, es deforme, más colorista y no menos verdadero. Uno y otro son dos mundos dentro del mismo mundo.  

                 

Para un neoyorkino, la muestra tiene los mismos ingredientes de interés que para un español con la añadidura de un muy apetitoso exotismo. Para un español, El Greco to Picasso. Time, Truth and History no deja de ser la España de siempre, la que ha mamado desde los tiempos más prescolares. La España de los Franciscanos, Dominicanos o Carmelitas de El Greco, de los infantes de Velazquéz, de sus Austrias, de esa naturaleza muerta tan característica de nuestros bodegones, de la Duquesa de Alba de Goya. De hecho, muchos de los cuadros de las vírgenes con sus niños todavía cuelgan, en vulgares copias de andar por casa, de las paredes de muchos hogares de nuestros padres o abuelos.

Puede que este mundo, como extraído de un libro viejo, sea lo más parecido a las grandes historias fantásticas para un neoyorkino. Es el contacto con otro lugar, otro tiempo, otra dimensión. El Enano Don Sebastián de Morra de Velazquéz, que sienta sus nalgas en  una de las paredes del museo, es la mejor ilustración de este sentimiento comunitario. En ese pasillo girado, observan las imágenes absortos a los detalles de cada una, con un brillo en los ojos y ofreciendo comentarios cargados de fascinación y curiosidad. Al fin y al cabo, es comprensible, a mí me pasa con la misa gospel, los rascacielos, el vendedor de perritos o los botes de sopa Campbell de Andy Warhol que están en el MOMA.

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Monday 29 de January de 2007

Misa gospel en Harlem

Harlem hace tiempo que dejó de ser territorio vedado para la población blanca, a pesar de que el vecindario cuenta con un 90 por ciento de negros afroamericanos. Tal vez porque Harlem hace tiempo que dejó de ser el mito de Harlem, pues Bill Clinton, el primer presidente negro de los Estados Unidos, trasladó sus oficinas en mitad de Malcom X Boulevard y alquilar un piso allí empieza a tener el mismo precio que hacerlo en cualquier otra parte de Manhattan. Situación que no impide decir que por el momento tampoco Harlem es Greenwich Village, pues las casas coloniales de principios del siglo XIX de un sitio y otro muestran evidentes diferencias y esconden aún más abismos, ni la noche de Harlem es un paseo nocturno apto siempre para el más gallardo de los solitarios. Posiblemente, hoy en día, sea una misa gospel lo que mejor ejemplifique eso que todo el mundo conoce como Harlem.

Una misa gospel es un asunto muy serio para el ciudadano negro que participa, para el creyente que acude cada domingo a cantar sus oraciones. Una misa gospel es un espectáculo para el turista blanco, una actividad de recreo para el curioso. Formo parte de esa segunda banda, que aún distanciándome del pelotón que acude a las iglesias no deja de ser un simple observador que a veces se emociona. No es para menos. He asistido a varias misas gospel porque me gustan de verás y todas han conseguido, en un momento u otro, ponerme los pelos de punta.

Sólo cuando se llega a la iglesia a uno le hacen sentir que va a formar parte de algo especial. En la entrada, los hombres reciben trajeados a la gente, dando los buenos días y preguntando por el lugar de procedencia. Un recibimiento tan sólo superado por la llegada señorial de las mujeres, que de domingo visten con largos sombreros y guantes de terciopelo. Señoras de rojo tambaleando sus anchuras por el pasillo hacia la capilla. Señoritas de amarillo peinadas con delicadeza en la jornada festiva. Todas sonriendo. Entre ellos, hay un sentido de la comunidad sincero que logran transmitir desde el primer segundo de llegar a la iglesia.

Por los general, los turistas y curiosos no suelen compartir espacio con los feligreses, pero esto no siempre es así y en varias ocasiones o según las circunstancias unos y otros se mezclan entre los bancos de la capilla. El problema, si así puede llamarse, viene por lo que ahora la misa gospel se ha convertido. Hace dos años, había parroquias que sobrevivían a la llegada masiva de los hoteles y sus turistas. Hoy es tarea imposible. Cada domingo, la misa gospel forma parte del tour, que aprovecha la comunidad creyente como un ingreso regular de dinero. No cobran entrada, pero no hay quién se resista a donar algunos dólares tras un canto gospel acompañado de un coro.

