Tuesday 29 de May de 2007

The Subway

Fallow no tenía miedo físico de ir en el metro de Nueva York. Se imaginaba a sí mismo como un tipo curtido, y, por otro lado, jamás le había ocurrido nada desagradable yendo en metro. No, lo que temía y lo suyo era auténtico pánico, era la suciedad, la miseria. Bajar las escaleras del metro de City Hall en compañía de toda esa gente oscura y mugrientas era como descender, voluntariamente, a una mazmorra, una mazmorra suicísima y ruidosísima. Por todas partes había muros de enguarrado cemento y barrotes de hierro negro, celda tras celda, nivel tras nivel: en todas las direcciones, un delirio encerrado entre barrotes. Cada vez que uno de los trenes entraba o salía de la estación, se oían agónicos chirridos, como si un enorme esqueleto metálico estuviera siendo abierto por una palanca de potencia incompresible. Fallow  no comprendía que este país de vacas gordas, con sus obscenas montañas de riqueza y su todavía más obscena obsesión por la comodidad, hubiese sido incapaz de crear  un metro tan tranquilo, ordenado, presentable y en fin decente como el de Londres. Pero tenía una respuesta: porque era un país infantil. Todo lo que estuviera bajo tierra, lejos de la vista, carecía de importancia.

La hoguera de las vanidades (The Bonfire of the Vanities) - Tom Wolfe


Fallow es un personaje de la década de los ochenta, pero desde entonces hasta ahora el metro de Nueva York (subway) no ha cambiado nada. La suciedad y el ruido siguen siendo las dos principales características del medio de transporte más utilizado en la ciudad.

En cuestiones de voltaje, el metro neoyorkino es lo más parecido a una bajada a los infiernos. Si uno es de oído fino, lo pierde. Si uno está sordo, termina por oír, asustado, eso sí. La superficie de la ciudad, al menos, va ayudando para el novato: las decenas de bocinazos y las locas sirenas de los camiones de bomberos van dejando los tímpanos en perfecta sintonía para lo que vendrá después en el subsuelo. No exagero. El paso a no sé cuántos kilómetros por hora de un tren Express es lo más parecido al bombardeo de Pearl Harbor.

En lo relativo a la higiene, el suburbano no presenta una cara muy amable. Sólo una nota permite ilustrar esto. Para los poco amantes de los animales urbanos, lo menos recomendable en la espera mientras llega un tren es mirar a las vías. Resulta casi imposible no toparse con ratas. En estaciones como la de Union Square salen de cuatro en cuatro.

Pero, sinceramente, qué diría un neoyorkino: ¿qué importa esto si el metro funciona como la seda? Seda envuelta en un estridente sonido metálico, más propio de una herrería, pero seda al fin y al cabo. Nueva York no sería Nueva York sin su subway. Es verdad. Parafraseando al señor Lou Reed, es una sangre cargada de heroína, pero es una sangre que da vida.

El metro neoyorkino recorre la ciudad de arriba abajo, de derecha a izquierda. Sólo el lado este de Manhattan estaba falto de una línea norte-sur, pero ésta ya ha empezado a construirse para un futuro lejano.

Esto glorioso mapa de estaciones tiene un problema. Es lo más complicado para el novato, y no tan novato. Creedme. Existen líneas por colores que a su vez se dividen por letras o números, que a su vez pueden significar línea Local o Express. La línea Local va parando en todas las paradas, mientras que la Express sólo en algunas estaciones. Así, puede haber una línea del mismo color (por ejemplo, naranja) con letras diferentes (B,Q,D,F), las cuales unas son Locales y otras Express dependiendo de la parte de la ciudad donde te encuentres. Este galimatías que no tiene ningún sentido ahora, ni verdaderamente se sufre hasta que no se coge un tren, es para decir que el metro de Nueva York funciona de maravilla. La línea Express permite recorrer 20 calles en un minuto de reloj.

Pero si te equivocas, claro, puedes liarla. Si coges la línea azul con la idea de subir de la calle 59 a la 72, en dos paradas, pero en vez de tomar la línea A azul, coges la línea Express C, también azul, lo que sucede es que de la 59 acabas directamente en la 125. Algo que es anecdótico en comparación a lo se piensa, aunque sólo sea por un segundo, dentro de un vagón Express: ¿Este tren está a punto de descarrilar y de aquí no salgo para contarlo? Lo mejor es que llegas a tu hora. Siempre.

