Wednesday, July 18, 2007

The Ghost of John Steinbeck

Hijo: ¿De quién es la culpa?

Agente: Ya sabes quién es el dueño de la tierra. La Shawnee Land y Cattle Company.

Padre: ¿Y quién es Shawnee Land y Cattle Company?

Agente: No es nadie. Es una empresa.

Hijo: ¿Tienen un presidente, no? ¿Tienen alguien que sepa para qué es una escopeta?

Agente: Oh, chico, no es culpa suya, porque el banco le dice qué hacer.

Hijo: Muy bien, ¿dónde está el banco?

Agente: En Tulsa. ¿Para qué tomarla con él? Allí no hay nadie excepto el administrador. Y ya está medio loco tratando de cumplir con las órdenes que llegan del Este.

Hijo: Entonces, ¿a quién disparamos?

Agente: Amigo, no lo sé. Si lo supiera, te lo diría.

Las Uvas de la Ira (The Grapes of Wrath, 1939) - John Steinbeck


Al día siguiente tenía un examen de Literatura, pero el problema era que aquella tarde ya me pesaban de alguna forma extraña los 18 años recién estrenados. Era el día de mi cumpleaños y yo tampoco estaba para tirar cohetes. Acababa de cagarla en un examen de Historia y me daba la sensación que era la peor forma de inaugurar mi mayoría de edad. Para colmo, era lunes, y, como Garfield, odiaba los lunes.

A media tarde, llegué a casa y sobre la cama me esperaba el regalo de mi madre, que había dejado antes de irse a trabajar. Era un disco. Ella sabía de mi ceguera por Bruce Springsteen. Hacía unos meses que había descubierto su música y poco a poco me iba haciendo con sus álbumes, que llegaban a mis manos como pergaminos de desconocidas rutas en las que adentrarse. Aquel disco se llamaba The Ghost of Tom Joad (El fantasma de Tom Joad), y marcaba una única ruta: la Ruta 66.

Recuerdo que pasé olímpicamente de estudiar no sé cuántos nombres de escritores y memorizar cada una de sus obras con sus características y estilos que no entendía. Agarré The Ghost of Tom Joad y lo coloqué en la cadena de música. En aquella solitaria casa, sólo estábamos lo que Bruce tenía que transmitir y yo. No entendía una palabra de lo que decía pero lo cogí al vuelo. O al menos así lo sentí, mientras observaba esa carátula difuminada en tonos impresionistas que parecía indicar que algo se estaba cociendo en otro sitio lejos de donde yo estaba. La armónica punzaba cada segundo más fuerte y un nombre se quedó grabado al final del todo: The Grapes of Wrath.

En Cielo vacío, Jesús, un hermano, habló hace poco de este álbum con la destreza que le caracteriza y apuntó que se trataba de un disco sobre las fronteras, reales y emocionales. Con The Ghost of Tom Joad sonando en mi habitación aquel cumpleaños, fui consciente de cruzar una frontera, sin saber muy bien cuál. La tierra nueva en la que me adentraba traía polvo y se masticaba tan cruda que te descolocaba el gesto.

Pronto me hice con un ejemplar de bolsillo de Las Uvas de la Ira (The Grapes of Wrath). Aunque cueste creerlo, la influencia del disco de Springsteen poco tuvo que ver. La novela de John Steinbeck hablaba por sí sola. El disco de Bruce era un emocionante homenaje, pero la historia de Steinbeck partía el alma. Con cada paso de Tom Joad, la tortuga y toda la familia, tú contenías el aire. Las Uvas de la Ira se había convertido en el libro de mi vida.

Con dieciocho años, a punto de terminar el COU, cuando el orientador del colegio te decía que lo tuyo era ser empresario y el vecino de toda la vida que Periodismo no traía más que hambre y siempre era mejor hacer Publicidad o Marketing con no sé que apellido, me prometí ser periodista porque John Steinbeck fue periodista. Seguramente, lo que quería era ser Bruce Springsteen, subido a un escenario y cantando cada noche con mi guitarra, pero consciente de mis tremendas limitaciones terminaba siempre mirando si el bolígrafo tenía tinta, antes que buscando el enchufe para una guitarra que nunca existió.

Ese sentido del reportaje, de la crónica social, del valor humano, han sido las motivaciones más importantes para creer en una profesión en la que cuesta creer. Serviría un capítulo de alguno de los libros de este periodista, que vivió en Nueva York durante sus años de joven reportero y terminó muriendo allí mucho después, para señalar el camino a muchos que, como yo, se pierden a las primeras de cambio.

El camino que marca Las Uvas de la Ira es la Ruta 66. Éste es el penúltimo mensaje de “Serenatas de Nueva York”. El próximo viernes salimos rumbo a California. Salgo, a decir verdad, rumbo a un pequeño gran sueño. Como hormigas, hemos preparado este viaje que nos llevará en coche alquilado por la Ruta 66 a través de Las Vegas, El Cañón del Colorado, Los Ángeles, San Francisco y Death Valley. Es evidente que la Ruta 66 está trillada y habrá pegatinas allí donde antes había naranjas. Sin embargo, vale que un día el sol se ponga en mitad de la carretera.