Una misa gospel no por ello deja de ser auténtica, si así quiere decirse, pero sí está visitada de más. La dosis de visitas está tan explotada que es difícil no verlo en la mayoría de las veces como un espectáculo ajeno a la misa. Pero lo cierto es que son los feligreses los que hacen creer lo contrario. Puede que el problema lo tengamos nosotros, los curiosos, y no ellos.

El rito transcurre con mujeres mayores, que acuden con fe ciega al acto, pidiendo al resto de la gente levantarse y participar en la misa. Asombra verlas gritando "Dios gana", "Aleluya", "Yeah" o "El Señor es mi padre" en mitad de la liturgia, como una respuesta, y de manera espontánea y desordenada, sin más pretensión que soltar lo que parecen llevar dentro. Tanto como ver pedir perdón apoyados contra la pared, como castigados en el colegio. El pastor baptista grita, enloquece, susurra y se dirige a la cara de los presentes. Es un showman, no falto de escenificaciones. Un párroco católico español se daría pena a sí mismo frente a un tío de estas facultades comunicativas.

Aún más digo por el coro de la iglesia. Las canciones de misa de un sitio y otro distan tanto como los dos polos polares. En la misa gospel, voces agudas solistas, masculinas y femeninas, cantan arropadas por una batería, un órgano y dos coros, uno formado por hombres y otro por mujeres. Rezan cantando y baliando. Es un concierto. Llevan la música en la sangre, puede que, como decía Lorca hablando de los negros de Harlem en Poeta en Nueva York, no hay rubor, tienen sangre furiosa por debajo de las pieles. Es gospel, ese género propio de las celebraciones que vehiculiza las complejidades del alma en sus ánimos entregados de fiesta y redención. Mientras tanto, las mujeres se ofrecen cantando y bailando, en la medida de lo que pueden, con las manos en plegaria. A veces, todos se reúnen en el centro del altar y hacen una gran piña. Otras, los niños crean sus propias escenografías coloridas.

Podría decirse que todo forma parte del mismo show, para deleite del turista, sino fuera porque las lágrimas que desprenden las mujeres y los hombres, los pañuelos que se dejan unos a otros o el cantante que asegura que lleva preparando toda la semana el siguiente canto a Dios para terminar reventado en un lloro sin soltar el micrófono, son situaciones tan emotivas como ciertas.

Cuando los turistas abandonan la misa, ésta sigue sin más. He tenido oportunidad de quedarme a las tres horas que en total suele durar un misa gospel. Normalmente, continúan con sus cantos y actos a la vez que todas suelen dedicar el tiempo sin turistas a hablar de las actividades que la comunidad oferta para los feligreses. Los planes y horarios para ayudar a la gente sin recursos, a las amas de casa o los niños.

Los turistas y curiosos se van con caras de incredulidad, asombro, reparo, empatía. He visto todo. Alguno llegaba exigiendo un circo dentro de su programa de viaje. Otro, medio en lágrimas, poniéndose una mano en el corazón mientras tira besos con la otra. Pero siempre es algo ajeno, que no se puede entender nunca del todo. Porque una misa gospel es así como un ghetto abierto al público, que aún sin barreras se guarda siempre para sí mismo su secreto, porque no pertenece al hombre blanco.

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Friday 26 de January de 2007

El maestro de Nueva Orleáns

Para un amante de la música norteamericana, una de las mejores cosas que tiene una ciudad como Nueva York es que es mucho más fácil tener a mano todo. Y existen más probabilidades de que un improbable se haga realidad.

El pasado lunes tuve el inmenso gustazo de encontrarme con que un improbable pasaba a ser realidad. Estuve nada más y nada menos que en el concierto de Allen Toussaint, el gran maestro de Nueva Orleáns. Si no lo he comentado antes es porque la crónica del concierto podéis leerla seguramente y si queréis en la revista Efe Eme. Pero bien sabe mi corazón que el mismo lunes por la noche, tras el concierto, hubiese escrito la crónica en caliente para estas serenatas y contaros cómo fue la actuación de Toussaint y los Holmes Brothers, el grupo que le siguió y que son tres ancianos con R&B en sus venas. Todo en el Joe´s Pub, que es una especie de garito recogido, para no más de 200 personas, con el ruido de los vasos sonando en la barra.

