Friday 20 de July de 2007

Última nota - The End

Una noche pregunté a Ahmed, nacido en El Cairo pero desde hace años dentista en Manhattan, si su aspiración pasaba por vivir en Nueva York, y me contestó que, para ser exactos, lo que quería era morir en Nueva York. Supongo que Ahmed nunca hubiese llegado a un acuerdo sobre esta ciudad con mi gran amigo turco Tayfun, abogado porque no quedaba otra, que pasaba a despotricar contra la fast food neoyorkina, bastante alejada de las verduras frescas y la fruta de temporada que echaba de menos de su tierra, después de decirte con sus ojos saltones y su sonrisa franca lo sucia que era Nueva York con sus bolsas de basura tiradas por las aceras. Con la descolorida foto de sus dos hijas bien guardada en la cartera, Tayfun terminó regresando a Estambul, mientras Ahmed estará preparándose para el próximo estreno en Broadway o la siguiente exposición temática del Metropolitan Museum.

Con la noche de Nueva York envolviendo esta última serenata, si alguien me lo pidiera, no podría dar la razón a ninguno de los dos, especialmente, porque esta ciudad no entiende de razones. Además, no me he convertido en Ahmed ni he acabado como Tayfun. Ni uno ni otro forman parte del lugar donde yo me encuentro.

Dicen que son decenas de miles los que llegan cada año a Nueva York dispuestos a instalarse y quedarse a cumplir cada uno de sus objetivos, y casi son los mismos los que han probado suerte y salen escopetados tras una temporada, traducida en meses o años. Pero la cifra de unos y otros apenas llega a ser especialmente relevante cuando se compara con la que deja la estela neoyorkina que se extiende por todo el mundo. Un rastro formado por los que se enamoraron de esta ciudad sólo más pisarla, como Aline, la suiza fotógrafa que terminó aprendiendo más español que inglés; y por los que todavía esperan la oportunidad de ver cumplido su sueño de pasear por sus calles, como el bueno de Juanky, que va arrancando los días del calendario hasta el 8 de agosto.

Sin el temor a desgastarse pero con el riesgo de perder un poco la cabeza, unos y otros forman la mayoría neoyorkina. La mayoría en la que yo me incluyo. La mayoría que sois cada uno de vosotros, que habéis dejado vuestros comentarios o habéis leído con interés alguno de los mensajes, y ha dado un sonido ecléctico, disperso, humano, a estas serenatas que llevan nuestra melodía. Porque Nueva York ha sido y es, para nosotros, la misma ilusión por compartir, aunque sólo sea un segundo, lo absurdo y lo bello de una existencia humana que no tiene explicación razonable.

Esta noche puedo asegurar que una de las cosas que más echaré de menos de esta experiencia neoyorkina será mantener el contacto con Serenatas de Nueva York. Tengo que reconocer que sentí la primera señal de despedida no el día que cogí el vuelo a Madrid, sino la tarde que paseando por West Village supe que lo que apuntaba en mi cuaderno de notas ya no podría ser publicado en el blog. En mitad de la multitud, me di cuenta que la última nota estaba demasiado cerca, y habría que recoger los instrumentos y cerrar.

Son muchas las cosas que me dejo en la lista. Apuntes como el de Sonia, que aprendió a preguntar antes el precio en los hospitales que a decir dónde le dolía, ya que si no fuera por el seguro médico hubiese tenido que pagar dos mil dólares por una radiografía. Museos como el de Ellis Island, que seguramente sea uno de los mejores de toda la ciudad mostrando con pelos y señales las pruebas que hacían a los inmigrantes de medio mundo para ver si podían entrar en el país. Aunque el alma se te queda más a cuadros en el Museo de la Herencia Judía, un repaso tan minucioso por el Holocausto que hay que ir preparado de antemano. Al contrario, hay pocos sitios más relajantes que el Cloisters, un museo cuyas obras están sacadas en su mayoría de la España y Francia medievales y que los neoyorkinos consideran un tesoro de incalculable valor.

Ahora que he llegado aquí, me doy cuenta que no he hablado de mis tres parques favoritos de la ciudad: Washington Square, Union Square y Bryant Park. Medio año a que hiciese buen tiempo para que estos parques recobrasen toda su vida y al final se quedan en el tintero. Washington Square, por el que he tenido que pasar tantas veces para ir a la universidad, es capaz de agrandar tanto el espíritu con su polifonía que no sé si podré alejarme un océano de él.

Podría haber comentado más lugares delicatessen. A Masashi, el japonés amante del hip hop, le encantaba tomarse un café en el Café Reggio, que sirvió de localización para una de las partes de El Padrino. Allí, llevé un día a mi querido Sangwook, director de orquesta de Corea del Sur, que posee un talento descomunal al piano y una educación exquisita. Gracias a Sangwook, pudimos ir gratis al Metropolitan Opera para escuchar la tercera y novena sinfonía de Beethoven interpretada por la Julliard School. Su mujer cocina la mejor comida asiática que he probado en mi vida, pero Sangwook obligado por las distancias se ha acostumbrado a las hamburguesas del Mc Donalds. Le he recomendado ir a Corner Bistro, en West Village, donde las hamburguesas son baratas y de una calidad especial, aunque le hubiese invitado de mi propio bolsillo a comer en el Diner de al lado de nuestra casa. Toda la comida es magnífica en cantidad y precio, pero la receta de sus Cheeseburgers y Rock'n'roll Burgers debería valer más que la de la Coca-Cola. Que se lo digan a Christropher Soprano, que se come una Cheeseburger antes de hacer el amor en el coche con su nueva novia en el último capítulo de la sexta temporada de Los Sopranos.