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Friday 25 de May de 2007

De palabras y nombres

Con tantos rascacielos, el recién llegado a Nueva York puede acabar con dolor de cuello de tanto mirar hacia arriba, pero cualquiera que pasee por sus calles se da cuenta que otro rasgo distintivo de la ciudad son las palabras. El pulso diario neoyorkino está formado por un palpitante y alocado ritmo de palabras, que flotan en el ambiente hacia todas direcciones. Basta detenerse en mitad de la Sexta Avenida en su cruce con la calle 34 y dejar a los oídos llenarse de un chaparrón de palabras, que vienen salpicadas desde cualquier parte del mundo, dentro de ese caldo social neoyorkino. De este peculiar y originario latido, posiblemente, viene el gusto por los nombres deportivos.

Los equipos neoyorkinos suelen tener nombres pintorescos. Los Knicks, que otro año más decepcionaron en la NBA, deben su nombre a los ‘Knickerbockers', la palabra con la que eran denominados los pantalones hasta la rodilla que vestían los primeros colonos holandeses. De la policía montada lo tomaron los Rangers. Conocidos al principio como americanos, los periódicos deportivos apodaron los Rangers a un equipo que sobre el hielo no dejaba de sumar victorias en su primer año de vida bajo el mando de su presidente, Tex Rickard, un ex ‘ranger' en toda regla. Los Islanders, el otro club en discordia del hockey neoyorkino, pensaron en llamarse los patos, pero hubiesen sido diana de mofa ante sus rivales, por lo que optaron simplemente por ‘isleños', al estar asentados en Long Island.

Como una variante de los americanos, cogió su nombre el mejor club de béisbol del país: los Yankees. Familiarmente bautizados como los Bomberos del Bronx, los Yankees siempre han sido rivales de los Mets, abreviatura de ‘Metropolitans'. Los metropolitanos descansan en Queens, en la otra orilla del río East, y tienen un puente en su escudo para simbolizar su vocación de entendimiento entre barrios, aunque realmente la rivalidad entre ambos tiene cualquier cosa menos buenas palabras.

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Wednesday 23 de May de 2007

R2-D2

Sólo a estos americanos se les podía ocurrir. Es una "frikada" como pocas, pero he de reconocer que me gusta. Hace un par de semanas me encontré con el primero, y desde entonces ya he visto por Manhattan unos cuantos. A quién no le despierta una sonrisa el ver por la calle un buzón que representa a R2-D2.

Sí, imagino que lo sabéis. El Servicio Postal de Estados Unidos celebra el trigésimo aniversario de la filmación de La guerra de las galaxias (Star Wars, 1977) plantando cientos de buzones por todo el país que adoptan la forma del querido y adorable robot R2-D2. Además, ya están en circulación sellos especiales relacionados con la serie donde se ven personajes tales como Yoda o Darth Veider.

Yo ya tengo mi foto al lado de R2-D2. El parecido es importante. Sólo falta que emita su típico sonido robótico al echar la carta. Pero gana por goleada al resto de buzones.

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Monday 21 de May de 2007

Momentos de gloria

Con un sol de justicia y temperaturas rondando los treinta grados, era digno de ver estos días a los seguidores de los Rangers vestidos con esas enormes indumentarias azules de manga larga, ideales para el peor invierno neoyorkino. Por los alrededores del Madison Square Garden, alguno incluso se paseaba con el conjunto formado por protecciones y pantalones. Y a poco que se buscase, seguramente, lo más normal hubiese sido dar con otro más ataviado con el casco y los patines.

Tal desfile no deja de ser el mismo que se ve en España en días de partido. Sólo que el fútbol exige camiseta, pantalón y bandera del equipo de nuestros amores, mientras que el hockey sobre hielo está reñido con la primavera. La mayoría iban sudando como pollos aunque con una sonrisa de oreja a oreja.

No era para menos. Los Rangers metieron el turbo y sorprendieron a todos. Cuando parecían más fuera que dentro, los neoyorkinos se clasificaron para los playoff hasta llegar a semifinales, aunque no pudieron con los Buffalo Sabres, que vienen de ser el mejor conjunto de la temporada regular.

Al final, el equipo neoyorkino ha ilusionado a unos seguidores más acostumbrados a las penas. Ya dijimos que los Rangers se ven afectados por maldiciones, pero también cuentan con buenas historias. Este año parece que se han agarrado al espíritu de Lester Patrick, conocido como el ‘zorro plateado'. Como jugador y entrenador, Patrick fue la primera gran leyenda de este deporte. Corría el año 1928 y contaba con 44 años a sus espaldas cuando hizo su mejor hazaña dirigiendo a los Rangers desde el banquillo. En los últimos instantes de una final contra Montreal Maroons, Patrick saltó al hielo a sustituir a uno de sus jugadores lesionado en un ojo. En el último segundo, metió el gol de la victoria que dio su primer título a los Rangers. Un glorioso momento que enciende a todo buen aficionado de los Rangers.

