Última nota - The End
Una noche pregunté a Ahmed, nacido en El Cairo pero desde hace años dentista en Manhattan, si su aspiración pasaba por vivir en Nueva York, y me contestó que, para ser exactos, lo que quería era morir en Nueva York. Supongo que Ahmed nunca hubiese llegado a un acuerdo sobre esta ciudad con mi gran amigo turco Tayfun, abogado porque no quedaba otra, que pasaba a despotricar contra la fast food neoyorkina, bastante alejada de las verduras frescas y la fruta de temporada que echaba de menos de su tierra, después de decirte con sus ojos saltones y su sonrisa franca lo sucia que era Nueva York con sus bolsas de basura tiradas por las aceras. Con la descolorida foto de sus dos hijas bien guardada en la cartera, Tayfun terminó regresando a Estambul, mientras Ahmed estará preparándose para el próximo estreno en Broadway o la siguiente exposición temática del Metropolitan Museum.
Con la noche de Nueva York envolviendo esta última serenata, si alguien me lo pidiera, no podría dar la razón a ninguno de los dos, especialmente, porque esta ciudad no entiende de razones. Además, no me he convertido en Ahmed ni he acabado como Tayfun. Ni uno ni otro forman parte del lugar donde yo me encuentro.
Dicen que son decenas de miles los que llegan cada año a Nueva York dispuestos a instalarse y quedarse a cumplir cada uno de sus objetivos, y casi son los mismos los que han probado suerte y salen escopetados tras una temporada, traducida en meses o años. Pero la cifra de unos y otros apenas llega a ser especialmente relevante cuando se compara con la que deja la estela neoyorkina que se extiende por todo el mundo. Un rastro formado por los que se enamoraron de esta ciudad sólo más pisarla, como Aline, la suiza fotógrafa que terminó aprendiendo más español que inglés; y por los que todavía esperan la oportunidad de ver cumplido su sueño de pasear por sus calles, como el bueno de Juanky, que va arrancando los días del calendario hasta el 8 de agosto.
Sin el temor a desgastarse pero con el riesgo de perder un poco la cabeza, unos y otros forman la mayoría neoyorkina. La mayoría en la que yo me incluyo. La mayoría que sois cada uno de vosotros, que habéis dejado vuestros comentarios o habéis leído con interés alguno de los mensajes, y ha dado un sonido ecléctico, disperso, humano, a estas serenatas que llevan nuestra melodía. Porque Nueva York ha sido y es, para nosotros, la misma ilusión por compartir, aunque sólo sea un segundo, lo absurdo y lo bello de una existencia humana que no tiene explicación razonable.
Esta noche puedo asegurar que una de las cosas que más echaré de menos de esta experiencia neoyorkina será mantener el contacto con Serenatas de Nueva York. Tengo que reconocer que sentí la primera señal de despedida no el día que cogí el vuelo a Madrid, sino la tarde que paseando por West Village supe que lo que apuntaba en mi cuaderno de notas ya no podría ser publicado en el blog. En mitad de la multitud, me di cuenta que la última nota estaba demasiado cerca, y habría que recoger los instrumentos y cerrar.
Son muchas las cosas que me dejo en la lista. Apuntes como el de Sonia, que aprendió a preguntar antes el precio en los hospitales que a decir dónde le dolía, ya que si no fuera por el seguro médico hubiese tenido que pagar dos mil dólares por una radiografía. Museos como el de Ellis Island, que seguramente sea uno de los mejores de toda la ciudad mostrando con pelos y señales las pruebas que hacían a los inmigrantes de medio mundo para ver si podían entrar en el país. Aunque el alma se te queda más a cuadros en el Museo de la Herencia Judía, un repaso tan minucioso por el Holocausto que hay que ir preparado de antemano. Al contrario, hay pocos sitios más relajantes que el Cloisters, un museo cuyas obras están sacadas en su mayoría de la España y Francia medievales y que los neoyorkinos consideran un tesoro de incalculable valor.
Ahora que he llegado aquí, me doy cuenta que no he hablado de mis tres parques favoritos de la ciudad: Washington Square, Union Square y Bryant Park. Medio año a que hiciese buen tiempo para que estos parques recobrasen toda su vida y al final se quedan en el tintero. Washington Square, por el que he tenido que pasar tantas veces para ir a la universidad, es capaz de agrandar tanto el espíritu con su polifonía que no sé si podré alejarme un océano de él.