Por supuesto, hay que agradecer la ayuda y el conocimiento de Surren y José Fragoso, dos aventureros de otra época. A la vuelta, a finales de mes, apenas quedarán cuatro días en Nueva York antes de regresar a España, pero eso es otra historia.  

Decía Steinbeck que su símbolo era Pigasus, un cerdo volador, “atado a la tierra pero aspirando a volar”. Imagino que siempre será mejor un cerdo que aspira a volar que un pájaro enjaulado. Con de The Ghost of Tom Joad, me adentré en una tierra de sensaciones profundas. Después de revisar la semana que viene la tierra de Steinbeck, no me imagino cuál es la vida que me espera al llegar a España, pero, como decía Tom Joad, sólo puede ser una.

 


-¿No piensas en qué pasará cuando lleguemos? ¿No temes que quizá no sea tan bonito como pensamos?
-No -replicó con rapidez. No lo temo. No debes hacer eso.
-Yo tampoco. Es demasiado, es vivir demasiadas vidas. Delante de nosotros hay mil vidas distintas que podríamos vivir, pero cuando llegue, sólo será una. Si voy adelante en cada una de ellas, es excesivo.

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Monday, July 16, 2007

Streets of New York

<<We want more we want a love that’s true>

Whole World With You - Willie Nile

Tuve que liar a un amigo y a su novia para que me acompañasen al concierto de Willie Nile en la Boca de Lobo de Madrid. Por aquel entonces, ambos estaban en el comienzo de su romance, por lo que cualquier excusa era buena para salir de marcha y verse un rato, aunque fuera un día entre semana y no supiesen ni les importase quien era Willie Nile y por qué tocaba en pleno barrio de Huertas. Tampoco les importaba que yo tuviese tanto interés en ir, pero era mi bolsillo el encargado de pagar unos calimochos y algo de whisky aquella noche.

Para mí, el concierto de Willie Nile representaba mucho. Con motivo de la llegada del cantante neoyorkino, bastante gente que yo conocía por Internet, pero que nunca había visto en persona, se reunirían y disfrutarían juntos del concierto. Nada de otro mundo sino fuera porque yo me sentía de otro mundo. Era mi primer año universitario, me tambaleaba entre la adolescencia y a saber qué, y el mundo de amistades que yo conocía estaba muy lejos de la Boca del Lobo. Aquello no era mejor ni peor, pero el mundo en el que yo me movía por aquel entonces no podía darme, aunque sólo fuera alguna vez que otra, lo que andaba buscando. Por eso, creo que debí construir un refugio con acordes de guitarras eléctricas y versos de la calle.

En la Boca del Lobo, todo el mundo con quien me encontraría era mayor que yo y todos ya se conocían de antes. Una de las cosas que más recuerdo fue el pensamiento que me invadía, cada dos por tres antes del concierto, de creer que yo nada pintaba en aquel local, dispuesto a escuchar al tal Willie Nile y darme a conocer a esa gente. Pero supuse que un refugio es para una temporada, nunca para una vida. Al final, entré en la Boca del Lobo, mientras mi amigo y su novia se quedaron en la calle, imagino que bebiendo y besuqueándose.

Hoy puedo decir que me alegro de haber tomado esa decisión. De alguna manera, la entiendo como el primer paso, en una vida que estaba por venir, a hacer aquello que me decía el corazón. Por muy extraño que sonase un sentimiento, no tenía por qué rechazarlo. Era una apuesta por mí mismo.

Dentro de la Boca del Lobo, lo más grande fue entrar en contacto por primera vez con mucha gente que ahora son grandes amigos, de los que siempre aprendo cosas. También el concierto de Willie Nile fue tremendo. Al final del mismo, pude acercarme a Willie y decirle solamente un sentido wonderful. Willie meneó la cabeza en señal de reconocimiento. Su español no daba para más, mi inglés tampoco.

El otro día, sin embargo, pude hablar bastante más tiempo con el pequeño gran Willie. Tocaba en el Cutting Room, un garito muy chulo, en la tierra de nadie de la calle 24, del que cuelgan grandes fotografías de Keith Richards, los Beatles, Ray Charles, Lou Reed y Bob Dylan. El local está dividido en dos salas, la segunda de ellas para acoger actuaciones. Fue gracioso porque, cuando salí un momento para preguntar cuando tocaría Willie, la chica me dijo que se lo preguntase yo mismo porque estaba al final del pasillo que quedaba detrás de ella, y hacía las funciones de backstage. Estuvimos charlando un rato.

A pesar de radiar rock’n'roll de arriba abajo, Willie no es una rock star, especialmente porque no vive de la música y además parece una persona muy agradecida y simpática para este circo de egos. Cuando llegué a él, se encontraba repasando las letras, bastante nervioso, pero estuvimos hablando sin problemas. En el momento que le llamaron por el micro, soltó con gesto de disculpa: I have to go, y salió disparado.