Gracias a las visitas de nuestras familias, hemos ido a musicales de Broadway más de la cuenta. Todavía sigue siendo el teatro de los sueños. También es cierto que ya hoy en día hay musicales en las ciudades más importantes, como limusinas atascan Manhattan. Por haber conocido a un free lance conductor de limusinas llamado Charlie y por un anillo con diamantes que se encontró Juanjo en el Empire State y que luego vendió en Chinatown, hemos podido recorrer dos veces Nueva York en limusina por la noche. La segunda de ellas con tanto champán en las venas que acabamos cantando el Imagine en el edificio Dakota. Algo que hubiese hecho sin dudarlo Alvin, profesor de baile y buscavidas nacido en Benin, al que he estado enseñando español en los últimos meses y que acababa de romper con su novio porque no estaba dispuesto a acompañarle a España durante una temporada para aprender a bailar Flamenco.

La intensidad es lo que marca esta metrópoli. En su libro, Historias de Nueva York, escribía Enric González que la vida en esta ciudad se vive con una intensidad especial, lo cual acarrea riesgos. No lo dudo. Puede que haya estado caminando en la cuerda floja todo este tiempo, con más posibilidades de caerme de las que me pienso, pero siempre he intentado no descuidar los patos. Son los patos los que al final siempre importan. Nines ha cuidado de mis patos y de los suyos. Nines siempre está cuidando de nuestros patos. Yo sólo soy un tío afortunado que sabe moverse de vez en cuando en las mareas de la intensidad mientras alguien como Nines hace que los patos merezcan la pena.

Tal vez, eso sea motivo para que todavía no conciba que no esté en Nueva York dentro de unos días. Supongo que hasta este último suspiro está bañado de esa extraña intensidad que no da tregua. Ahora no lo pienso, pero sé que volveré.

Sin serenatas, sin Nueva York, la música, imagino, no será lo mismo. Pero tiene que ser lo mismo. Esta ciudad me lo ha demostrado. La música no se detiene, busca siempre su ritmo. Nueva York aguarda a quienquiera que desee con el alma cogerlo, porque Nueva York se traduce en energía, en su gente de todas partes, en la magia de sus calles, en el personaje que, como reza el final de New York City Serenade, apuesta su vida para seguir cantando, cantando, y subirse al tren de la noche, el único que nos lleva al corazón de lo que queremos ser.

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Wednesday 18 de July de 2007

The Ghost of John Steinbeck

Hijo: ¿De quién es la culpa?

Agente: Ya sabes quién es el dueño de la tierra. La Shawnee Land y Cattle Company.

Padre: ¿Y quién es Shawnee Land y Cattle Company?

Agente: No es nadie. Es una empresa.

Hijo: ¿Tienen un presidente, no? ¿Tienen alguien que sepa para qué es una escopeta?

Agente: Oh, chico, no es culpa suya, porque el banco le dice qué hacer.

Hijo: Muy bien, ¿dónde está el banco?

Agente: En Tulsa. ¿Para qué tomarla con él? Allí no hay nadie excepto el administrador. Y ya está medio loco tratando de cumplir con las órdenes que llegan del Este.

Hijo: Entonces, ¿a quién disparamos?

Agente: Amigo, no lo sé. Si lo supiera, te lo diría.

Las Uvas de la Ira (The Grapes of Wrath, 1939) - John Steinbeck


Al día siguiente tenía un examen de Literatura, pero el problema era que aquella tarde ya me pesaban de alguna forma extraña los 18 años recién estrenados. Era el día de mi cumpleaños y yo tampoco estaba para tirar cohetes. Acababa de cagarla en un examen de Historia y me daba la sensación que era la peor forma de inaugurar mi mayoría de edad. Para colmo, era lunes, y, como Garfield, odiaba los lunes.

A media tarde, llegué a casa y sobre la cama me esperaba el regalo de mi madre, que había dejado antes de irse a trabajar. Era un disco. Ella sabía de mi ceguera por Bruce Springsteen. Hacía unos meses que había descubierto su música y poco a poco me iba haciendo con sus álbumes, que llegaban a mis manos como pergaminos de desconocidas rutas en las que adentrarse. Aquel disco se llamaba The Ghost of Tom Joad (El fantasma de Tom Joad), y marcaba una única ruta: la Ruta 66.

Recuerdo que pasé olímpicamente de estudiar no sé cuántos nombres de escritores y memorizar cada una de sus obras con sus características y estilos que no entendía. Agarré The Ghost of Tom Joad y lo coloqué en la cadena de música. En aquella solitaria casa, sólo estábamos lo que Bruce tenía que transmitir y yo. No entendía una palabra de lo que decía pero lo cogí al vuelo. O al menos así lo sentí, mientras observaba esa carátula difuminada en tonos impresionistas que parecía indicar que algo se estaba cociendo en otro sitio lejos de donde yo estaba. La armónica punzaba cada segundo más fuerte y un nombre se quedó grabado al final del todo: The Grapes of Wrath.