A la espera de que el artículo podáis leerlo en la revista y para los que no conozcáis a Toussaint, sólo diré que se trata de uno de esos grandes músicos que ha dado Estados Unidos y que, ironías del negocio, es de los que más vive en la sombra, menos se asocia a la mejor música. Toussaint es cantante, pianista, compositor, arreglista y productor. Su nombre es sinónimo de Nueva Orleáns, es el espíritu de ese sonido fascinante que mueve montañas, combo fantástico de funk, soul, R&B y gospel. Sólo en el último disco que ha sacado con Elvis Costello, River in riverse (2006), demuestra un talento único. Pero si os hacéis con cualquiera de sus trabajos, escucharéis música incuestionable. Buscad en los créditos de gente como los Rolling Stones, Paul Mc Cartney, Sam & Dave u Otis Redding, y por ahí aparecerá su nombre.

Allen Toussaint y Bonnie Raitt

Allen Toussaint y Elvis Costello - River in riverse

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Thursday 25 de January de 2007

TV (Parte I)

La televisión en Estados Unidos es, por lo general, un martirio. Desde hace tiempo me considero una persona despegada de ese aparato por falta de tiempo y, especialmente, por falta de interés. No soy un amante del televisor ni necesito relajarme frente a la pantalla intentando masticar lo que me ponen. Antes prefiero dejar de comer. Sí, se puede decir que soy un irremediable sibarita de la televisión.

Viviendo en Nueva York, me sigue pasando lo mismo, a pesar de que por eso de hacer oído con el inglés concedo más oportunidades a lo que en otro caso nunca haría. Me sigue faltando tiempo e interés, pero no quita para que pueda asegurar que sin la televisión por cable la situación, mi situación, pueda llegar a desesperar.

Primero, porque cada cinco minutos cronometrados de serie o programa irrumpen otros cinco minutos cronometrados de anuncios. En horario de máxima audiencia (prime-time), este mandamiento se cumple a rajatabla. Es como tener que aguantar sobre la cabeza el picoteo regular e incesante de un pájaro. Se necesita paciencia y buenos modales para tener que soportar que interrumpan cada dos por tres un discurso del Doctor Gregory House o entre un coche de una conocida marca en la isla de los supervivientes de Perdidos. El colmo se lo llevan los chicos del informativo de la mañana de la cadena ABC. Los cuatro sonrientes presentadores de Good Morning America hacen siempre la misma jugada repartiéndosela una mañana cada uno. "Volvemos enseguida", dicen. Cinco minutos de publicidad. Vuelven, y depende del día, sonríe uno de ellos diciendo: "Nos vamos, que tengan buena mañana, nos vemos mañana". Cinco minutos de publicidad esperando diez segundos de despedida.

Segundo, porque la programación es realmente infumable, por mucho que la calidad de la última hornada de las series estadounidenses sea un hecho que no se puede cuestionar. No se salvan ni con esas. Es casi imposible que emitan una película, que van a parar a los canales de pago. Por ejemplo, a la hora de comer, es casi imposible no ver algo que no sea un juez resolviendo casos y disputas patéticas. Y, a la hora de cenar, es casi imposible tragarse nada.

Tercero, por los reality shows, que se han hecho con la hegemonía absoluta de la televisión. Lo que empezó con tanta habladuría de experimento social y demás estupidez magnificada es hoy un fenómeno que no tiene quién lo pare, porque las cadenas ante una audiencia tan segmentada no pueden justificar los elevados costes de producción de las series de ficción. Un reality show es más barato y ofrece más posibilidades de reunir a todo tipo de públicos. Así, una de las últimas en encontrarse en la trinchera contra el reality ha caído. NBC anunció hace un mes que no volverá a emitir ficción en la franja de las ocho de la tarde, el horario en el que nacieron comedias tan legendarias como Cheers, Seinfeld o Friends. Desconozco la mayoría de ellos, que están por igual en la televisión pública como en el cable, y se han convertido en un abanico inabarcable. Hay incluso una cadena temática, Fox Reality.