Antes de embarcarme en este viaje a Nueva York que todos conocéis, me hice con el último y magnífico disco de Willie Nile, Streets of New York. Al ponerlo en el reproductor, me acordé del día de la Boca del Lobo. Willie Nile ya era para mí algo más que un músico infravalorado. Willie Nile, el trovador de Bleecker Street y alrededores, el amigo de Bruce Springsteen que sube a un escenario con el boss y la gente se mofa de él, era y es todo el rock’n'roll que yo sueño y defiendo con los dientes. Tal vez, porque todos aspiran a Bruce Springsteen o Bob Dylan pero sólo uno o ninguno llega, y al resto nos queda intentar ser como Willie Nile. 

Sobre el escenario del Cutting Room, ese pequeño neoyorkino y sus Prisioneros de la Segunda Avenida estuvieron ofreciendo un recital de rock’n'roll, con versión de Dylan incluida, que se convirtió desde el principio en mi homenaje particular de la experiencia neoyorkina a punto de expirar. Pero la sorpresa estaba por llegar. Sin saberlo, Willie Nile nos dedicó una canción a Nines y a mí, a sus dos amigos españoles como dijo, antes de ponerse a cantar Cell Phones Ringing (In The Pockets Of The Dead), un tema que presentó tras hablar de la buena acogida que siempre recibe en España y referirse a la tragedia del terrorismo. Lo más gracioso fue ver la cara del neoyorkino de mi lado, con el que antes del show había estado hablando y sabía que éramos de España. Me dio un golpe en el brazo y me preguntó sin crédito: “¿Sois vosotros?” Luego, pude enterarme que habían pasado 25 años desde la primera vez que aquel neoyorkino vio a Willie Nile sobre un escenario.

Sinceramente, terminé emocionado como pocas veces lo he estado en un concierto. A la dedicatoria, Willie Nile sumó, para cerrar, la balada Streets of New York, que interpretó al piano y con la armónica. Se me encogió el corazón al ver tantos meses resumidos en tan pocos segundos.

Creo que quemé Streets of New York de tanto escucharlo antes de partir para NYC. La pista nueve, Whole World With You, bombeaba desbocada en mi corazón en mis noches de insomnio y mis días de espera. Ante los miedos y las dudas, un día la puse a todo trapo en el coche y dije: “Hagámosla nuestro himno neoyorkino desde ya”. Hoy, el disco todavía resiste, y Willie Nile con su traje negro y su guitarra andará perdido por alguna parte del Village, aunque quedamos en vernos en España, o en Nueva York. Poco importa cuándo y dónde, mientras Willie Nile siga sonando, y su Whole World With You y el resto de Streets of New York viajen con nosotros allí donde estemos; sean, en definitiva, una parte irrenunciable de nosotros.

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Monday, July 9, 2007

Frick Collection

Henry Clay Frick fue uno de los más ricos hombres del Nueva York antiguo que gastó buena parte de su fortuna en muchos de los tesoros artísticos de Europa. Vicioso, intransigente y antiunionista, Frick deshizo huelgas con agentes estatales y fue odiado hasta el punto de sobrevivir por los pelos a múltiples intentos de asesinato, pero su nombre queda ligado, a pesar de todo, con una de las colecciones artísticas más importantes del mundo: la Frick Collection.

Situada en su antigua mansión de la Quinta Avenida con vistas a Central Park, la Colección Frick es una estupenda galería de arte, que además sirve para hacerse una idea de cómo vivían los grandes ricos americanos de principios del siglo XX, tales como Rockefeller, Ford, Carnegie o Morgan.

Muchos neoyorkinos aseguran que esta colección privada es con diferencia la galería más importante de la ciudad. Al llegar llama la atención que el museo conserva casi intactos el estilo y la decoración que reinaron durante los años de vida del magnate. Un museo en la misma línea de lo que ofrece el Museo Cerralbo de Madrid.

Así que la visita consiste básicamente en un paseo por las habitaciones de la mansión, donde se recoge un magnífico abanico de obras. Rembrandt, Vermeer, Turner, Whistler, El Greco, Van Dyck, Goya o Constable son sólo algunos nombres que el señor Frick coleccionaba en los salones de su casa. Pero además de las excepcionales pinturas expuestas destaca el mobiliario que habita el hogar, recargado y rococó, al estilo decimonónico, donde se decoran algunos muebles con porcelanas chinas.

Una de las salas más importantes es la galería West, una elegante sala alargada con un techo cóncavo de cristal y molduras ornamentales talladas. Allí, cuelgan autorretratos de Rembrandt o Vicenio Anastagi de El Greco. También hay unos fabulosos retratos de un matrimonio de Frans Hals y dos obras de Turner, con vistas de Colonia y Dieppe, enfrentados en sus difuminados tonos crema.

La mansión está presidida por un patio central, cuyos suelos de mármol, fuentes y plantas se encuentran dispuestos de forma clásica y sencilla, y crea un aire de serenidad difícil de igualar. Justo en uno de sus laterales, descansa un pequeño auditorio de nueva creación donde se ofrecen conciertos y conferencias.

Oficial y muchacha riendo de Vermeer se encuentra en la colección Frick. Un cuadro que atrae por la sugerente luz, seña del autor, y las alusiones sexuales que contiene. Algo inminente va a pasar. Casi se puede decir que es un cuadro muy propio de la primavera revolucionada, o el verano apretando. Contemplando Oficial y muchacha riendo, da por pensar que el sol de media mañana entra por la ventana de otra manera, a pesar de las altas temperaturas. O también se puede pensar que este señor Frick era un maldito ricachón que no sabía lo que era sudar la gota gorda.

