Monday 11 de June de 2007

Alas para el soccer neoyorkino

Después de nueve jornadas, el New York Red Bulls está en lo más alto de la tabla de la conferencia Este de la Liga de fútbol estadounidense. Una buena noticia para un equipo que comenzó el año con polémica. El New York Red Bulls antes era conocido como MetroStars, pero la famosa empresa de refrescos enérgicos compró el club y decidió cambiar el nombre. Buena parte de la afición, que cada año aumenta por la abundante inmigración latina, se lo tomó muy mal. Casi nadie vio bien que las estrellas fueran sustituidas por toros rojos.

Pero parece que la fórmula funciona y la llegada de Red Bull ha dado alas al conjunto neoyorkino, que lleva casi toda su vida ofreciendo una imagen muy pobre, desde que en 1996 se fundó la liga estadounidense. El año pasado sólo llegó a cuartos de final, a pesar de tener un presupuesto generoso. En estos once años, de hecho, nunca han conseguido un título, aún teniendo un catálogo de ilustres jugadores en su plantilla.

El primero de ellos fue Roberto Donadoni. Después de pasar por un glorioso Milán, rindió a un nivel suficiente cómo para que se especulara su fichaje por el Real Madrid. Con él coincidió Branco, el lateral zurdo brasileño que nunca desmereció a balón parado a Roberto Carlos. Sin embargo, Matthäus trajo el mejor palmarés. El incombustible capitán alemán llegó a la Gran Manzana por todo lo alto. Otros jugadores que mejoraron la fotografía de la plantilla neoyorkina fueron Youri Djorkaeff, Adolfo "Tren" Valencia o Alexis Lalas, considerado en su día el jugador estadounidense más valioso de la historia.

David Bechkam era siguiente en esta lista, según los nuevos dueños del MetroStars, pero el inglés terminó fichando por Los Ángeles Galaxy. A comienzos de año, New York Red Bull perdían un gran profesional, y un contrato publicitario por millones de dólares, que daba alas hasta el equipo menos afortunado del mundo.

*Artículo publicado por el diario La Voz del Deporte en la colaboración de los martes.

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Thursday 31 de May de 2007

La Jaula

La NBA ha llegado a su fin en Nueva York, pero a pocos les importa toda vez que el buen tiempo ha traído una avalancha de partidos en la cancha más excitante de la ciudad: La Jaula (‘The Cage')

Localizada al oeste de la Calle Cuatro en su intersección con la Sexta Avenida, La Jaula es garantía de entretenimiento. Tanto, que si un turista pregunta en el Village dónde ver un buen partido de baloncesto en la ciudad, el neoyorkino de turno, seguramente, le aconsejará dirigir sus pasos hacia la zona de Washington Square antes que al Madison Square Garden. Y tiene su sentido. La Jaula es la quintaesencia del baloncesto callejero, que en Estados Unidos tiene una legión de fieles seguidores desde la década de los años 60.

Por esta pequeña cancha, donde la única línea a respetar es la de los tres puntos, han pasado varias leyendas de la NBA. Dr. J, Walter Berry o Jayson Williams se dejaban caer por ahí después de acabar la temporada. El ambiente de la calle y la competitividad entre equipos era tan magníficas que, según dicen los más viejos del lugar, muchos profesionales utilizaban los partidos de La Jaula para mejorar sus prestaciones sobre el campo. A alguno incluso le iba la vida en cada partido.

Y todavía sucede igual. La Jaula es la sede oficial de la Liga callejera de la Calle Cuatro, que fue fundada por un conductor de limusinas, llamado Kenny Graham. Un campeonato en el que compiten equipos llegados de todos los distritos de la ciudad, especialmente de El Bronx, y en donde los partidos transcurren bajo un espectacular ambiente. Los neoyorkinos de toda condición se enganchan a la alambrada durante horas mientras los jugadores se gritan los unos a los otros, la música suena a todo volumen de una cadena portátil y los cazatalentos intentan pasar inadvertidos entre la multitud.


* Artículo publicado por el periódico La Voz del Deporte en la colaboración de los martes.