De todas formas, entre todos, uno de ellos es Amish in the city (Amish en la ciudad), que agasaja a varios jóvenes amish con los beneficios de la vida moderna para que luego decidan si quieren volver a sus campos de maíz. Otro es The bachelor (El soltero), donde un guaperas tiene que tomar la difícil decisión de quedarse con una de todas las chicas que suspiran por él. Cada semana va dando una rosa a las dulces concursantes hasta que una se queda compuesta y sin flor, saliendo de patas del concurso. Y hay peores como Are you hot? (¿Estás buena?), donde un burdo Lorenzo Lamas señalaba la celulitis de las concursantes con un puntero láser, o Gay, Straight or Taken?, donde una mujer tiene que adivinar conviviendo con tres hombres cual de ellos es homosexual.

Sin embargo, el que parece estar en lo más interesante estos días es Beauty and the geek (Belleza y cretino, concursantes en la foto) que promueve el duelo entre siete mujeres sex bomb, formadas principalmente por silicona, y genios del campo de los frikis, poco agraciados físicamente y formados supuestamente por cerebro. Ellas tienen que aprender todo tipo de conocimientos que ellos les enseñan tales como mecánica o matemáticas, mientras que ellas les enseñan cosas más sociales como bailar, aprender a dar un masaje o lecciones de estilo de ropa. Primero se forman las parejas entre ellos y luego cada pareja dormirá en una habitación equipada hasta que se vayan eliminando y quedar una, la ganadora. De hecho, la cadena H&M ha sacado una línea de ropa basada en la serie.

¿Conocéis algo peor que alguna de estas cosas?

Posted by Fernando Navarro at 06:23:29 | Permanent Link | Comments (8) |

Wednesday 24 de January de 2007

Preparando la Super Bowl

Los bares deportivos de la Gran Manzana ya están admitiendo las primeras reservas para el acontecimiento deportivo del año: la Super Bowl, que se jugará el primer domingo de febrero. Como todos los años, será el evento con mayor audiencia del país. Ningún aficionado quiere perderse esta fiesta en la que se sabrá cuál es el mejor equipo de la NFL (Liga Nacional de Fútbol), que agrupa a los 32 equipos distribuidos en las Conferencias Americana y Nacional.

Ni baloncesto, ni hockey, ni béisbol. El verdadero deporte nacional de Estados Unidos es el fútbol americano, que tiene todos los ingredientes del rugby y ninguno del fútbol. Lo marca el índice de las audiencias cada semana, pero hay otros indicadores a tener en cuenta.

El fútbol americano es el deporte de los domingos. Suelen retransmitirse, como mínimo, dos partidos en la tarde dominical y otro los lunes por la noche durante la temporada oficial. En Acción de Gracias, día más familiar del año, los hombres de la casa suelen comprar grandes reservas de cerveza (atiborrándose por estas latitudes estadounidenses a Budweiser, la marca norteamericana por excelencia) para pasar frente al televisor toda la jornada comentando y gritando los placajes más espectaculares.

Y si en algo se parece a nuestro fútbol, a primera vista más refinado, es que su primo hermano yanki es también motivo de conflictos entre las parejas. Habría que traducir al inglés la letra de la popular canción "El partido de fútbol", cantada por Gelu, que dice aquello: "¿Por qué, por qué, los domingos por el fútbol me abandonas?". Póngase, eso sí, americano después de fútbol.

La Super Bowl está a la vuelta de la esquina. Ya se sabe que los Bears de Chicago disputarán contra los Colts de Indianapolis el ‘súper tazón' que reconoce al mejor de la temporada. Y a la espera de conocer el ganador, algo es seguro: ese domingo no hay otro plan.

*Artículo publicado en el diario deportivo La Voz del Deporte cada martes de la semana.

Posted by Fernando Navarro at 07:11:38 | Permanent Link | Comments (5) |

Tuesday 23 de January de 2007

Haciendo cola

En Nueva York, esto de hacer cola por cualquier cosa es algo que se lleva a todas horas. Muy al contrario a lo que la ciudad da a entender a primera vista, existe un respeto máximo por el orden durante la espera, bien sea en el supermercado, subiendo al autobús o para entrar al cine. Incluso si uno en mitad de un concierto se va al baño o la barra no debe preocuparse porque a la vuelta te cederán el espacio que desde antes te correspondía, aunque esa en un sitio tan privilegiado como la primera fila. También es cierto que hay situaciones disparatadas en las que todo el mundo se ataca, pero en la mayoría de las veces siempre se respeta la cola y el orden de llegada hasta la saciedad.