En Cielo vacío, Jesús, un hermano, habló hace poco de este álbum con la destreza que le caracteriza y apuntó que se trataba de un disco sobre las fronteras, reales y emocionales. Con The Ghost of Tom Joad sonando en mi habitación aquel cumpleaños, fui consciente de cruzar una frontera, sin saber muy bien cuál. La tierra nueva en la que me adentraba traía polvo y se masticaba tan cruda que te descolocaba el gesto.

Pronto me hice con un ejemplar de bolsillo de Las Uvas de la Ira (The Grapes of Wrath). Aunque cueste creerlo, la influencia del disco de Springsteen poco tuvo que ver. La novela de John Steinbeck hablaba por sí sola. El disco de Bruce era un emocionante homenaje, pero la historia de Steinbeck partía el alma. Con cada paso de Tom Joad, la tortuga y toda la familia, tú contenías el aire. Las Uvas de la Ira se había convertido en el libro de mi vida.

Con dieciocho años, a punto de terminar el COU, cuando el orientador del colegio te decía que lo tuyo era ser empresario y el vecino de toda la vida que Periodismo no traía más que hambre y siempre era mejor hacer Publicidad o Marketing con no sé que apellido, me prometí ser periodista porque John Steinbeck fue periodista. Seguramente, lo que quería era ser Bruce Springsteen, subido a un escenario y cantando cada noche con mi guitarra, pero consciente de mis tremendas limitaciones terminaba siempre mirando si el bolígrafo tenía tinta, antes que buscando el enchufe para una guitarra que nunca existió.

Ese sentido del reportaje, de la crónica social, del valor humano, han sido las motivaciones más importantes para creer en una profesión en la que cuesta creer. Serviría un capítulo de alguno de los libros de este periodista, que vivió en Nueva York durante sus años de joven reportero y terminó muriendo allí mucho después, para señalar el camino a muchos que, como yo, se pierden a las primeras de cambio.

El camino que marca Las Uvas de la Ira es la Ruta 66. Éste es el penúltimo mensaje de "Serenatas de Nueva York". El próximo viernes salimos rumbo a California. Salgo, a decir verdad, rumbo a un pequeño gran sueño. Como hormigas, hemos preparado este viaje que nos llevará en coche alquilado por la Ruta 66 a través de Las Vegas, El Cañón del Colorado, Los Ángeles, San Francisco y Death Valley. Es evidente que la Ruta 66 está trillada y habrá pegatinas allí donde antes había naranjas. Sin embargo, vale que un día el sol se ponga en mitad de la carretera.

Por supuesto, hay que agradecer la ayuda y el conocimiento de Surren y José Fragoso, dos aventureros de otra época. A la vuelta, a finales de mes, apenas quedarán cuatro días en Nueva York antes de regresar a España, pero eso es otra historia.  

Decía Steinbeck que su símbolo era Pigasus, un cerdo volador, "atado a la tierra pero aspirando a volar". Imagino que siempre será mejor un cerdo que aspira a volar que un pájaro enjaulado. Con de The Ghost of Tom Joad, me adentré en una tierra de sensaciones profundas. Después de revisar la semana que viene la tierra de Steinbeck, no me imagino cuál es la vida que me espera al llegar a España, pero, como decía Tom Joad, sólo puede ser una.

 


-¿No piensas en qué pasará cuando lleguemos? ¿No temes que quizá no sea tan bonito como pensamos?
-No -replicó con rapidez. No lo temo. No debes hacer eso.
-Yo tampoco. Es demasiado, es vivir demasiadas vidas. Delante de nosotros hay mil vidas distintas que podríamos vivir, pero cuando llegue, sólo será una. Si voy adelante en cada una de ellas, es excesivo.

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Monday 16 de July de 2007

Streets of New York

<<We want more we want a love that's true>

Whole World With You - Willie Nile

Tuve que liar a un amigo y a su novia para que me acompañasen al concierto de Willie Nile en la Boca de Lobo de Madrid. Por aquel entonces, ambos estaban en el comienzo de su romance, por lo que cualquier excusa era buena para salir de marcha y verse un rato, aunque fuera un día entre semana y no supiesen ni les importase quien era Willie Nile y por qué tocaba en pleno barrio de Huertas. Tampoco les importaba que yo tuviese tanto interés en ir, pero era mi bolsillo el encargado de pagar unos calimochos y algo de whisky aquella noche.

Para mí, el concierto de Willie Nile representaba mucho. Con motivo de la llegada del cantante neoyorkino, bastante gente que yo conocía por Internet, pero que nunca había visto en persona, se reunirían y disfrutarían juntos del concierto. Nada de otro mundo sino fuera porque yo me sentía de otro mundo. Era mi primer año universitario, me tambaleaba entre la adolescencia y a saber qué, y el mundo de amistades que yo conocía estaba muy lejos de la Boca del Lobo. Aquello no era mejor ni peor, pero el mundo en el que yo me movía por aquel entonces no podía darme, aunque sólo fuera alguna vez que otra, lo que andaba buscando. Por eso, creo que debí construir un refugio con acordes de guitarras eléctricas y versos de la calle.

En la Boca del Lobo, todo el mundo con quien me encontraría era mayor que yo y todos ya se conocían de antes. Una de las cosas que más recuerdo fue el pensamiento que me invadía, cada dos por tres antes del concierto, de creer que yo nada pintaba en aquel local, dispuesto a escuchar al tal Willie Nile y darme a conocer a esa gente. Pero supuse que un refugio es para una temporada, nunca para una vida. Al final, entré en la Boca del Lobo, mientras mi amigo y su novia se quedaron en la calle, imagino que bebiendo y besuqueándose.

