Friday, July 6, 2007

Nathan’s

Como todo 4 de julio, el más famoso restaurante de hot dogs del mundo celebra su campeonato anual de tragar perritos calientes. Nathan’s, alma mater de la ahora decante Coney Island, es el encargado de convocar tan conocido concurso donde un estómago entrenado a base de salchichas es un estómago competitivo. Las reglas son las siguientes: devorar el mayor número de hot dogs en 12 minutos.

Por fin, este año, Estados Unidos está de enhorabuena. Un estudiante de ingeniería natural de California y que responde al nombre de Joey devoró más perritos calientes que su contrincante, Takeru Kobayashi. Durante los últimos seis años, el pequeño Kobayashi, que cuenta con un club de fans, había tenido la osadía de llevarse el galardón frente a los típicos tripones americanos y los jóvenes universitarios con la cara repleta de granos que preparan la cita como si fuera la lectura de la tesis. La victoria de este asiático escuálido, que no supera el metro setenta, en casa propia y en el Día del Independencia era poco menos que un atentado para el orgullo yankee. Pero el otro día todo cambió.

Joey no sólo arrebató el premio a Kobayashi, sino que además batió el record: se metió para el cuerpo 66 hot dogs, que se caracterizan por ser más grandes que los típicos perritos calientes de los carritos de Manhattan. Joel contó con el apoyo de miles de personas (sí, miles) que se congregaron para apoyarle al grito de “Joey”.

Todo sea dicho. Si se visita Nueva York, merece la pena comerse un hot dog marca Nathan’s. Sesenta seis puede que sean muchos. El perrito caliente de Nathan’s es una institución y no puede ser de otra manera. El restaurante empezó a vender perritos en 1916 al precio de un nickel la unidad. Cuenta la historia que el perrito caliente nació como un alimento para los obreros que trabajan en Coney Island. El concurso, por su parte, surgió tras un pique entre los obreros a ver quién comía más hot dogs para demostrar su patriotismo. La tontería se ha convertido en un acontecimiento nacional. La cadena deportiva ESPN tiene los derechos de retransmisión y medio millón de espectadores enchufan la televisión cada 4 de julio para ver a unos tíos reventando a base de salchichas.

En nuestros días, Nathan’s está expandiéndose por todas partes. En Manhattan no hay que andar mucho para dar con una sucursal. Sin embargo, el establecimiento anclado en Coney Island fue durante toda la vida el único. Todavía permanece original e intacto con el olor a mar de fondo. Este Nathan’s fue el restaurante preferido de muchas celebridades. Al Capone siempre que pasaba por Brooklyn para resolver sus asuntos con otras familias tenía que hacer una parada en Nathan’s. También Cary Grant, quién a veces escribía cartas pidiendo que le reservasen una mesa para determinada fecha.

Puede que esta aura de reliquia traiga todavía algún nostálgico hasta casi el fin del mundo, que para alguien de Manhattan se llama Coney Island. La última vez que estuve en el auténtico Nathan’s una pareja de recién casados estaba fotografiándose al lado del restaurante. Debían de ser de Coney Island. Luego, los amigos se dedicaron a pedir hot dogs como locos. Es normal: un hot dog de estos entra a cualquier hora del día y en cualquier momento.

Posted by Fernando Navarro at 02:51:12 | Permalink | Comments (5)

Friday, June 15, 2007

The View

Imagínate, lector, que eres tan alto como un rascacielos neoyorkino o que levitas a la altura de algunos de esos colosos de cemento y acero. Estás en el corazón de Manhattan, cuando la noche encierra a la ciudad en su fulgor de luces. Desde donde te encuentras, como en una nube encima de la metrópoli, puedes ver muchas de esas luces y edificios que ahora no parecen tan altos. En comparación contigo, algunos son hasta diminutos. Para tener el encuadre deseado, puedes girar en círculo, los 360 grados correspondientes, mientras te pegas un banquete al estómago que da gusto. Imagínatelo. Y si no puedes, no te preocupes, reserva una mesa en The View.

The View, sin duda, es uno de esos restaurantes que posee características de sobra para ser paso obligado para cualquiera: el turista ávido de nuevas experiencias, la pareja que se quiere dar un homenaje, la cena chip con los amigos o los fanfarrones que tendrán que contar que una vez cenaron en un piso 58 de Nueva York. 