Podría haber comentado más lugares delicatessen. A Masashi, el japonés amante del hip hop, le encantaba tomarse un café en el Café Reggio, que sirvió de localización para una de las partes de El Padrino. Allí, llevé un día a mi querido Sangwook, director de orquesta de Corea del Sur, que posee un talento descomunal al piano y una educación exquisita. Gracias a Sangwook, pudimos ir gratis al Metropolitan Opera para escuchar la tercera y novena sinfonía de Beethoven interpretada por la Julliard School. Su mujer cocina la mejor comida asiática que he probado en mi vida, pero Sangwook obligado por las distancias se ha acostumbrado a las hamburguesas del Mc Donalds. Le he recomendado ir a Corner Bistro, en West Village, donde las hamburguesas son baratas y de una calidad especial, aunque le hubiese invitado de mi propio bolsillo a comer en el Diner de al lado de nuestra casa. Toda la comida es magnífica en cantidad y precio, pero la receta de sus Cheeseburgers y Rock'n'roll Burgers debería valer más que la de la Coca-Cola. Que se lo digan a Christropher Soprano, que se come una Cheeseburger antes de hacer el amor en el coche con su nueva novia en el último capítulo de la sexta temporada de Los Sopranos.
Gracias a las visitas de nuestras familias, hemos ido a musicales de Broadway más de la cuenta. Todavía sigue siendo el teatro de los sueños. También es cierto que ya hoy en día hay musicales en las ciudades más importantes, como limusinas atascan Manhattan. Por haber conocido a un free lance conductor de limusinas llamado Charlie y por un anillo con diamantes que se encontró Juanjo en el Empire State y que luego vendió en Chinatown, hemos podido recorrer dos veces Nueva York en limusina por la noche. La segunda de ellas con tanto champán en las venas que acabamos cantando el Imagine en el edificio Dakota. Algo que hubiese hecho sin dudarlo Alvin, profesor de baile y buscavidas nacido en Benin, al que he estado enseñando español en los últimos meses y que acababa de romper con su novio porque no estaba dispuesto a acompañarle a España durante una temporada para aprender a bailar Flamenco.
La intensidad es lo que marca esta metrópoli. En su libro, Historias de Nueva York, escribía Enric González que la vida en esta ciudad se vive con una intensidad especial, lo cual acarrea riesgos. No lo dudo. Puede que haya estado caminando en la cuerda floja todo este tiempo, con más posibilidades de caerme de las que me pienso, pero siempre he intentado no descuidar los patos. Son los patos los que al final siempre importan. Nines ha cuidado de mis patos y de los suyos. Nines siempre está cuidando de nuestros patos. Yo sólo soy un tío afortunado que sabe moverse de vez en cuando en las mareas de la intensidad mientras alguien como Nines hace que los patos merezcan la pena.
Tal vez, eso sea motivo para que todavía no conciba que no esté en Nueva York dentro de unos días. Supongo que hasta este último suspiro está bañado de esa extraña intensidad que no da tregua. Ahora no lo pienso, pero sé que volveré.
Sin serenatas, sin Nueva York, la música, imagino, no será lo mismo. Pero tiene que ser lo mismo. Esta ciudad me lo ha demostrado. La música no se detiene, busca siempre su ritmo. Nueva York aguarda a quienquiera que desee con el alma cogerlo, porque Nueva York se traduce en energía, en su gente de todas partes, en la magia de sus calles, en el personaje que, como reza el final de New York City Serenade, apuesta su vida para seguir cantando, cantando, y subirse al tren de la noche, el único que nos lleva al corazón de lo que queremos ser.

Recuerdo que pasé olímpicamente de estudiar no sé cuántos nombres de escritores y memorizar cada una de sus obras con sus características y estilos que no entendía. Agarré The Ghost of Tom Joad y lo coloqué en la cadena de música. En aquella solitaria casa, sólo estábamos lo que Bruce tenía que transmitir y yo. No entendía una palabra de lo que decía pero lo cogí al vuelo. O al menos así lo sentí, mientras observaba esa carátula difuminada en tonos impresionistas que parecía indicar que algo se estaba cociendo en otro sitio lejos de donde yo estaba. La armónica punzaba cada segundo más fuerte y un nombre se quedó grabado al final del todo: The Grapes of Wrath.