Hoy puedo decir que me alegro de haber tomado esa decisión. De alguna manera, la entiendo como el primer paso, en una vida que estaba por venir, a hacer aquello que me decía el corazón. Por muy extraño que sonase un sentimiento, no tenía por qué rechazarlo. Era una apuesta por mí mismo.

Dentro de la Boca del Lobo, lo más grande fue entrar en contacto por primera vez con mucha gente que ahora son grandes amigos, de los que siempre aprendo cosas. También el concierto de Willie Nile fue tremendo. Al final del mismo, pude acercarme a Willie y decirle solamente un sentido wonderful. Willie meneó la cabeza en señal de reconocimiento. Su español no daba para más, mi inglés tampoco.

El otro día, sin embargo, pude hablar bastante más tiempo con el pequeño gran Willie. Tocaba en el Cutting Room, un garito muy chulo, en la tierra de nadie de la calle 24, del que cuelgan grandes fotografías de Keith Richards, los Beatles, Ray Charles, Lou Reed y Bob Dylan. El local está dividido en dos salas, la segunda de ellas para acoger actuaciones. Fue gracioso porque, cuando salí un momento para preguntar cuando tocaría Willie, la chica me dijo que se lo preguntase yo mismo porque estaba al final del pasillo que quedaba detrás de ella, y hacía las funciones de backstage. Estuvimos charlando un rato.

A pesar de radiar rock'n'roll de arriba abajo, Willie no es una rock star, especialmente porque no vive de la música y además parece una persona muy agradecida y simpática para este circo de egos. Cuando llegué a él, se encontraba repasando las letras, bastante nervioso, pero estuvimos hablando sin problemas. En el momento que le llamaron por el micro, soltó con gesto de disculpa: I have to go, y salió disparado.

Antes de embarcarme en este viaje a Nueva York que todos conocéis, me hice con el último y magnífico disco de Willie Nile, Streets of New York. Al ponerlo en el reproductor, me acordé del día de la Boca del Lobo. Willie Nile ya era para mí algo más que un músico infravalorado. Willie Nile, el trovador de Bleecker Street y alrededores, el amigo de Bruce Springsteen que sube a un escenario con el boss y la gente se mofa de él, era y es todo el rock'n'roll que yo sueño y defiendo con los dientes. Tal vez, porque todos aspiran a Bruce Springsteen o Bob Dylan pero sólo uno o ninguno llega, y al resto nos queda intentar ser como Willie Nile. 

Sobre el escenario del Cutting Room, ese pequeño neoyorkino y sus Prisioneros de la Segunda Avenida estuvieron ofreciendo un recital de rock'n'roll, con versión de Dylan incluida, que se convirtió desde el principio en mi homenaje particular de la experiencia neoyorkina a punto de expirar. Pero la sorpresa estaba por llegar. Sin saberlo, Willie Nile nos dedicó una canción a Nines y a mí, a sus dos amigos españoles como dijo, antes de ponerse a cantar Cell Phones Ringing (In The Pockets Of The Dead), un tema que presentó tras hablar de la buena acogida que siempre recibe en España y referirse a la tragedia del terrorismo. Lo más gracioso fue ver la cara del neoyorkino de mi lado, con el que antes del show había estado hablando y sabía que éramos de España. Me dio un golpe en el brazo y me preguntó sin crédito: "¿Sois vosotros?" Luego, pude enterarme que habían pasado 25 años desde la primera vez que aquel neoyorkino vio a Willie Nile sobre un escenario.

Sinceramente, terminé emocionado como pocas veces lo he estado en un concierto. A la dedicatoria, Willie Nile sumó, para cerrar, la balada Streets of New York, que interpretó al piano y con la armónica. Se me encogió el corazón al ver tantos meses resumidos en tan pocos segundos.

Creo que quemé Streets of New York de tanto escucharlo antes de partir para NYC. La pista nueve, Whole World With You, bombeaba desbocada en mi corazón en mis noches de insomnio y mis días de espera. Ante los miedos y las dudas, un día la puse a todo trapo en el coche y dije: "Hagámosla nuestro himno neoyorkino desde ya". Hoy, el disco todavía resiste, y Willie Nile con su traje negro y su guitarra andará perdido por alguna parte del Village, aunque quedamos en vernos en España, o en Nueva York. Poco importa cuándo y dónde, mientras Willie Nile siga sonando, y su Whole World With You y el resto de Streets of New York viajen con nosotros allí donde estemos; sean, en definitiva, una parte irrenunciable de nosotros.

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Thursday 12 de July de 2007

La anciana y mi gorra

 

Una de las cosas que más me ha dejado marcado de este tiempo en Nueva York me sucedió en St. Paul Church, la pequeña iglesia cuyo cementerio desde hace seis años mira de cara a la Zona Cero.