Los fanfarrones, o los otros, tendrán que añadir que además de cenar de buffet, si optan por esta opción antes que por la carta, estuvieron dando vueltas durante toda la cominola. El motivo no fue el vino ni el exceso de dulce, sino el propio restaurante. Porque The View gira 360 grados a un ritmo lento que ni te enteras, pero entre el plato de entrantes y la carne asada has dejado de tener como referente, al otro lado de la ventana, el horizonte amarillo de New Jersey por el sugerente perfil del Chrysler.

The View se encuentra dentro de las dependencias del hotel Marriot Marquis Times Square, en la Avenida Broadway. Para acceder al restaurante, se tiene que entrar al hotel y coger unos ascensores que llevarán volando al piso 58 del edificio. Lo de volar es casi literal pues los ascensores, unas capsulas acristaladas propias del siglo que viene, suben a una velocidad generosa mientras se deja ver el interior del hotel. A medida que se sube, el Marriot Marquis se asemeja más a un alojamiento de ciencia ficción, donde tal vez se aloje en alguna de sus habitaciones la princesa Leia con su amante Han Solo.

Una vez en The View se llega a un gran local circular cubierto sólo por grandes ventanas. Es un local refinado, donde la música de jazz clásico envuelve la atmósfera y el paisaje encoge el alma durante unos segundos, pero sus precios están lejos de ser desorbitados. Desconocedor de la carta como soy, el buffet cuesta 40 dólares, incluyéndose entrantes, primeros y postres. Hay una posibilidad más económica de 30 dólares en la cual sólo se pueden comer quesos y postres. Depende del apetito o del dinero a desembolsar, se puede elegir, pero queda avisado que la variedad de postres supera al resto de la comida, que sin ser mala no tiene tantas selecciones. Sin embargo, la mesa y el mantel, en este caso, son secundarios. La vista y el movimiento imperceptible son lo jugoso. Saboreando las fresas, mojadas por uno mismo en una fuente de chocolate líquido, es inevitable pensar: esto tengo que contarlo.

Posted by Fernando Navarro at 02:32:55 | Permalink | Comments (7)

Friday, June 1, 2007

Joe’s Pizza

Dicen que en Nueva York se come mejor pizza que en Italia. Me cuesta creerlo, pero sí apostaría que en esta ciudad se comen diariamente más porciones de pizzas que en toda Italia. Dos datos: un neoyorkino come por tres italianos y es imposible ver más establecimientos vendiendo pizza que en Nueva York.

Por eso, se hace difícil escoger una pizzería entre todas las presentes para la sección “Delicatessen”. Se podría hablar de Grimaldi’s que descansa a la sombra del puente de Brooklyn, en el lado opuesto a Manhattan. Grimaldi’s fue y es famoso porque Frank Sinatra gastó dólares y dólares en comer su sabrosa pizza. Da igual la hora y el día porque siempre hay que esperar cola para entrar a Grimaldi’s, donde sólo se puede pagar en efectivo, no ofrecen más que pizza en su menú y las mesas con manteles a cuadros rojos y blancos se amontonan rodeadas de fotografías de Sinatra y envueltas en un hilo musical de Sinatra.

También se podría hablar de la mini cadena Famiglia, cuyas porciones son más generosas que en ninguna otra parte. En Famiglia siempre se pueden ver fotos colgando de famosos que han pasado por alguno de sus establecimientos. El mejor es el del Greenwich Village, cerca del campus universitario de la Universidad de Nueva York. Pero, dentro de una lista sin fin, me quedo con un establecimiento pequeño, donde apenas uno puede sentarse.

Joe’s Pizza está localizado en Bleecker Street con 6th Avenue. No tiene nada que ver con John’s Pizza, que aparece en todas las guías y se encuentra a unas pocas manzanas de Joe. El diminuto Joe’s Pizza es un clásico del intrépido impulso neoyorkino y parada obligada del Village en una noche de fiesta.

Hay varias razones que obligan a quedarse con Joe’s Pizza por encima de los demás. Si lo que quieres es una pizzería con sabor neoyorkino, este es tu sitio, porque todo funciona como funcionan los neoyorkinos. Esta pizzería representa más que ninguna ese espíritu neoyorkino en el cual la comida se pide to go. Despachando pizzas desde primera hora de la mañana hasta las cinco de la noche, en Joe’s sólo hay dos mesas de barra para comer la pizza. No más de seis clientes sentados y diez de pie. Por lo general, la gente pide su trozo y se lo lleva para comérselo por el camino, con el queso fundido colgando y la grasa pegada al plato de plástico.