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Monday, July 2, 2007

Paisajes

En el más verde de nuestros valles, habitado por los ángeles buenos, antaño un bello y majestuoso palacio -un radiante palacio-alzaba su frente. En los dominios del rey Pensamiento, allí se elevaba. Jamás un serafín desplegó el ala sobre un edificio la mitad de bello. Banderas amarillas, gloriosas doradas sobre su remate flotaban y ondeaban (esto, todo esto, sucedía hace mucho, muchísimo tiempo); y a cada suave brisa que retozaba en aquellos gratos días, a lo largo de los muros pálidos y empenachados se elevaba un aroma alado. Los que vagaban por ese alegre valle, a través de dos ventanas iluminadas, veían espíritus moviéndose musicalmente a los sones de un laúd bien templado, en torno a un trono donde, sentado (porfirogénito) con un fausto digno de su gloria, aparecía el señor del reino. Y refulgente de perlas y rubíes era la puerta del bello palacio por la que salía a oleadas, a oleadas, a oleadas y centelleaba sin cesar, una turba de Ecos cuya grata misión era sólo cantar, con voces de magnífica belleza, el talento y el saber de su rey. Pero seres malvados, con ropajes de luto, asaltaron la elevada posición del monarca;(ah, lloremos, pues nunca el alba despuntará sobre él, el desolado) Y en torno a su mansión, la gloria que rojeaba y florecía es sólo una historia oscuramente recordada de las viejas edades sepultadas. Y ahora los viajeros, en ese valle, a través de las ventanas rojizas, ven amplias formas moviéndose fantásticamente en una desacorde melodía; mientras, cual un rápido y horrible río, a través de la pálida puerta una horrenda turba se precipita eternamente, riendo, mas sin sonreír nunca más.

La caída de la casa Usher (1839) - Edgar Allan Poe


Construida en 1812, una granja de madera fue el último hogar de Edgar Allan Poe, quién murió en ella en 1849. Esta construcción de tablas de madera blanca hoy sobrevive en medio de un vecindario hispano de pantalones anchos y gorras de los Yankees en el centro del Bronx. No tiene nada que merezca la pena, aunque el Edgar A. Poe Cottage haga las funciones de museo dedicado al gran escritor.

Sólo más llegar a Nueva York me empapé de los cuentos y relatos de Poe. Su prosa magnética y profundidad psicológica enlazaron directamente con la llegada de un cielo gris sobre Manhattan. Es el gris característico del otoño e invierno neoyorkinos. Sin lluvia, sin viento, sin niebla, pero un gris difuminado arropando a esta metrópoli de vértigo.

No llevaba mucho tiempo en Nueva York cuando hice mi primera visita al Metropolitan Museum. En este templo del arte, donde uno puede gastar días en degustar las salas, andaba paseando cuando llegué a la galería de arte europeo. En una de las salas de pintura española, hay una dedicada a El Greco. Allí, sólo más cruzar el umbral, se topa uno, justo enfrente, con Paisaje de Toledo. Dejando atrás el gigantesco lienzo de Cristo en la cruz y a un lado los espectros que dan vida a La adoración de los pastores, el cuadro de Paisaje de Toledo me llamó en silencio como un cuento de Poe, que en esos días estaba devorando. A dos palmos de la obra, sentí escalofríos, pensé en Poe, en la máscara de la Muerte Roja y en la casa Usher. Sin embargo, era fascinante contemplar ese cuadro de El Greco.

Y lo sigue siendo. Siempre que voy al Metropolitan necesito verlo. Algunas veces intento explicárselo torpemente a la gente que me acompaña, pero quedo como un extraño. Tal vez, no están perdidos en el efecto Poe, o el efecto El Greco. Lo que sea. Estos días, con un sol de verano insustituible, a veces me sube el mismo escalofrío, sólo de pensar que la casa de Poe y Paisaje de Toledo terminarán quedando mucho más lejos.

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Tuesday, June 26, 2007

Bobby’s Happy House

El viejo Bobby Robinson está más sordo que una tapia y se mueve lento como una tortuga vestida de amarillo, pero merece todos los respetos. Es más: merece que le incluyan en el salón de la fama del Soul, el Rock’n'Roll o lo que sea. Para decirlo sin tapujos: Bobby Robinson es una leyenda de antesala de la música negra.

Robinson nació en Carolina del Sur pero se mudó a Nueva York a mediados de los cuarenta para abrir su tienda de discos en el corazón de Harlem. Bobby’s Happy House, antes llamada Bobby’s Record Shop, se encuentra localizada en la calle 125, esquina con Frederick Douglass Boulevard. Una tienda que sirvió como refugio y lanzadera del soul neoyorkino y que ahora se erige diminuta y estrafalaria en un Harlem que cada año es un poco menos negro y pasto de especuladores, inversores y rentistas.

Desde la profunda alma negra del Harlem de los cincuenta, Robinson vendía discos de doo-wop y blues. Pero su labor más destacable siempre fue su apoyo incondicional a la difusión de la música soul, funk y el primer hip-hop en Nueva York, cuando pocos o ninguno daban un duro por muchos artistas que querían dar a conocer su obra.