Me encontraba mirando las fotografías de algunos de los muertos que dejó el atentado contra las Torres Gemelas cuando vi a una anciana levantarse de un banco de la iglesia. Tardó varios segundos en ponerse de pie. Al principio, parecía tambalearse, pero con tesón terminó por echar andar. Pensé que aquella mujer haría mejor en permanecer sentada, mientras a paso entrecortado ella se dirigía hacia donde yo estaba. Debía de estar muy ocupado en mis pensamientos porque de repente me la encontré frente a mí, a menos de dos palmos de distancia. La sorpresa fue inmediata. Lo que me dijo en un inglés centenario no pude entenderlo. Me lo volvió a repetir, sin más fortuna. Su rostro me indicaba que algo iba mal entre esa muchedumbre de curiosos allí congregada. Ante mi nula reacción, aquella anciana hizo un gesto, ligero como una paloma, con el cual me pedía que me quitara mi gorra. En menos tiempo del que recuerdo, me la quité. Ella me devolvió un thank you, sir, y se dio la vuelta para regresar al banco. Durante los siguientes minutos sentí que alguna de esas caras sonrientes, reveladas a color antes de esfumarse para siempre, se había quedado mirando mi torpeza.   

Desde el mismo 11 de Septiembre, St. Paul Church se convirtió en el centro de operaciones para atender a las víctimas y a los policías y bomberos. Hasta ese señalado día, esta pequeña iglesia, más propia de una callejuela de Praga, no atraía a más turistas que a los tres locos norteamericanos más nostálgicos de su propia historia. Su jardín alberga tumbas de los revolucionarios colonos y franceses, que dieron su vida por la Independencia de los Estados Unidos, y su edificio recoge una silla de madera donde George Washington ofició el discursó de inauguración del nuevo país un 30 de abril de 1789.

Durante los días que siguieron a la tragedia, la iglesia se llenó de voluntarios que trabajaron día y noche para el servicio de bomberos y policías. Como dijo uno de los muchos voluntarios, St. Paul Church fue un oasis de cielo en mitad del infierno. Bajo el techo blanco de su capilla, hubo una cocina abierta las 24 horas con todos los alimentos donados y sirviendo más de 3.000 almuerzos diarios. También decenas de masajistas. Incluso un piano que no dejó de sonar ni un solo día y por el que pasaron 500 músicos diferentes.

Hoy, el piano está cubierto por una lona. Sólo queda una simple cama por la que debieron pasar centenares de personas para descansar unas horas. De los 15.000 osos de peluche que mandaron los niños de las escuelas de Nueva York a St. Paul Church, apenas se recogen unos 10 muñecos sobre un mostrador. Y un enorme rollo de papel permite a la gente escribir mensajes o bendiciones. A veces, hay cola. "Dios bendiga a todo el mundo" o "Nunca olvidaremos" aparecían con letras grandes sobre el resto.

No parecen mensajes escritos con tinta china. Uno de los trenes que cojo para llegar a Manhattan tiene su parada en mitad de la Zona Cero, donde ahora los camiones van montando pisos de la futura Torre de la Libertad. Lo he visto varias veces. Los americanos van hablando en el vagón y cuando de repente el tren sale del túnel, a la rara luz del antiguo World Trade Center, se crea el silencio. Una tarde de viernes dos chicos iban descojonándose sobre lo que seguro harían esa noche de marcha y, al llegar el tren a la Zona Cero, no tuvieron ni que mirarse para cerrar la boca y contemplar por la ventana. Al otro lado sólo había obras, pero ese vagón lo tomó un fantasma. 

Supongo que es casi imposible y pretencioso hablar de la Zona Cero y la tragedia cuando nunca antes se han conocido las Torres Gemelas. Supongo que aún lo es más cuando aquello fue, y ha permanecido con el tiempo en mi memoria, como un impresionante espectáculo de telerrealidad, que te hace sentir roto pero cuya sangre no te salpica. Bueno, viví más de cerca el 11-M, trabajando para informar de lo que todavía no era consciente. He nacido asimismo en un país marcado por el terrorismo, al que sin desearlo asocio con la vida de España, porque en mi país, por supuesto, tenemos tapas, toros, fútbol, playas, flamenco, bellas mujeres, varios idiomas y, no quepa duda, terrorismo. Por eso, tal vez, lo de las Torres Gemelas, de alguna manera, flota en un aire que reconozco.

Pero, sobre todo, no sé qué se puede decir si un grupo de adolescentes, y algún adulto, se apiñan en torno a un lado de la verja, por el que se recogen algunas coronas de flores y velas, que han permanecido a modo de detalle, como señal de duelo para recordar el 11-S. El grupeto se pega a la valla, posa, sonríe de oreja a oreja, con las flores y las velas detrás, y muestra su entusiasmo sólo similar a la fotografía de mesilla que se espera de la Estatua de la Libertad.

Este marco, que hoy es común denominador de la Zona Cero, a lo mejor nunca ha estado muy lejos de mi gorra. Aunque sólo sea por esa anciana que me miró a los ojos y anduvo hacia mí, intento llevar la gorra en la mano, siempre que me cruzo con lo mismo. Sinceramente, no es tarea fácil. Si te pones a mirar, acá, allá, casi en cualquier parte de este mundo que revienta por los cuatros costados, no encuentras momento de ponértela en la cabeza. Espero que haya más ancianas allí donde se necesitan.

