Strand Books
Me encantan esos libros de segunda mano que se abren por aquella página que su anterior propietario leía más a menudo. El día en que me llegó el ejemplar de Harzlitt, se abrió por una página en la que leí: “Detesto leer libros nuevos.” Y saludé como a un camarada a quienquiera que lo hubiera poseído antes que yo.
84, Charing Cross Road - Helene Hanff
La cadena de libros Barnes & Noble ha proliferado tanto por la ciudad de Nueva York que ya se ha hecho imposible caminar más de tres manzanas sin toparse con una de sus impolutas tiendas, donde best sellers y discos comparten estanterías como en un centro comercial. La cultura Barnes & Noble, como la de Starbucks, existe como una señal inequívoca de que las grandes compañías no sólo hacen dinero sino que imponen estilos de vida, pero que se quite toda esa perfección y garantía de Barnes & Noble por una tarde en Strand Books, que descansa desde 1956 en la esquina de 12th Street con Broadway, aunque su nacimiento data de 1927 cuando se encontraba en la Cuarta Avenida.

Bien es cierto que Strand Books tiene sucursales en el Downtown y el Uptown, pero posee el honor de ser la única librería superviviente de la legendaria Book Row, la hilera de casi 50 librerías que desde el siglo XIX se recogían en la Cuarta Avenida. Y sin ser actualmente una pequeña librería de bibliotecario, Strand Books es lo más parecido al paraíso de los amantes de la lectura. Dieciocho millas de libros usados, que al cambio son unos 29 kilómetros.
Los libros se agrupan por temáticas que repasan todas las artes, conocimientos y modos de entretenimiento y que pueden ser tan dispares como literatura black power o fotografía pornográfica. Cuando se trata de asuntos de historia, los períodos históricos se dividen en departamentos muy concretos, a modo de biblioteca universitaria. Con sus colecciones completas y sus rarezas escondidas en estantes de tres metros, Strand Books es una oda a las letras escritas. También es una invitación a la pasión por leer cuando alrededor de su puerta se colocan unos carritos con libros que cuestan entre uno y tres dólares y que los transeúntes y los ciclistas consultan a mitad de camino de alguna parte. Tal vez en otro lugar, sin tanto sentido cívico y adoración a la lectura, cualquiera de estos libros saldría volando, terminando por dejar esos carritos escondidos en el sótano.
Los fines de semana Strand Books tiene un ajetreo especial. Los pasillos silenciosos sacados de un cuento de Borges se pueblan de personas de todas las edades, sexos y procedencias en busca del tesoro perdido. Hombres de avanzada edad que escalan a por una novela del siglo XVIII encuadernada en tapa dura, mujeres que devoran sentadas en el suelo las páginas de un libro de relatos o jóvenes que cargan hasta arriba sus bolsas con ejemplares de bolsillo de grandes clásicos universales que, con portadas diseñadas con auténtico mimo, parece mentira que se vendan a cinco dólares.
El precio de Strand Books es un motivo para acercarse a esta librería que huele a polvo añejo. Cuando este escribiente preguntó en Barnes & Noble por el viejo libro de entrevistas ‘New York’ del periodista del New York Times, Meyer Berger, le dijeron que costaba cuarenta dólares; en Strand Books aguardaba por doce dólares y con unas páginas de tono amarillo que ni la mejor moda retro podría conseguir en la vida.
Pero es su funcionamiento orgánico lo que no tiene precio. A la derecha de la primera planta, un largo mostrador recibe a neoyorkinos de todo tipo que vienen a vender libros que ya no quieren o se encontraron dentro de alguna herencia. Ataviados con sus mochilas al hombro o sus pesadas bolsas o cajas, se colocan en fila mientras distintos tasadores examinan y decretan el precio de cada ejemplar. Existe un método y unas reglas para las tasaciones, pero a juzgar por el gesto policíaco de algún tasador cada ejemplar es un caso que no se resolverá hasta la última página. Strand Books cuenta con un selecto club de miembros neoyorkinos que vive al día de los tesoros que la librería consigue. Para ellos, está dedicado el estante New Arrivals (Nuevas adquisiciones), que puede guardar una edición de ‘Moby Dick’ fechada en 1922 o tomos dispersos con los bordes dorados de ‘En busca del tiempo perdido’ de Marcel Proust.
Las auténticas piezas de museo, sin embargo, se esconden en la tercera y última planta de esta gran librería de tres pisos y un sótano. Llamado Vintage Paperbacks, el más pequeño de los pisos recoge incunables que perfectamente podrían descansar en la biblioteca privada de una antigua campiña inglesa. Colecciones enteras de libros sacros de varias religiones, antiguas ediciones escritas a mano, tomos de ensayos, diccionarios clásicos o gigantescos libros de viajes o arquitectura con ilustraciones a pincel o carboncillo. Incluso tienen una sección dedicada a los fascículos de los años cuarenta y cincuenta que las revistas y periódicos estadounidenses de la época repartían dentro de sus colecciones sobre librillos de terror, bélicos o ciencia ficción, y que formaron parte de esa cultura de serie B que explotó la televisión, el cine y la música.
Si inglés es un problema, también tiene su parte de literatura castellana. No es abundante, pero posee cosas curiosas, que nunca sabes por donde pueden salirte. Servidor pudo hacerse por siete dólares con ‘Albert Camus. Una vida’, esa jugosa biografía de la mano Oliver Todd que ya reservo con ganas para la vuelta a España. Encontré ese libro, cuyo valor en el mercado es de veinticinco euros, después de dejarme la espalda agachándome por diferentes estanterías y recorrer pasillos por completo maravillado. Esa tarde mis manos salieron de Strand Books sucias y llenas de polvo, pero conecté directamente con Helene Hanff que pasó varios de sus días en esta librería, aún carteándose con Frank Doel, el librero del 84 Charing Cross Road.