A nadie le gusta esperar, es un hecho, y a mí en las colas un poco menos que sentado en una cafetería. Rodeado de gente, nunca sabes lo que te puedes encontrar, ni tú mismo cómo puedes reaccionar ante determinadas situaciones. Bien es cierto que lo más común en esta metrópoli es dar con un loco en mitad de la cola de espera que, como me sucedió a mí, se pone a gritarte e insultarte sin motivo aparente. Uno casi los llega a coger cariño. Pero también es verdad que a veces es fácil toparse con otra clase de personas. Por ejemplo, el otro día me sentí, una vez más, como Woody Allen. Seguro que todos llevamos dentro un tipo como el que está detrás de Allen, pero creo que no todo el mundo lo saca a pasear a la ligera. De cualquier manera, me encontraba esperando en el Museo Guggenheim y pensé: "amigos míos, si la vida fuese así...".  

Disfrutad del pequeño gran Woody en estado puro. Annie Hall (1977)

PD. Estuve en el Guggenheim para ver la exposición El Greco to Picasso. Time, truth and history, que está siendo un éxito. Si todavía no odiáis suficiente al hombre de la cola y me queréis escuchar hablando como él o parecido sobre esta exposición y otras cosas, hoy martes en torno a las 21:30 horas lo haré en Madrid se mueve (Onda Madrid - 101,3 / 106 FM), dentro de mis colaboraciones con el programa.

Posted by Fernando Navarro at 02:29:35 | Permanent Link | Comments (4) |

Monday 22 de January de 2007

Magazine NY

Inauguro hoy Magazine NY, una idea que tenía desde hace tiempo rondándome por la cabeza. Se trata de una especie de revista que hará realmente las funciones de cajón de desastre, en donde publicaré escritos que por una razón u otra tengo archivados. Serán textos que por su extensión no veo aconsejables en este espacio que es Serenatas de Nueva York, y por eso prefiero desviarlos a otro lugar donde jugar además con las posibilidades de Internet. Este sitio es Magazine NY, que no tiene ninguna pretensión de ser regular y que a medida que ofrezca algo nuevo lo avisaré. Habrá un enlance permanente en la barra de la derecha.

Para empezar, he dejado un reportaje sobre el cierre del CBGB, que ya comenté en Serenatas. En este caso, es un reportaje que me pidió una revista musical española y, en el último momento, no pudo ser publicado. No me gusta verlo en la sombra de una carpeta del ordenador, y así al menos, gracias a este gran mundo de Internet, lo aireó un poco y lo comparto con vosotros. Muchas gracias por estar ahí.

Saludos y Rock on!

Fernando

Posted by Fernando Navarro at 07:24:23 | Permanent Link | Comments (0) |

Rocco´s Pastry Shop

En el 243 de Bleecker Street, entre Leroy & Carmine Streets, hay un sitio que todo médico neoyorkino, que se precie de serlo, nunca aconseja a sus pacientes diabéticos. En pleno tránsito alocado del Greenwich Village, Rocco´s Pastry Shop es el lugar maldito de los enfermos de azúcar.

Rocco era un joven italiano que a finales de los años cincuenta cruzó el charco para buscarse la vida en las calles de Gotham, como tantos compatriotas habían hecho antes. Podía haberse dedicado a los negocios callejeros, que ofrecían la posibilidad de ganar dinero de manera más rápida, pero Rocco era honrado y aficionado a la repostería. Trabajó en una panadería del Downtown y cuando se vio con habilidad suficiente y un poco de dinero ahorrado se decidió a abrir su propia tienda especializada en postres. Era el año 1974. Rocco´s Pastry Shop pasó a convertirse en una realidad, y hasta día de hoy es un sitio que tiene la virtud de enganchar a cualquier paladar.