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Friday 25 de May de 2007

De palabras y nombres

Con tantos rascacielos, el recién llegado a Nueva York puede acabar con dolor de cuello de tanto mirar hacia arriba, pero cualquiera que pasee por sus calles se da cuenta que otro rasgo distintivo de la ciudad son las palabras. El pulso diario neoyorkino está formado por un palpitante y alocado ritmo de palabras, que flotan en el ambiente hacia todas direcciones. Basta detenerse en mitad de la Sexta Avenida en su cruce con la calle 34 y dejar a los oídos llenarse de un chaparrón de palabras, que vienen salpicadas desde cualquier parte del mundo, dentro de ese caldo social neoyorkino. De este peculiar y originario latido, posiblemente, viene el gusto por los nombres deportivos.

Los equipos neoyorkinos suelen tener nombres pintorescos. Los Knicks, que otro año más decepcionaron en la NBA, deben su nombre a los ‘Knickerbockers', la palabra con la que eran denominados los pantalones hasta la rodilla que vestían los primeros colonos holandeses. De la policía montada lo tomaron los Rangers. Conocidos al principio como americanos, los periódicos deportivos apodaron los Rangers a un equipo que sobre el hielo no dejaba de sumar victorias en su primer año de vida bajo el mando de su presidente, Tex Rickard, un ex ‘ranger' en toda regla. Los Islanders, el otro club en discordia del hockey neoyorkino, pensaron en llamarse los patos, pero hubiesen sido diana de mofa ante sus rivales, por lo que optaron simplemente por ‘isleños', al estar asentados en Long Island.

Como una variante de los americanos, cogió su nombre el mejor club de béisbol del país: los Yankees. Familiarmente bautizados como los Bomberos del Bronx, los Yankees siempre han sido rivales de los Mets, abreviatura de ‘Metropolitans'. Los metropolitanos descansan en Queens, en la otra orilla del río East, y tienen un puente en su escudo para simbolizar su vocación de entendimiento entre barrios, aunque realmente la rivalidad entre ambos tiene cualquier cosa menos buenas palabras.

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Monday 21 de May de 2007

Momentos de gloria

Con un sol de justicia y temperaturas rondando los treinta grados, era digno de ver estos días a los seguidores de los Rangers vestidos con esas enormes indumentarias azules de manga larga, ideales para el peor invierno neoyorkino. Por los alrededores del Madison Square Garden, alguno incluso se paseaba con el conjunto formado por protecciones y pantalones. Y a poco que se buscase, seguramente, lo más normal hubiese sido dar con otro más ataviado con el casco y los patines.

Tal desfile no deja de ser el mismo que se ve en España en días de partido. Sólo que el fútbol exige camiseta, pantalón y bandera del equipo de nuestros amores, mientras que el hockey sobre hielo está reñido con la primavera. La mayoría iban sudando como pollos aunque con una sonrisa de oreja a oreja.

No era para menos. Los Rangers metieron el turbo y sorprendieron a todos. Cuando parecían más fuera que dentro, los neoyorkinos se clasificaron para los playoff hasta llegar a semifinales, aunque no pudieron con los Buffalo Sabres, que vienen de ser el mejor conjunto de la temporada regular.

Al final, el equipo neoyorkino ha ilusionado a unos seguidores más acostumbrados a las penas. Ya dijimos que los Rangers se ven afectados por maldiciones, pero también cuentan con buenas historias. Este año parece que se han agarrado al espíritu de Lester Patrick, conocido como el ‘zorro plateado'. Como jugador y entrenador, Patrick fue la primera gran leyenda de este deporte. Corría el año 1928 y contaba con 44 años a sus espaldas cuando hizo su mejor hazaña dirigiendo a los Rangers desde el banquillo. En los últimos instantes de una final contra Montreal Maroons, Patrick saltó al hielo a sustituir a uno de sus jugadores lesionado en un ojo. En el último segundo, metió el gol de la victoria que dio su primer título a los Rangers. Un glorioso momento que enciende a todo buen aficionado de los Rangers.

*Artículo publicado por el periodico La Voz del Deporte en la colaboración de cada martes.