*Artículo publicado por el periodico La Voz del Deporte en la colaboración de cada martes.

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Friday 18 de May de 2007

La boda

 Lou Reed se casó con su segunda mujer en su apartamento de Christopher Street, donde estuvo encerrado durante una buena temporada a finales de los setenta. En Central Park, a la altura de la calle 72, en el lado Este, se encuentra Bethesda Terrace and Fountain, una especie de plaza a la que se accede principalmente después de pasear por the Mall, el glorioso camino que ha servido para hacer algunas de las postales más vendidas de la ciudad. Después de cruzar unas galerías habitadas por lo general por un indio que canta y baila hasta el punto de ser protagonista de un aplaudido documental, una fuente corona Bethesda Terrace and Fountain. Sobre la fuente descansa Angel of Waters (Angel de las aguas), una escultura del siglo XIX cuyos puritanos Ángeles representan la Pureza, Salud, Paz y Templanza, en una metrópoli que seguramente carezca de cualquiera de estos atributos.

Me habían contado que alrededor de esta fuente los chinos solían fotografiarse para sus álbumes de boda. Pero el otro día, bajo un espléndido sol de primavera, una pareja de neoyorkinos, él con un pelo oscuro algo encrestado y ella rubia rizado, estaban casándose ahí mismo, en mitad de un mediodía de sábado en Central Park. El oficiante podía pasar por ser el mismo que estuvo en el apartamento de Lou Reed hace ya unos cuantos años. Todos, matrimonio y testigos, se mostraron felices y despreocupados por la cantidad de invitados espontáneos. Alrededor de los recién casados y compañía, un círculo de turistas, paseantes, curiosos y locos se sentaron para disfrutar del día y, por añadidura, de la ceremonia. Nunca había tirado una foto en una boda. Esta es la primera.

 

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Thursday 17 de May de 2007

Desmontando al clarinete

"Soy lo suficientemente feo y lo suficientemente bajo como para triunfar por mí mismo"

Woody Allen dixit.


Ya se sabe, el mismo hombre que considera el cerebro como su segundo órgano favorito y que fue declarado por el ejército inutilísimo, tanto que si hubiera una guerra sólo serviría de rehén, es el clarinete de una banda de jazz, que cada semana toca en Nueva York, agotando las entradas con meses de antelación.

Enclavado en una de las zonas más prestigiosas del Upper East Side, el lujoso Café Carlyle se ha convertido en el nuevo refugio neoyorkino de Woody Allen y sus chicos de la New Orleáns Jazz Band, un grupo formado en su mayoría por joviales ancianos que le dan a la trompeta, el contrabajo, el piano, la tuba y el banjo. En cada actuación, unos y otros exponen su repertorio de jazz clásico con algún tinte folk para una reducida audiencia que no supera las 150 personas, sentadas a mesa y mantel en un precioso salón, donde los camareros tratan al personal como si fueran ministros.

Impulsado por la adoración al hombrecillo de las gafas de pasta y dispuesto a dejarse los cuartos, siempre hay alguno, como este escribiente, que se cuela, como la semana pasada, con su cara sonriente y su paso ligero en mitad de este público propio de un guión del mismo Woody Allen. Entre pajaritas y corbatas, muchos de los comensales, con una media de edad que no baja de los sesenta años, van acompañados de bellas mujeres, que no suben de los treinta y cinco. Alguna mesa huele a chamusquina y en todas, sin duda, lo que parece que no falta es el dinero.

Pero aún con ese ambiente de relumbrón, Woody Allen es cualquier cosa menos una rock star. Es rigurosamente sencillo. Tal vez, por eso, me impactó más cuando de repente pasó desapercibido y se sentó en la mesa que estaba a mi lado. Parecía como si hubiese saltado de la pantalla. Con su jersey amarillo mostaza y sus pantalones de pana marrones, el cineasta metido a músico habla moviendo las manos e inspira una rara familiaridad. Como diría él mismo, más que una estrella lo que parece es un agujero negro.