Del tiempo que va de 1952 a 1962 y respaldado por su hermano, Robinson abrió cuatro sellos independientes para producir discos de cantantes y bandas negras. Al mando de Fire Records, contó en sus filas con Elmore James o Lightnin’ Hopkins. Otros nombres que pasaron por sus manos a la producción fueron The Shirelles, Lee Dorsey o Wilbert Harrison. Y en los setenta, su sello Fury Records lanzó a Grandmaster Flash, quintaesencia del hip hop neoyorkino.

Hoy, el viejo Bobby Robinson, con sus largas uñas como garras, parece una figura de cera en mitad de la ajetreada multitud neoyorkina. Y Bobby’s Happy House, que reabrió hace unos años después de ser cerrada por problemas legales, no puede competir con Virgin Records, Barnes & Noble o la venta online. Es como pedirle al abuelo que corra tanto como el nieto deportista.

No hay nada mejor que dejarse caer por ahí una mañana de domingo cuando el viejo Bobby está vestido de traje y corbata, como manda la tradición en Harlem. La casa feliz de Bobby apenas es más grande que una panadería. Al entrar, llama especialmente la atención la colección de fotografías que posee este anciano. En un tablón acristalado con colores de otra época, Robinson aparece retratado junto a figuras tales como Fats Domino, James Brown, Smokey Robinson o Solomon Burke. De aquellos maravillosos años, para coleccionistas, hay un disco dedicado al Mr. Robinson llamado ‘El fuego y la furia’.

Las estanterías no sustentan más de 100 discos en total, que se muestran con las carátulas visibles, bien separados unos de otros. Para los buscadores de oro, esta tienda queda lejos de los catálogos que ofrecen las rutas de Greenwich Village y East Village, porque Bobby’s Happy House es como el bar de la esquina: ni tiene los mejores bocatas ni los más grandes, pero da gusto tomarse algo allí.

En este caso, da gusto comprar un disco, aunque es difícil, sino imposible, consultarle al viejo Bobby. Nunca oye, y sale por la tangente. Eso sí, sabe arrimarse a las jóvenes muchachas con las que posa encantando para fotografías. Su ayudante, un tío muy jovial, está disponible para todo. Hará lo imposible por venderte el disco que buscas, dentro del escaso catálogo de la tienda. Pero escaso no es sinonino de falto de calidad. A las grandes colecciones de las mejores voces y bandas de soul, se unen auténticas joyas. De las veces que he estado en la casa del viejo Bobby Robinson, me he ido con estupendas colecciones de Bobby Womack o Solomon Burke o descubierto el soul de tintes funky del grupo Lost Generation. Me gustaría saber que artista es, para este anciano de noventa años, el mejor de los que ha conocido, pero el problema es que no oye, o directamente se hace el sordo.

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Thursday, May 17, 2007

Desmontando al clarinete

“Soy lo suficientemente feo y lo suficientemente bajo como para triunfar por mí mismo”

Woody Allen dixit.


Ya se sabe, el mismo hombre que considera el cerebro como su segundo órgano favorito y que fue declarado por el ejército inutilísimo, tanto que si hubiera una guerra sólo serviría de rehén, es el clarinete de una banda de jazz, que cada semana toca en Nueva York, agotando las entradas con meses de antelación.

Enclavado en una de las zonas más prestigiosas del Upper East Side, el lujoso Café Carlyle se ha convertido en el nuevo refugio neoyorkino de Woody Allen y sus chicos de la New Orleáns Jazz Band, un grupo formado en su mayoría por joviales ancianos que le dan a la trompeta, el contrabajo, el piano, la tuba y el banjo. En cada actuación, unos y otros exponen su repertorio de jazz clásico con algún tinte folk para una reducida audiencia que no supera las 150 personas, sentadas a mesa y mantel en un precioso salón, donde los camareros tratan al personal como si fueran ministros.

Impulsado por la adoración al hombrecillo de las gafas de pasta y dispuesto a dejarse los cuartos, siempre hay alguno, como este escribiente, que se cuela, como la semana pasada, con su cara sonriente y su paso ligero en mitad de este público propio de un guión del mismo Woody Allen. Entre pajaritas y corbatas, muchos de los comensales, con una media de edad que no baja de los sesenta años, van acompañados de bellas mujeres, que no suben de los treinta y cinco. Alguna mesa huele a chamusquina y en todas, sin duda, lo que parece que no falta es el dinero.

Pero aún con ese ambiente de relumbrón, Woody Allen es cualquier cosa menos una rock star. Es rigurosamente sencillo. Tal vez, por eso, me impactó más cuando de repente pasó desapercibido y se sentó en la mesa que estaba a mi lado. Parecía como si hubiese saltado de la pantalla. Con su jersey amarillo mostaza y sus pantalones de pana marrones, el cineasta metido a músico habla moviendo las manos e inspira una rara familiaridad. Como diría él mismo, más que una estrella lo que parece es un agujero negro.