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Wednesday 09 de May de 2007

Cheerleaders

En Estados Unidos, todavía hay un tópico que se cumple a rajatabla: todo buen jugador de baloncesto o fútbol americano aspira a montárselo con una de las cheerleaders del instituto o la universidad.

El tema de las cheerleaders en Estados Unidos viene de lejos y, curiosamente, está protagonizado por un chico. La historia cuenta que a finales del siglo XIX nació en la Universidad de Minnesota. Al parecer, a un estudiante llamado Johnny, que debió ser un pésimo deportista, se le ocurrió ponerse frente a un numeroso público que se encontraba en un partido de fútbol americano. Cogió y, en mitad de un descanso, se puso a cantar para animar a sus compañeros. Desde entonces, cundió el ejemplo y el ‘estilo Johnny' cobró forma.

Las chicas se hicieron dueñas de lo de animar, más aún cuando ellas no podían jugar con ellos. A través de la pantalla, películas y series otorgaron fama a esta actividad, donde rubias y morenas combinan elementos del baile y la gimnasia.

En los años setenta, ser cheerleader ya era un asunto más serio. Se crearon los primeros campeonatos nacionales. Así hasta ahora que las cheerleaders son profesionales e, incluso, superestrellas. Madonna, Halle Berry, Paula Adbul o Sandra Bullock hicieron sus pinitos como adolescentes, con la minifalda y los pompones.

Es por eso que la señora Wanda Holloway, una madre de familia de Texas, lo tuvo claro en el año 1991. Contrató a un asesino a sueldo para liquidar a la madre de la chica que competía contra su hija por conseguir el trono de cheerleader del instituto. Las niñas tenían trece años y doña Holloway pensó que sería la mejor forma de conseguir que la otra chica no se presentase a la final. Holloway acabó en la cárcel, pero con dinero. Si llega a tener un niño, la pobre Holloway se queda en bancarrota contratando matones para cargarse a los padres de los jugadores de un equipo entero.

*Artículo publicado por el periódico La Voz del Deporte en la colaboración de cada martes.

Posted by Fernando Navarro at 15:46:10 | Permanent Link | Comments (4) |

Monday 07 de May de 2007

Después de Jackie

Jackie Robinson rompió la barrera del color antes que nadie en Estados Unidos. Fue el primer jugador negro de béisbol en ingresar en las Grandes Ligas en abril de 1947, mucho antes de que Martin Luther King liderara la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos, Elvis Prestley hermanase e hiciese bailar a medio país con sonidos negros  o Mohammad Ali golpeara con su locuaz discurso a cada prejuicio que le salía al paso.

Con su gorra de los antiguos Brooklyn Dodgers, Jackie destacó en el campo como un jugador repleto de cualidades, capaz de ponerse al frente de un equipo con el que ganó seis campeonatos, aunque no hubo nadie con su paciencia y perseverancia. Durante sus primeros años, Jackie fue diana de una colección de insultos racistas mientras su buzón se llenaba cada semana de cartas con amenazas de muerte. En el terreno de juego, tuvo que soportar que algunos lanzadores le tiraran a dar con la pelota a la cabeza o las piernas y más de un catcher le escupiera al pasar a su lado. Pero Jackie terminó por ganar la batalla. Llegó a ser reconocido el jugador más valioso del campeonato y su dorsal 42 fue retirado a modo de homenaje.

Sesenta años después de la fecha de su debut, se ha publicado el libro ‘After Jackie', que recoge con entrevistas la historia oral de los grandes jugadores negros que ha dado el béisbol tras el paso de Jackie. Jugadores que llegaron a poblar este deporte, pero que ahora, según publica la revista ‘Time', apenas representan un 8% del total. A los afroamericanos ya no les interesa el béisbol, así de simple, pero tienen la posibilidad de elegir. Era el sueño de Martin Luther King, que dijo que la historia de Jackie le permitió hacer su trabajo de manera más fácil. Después de Jackie, dejaría de haber vencedores y vencidos. 

*Artículo publicado por La Voz del Deporte en la colaboración de cada martes de la semana.