Sobre el escenario, la banda se pone a tocar mientras Woody Allen empieza a quitarse el jersey. Sigue un método; primero un brazo, luego el otro, finalmente la prenda sale por la cabeza. A un tío abuelo que tuve le llevaba sus cuarenta segundos el deshacerse del jersey de esta forma, a Woody Allen le lleva algo más de un minuto. Ante la mirada expectante del respetable, saca unos clinex y, antes de coger el clarinete, se suena la nariz. Una acción que repetirá varias veces a lo largo del concierto.

Desde el principio, hay algo que queda claro: todo el mundo parece formar parte de la fiesta menos Woody Allen. Se muestra tremendamente tímido, sin casi mirar al público que tiene a dos palmos. Después de tocar, agacha la cabeza, que sigue el ritmo de la banda. Incluso cuando interpreta un solo y la audiencia rompe a aplaudir, su gesto es torcido con una mirada ensimismada en las partituras y desprendiendo la sensación de que algo ha salido mal. Y alguna vez, todo sea dicho, sale mal, porque el diminuto Allen está falto de pulmones aunque radia una extraña sutileza al tocar el clarinete. Si la música es el espejo del alma, Allen parece que va a romperse. El resto de la banda se lo pasa en grande, aplaudiéndose entre ellos y lanzándose risas, mientras el protagonista apenas sonríe, cabizbajo y rodeado a saber por qué pensamientos.

New Orleáns Jazz Band podrían pasar por ese grupo de amigos de avanzada edad que se reúnen a diario en una cafetería neoyorkina para charlar y meterse los unos con los otros. Igual intentan descifrar el alma humana como se cuentan sus batallitas sexuales. Con las piernas siempre cruzadas, Allen, a veces, habla al oído con alguno de sus compañeros mientras los demás siguen tocando. Cuando no da la sensación de estar confesándose a los viejos zorros, el pequeño hombre mueve la cabeza repetidamente, ajeno al jolgorio de los otros, sujetando el clarinete sobre las piernas como si fuera una cruz en procesión.

Cuando la banda abandona el escenario entre aplausos, Woody Allen se queda acompañado del banjo con el que se anima incluso a cantar débilmente. Todo llega a su fin con Allen desmontando su clarinete. El público está entregado. Vuelve a consumir al menos otro minuto en ponerse el jersey. Abandona la sala con la cabeza gacha, alisándose el poco pelo con un tímido ‘thank you'.

Sinceramente, un genio de los de toda la vida, o el típico hombre que no teme a la muerte, con la salvedad que no le gustaría estar allí cuando suceda.

Posted by Fernando Navarro at 06:12:37 | Permanent Link | Comments (4) |

Tuesday 15 de May de 2007

¿Realidad o ficción?

Reconozco que no sabía si era realidad o ficción. Es lo que hace ver tantas películas y dejarse llevar por ellas. Apareció sin más al lado de mi mesa. Durante unos segundos, sentí que mi corazón iba a otro ritmo. Lo que pasó realmente es que me invadió una gran emoción porque fui consciente de lo afortunado que era. Por todo. Estar a dos metros de él, como invitado en su propio salón, supongo que quedará como una gran anécdota de esta experiencia neoyorkina. La verdad es que mis sentimientos bombeaban miles de emociones resumidas y canalizadas en ese momento. Lo trascendental era el todo.

Gracias por esta velada, donde la ficción se hizo realidad, a José Fragoso, Isa y sus amigos. Ellos saben lo que pasó y cómo pasó. Vosotros ya tenéis una pista en Serenatas (¿realidad o ficción?), pero la verdad de todo está en los Sonidos de Nueva York.

Posted by Fernando Navarro at 06:34:14 | Permanent Link | Comments (9) |

Monday 14 de May de 2007

Flatiron Building

Con sus viente pisos, el Flatiron Building fue el primer rascacielos de la ciudad. Poco duró este honor. A principios del siglo XX, Nueva York pondría en marcha toda una máquinaria de levantar edificios con dirección a las nubes. Pero Flatiron Building nunca fue sólo un rascacielos.

Flatiron Building, la plancha, descansa en 23rd Street en el cruce de Broadway y Fifth Avenue. Su singular forma se debe en buena medidad a que hubo que salvar ese extraño esquinazo. La rectangularidad del Nueva York moderno no preveía estas situaciones.

H. G. Wells, uno de los padres de la literatura de ciencia ficción con La guerra de los mundos o La máquina del tiempo, aseguró que tomó conciencia del poder de atracción neoyorkino cuando desde la calle 23 vio caer la tarde sobre el Flatiron Building. Imagino a H. G. Wells sintiéndose en otro planeta cuando hace más de cien años observaba este edificio. A mí, todavía, me pasa. 