Sobre el escenario, la banda se pone a tocar mientras Woody Allen empieza a quitarse el jersey. Sigue un método; primero un brazo, luego el otro, finalmente la prenda sale por la cabeza. A un tío abuelo que tuve le llevaba sus cuarenta segundos el deshacerse del jersey de esta forma, a Woody Allen le lleva algo más de un minuto. Ante la mirada expectante del respetable, saca unos clinex y, antes de coger el clarinete, se suena la nariz. Una acción que repetirá varias veces a lo largo del concierto.

Desde el principio, hay algo que queda claro: todo el mundo parece formar parte de la fiesta menos Woody Allen. Se muestra tremendamente tímido, sin casi mirar al público que tiene a dos palmos. Después de tocar, agacha la cabeza, que sigue el ritmo de la banda. Incluso cuando interpreta un solo y la audiencia rompe a aplaudir, su gesto es torcido con una mirada ensimismada en las partituras y desprendiendo la sensación de que algo ha salido mal. Y alguna vez, todo sea dicho, sale mal, porque el diminuto Allen está falto de pulmones aunque radia una extraña sutileza al tocar el clarinete. Si la música es el espejo del alma, Allen parece que va a romperse. El resto de la banda se lo pasa en grande, aplaudiéndose entre ellos y lanzándose risas, mientras el protagonista apenas sonríe, cabizbajo y rodeado a saber por qué pensamientos.

New Orleáns Jazz Band podrían pasar por ese grupo de amigos de avanzada edad que se reúnen a diario en una cafetería neoyorkina para charlar y meterse los unos con los otros. Igual intentan descifrar el alma humana como se cuentan sus batallitas sexuales. Con las piernas siempre cruzadas, Allen, a veces, habla al oído con alguno de sus compañeros mientras los demás siguen tocando. Cuando no da la sensación de estar confesándose a los viejos zorros, el pequeño hombre mueve la cabeza repetidamente, ajeno al jolgorio de los otros, sujetando el clarinete sobre las piernas como si fuera una cruz en procesión.

Cuando la banda abandona el escenario entre aplausos, Woody Allen se queda acompañado del banjo con el que se anima incluso a cantar débilmente. Todo llega a su fin con Allen desmontando su clarinete. El público está entregado. Vuelve a consumir al menos otro minuto en ponerse el jersey. Abandona la sala con la cabeza gacha, alisándose el poco pelo con un tímido ‘thank you’.

Sinceramente, un genio de los de toda la vida, o el típico hombre que no teme a la muerte, con la salvedad que no le gustaría estar allí cuando suceda.

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Tuesday, May 15, 2007

¿Realidad o ficción?

Reconozco que no sabía si era realidad o ficción. Es lo que hace ver tantas películas y dejarse llevar por ellas. Apareció sin más al lado de mi mesa. Durante unos segundos, sentí que mi corazón iba a otro ritmo. Lo que pasó realmente es que me invadió una gran emoción porque fui consciente de lo afortunado que era. Por todo. Estar a dos metros de él, como invitado en su propio salón, supongo que quedará como una gran anécdota de esta experiencia neoyorkina. La verdad es que mis sentimientos bombeaban miles de emociones resumidas y canalizadas en ese momento. Lo trascendental era el todo.

Gracias por esta velada, donde la ficción se hizo realidad, a José Fragoso, Isa y sus amigos. Ellos saben lo que pasó y cómo pasó. Vosotros ya tenéis una pista en Serenatas (¿realidad o ficción?), pero la verdad de todo está en los Sonidos de Nueva York.

Posted by Fernando Navarro at 05:34:14 | Permalink | Comments (9)

Wednesday, March 28, 2007

La fuerza y el carisma

Hubiera escrito antes del atracón de rock americano que me he metido este fin de semana, pero el tiempo es lo que más me falta estos días. Sinceramente, llevo unas semanas cada vez más cargadas de cosas, y las próximas no se presentan mejores. Creo que Serenatas se verá afectado por ello. Espero y deseo que lo menos posible porque al mismo tiempo hay muchísimo que merece ser contado.

Pero al grano. El pasado sábado estuve en la sala B. B. King para un concierto con cartel doble: Bettye Lavette y los North Mississippi All Stars. Dos auténticos pesos pesados. Los North Mississippi tocaron en formato acústico no más de una hora para ofrecer un recital que, desde sus raíces de hillbilly, paseó las mejores maneras de la música en vivo con una emoción que se podía cortar con un cuchillo. Es difícil hacerlo en un local donde los camareros no paran llevando los platos de hamburguesas y las patatas fritas de los que ocupan las mesas, pero los hermanos Dickinson manejan los secretos del directo con un rock de raíces irresistible.

Bettye Lavette es de la misma harina pero en otro costal. Esta cantante nacida en Michigan es otra fiera del directo pero en clave soul. La fuerza que desprenden sus discos se traslada al escenario multiplicándose. Sin cortapisas, su soul nace en las entrañas y empantana a los presentes. Con todo su legendario nombre, el B. B. King, a veces, recuerda a un circo con los platos volando de un lado para otro y Lavette supo interpretar el papel, pero cuando se dejó llevar por su instinto subió la temperatura a lo bestia, gracias a su poderosa voz que te arranca una parte del alma a las mínimas de cambio. De hecho, una mujer que abultaba más que la batería que había en el escenario terminó bailando ella sola en medio de la sala y sin camiseta. Al ritmo del soul subido de cilindrada de Lavette, la señora puso a danzar como flanes sus grandes lorzas. Lavette cerró su actuación con una canción sentada y sola al micrófono demostrando ser de una naturaleza innata.