Posted by Fernando Navarro at 05:30:44 | Permanent Link | Comments (2) |

Wednesday 18 de April de 2007

Dentro del Madison Square Garden

Presumen los neoyorkinos que el Madison Square Garden es la mejor ‘arena' del mundo. Al menos, cuando se inauguró fue la más espectacular. Ciertamente, todavía hoy vivir un partido en el Madison es toda una experiencia.

Bajo una atmósfera con olor a pinchos fritos y palomitas recién hechas, los neoyorkinos, cuyo corazón está a prueba de infartos, se dan cita en el Madison para ver a los siempre imprevisibles Knicks.

Como es costumbre, antes de arrancar el partido, se da la oportuna interpretación del himno nacional. La gente se pone en pie, incluido ese batallón de turistas que suelen acudir cargados con sus cámaras, y el pabellón enmudece mientras un hombre con una armónica toca las notas del himno. Al final, los estadounidenses, tan suyos, rompen en vítores y comienza el espectáculo.

Todo el mundo empieza a dar palmas. Una vez el balón ha sido lanzado al aire, la música no cesa. Un partido en el Madison tiene tanto de concierto como de espectáculo deportivo. Es imposible aburrirse. El show está pensado al milímetro.

Desde cualquier parte del estadio, se oye el balón rebotar en el aro, gracias a unos micrófonos especiales, y la variedad musical que suena incita al cuerpo. Decenas de miles de personas gritan a la vez ‘defense', cuando ataca el adversario, o se ponen a hacer, con litros de cervezas en la mano, la ola.

No hay respiro. En los descansos y tiempos muertos, las cheerleaders invaden la cancha, otros saltarines hacen acrobacias imposibles o hay concursos como lanzar el balón desde el centro de la pista. Con cañones se disparan camisetas al público que vuelan hasta el anfiteatro más alto. Es un jolgorio constante, hasta el punto de que en los instantes finales del partido, si aún está por decidirse, se pincha a todo volumen el tema ‘New York, New York' de Frank Sinatra, mientras el vendedor de perritos calientes se suma a la fiesta con un ‘come on' que revienta los tímpanos.

*Artículo publicado por el diario La Voz del Deporte en la colaboración de cada martes.

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Wednesday 11 de April de 2007

Decisiones

El imprescindible Billy Wilder, que dio al séptimo arte obras maestras como El apartamento o Con faldas y a lo loco, pasó los últimos años de su vida con no más hobbies que el béisbol, ante una industria del cine que terminó por quitarle su mayor ilusión. Bajo la luz radiante del sol de California, cada mañana acudía a su despacho de Hollywood, donde se perdía en las cifras y crónicas de la prensa, después de haber visto algún partido la tarde anterior en su residencia de Beverly Hills. De alguna manera, Wilder tomó una decisión: dejó el cine por el béisbol.

Con la llegada de la primavera, arrancó una nueva temporada de béisbol, justo en una semana donde los primeros rayos de sol peleaban por salir después del duro invierno neoyorkino. Hasta septiembre cada equipo disputará al menos 162 partidos. Para muchos, por tanto, se trata del mejor entretenimiento. Para los neoyorkinos, el béisbol es símbolo de ese espíritu de pequeña conquista, que se reconoce en temperaturas donde el mercurio empieza a subir.

Los Yankees han tomado la decisión de no renovar por más temporadas a Alex Rodríguez, el jugador mejor pagado de la historia del béisbol. Rodríguez tiene todavía un año más de contrato. Podría haber quedado libre este año, pero el jugador se ha empeñado en demostrar lo que vale. Es su decisión.

En Estados Unidos, está causando sensación un libro para tomar decisiones a través de un método de comparación y eliminación llamado bracketologist, que a modo de competición deportiva se sirve de determinados factores para descartar elementos hasta que sólo queda uno. Es la decisión ganadora. No se sabe si Rodríguez ha leído este libro para elegir quedarse. Se supone que al decidir, ganar es lo importante. A Rodríguez siempre le queda el dinero de sus bolsillos, pero para el resto de los humanos, hombre o mujer, hay que tener siempre en cuenta el factor Wilder: "Nadie es perfecto." 

Artículo publicado por el diario La Voz del Deporte dentro de la colaboración de cada martes.