Asentado en mitad de uno de los caminos más vivos de la ciudad, la tienda es un tesoro que esconde joyas de chocolate, nata o fresa. Los escaparates de Rocco´s Pastry Shop son apenas una pequeña muestra de lo que espera dentro. Al abrir la puerta, es el aroma a vieja pastelería, amasada en la tradición italiana, el que causa los primeros estragos. Bajo una radiante luz, los pasteles, las tartas, los bizcochos o los cannolis se colocan en un desfile colorido al que acompaña la vivaz decoración de las paredes con esos cuadros impresionistas de paisajes y flores.

Frente al mostrador, uno se siente como Hansel o Gretel. Lo difícil es saber por dónde empezar. Centenares de dulces se disponen en grandes bandejas. Los pasteles (2,50$) son los más solicitados: Napoleans, Chocolate Mouse, Cream puffs o Pasticiotte. Cada uno con su sonrisa y su dulce secreto esperando. Los hay también pequeños, llamados miniaturas (0,60$). También los cannolis (3$) permiten recrearse a gusto. Sfogliatelle, French Lulu o Cassatina suenan a damas de alta alcurnia. En cualquiera de los casos, es imposible decir si uno es mejor que otro. Lo recomendable es no repetirse nunca.

Además, Rocco´s Pastry Shop merece la pena por su café, posiblemente uno de los mejores de todo Manhattan tanto por calidad y precio. Importado desde Italia, una taza de café cuesta 1,50 dólares mientras un Cappucino se queda en 2,50$. Es muy difícil encontrarlo tan bueno y a ese precio.

Todos los dulces se pueden pedir para llevar, como en cualquier pastelería. Así, una de las especialidades de la tienda es la reserva de tartas, a cuál más original y con mejor pinta. A lo largo de la jornada se ven salir decenas de ellas.

Y un consejo. Conviene reservar un tiempo para ver cómo los pasteleros elaboran con sumo cuidado cada una de las tartas en la misma barra de atrás del mostrador, cara al público. Se puede apreciar el arte de la repostería en vivo, cuando se dejan ver en la trastienda sinuosas curvas de nata coronadas por jugosas fresas en punta sobre las que irá resbalando un chocolate líquido, que se regodeará en el cuerpo del pastel, hasta poder hincarle el diente.

Posted by Fernando Navarro at 07:01:15 | Permanent Link | Comments (4) |

Sunday 21 de January de 2007

Marca Beckham

El reconocido publicitario, Ken Roman, afirma que la marca sólo es una idea en la mente de los compradores. Con el anuncio del fichaje de David Beckham por el Galaxy de Los Angeles, el fútbol, a través de la Major League Soccer (MLS), ya tiene su marca en Estados Unidos.

El Galaxy se ha convertido en el primer equipo de la MLS en aprovechar la nueva regla del ‘Jugador Franquicia', que permite que cada equipo pueda firmar a un jugador por encima del tope salarial gracias al apoyo de la liga profesional. No es sólo el fichaje de Beckham por un equipo, es el desembarco de la nueva imagen para impulsar la competición entre aficionados y anunciantes. La liga respalda la operación económicamente para convertir al jugador en embajador del soccer en Estados Unidos.

La operación Beckham se asemeja a la de otros ilustres compañeros aunque responde a otros intereses. A la misma edad del inglés, el alemán Frank Beckenbauer dirigió sus pasos hacia el Cosmos de Nueva York. Eusebio, Pelé, Bobby Moore, Best o Cruyff son otros mitos que dieron sus últimas patadas a un balón en la liga estadounidense. La diferencia entre esos grandes nombres y Beckham es que cuando los primeros buscaban un lugar de retiro bien pagado después de haber demostrado todo en el campo, el aún jugador del Real Madrid hace saltar la banca dispuesto a sobrepasar las barreras deportivas sin ver escrito su nombre en las mejores crónicas de este deporte.

Los estadounidenses lo saben. El New York Post dedicaba su portada al titular: "Spend it like Beckham" (Gástalo como Beckham), por a la película Bend it like Beckham (Quiero ser como Beckham). Mientras que el Daily News publicaba: "Beckham´s Big Store" (El gran almacén de Beckham). En el resto de medios igual: pocos apuntes deportivos y muchos números. La marca Beckham entra en el mercado norteamericano, después habrá que esperar si interesa esto del fútbol.

*Artículo publicado en el diario deportivo La Voz del Deporte cada martes de la semana.