Sin embargo, estos dos conciertos, que merecen protagonizar una semana, no pueden por menos que quedar en segundo plano cuando un día antes Lucinda Williams tocó en el Radio City Music Hall. Para el amante del rock estadounidense, o para el que le guste la buena música, o simplemente para quien le interese ver cómo una persona carismática no tiene que ser aquélla que hace más por llamar la atención y ser más estrafalaria, os recomiendo ver el siguiente vídeo. Si os interesa realmente saber cómo fue el concierto de Lucinda Williams, os instó a leer la crónica que he escrito para la revista Efe Eme. Allí, intentando ser objetivo, terminó diciendo que Ms. Williams es una grande entre grandes en el rock.

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Thursday, March 15, 2007

La bandera

En el MOMA, la obra por la que más cola se monta para tirarse una fotografía y que más reclaman los estadounidenses, vengan de donde vengan, no es un Picasso, ni un Cezanne, ni un Van Gogh, ni un Monet, ni un Dalí, ni siquiera un Warhol. La obra que más aparece en el cuaderno de viaje neoyorkino de cualquier estadounidense, incluso de los mismos neoyorkinos, no es otra que la siguiente:

Dicen que Jasper Johns es uno de los más influyentes artistas estadounidenses del siglo XX. Cuando pintó esta bandera americana (The Flag) corría el año 1954. Entonces, Johns había ya entrado en contacto con el más hirviente nuevo arte neoyorkino que tenía en John Cage a su figura más innovadora. La bandera de Johns fue el primer paso hacia un imaginario personal que sirvió para abrir el camino del posterior movimiento Pop Art. Pero la obra de Johns, realmente, era una de tantas bifurcaciones que se dieron a partir de las expresiones artísticas de gente como nuestro ya comentado Marcel Duchamp y sus ruedas de bicicleta y urinarios de mármol.

La bandera es un gran panel blanco dominado por la evidencia de las barras y estrellas, donde los pigmentos de pintura se diluyen en cera caliente y están aplicados sobre pedazos de periódico a modo de collage. Como los expertos han dicho, este collage tenía una inspiración cubista. Uno no llega a tanto pero acercándose con cara de interés y mirada de crédulo se ven los pequeños detalles de trozos de diferentes periódicos, donde las letras de noticias y sucesos se agarran a diferentes capas de cera para plasmar desde lejos una gran bandera de Estados Unidos. A cuatro pasos del cuadro, aparece siempre la bandera. A medio paso, aparecen únicamente las insignificantes letras del periódico de un país, como cocinadas dentro de un caldo social.  

Aseguró en su día el propio Johns que pintar una bandera no tiene otro objetivo que pintar una bandera. Además, dijo que una noche lo soñó, y al día siguiente empezó el cuadro. El sueño de Jasper Johns hecho realidad artística cobró fuerza durante la época de la Guerra Fría y en los círculos más entendidos siempre se tuvo presente que una vez nació marcado de antemano por el Macartismo. La bandera de Jasper Johns escondía la réplica a la feroz política del senador McCarthy. Desde 1940 se había aprobado la Alien Registration Act (Ley de Registro de Extranjeros), que obligaba a todos los extranjeros mayores de 14 años, residentes en EEUU, a llenar un formulario con todos sus datos personales, incluyendo ocupación y declaración sobre cuáles eran sus creencias, tendencias o afiliaciones políticas. Ya se sabe, McCarthy, aprovechándose de su cargo, inició una persecución implacable en la que no se salvaba nadie que no fuera con sus principios, que por otra parte cada vez eran más reducidos.

Ahora, la bandera es un símbolo para todo estadounidense. Símbolo de un país en el que cuesta no encontrar una bandera colgando de una ventana, brotando de un jardín de una casa, tatuada en un brazo, cosida en una gorra o decorando un coche o una cazadora. Nueva York, que nada se parece al resto del país, está repleta de banderas.

Y en este mismo Estados Unidos, orgulloso de su símbolo, se ofrece públicamente a los inmigrantes ilegales facilidades para su regularización si se enrolan al ejército. Pero los principios no pueden obviar lo que siempre ha existido en este país. Con sus histerias, Estados Unidos no ha cambiado tanto. Sigue teniendo la misma bandera y la misma gente desde la época de Jasper Johns, y también desde la de John Dos Passos en los años 20 cuando cerró de esta manera el prólogo de su trilogía de USA. 


USA es la tajada de un continente, USA es un grupo de holdings empresariales, el conjunto de algunos sindicatos, un paquete de leyes encuadernadas en piel, un canal de radio, una cadena de cines, un repertorio de citas borradas y reescritas por un chico de la Western Union en una pizarra, una biblioteca pública repleta de periódicos viejos y manoseados libros de historia con protestas garabateadas a lápiz en los márgenes. USA es el mayor valle orlado de montañas y colinas del mundo, USA es una colección de oficiales bocazas con demasiadas cuentas bancarias. USA es un montón de hombres aburridos en sus uniformes en el cementerio de Arlington. USA son las letras al final de una dirección cuando estás lejos de casa. Pero sobre todo USA es el habla del pueblo.