Posted by Fernando Navarro at 05:36:29 | Permanent Link | Comments (2) |

Friday 23 de March de 2007

El valor del cero se incrementa

De siempre, el valor de un cero a la izquierda ha sido igual a nada. Por el contrario, el de un cero a la derecha es sinónimo de mucho. Lo que aún no se sabe es lo que significa un cero a la espalda. O sí. En el baloncesto universitario estadounidense llevar un cero en la parte de atrás de la camiseta tiene su valor desde esta temporada.

El otro día el New York Times dedicaba un buen reportaje a este hecho. Cuando Michael Jordan era la sensación de la NBA, todos los jóvenes jugadores querían llevar el número ‘23' a la espalda. Ahora, el fenómeno es llevar el número ‘0'. Tal vez, recuerden que se habló en esta sección de Gilberto Arenas, de los Washington Wizards y conocido como ‘Agente Zero' por el número ‘0' que luce orgulloso. Arenas es uno de los grandes jugadores del momento y dice que llevar el cero es "una declaración poderosa." Tanto como para que el mismo número sea el más cotizado del baloncesto universitario.

Antes el número cero solía ser el asignado a las camisetas de las mascotas de los equipos. Incluso algunas universidades no disponían de este dorsal. Para muchos jugadores siempre ha guardado una connotación negativa o era el idóneo para el más suplente calienta banquillos. Sin embargo, ahora las estrellas colegiales se disputan vestir este número, que a veces aparece por partida doble como ‘00'. Además se adueñan del mensaje de Arenas: "¿Piensas que soy un cero? Pues mírame anotar 30 puntos."

Dicen los que creen en la numerología práctica, que pretende adivinar el futuro a través de los números, que el cero es un número que actualmente presagia muy buena fortuna. Puede. Pero para la mayoría de estos aspirantes a estrellas creer en el cero merecerá la pena sólo si se multiplica en el futuro, a la derecha de la cuenta corriente como toda la vida en este mundo de Dios.

*Artículo publicado por el diario La Voz del Deporte en la colaboración semanal de cada martes.

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Friday 16 de March de 2007

Carreras de película

El Mundial de Fórmula 1 está a pocos días de arrancar con el Gran Premio de Australia, pero poco importa por aquí. No es que no gusten las carreras de coches en Estados Unidos, ya que existe una auténtica fiebre por el mundo del motor poco comparable a cualquier otra parte del mundo, sino que por estas tierras se llevan más las carreras de autos en serie, conocidas por todos como las carreras de NASCAR.

Estas competiciones se han visto en más de una película americana y en los programas de vídeos de impacto por la espectacularidad de sus accidentes. En las carreras de NASCAR, no se compite con monoplazas sino con turismos en serie que corren en óvalos asfaltados a velocidades de vértigo. Están diseñadas como las antiguas carreras de cuadrigas romanas, pero con caballos que se revolucionan en coches con potentes motores preparados por especialistas. En cada carrera, se queman neumáticos, se revientan tubos de escape y se produce algún brutal golpe.

La pasión por los coches NASCAR eclipsa a la Fórmula 1. Fernando Alonso es un nombre que casi no se conoce en Estados Unidos. Sin embargo, no sucede lo mismo con Juan Pablo Montoya. El colombiano, que salió el año pasado por la puerta de atrás de la Formula 1, se está haciendo un hueco en esta competición. El otro día sumó su primera victoria convirtiéndose en el primer hispano en ganar una carrera NASCAR. Puede que Montoya tenga algo más que decir en el futuro.

Un futuro que ya está cambiando para los estadounidenses. En su último número, la revista TIME dedicaba una reseña a la noticia. Este año se harán las primeras demostraciones de las carreras NASCAR en el cielo. Pequeños aviones supersónicos formarán parte de una liga en el aire. Al final, esto de NASCAR que empezó con ‘Ben Hur' terminará como ‘Las Guerras de las Galaxias'.

*Artículo publicado por el diario La Voz del Deporte en la colaboración de cada martes de la semana.

Posted by Fernando Navarro at 02:56:52 | Permanent Link | Comments (0) |
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