Posted by Fernando Navarro at 07:49:32 | Permanent Link | Comments (7) |

Wednesday 11 de July de 2007

Ocho cosas

Las reglas:


1. Cada jugador (a) comienza con un listado de ocho cosas sobre sí mismo.
2. Tiene que escribir en su blog esas ocho cosas, junto con las reglas del juego.
3. Tiene que seleccionar a ocho personas más para invitar a jugar, y anotar sus blogs/nombres.
4. No olvides dejarles un comentario en sus blogs respectivos de que han sido invitadas a participar, refiriendo al post de tu blog: "El Juego".


A decir verdad, no soy dado a estas cosas, pero la buena de Rain se ha acordado de mí y me ha invitado a participar en este juego. Así que recojo el guante.

Como este blog sólo fue concebido por y para Nueva York, aunque puede que como telón de fondo o en mitad de la orquesta servidor se encuentre por ahí revoloteando, no puedo por menos que relacionar el listado de ocho cosas con Nueva York, más concretamente con mi experiencia neoyorkina.


1. Creo que la perfección es el mayor enemigo del amor. Nunca he creído que Nueva York sea la mejor ciudad del mundo para vivir. De hecho, Nueva York es tremendamente imperfecta. Cualquier pueblo costero seguro que ofrece más calidad de vida que esta ciudad. Pero es que estoy convencido: si Nueva York hubiese sido alguna vez perfecta, no habría robado el alma a tanta gente. A mí tampoco.

2. Adoro Madrid, o al menos todo lo que para mí representa mi ciudad. Hay una parte de mí que tiene ganas de volver. Pero odio cuando la gente me compara Madrid, u otra ciudad, con Nueva York, o viceversa. A mí no se me pasa por la cabeza. Odio cuando la gente me pregunta cuál ciudad es mejor. Ya no es elegir entre mamá y papá, es que esa pregunta no tiene respuesta. Siempre hago por decirme: la gente que diga y haga lo que quiera. Ahora, yo digo: Madrid es mi hogar, mi tierra; Nueva York es mi cielo. Unas veces se vive en uno, otras veces en otro.


3. Me siento más seguro con los dementes que pueblan las calles de Nueva York, esos locos genuinos de estas aceras que silban como pájaros para pedir un perrito caliente, se cubren de papeles el cuerpo o gritan solos ante un escaparate, que con cualquiera de los patrones de lo correcto que de traje y corbata te sonríen, te estrechan la mano y parecen predestinados a ayudarte sin nada a cambio.

4. Creo que la rutina en su justa medida es saludable. No hablo del trabajo en cadena ni de las cadenas del trabajo. Hablo de las rutinas que uno mismo cultiva como pequeños jardines secretos donde descansar el espíritu. Al contrario de lo que pueda parecer a primera vista, Nueva York, esa ciudad disparatada en su ritmo frenético, está sujeta a millones de fuertes y diminutas rutinas. He llegado a comprobar que un mejicano se presenta a la misma hora todos los días en uno de los parquecitos de Herald Square para sentarse siempre en la misma silla y ver pasar a las mujeres a la luz del sol. Sus ojos son como la cámara de Harvey Keitel en el personaje de la película "Smoke".

5. A riesgo de ganar algún improperio, considero que Paul Auster está sobrevalorado. Posiblemente, sea el escritor que más oportunidades he dado en mi vida para que me llame con más intensidad. Pero no ha habido manera. Me encanta el guión de "Smoke", lo demás, creo, no merece tan buenos calificativos y galardones.

6. Dos de mis platos favoritos son la paella y el gazpacho. En Nueva York, te ponen una pseudopaella con tropezones de chorizo, entre otras lindezas, o te la cobran a cambio de un riñón. Por ahora, siempre he necesitado un riñón para vivir, por lo que llevo meses esperando un buen y auténtico plato de paella. El gazpacho, otro artículo de lujo para los neoyorkinos, no sé de dónde lo sacan, pero su color ya sólo recuerda a un puré de zanahorias. En el colegio, cuando estaba en preescolar, escondía el dichoso puré de zanahorias dentro del vaso de plástico para poder irme de una vez al patio.


7.- No vivo en Nueva York, vivo en Jersey City, en el estado de Nueva Jersey. De hecho, nunca he vivido en Nueva York. La otra vez que estuve aquí por unos meses fue también en Jersey City. Supongo que alguno podrá sentirse estafado. Qué le vamos a hacer. Puede que quedase mejor que estas "Serenatas" tuviesen su epicentro en cualquiera de los cincos distritos neoyorkinos, pero todo vibra desde Nueva Jersey, el estado a la sombra de Nueva York y que sólo está a diez y veinte minutos según el tren que cojas. Además, es más barato. Lo que puede bajarme a un segundo escalón, para mí es toda una declaración de intenciones. Vivo en el estado y en la onda de Bruce Springsteen, el mismo Sinatra, el doctor House y, cómo no, Tony Soprano. Por cierto, el otro día me crucé en persona por el Greenwich Village con Steve Schirripa, que interpreta a Bobby Baccarieli, el cuñado un poco tonto de Toni Soprano.


8.- A "Serenatas de Nueva York" le quedan menos de ocho mensajes para dejar de sonar. Pero estoy convencido que mí me quedan muchas cosas que contar sobre esta ciudad y es mi verdadero reto. Espero que algún día sepáis de ello, sino podéis acordaros de este blog como lo que pretendió ser: una canción nocturna, personal e imperfecta de Nueva York.