Paralelo 42 (The 42nd Parallel - John Dos Passos - Primera parte de su trilogía de USA)

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Tuesday, March 13, 2007

Historias de Nueva York

Una temporada en Nueva York cambia a cualquiera, para bien y para mal. La vida en Nueva York es un deporte de velocidad y reflejos en el que, al final, decide la suerte. Eso tiene que ver, seguramente, con el tipo de persona al que atrae la ciudad. Pocas van a Nueva York para retirarse o para llevar una vida tranquila. A Nueva York se va a trabajar y a vivir con la mayor intensidad posible, lo cual acarrea riesgos.

Historias de Nueva York - Enric González


Nueva York es una ciudad para periodistas. Me dirán unos y otros que en Nueva York lo que realmente abundan son los actores, los bailarines, los dibujantes, los fotógrafos o las estrellas de teatro. Sí, por supuesto, Nueva York es la ciudad del cine, pero no se sabe si hay tantas películas como canciones de Nueva York, por lo que Nueva York también es una ciudad de músicos. No se puede negar que Nueva York es la ciudad de los negocios, con sus brokers manejando el dinero de medio mundo en Wall Street y su concentración de tiendas por toda la isla de Manhattan. Es, claro, la ciudad de la publicidad donde en Madison Avenue se roban ideas a cada segundo del día y te bombardean con ellas cada día. Nueva York es, ya se sabe, poesía en si misma, o al menos lo era, por lo tanto también es una ciudad de escritores. Nueva York es, además, una ciudad de regateadores, hombres bañados en oro, supervivientes y aspirantes a cualquier cosa. Pero dejadme que os diga que Nueva York es, especialmente, una ciudad para periodistas.

El que escribe y que vosotros leéis se conformaría con ser la mitad de buen periodista que es Enric González, que fuera corresponsal en Nueva York para el diario El País durante cinco años y ahora ejerce desde Roma para el mismo periódico con sus más que recomendables crónicas deportivas Historias del Calcio. No conozco a Enric González en persona pero se me presupone uno de esos tipos que si leyese un halago soltaría una risita tímida, casi pidiendo permiso para creérselo. Creo que cualquiera afirmaría lo mismo después de leer su pequeño gran relato neoyorkino Historias de Nueva York (RBA, 2006)

Sigo a Enric González desde mis primeros años universitarios cuando escribía para El País indistintamente desde Nueva York o Washington, antes había pasado por las corresponsalías de París y Londres. Estoy convencido que aprendí más leyendo cualquiera de sus artículos de prosa certera y estilo absorbente que con cualquiera de las asignaturas de la carrera.

Me parece apropiado hacer una advertencia, tal vez decepcionante, al lector europeo. Los ciudadanos de Nueva York gastan famas de cínicos, descreídos y materialistas porque así les ven los demás americanos; la verdad es que casi cualquier español es más cínico y descreído que el jefe supremo de los chulos del Bronx. En materia de nihilismo, los europeos carecemos de rival

Historias de Nueva York es un libro fabuloso, relatado en primera persona, donde el periodista y la persona se asocian para dar salida a los retratos que cuenta el primero y los sentimientos que sugiere el segundo. Siempre bañado todo con el talento de alguien que domina el arte de contar. Uno lee el libro como si un amigo de toda la vida le estuviese contando en la terraza de un café cómo fue su viaje a Nueva York. Claro, sin olvidar que este amigo no sólo es inteligente sino que además tiene las llaves de las puertas menos conocidas de la ciudad.

Trata termas mil veces leídos y escuchados como los rascacielos, el alquiler de apartamentos, los restaurantes, la mafia, los negocios o el baseball con ojo clínico de quién pasea por Nueva York empapándose de ciudad. Rescataría varios párrafos del libro, pero hoy, cuando escribo sobre él, los rayos del sol han dado un barniz diferente a una ciudad que ha soportado dos meses de temperaturas bajo cero y necesito rescatar este.

Hay que vivir en Nueva York el final de la primavera, cuando se olvida la nieve, se guardan los abrigos donde quepan (ésa es la operación tal vez más complicada, porque el espacio no abunda) y los neoyorkinos recuperan la calle y la brisa con aroma de mar, de alquitrán, de monóxido de carbono y de savia nueva: una combinación embriagante. Es un estallido suave, una invitación a vivir

Y, sí, leyendo a Enric González testifico que Nueva York es una ciudad para periodistas. Es el mundo del periodismo en estado puro; el reporterismo, la crónica y el artículo. Yo, al menos, así lo sentí la primera vez que caminé por Nueva York. Porque Nueva York, ya lo dice el propio Enric González, sólo adquiere su verdadero significado cuando se cuenta en presente.  

“En Nueva York, que no sabe de nuestra memoria sentimental ni de nuestro calendario, siempre es hoy y todos los momentos valen… El presente neoyorkino es tan poderoso que absorbe pasado y futuro”

Posted by Fernando Navarro at 04:13:36 | Permalink | Comments (11)