Con dieciocho años, a punto de terminar el COU, cuando el orientador del colegio te decía que lo tuyo era ser empresario y el vecino de toda la vida que Periodismo no traía más que hambre y siempre era mejor hacer Publicidad o Marketing con no sé que apellido, me prometí ser periodista porque John Steinbeck fue periodista. Seguramente, lo que quería era ser Bruce Springsteen, subido a un escenario y cantando cada noche con mi guitarra, pero consciente de mis tremendas limitaciones terminaba siempre mirando si el bolígrafo tenía tinta, antes que buscando el enchufe para una guitarra que nunca existió.
Por supuesto, hay que agradecer la ayuda y el conocimiento de Surren y José Fragoso, dos aventureros de otra época. A la vuelta, a finales de mes, apenas quedarán cuatro días en Nueva York antes de regresar a España, pero eso es otra historia.
Para mí, el concierto de Willie Nile representaba mucho. Con motivo de la llegada del cantante neoyorkino, bastante gente que yo conocía por Internet, pero que nunca había visto en persona, se reunirían y disfrutarían juntos del concierto. Nada de otro mundo sino fuera porque yo me sentía de otro mundo. Era mi primer año universitario, me tambaleaba entre la adolescencia y a saber qué, y el mundo de amistades que yo conocía estaba muy lejos de la Boca del Lobo. Aquello no era mejor ni peor, pero el mundo en el que yo me movía por aquel entonces no podía darme, aunque sólo fuera alguna vez que otra, lo que andaba buscando. Por eso, creo que debí construir un refugio con acordes de guitarras eléctricas y versos de la calle.
Antes de embarcarme en este viaje a Nueva York que todos conocéis, me hice con el último y magnífico disco de Willie Nile, Streets of New York. Al ponerlo en el reproductor, me acordé del día de la Boca del Lobo. Willie Nile ya era para mí algo más que un músico infravalorado. Willie Nile, el trovador de Bleecker Street y alrededores, el amigo de Bruce Springsteen que sube a un escenario con el boss y la gente se mofa de él, era y es todo el rock'n'roll que yo sueño y defiendo con los dientes. Tal vez, porque todos aspiran a Bruce Springsteen o Bob Dylan pero sólo uno o ninguno llega, y al resto nos queda intentar ser como Willie Nile. 





Situada en su antigua mansión de la Quinta Avenida con vistas a Central Park, la Colección Frick es una estupenda galería de arte, que además sirve para hacerse una idea de cómo vivían los grandes ricos americanos de principios del siglo XX, tales como Rockefeller, Ford, Carnegie o Morgan.

Por fin, este año, Estados Unidos está de enhorabuena. Un estudiante de ingeniería natural de California y que responde al nombre de Joey devoró más perritos calientes que su contrincante, Takeru Kobayashi. Durante los últimos seis años, el pequeño Kobayashi, que cuenta con un club de fans, había tenido la osadía de llevarse el galardón frente a los típicos tripones americanos y los jóvenes universitarios con la cara repleta de granos que preparan la cita como si fuera la lectura de la tesis. La victoria de este asiático escuálido, que no supera el metro setenta, en casa propia y en el Día del Independencia era poco menos que un atentado para el orgullo yankee. Pero el otro día todo cambió.
Todo sea dicho. Si se visita Nueva York, merece la pena comerse un hot dog marca Nathan's. Sesenta seis puede que sean muchos. El perrito caliente de Nathan's es una institución y no puede ser de otra manera. El restaurante empezó a vender perritos en 1916 al precio de un nickel la unidad. Cuenta la historia que el perrito caliente nació como un alimento para los obreros que trabajan en Coney Island. El concurso, por su parte, surgió tras un pique entre los obreros a ver quién comía más hot dogs para demostrar su patriotismo. La tontería se ha convertido en un acontecimiento nacional. La cadena deportiva ESPN tiene los derechos de retransmisión y medio millón de espectadores enchufan la televisión cada 4 de julio para ver a unos tíos reventando a base de salchichas.