Paso el testigo, si lo quieren coger y andan por ahí, a Cielo Vacío, Cuentos prescindibles, El lagarto, Botxo Follies, K, La interrogación, The Constant Sorrower y Lex Lleixes.

Posted by Fernando Navarro at 07:20:13 | Permanent Link | Comments (16) |

Tuesday 10 de July de 2007

Big

Hace no mucho tiempo recibí un mensaje de correo electrónico que quien me lo envió me preguntaba, entre otras cosas sobre Nueva York, si lo siguiente todavía era posible hacerlo.

Big (1988)

Respondí que sí. Aquí está la prueba. La tienda FAO de juguetes, especializada en peluches gigantes, se encuentra en la Quinta Avenida con la calle 59. Tanto niños como mayores se animan a tocar el piano... con los pies.

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Monday 09 de July de 2007

Frick Collection

Henry Clay Frick fue uno de los más ricos hombres del Nueva York antiguo que gastó buena parte de su fortuna en muchos de los tesoros artísticos de Europa. Vicioso, intransigente y antiunionista, Frick deshizo huelgas con agentes estatales y fue odiado hasta el punto de sobrevivir por los pelos a múltiples intentos de asesinato, pero su nombre queda ligado, a pesar de todo, con una de las colecciones artísticas más importantes del mundo: la Frick Collection.

Situada en su antigua mansión de la Quinta Avenida con vistas a Central Park, la Colección Frick es una estupenda galería de arte, que además sirve para hacerse una idea de cómo vivían los grandes ricos americanos de principios del siglo XX, tales como Rockefeller, Ford, Carnegie o Morgan.

Muchos neoyorkinos aseguran que esta colección privada es con diferencia la galería más importante de la ciudad. Al llegar llama la atención que el museo conserva casi intactos el estilo y la decoración que reinaron durante los años de vida del magnate. Un museo en la misma línea de lo que ofrece el Museo Cerralbo de Madrid.

Así que la visita consiste básicamente en un paseo por las habitaciones de la mansión, donde se recoge un magnífico abanico de obras. Rembrandt, Vermeer, Turner, Whistler, El Greco, Van Dyck, Goya o Constable son sólo algunos nombres que el señor Frick coleccionaba en los salones de su casa. Pero además de las excepcionales pinturas expuestas destaca el mobiliario que habita el hogar, recargado y rococó, al estilo decimonónico, donde se decoran algunos muebles con porcelanas chinas.

Una de las salas más importantes es la galería West, una elegante sala alargada con un techo cóncavo de cristal y molduras ornamentales talladas. Allí, cuelgan autorretratos de Rembrandt o Vicenio Anastagi de El Greco. También hay unos fabulosos retratos de un matrimonio de Frans Hals y dos obras de Turner, con vistas de Colonia y Dieppe, enfrentados en sus difuminados tonos crema.

La mansión está presidida por un patio central, cuyos suelos de mármol, fuentes y plantas se encuentran dispuestos de forma clásica y sencilla, y crea un aire de serenidad difícil de igualar. Justo en uno de sus laterales, descansa un pequeño auditorio de nueva creación donde se ofrecen conciertos y conferencias.

Oficial y muchacha riendo de Vermeer se encuentra en la colección Frick. Un cuadro que atrae por la sugerente luz, seña del autor, y las alusiones sexuales que contiene. Algo inminente va a pasar. Casi se puede decir que es un cuadro muy propio de la primavera revolucionada, o el verano apretando. Contemplando Oficial y muchacha riendo, da por pensar que el sol de media mañana entra por la ventana de otra manera, a pesar de las altas temperaturas. O también se puede pensar que este señor Frick era un maldito ricachón que no sabía lo que era sudar la gota gorda.

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Friday 06 de July de 2007

Nathan's

Como todo 4 de julio, el más famoso restaurante de hot dogs del mundo celebra su campeonato anual de tragar perritos calientes. Nathan's, alma mater de la ahora decante Coney Island, es el encargado de convocar tan conocido concurso donde un estómago entrenado a base de salchichas es un estómago competitivo. Las reglas son las siguientes: devorar el mayor número de hot dogs en 12 minutos.

Por fin, este año, Estados Unidos está de enhorabuena. Un estudiante de ingeniería natural de California y que responde al nombre de Joey devoró más perritos calientes que su contrincante, Takeru Kobayashi. Durante los últimos seis años, el pequeño Kobayashi, que cuenta con un club de fans, había tenido la osadía de llevarse el galardón frente a los típicos tripones americanos y los jóvenes universitarios con la cara repleta de granos que preparan la cita como si fuera la lectura de la tesis. La victoria de este asiático escuálido, que no supera el metro setenta, en casa propia y en el Día del Independencia era poco menos que un atentado para el orgullo yankee. Pero el otro día todo cambió.

Joey no sólo arrebató el premio a Kobayashi, sino que además batió el record: se metió para el cuerpo 66 hot dogs, que se caracterizan por ser más grandes que los típicos perritos calientes de los carritos de Manhattan. Joel contó con el apoyo de miles de personas (sí, miles) que se congregaron para apoyarle al grito de "Joey".

