Buen vecino
La visita de George W. Bush a México es la noticia de la semana en Estados Unidos. Todos los medios de comunicación atienden a lo que se cuece estos días del encuentro entre los mandatarios de ambos países. Así, en su último número, la revista Time ha dedicado al presidente mexicano, Felipe Calderón, su famoso perfil (profile), que cada semana analiza a un personaje de la vida pública. En grandes letras, Time se refiere a Calderon como “el buen vecino”.
La revista indaga en el personaje político de Calderón para acercar el perfil del que puede ser “el mejor amigo de Washington en América Latina”. Algo así como un nuevo insurgente de derechas contra la predominante izquierda latinoamericana que extiende su antiamericanismo por el continente. Sin duda, las buenas relaciones entre Estados Unidos y México son una necesidad para ambos. Se sabe que, al menos, diez millones de mexicanos viven en Estados Unidos. A estas cifras, habría que sumar los indocumentados. En Manhattan, resulta imposible no encontrarse con un mexicano en un restaurante o en el servicio de la limpieza.
Pero mientras las buenas palabras políticas se establecen, la realidad parece girar por otro camino. Con Calderón pasando por el aro del gobierno estadounidense, todavía no se ha escuchado ninguna referencia al muro que Estados Unidos va a levantar en la frontera con México, que el anterior presidente, Vicente Fox, calificó de “muro de la vergüenza” En este caso, el destino fue caprichoso. En los mismos días que George W. Bush firmó la ley que autoriza la construcción de una doble muralla a lo largo de más de 1.000 kilómetros de frontera con México, como parte de un plan para reforzar la seguridad nacional, se conoció que Estados Unidos se convirtió en el tercer país, después de China e India, en alcanzar los 300 millones de habitantes, impulsado por el auge de la población inmigrante. Ese número 300 millones que podría haberse celebrado a bombo y platillo como se hizo con el 200 millones de la época baby-boom, se dejó para otra ocasión ante la poderosa duda de que el afortunado fuera un inmigrante ilegal.
Si las cuestiones de Estado están de esta manera es porque las cuestiones de andar por casa andan por el estilo. Mientras se levanta la gran muralla, por el mismo camino se encuentran los Minutemen, un nombre de fuertes connotaciones patrióticas que alude a la milicia anticolonial contra el ejército británico en la colonia de Massachutesetts en 1775. Los Minutemen actúan al margen de la ley en su intento, según dicen, de “proteger” al país contra la “invasión” de los extranjeros procedentes del Sur y contra posibles amenazas “terroristas”. Voluntarios que se mueven como soldados de asalto en la zona desértica de la frontera de Arizona y México, mientras que sus miembros más influyentes se arriman al ala más reaccionaria de los republicanos, solicitando la construcción de muros y el uso de la fuerza militar. Arnold Schwarzenegger, gobernador de California e inmigrante austriaco, ha elogiado en más de una ocasión a estos chicos.
Ya en Nueva York, hace dos semanas la noticia estuvo en un grupo de estudiantes republicanos de la Universidad de Nueva York (NYU) que puso en práctica un juego llamado “Find the Illegal Immigrant” (Encontrar al Inmigrante Ilegal), en el que los participantes debían encontrar a un compañero escondido en la zona que cubre Washington Square y ataviado con un letrero que lo identificaba como inmigrante ilegal. Para ello, tenían que ir vestidos como agentes policiales fronterizos con distintivos de la INS, en referencia a la antigua Immigration and Naturaliation Service.
Como se puede comprobar, a veces, los “buenos vecinos” pueden joderte la vida.
“Me parece apropiado hacer una advertencia, tal vez decepcionante, al lector europeo. Los ciudadanos de Nueva York gastan famas de cínicos, descreídos y materialistas porque así les ven los demás americanos; la verdad es que casi cualquier español es más cínico y descreído que el jefe supremo de los chulos del Bronx. En materia de nihilismo, los europeos carecemos de rival“
En la Universidad de Nueva York (NYU), me da clases una profesora neoyorkina, que antes fue durante muchos años periodista del New York Times, y dice que el periódico de los domingos está pensado para leerse a lo largo de una semana, o para conseguir que alguien dedique toda la jornada dominical a su lectura. Es por eso que a mitad de semana, pongamos un jueves, puede verse a gente en el metro leyendo uno de sus múltiples suplementos. Y es por eso que el New York Times de los domingos sale publicado en una edición especial ya los sábados por la tarde-noche. Lo fácil por tanto es ver a muchos neoyorkinos comprando el Times (llamado así popularmente) a la salida de un restaurante un sábado por la noche en uno de los tantos delis abiertos 24 horas.
Fue por eso que pronto, y como nadie, empezó a poner palabras a mis inquietudes musicales. Hablaba de soul, de funk, de rock’n'roll de los cincuenta, de punk, de pop y rock españoles, de cualquier género, con una claridad de ideas y una fuerza que ya la quisieran para si muchos. Sin duda, Tomi me empujó a enamorarme de la música. El chaval que quería saber un poco más allá de Bruce Springsteen se puso a correr hacia las tiendas de discos en busca de los discos de Tomi. Creo que él nunca lo ha sabido, pero me pasé muchos años apuntando en un cuaderno cada uno de los nombres y discos que en sus mensajes se recogían.
Si le preguntas a un neoyorkino cuantas veces ha estado en la Estatua de la Libertad es casi seguro que responda una o ninguna, siendo mayoría los de la última respuesta.