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Friday 19 de January de 2007

Viaje a Queens

Para muchos, adentrarse en Queens es un riesgo que no merece la pena. Para mí, Queens es una aventura que tiene un atractivo irrenunciable y que me gusta repetir.

Queens es el más grande de los cinco distritos (boroughs) de Nueva York con una población que supera los tres millones de habitantes, de los cuales se estima que más de la mitad son latinoamericanos. Al mismo tiempo, es el distrito menos atractivo para las guías de viaje y el menos visitado por el turista y el neoyorkino natural de Manhattan. No existen edificios simbólicos ni museos de renombre ni grandes tiendas donde comprar. Hoy por hoy, además, se iguala con el Bronx en cuanto a índice de asesinatos.

Razones suficientes para que, tal vez, Queens no tenga bazas importantes a su favor. Pero la sensación misma de coger el tren para llegar hasta Queens es un pretexto perfecto para disponerse a viajar.

Se deja en casa la brújula neoyorkina, que guía a lugares comunes, y se coge el Metro de la línea 7, dirección a Jamaica. Con ese aire a cuento, el tren elevado atraviesa los barrios de Queens, como a principios del siglo XX hizo su compañero de fatigas de la Tercera Avenida. Desde ese camino de hierro forjado en las alturas, se extiende un manto con prominencias, de tejados y azoteas, y entre sus descosidos se abren calles que dejan ver un hervidero rebozado de un aceite especial. Como en el verdadero viaje a Macondo, que contó García Márquez en la primera parte de sus Memorias, el tren se detiene en estaciones sin pueblo, ubicadas a varios metros a ras del suelo. Cuando se llega a Jackson Heights, después de dejar el Woodside irlandés y alejarse de Queens Boulevard, el rechinar toma un auténtico acento suramericano.

Al bajar las escaleras, el corazón de Jackson Heights late cada día desconsolado, entre los comercios que no saben de horarios, los coches que se saltan los semáforos y el ruido infernal que rompe cada pocos minutos cuando el tren pasa a toda velocidad sobre las vías elevadas que recorren Roosevelt Avenue. Desde la década de los sesenta no han dejado de llegar inmigrantes ilegales a esta zona de Queens. La inmensa mayoría son suramericanos que vienen huyendo de la pobreza de sus países de origen, impulsados por los desajustes, rebotados por la vida.

Roosevelt Avenue es una Latinoamérica que se estira recta por el cemento, a la sombra del metro en alto, pero con el mismo mapa desdibujado, en ese avispero al que siempre le falta la avispa reina. Es Latinoamérica, que ha dejado las pantuflas por las deportivas blancas y el olor a madreselva por el refrito. Trescientos mil colombianos, casi el mismo número de ecuatorianos y dominicanos, un gran número de argentinos. Por Roosevelt Avenue, las tiendas tienen los letreros en español y sólo en algunas más preparadas que otras se pone el cartel de "se habla también inglés". Por las aceras, las mujeres venden maíz tostado o cuencos de mazamorra (maíz con leche) para llevar.

En el número 81-01, haciendo esquina, se encuentra una pequeña casa colonial de dos plantas llamada Casa Mario, también conocida como el Palacio de los Frisoles. Este restaurante colombiano, abierto las 24 horas, está especializado en pollos a la brasa. Con los marcos rojos de sus puertas y ventanas, sus mesas del mismo color y sus sillas a cuadros, Casa Mario acoge al viajero entre plantas que trepan por las escaleras. Los pollos dan vueltas en el asador mientras se abre apetito con cualquiera de sus sopas por 5 dólares (de mondongo, de tostones o de albóndigas). Medio pollo cuesta 3,5$ pero es insuficiente cuando el cuerpo de los visitantes pide uno entero por 7,50$. Se acompaña con arepa con queso, tostones, yuca frita o chicharrones. Pero mi acompañamiento preferido son los frijoles (3,75$ el plato grande, 2,75$ el pequeño), que junto con un buen trozo de pollo a la brasa y ensalada, me hace sentir que el viaje no sólo es una alegría para el alma, además es un banquete para el estómago.

Posted by Fernando Navarro at 04:57:28 | Permanent Link | Comments (4) |
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