Todo sea dicho. Si se visita Nueva York, merece la pena comerse un hot dog marca Nathan's. Sesenta seis puede que sean muchos. El perrito caliente de Nathan's es una institución y no puede ser de otra manera. El restaurante empezó a vender perritos en 1916 al precio de un nickel la unidad. Cuenta la historia que el perrito caliente nació como un alimento para los obreros que trabajan en Coney Island. El concurso, por su parte, surgió tras un pique entre los obreros a ver quién comía más hot dogs para demostrar su patriotismo. La tontería se ha convertido en un acontecimiento nacional. La cadena deportiva ESPN tiene los derechos de retransmisión y medio millón de espectadores enchufan la televisión cada 4 de julio para ver a unos tíos reventando a base de salchichas.

En nuestros días, Nathan's está expandiéndose por todas partes. En Manhattan no hay que andar mucho para dar con una sucursal. Sin embargo, el establecimiento anclado en Coney Island fue durante toda la vida el único. Todavía permanece original e intacto con el olor a mar de fondo. Este Nathan's fue el restaurante preferido de muchas celebridades. Al Capone siempre que pasaba por Brooklyn para resolver sus asuntos con otras familias tenía que hacer una parada en Nathan's. También Cary Grant, quién a veces escribía cartas pidiendo que le reservasen una mesa para determinada fecha.

Puede que esta aura de reliquia traiga todavía algún nostálgico hasta casi el fin del mundo, que para alguien de Manhattan se llama Coney Island. La última vez que estuve en el auténtico Nathan's una pareja de recién casados estaba fotografiándose al lado del restaurante. Debían de ser de Coney Island. Luego, los amigos se dedicaron a pedir hot dogs como locos. Es normal: un hot dog de estos entra a cualquier hora del día y en cualquier momento.

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Thursday 05 de July de 2007

Independence Day

Sólo el Día de la Independencia puede hacer que Nueva York, y más concretamente Manhattan, amanezca casi desierta. Tres cuartas partes de la ciudad están de vacaciones celebrando tan señalada fecha. La mayoría optan, si pueden, por una barbacoa con sus amigos. Porque el 4 de julio es, además del aniversario para conmemorar la independencia de los estadounidenses con respecto a los ingleses, el día de la barbacoa. Hamburguesas, perritos calientes o costillas aderezadas con salsas dulzonas. Los grandes almacenes y tiendas de ropa aprovechan la fiesta, por su parte, para lanzar sus rebajas del cuatro de julio que se extenderán hasta final de mes.

Pero el momento grande llega al final de la jornada. A partir de las nueve, Manhattan, Brooklyn, Long Island, Queens y Jersey se arrancan en una traca de fuegos artificiales. Sucede igual en todo el país. Previamente, ha habido fiestas, conciertos y barbacoas masivas para la llegada de los fuegos.

Medios de comunicación y neoyorkinos dicen que la mejor vista se encuentra en las inmediaciones del Puente de Brooklyn. Es en el río East donde se concentra la mejor parte de los fuegos. Puede ser. Pero todo el mundo sabe que te obligas a soportar una marabunta agobiante como pocas.

Yo he tenido oportunidad de asistir a mi segundo Día de la Independencia estadounidense en Nueva York. El primero fue hace ahora tres años subido a la azotea de un edificio de Jersey con la compañía de Toni y una pareja de coreanos. El skyline de Manhattan se estiraba en el horizonte con los fuegos por todas partes, mientras comíamos comida coreana cocinada por aquellos chicos. A mí se me ocurrió la genial idea de comprar Jack Daniels pero no refrescos. Matar el picante coreano con Jack Daniels es tan inolvidable como aquella vista de película.

Esta noche no había azotea. Nos hemos negado a morir ahogados en el río East. Por eso, hemos ido hasta orillas del río Hudson, en Pavonia Newport, en el lado de Jersey, donde el skyline se erige arrebatador. Llovía ligeramente. La fiesta de fuegos bailaba sobre la figura de luces de Manhattan. No había comida coreana ni whisky. Esta vez, unas manos estrechadas y la brisa despeinando el pelo. Nueva York, si se pone, sigue siendo la ciudad más mágica que te puedas echar a los ojos.

 

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Wednesday 04 de July de 2007

Washington D.C.

Hoy es 4 de julio, Día de la Independencia, fiesta nacional. El pasado fin de semana lo pasamos en Washington D.C. La capital estadounidense empezaba a estar abarrotada de ciudadanos venidos de todos los estados que aprovechaban para venir a visitar D.C. con la celebración de la fiesta más importante del país. Washington aspira al monumentalismo de París. Llama especialmente la atención la cantidad de personas sin hogar que habitan sus calles en mitad del coloso administrativo y diplomático que la sustenta, además del ambiente cool de Georgetown y el desarrollo museístico. Os dejo con unos retazos del viaje. Las fotos son de Nines.
Casa Blanca
El Capitolio es monumental
 El Obelisco preside el espacio de más de tres kilométros entre el Capitolio y el Monumento a Lincoln
La estatua de Lincoln impresiona más que en las películas. Parece como en el capítulo de Los Simpsons que se va a poner a hablar contigo de un momento a otro.
 Sin duda, es una ciudad política y con contrastes
El famoso cementerio de Arlington donde están enterrados unos 300 mil soldados caídos en batalla. También está la tumba de John F. Kennedy o el boxeador Joe Louis.
Por cierto, el cambio de guardia en la impresionante Tumba del Soldado Desconocido es digno de ser visto, sobrepasa la línea de la tontería para perderse en no se sabe donde.
Posted by Fernando Navarro at 07:33:24 | Permanent Link | Comments (4) |
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