Habría que ser un mago de las palabras para explicar el encanto de esta construcción. En serio, Flatiron Building es un edificio con vida, esconde el más profundos de los misterios.  

PD. El album de fotografías de la barra de la derecha está actualizado. Hace mucho que dejo de nevar por aquí. Sólo tenéis que pinchar. Espero que disfrutéis. En breve, subiré bastantes más.

 

Posted by Fernando Navarro at 07:09:43 | Permanent Link | Comments (5) |

Thursday 10 de May de 2007

Trivial

Por suerte, desde que estoy aquí, he tenido la suerte de hablar con muchos neoyorkinos. Por lo general, un neoyorkino clásico es aquel que sabe de todas las cosas, con una cultura que echa para atrás y preocupado por lo que pasa en el mundo. Con Terry, una amiga, el otro día hablé de todo, desde la guerra de Iraq, la política estadounidense y la dictadura de Franco. Terry tiene 60 años y lleva toda su vida viviendo en Nueva York.

Me sucedió también que un día se me puso hablar otro neoyorkino de unos 35 años en las mesas de Bryant Park. Me preguntó por el conflicto vasco, como él lo llamó, por el cine de Almodóvar, por la Unión Europea y por las playas españolas.

Pero... pero... pero... todo el mundo sabe, neoyorkinos y estadounidenses sobre todo, que Nueva York no son los Estados Unidos de América. Bien es cierto que hay neoyorkinos, los muy pocos, creedme, que podrían pasar por el típico estadounidense. Así que también me ha pasado que me he quedado a cuadros en alguna ocasión. A poco que se va uno alejando de Nueva York y se adentra en vastas tierras estadounidenses, lo más normal, creedme, es toparse con casos como los que se suceden a continuación. De hecho, yo me he encontrado más de uno en el mismo Manhattan. Confesaba el otro día una profesora que tengo de inglés que ella estudió en el colegio sólo historia de Estados Unidos y Geografía también de su país. En esta última asignatura, con preguntas tales como: ¿cuál es la diferencia entre un lago y un río?

Así que es normal ese ansia de invadir de algunos para conocer países y la respuesta a la pregunta de quién es Koffi Annan. Afirmo: el siguiente vídeo es real como la vida misma en los Estados Unidos de América.

alt : http://www.youtube.com/v/fJuNgBkloFE
Posted by Fernando Navarro at 01:43:15 | Permanent Link | Comments (6) |

Wednesday 09 de May de 2007

Cheerleaders

En Estados Unidos, todavía hay un tópico que se cumple a rajatabla: todo buen jugador de baloncesto o fútbol americano aspira a montárselo con una de las cheerleaders del instituto o la universidad.

El tema de las cheerleaders en Estados Unidos viene de lejos y, curiosamente, está protagonizado por un chico. La historia cuenta que a finales del siglo XIX nació en la Universidad de Minnesota. Al parecer, a un estudiante llamado Johnny, que debió ser un pésimo deportista, se le ocurrió ponerse frente a un numeroso público que se encontraba en un partido de fútbol americano. Cogió y, en mitad de un descanso, se puso a cantar para animar a sus compañeros. Desde entonces, cundió el ejemplo y el ‘estilo Johnny' cobró forma.

Las chicas se hicieron dueñas de lo de animar, más aún cuando ellas no podían jugar con ellos. A través de la pantalla, películas y series otorgaron fama a esta actividad, donde rubias y morenas combinan elementos del baile y la gimnasia.

En los años setenta, ser cheerleader ya era un asunto más serio. Se crearon los primeros campeonatos nacionales. Así hasta ahora que las cheerleaders son profesionales e, incluso, superestrellas. Madonna, Halle Berry, Paula Adbul o Sandra Bullock hicieron sus pinitos como adolescentes, con la minifalda y los pompones.

Es por eso que la señora Wanda Holloway, una madre de familia de Texas, lo tuvo claro en el año 1991. Contrató a un asesino a sueldo para liquidar a la madre de la chica que competía contra su hija por conseguir el trono de cheerleader del instituto. Las niñas tenían trece años y doña Holloway pensó que sería la mejor forma de conseguir que la otra chica no se presentase a la final. Holloway acabó en la cárcel, pero con dinero. Si llega a tener un niño, la pobre Holloway se queda en bancarrota contratando matones para cargarse a los padres de los jugadores de un equipo entero.

*Artículo publicado por el periódico La Voz del Deporte en la colaboración de cada martes.

Posted by Fernando Navarro at 15:46:10 | Permanent Link | Comments (4) |
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