Además, el slice (porción) es más barato que en el resto. Dos dólares la regular pizza, la de queso de toda la vida, y tres dólares la de pepperoni y mozarella. No hay más opciones. Aunque soy un amante de la pizza en casi todas sus variantes, sinceramente, tampoco hace falta más. Joe’s Pizza se enorgullece de basar su menú en la tradición. Lo de las pizzas barbacoas, margaritas, hawaianas y demás sobrenombres no va con ellos. Esos inventos tampoco se echan en falta en Joe. Cualquiera de sus tres y únicas especialidades está a la altura de la mejor pizza. No hay ni una sóla regular pizza en Nueva York que pueda hacer sombra a la de Joe en calidad y precio. Y he de confesarlo: me pierde la de pepperoni.

Es cierto. Como decía el anuncio, el secreto está en la masa. La mayoría de las pizzas que se venden en la ciudad pecan de una masa blanda, que en los peores casos debe masticarse como chicle. Joe’s Pizza ofrece una masa crujiente, sin estar dura, con un toque dorado que convierte al producto en un alimento de más calidad.

Una situación define todo esto. Pocas cosas son mejores y más gratificantes que salir de marcha un sábado por Greenwich Village y a mitad de la noche, con alguna copa de más y el estomago llamándote a gritos, sofocar el apetito con una porción de pepperoni de Joe’s Pizza. Para chuparse los dedos.

Posted by Fernando Navarro at 05:01:59 | Permalink | Comments (7)

Tuesday, April 24, 2007

Murray’s Bagels

Nueva York debe a la inmigración del siglo XIX procedente de Centro Europa muchas cosas, pero en una ciudad donde comer a todas horas y en cualquier sitio es un hobby diario, no hay ni habrá deuda más importante que la introducción del bagel, esa rosquilla de pan denso que suele ir rellena de cualquier condimento y tiene tantos adeptos como los mismísimos hot-dogs.

Con su puerta acristalada y sus dos grandes ventanales a ambos lados de una pequeña entrada de madera blanca, Murray’s Bagels recuerda más a una antigua barbería que a un restaurante de comida. En Manhattan, es casi imposible que un sitio de alimentación, desde los delis hasta otros más finos, no ofrezca bagels en su carta. Se cuentan por decenas las tiendas especializadas en la venta de este producto. Murray’s Bagels es una de ellas, pero con la salvedad que su interior recoge un ambiente que pasaría por cualquier cafetería de Greenwich Village.

En pleno tránsito de la 6th Avenue, a la altura de 13th Street, esperan dos banquitos de madera a la entrada de Murray’s Bagels, donde se esconde un muestrario de rosquillas de pan que recorre todos los sabores y sorprende a la imaginación más dada a las grandes ideas. Al abrir la puerta, con el nombre escrito sobre el cristal bajo letras de imprenta negra, se deja oír un ligero chirriar, más propio de una película de género negro que de una ciudad donde se multiplican cada vez más las alarmas de rayos infrarrojos que avisan de la entrada de clientes. Enfrente, un amplio mostrador se halla su doble barra de servicio y preparación de bagels. Antes de alcanzarla, a la derecha hay un autoservicio de bebidas y a la izquierda descansan ocho pequeñas mesas.

Murray’s Bagels es un local habitado por la madera. Las sillas que acompañan a las mesas, las banquetas que se estiran al otro lado, para los solitarios que prefieren comer su bagel mientras ojean anuncios por palabras pinchados en un gran corcho, o el mismo suelo de aspecto viejo, están formados de madera con diferentes tonalidades. Puede que sea uno de los motivos que aporta al local un toque cálido, aunque realmente es esa música de jazz que nunca deja de sonar lo que crea un ambiente confortable. Un gran cuadro de un trompetista es la única decoración del local, mientras los sonidos del jazz clásico envuelven la atmósfera con olor a levadura. Muchísimos transeúntes llegan, piden su bagel y se lo llevan para comer por el camino.

La variedad de los bagels hace difícil seleccionar uno. Los hay dulces, salados, vegetales o una mezcla de todo. Eso hace que los precios oscilen dependiendo de la elección. Uno de los más baratos (2,99$) es el de huevo, propio para la hora del brunch (ese espacio de tiempo que los neoyorkinos no perdonan cada día entre el desayuno y la comida), o el de queso untado, el más típico de todos. A mí me encanta el de beef  con mostaza (7$) que viene relleno hasta los topes y acompañado de una porción de ensalada de col.

Pero lo mejor viene después, si se está sin más compañía que esa circunferencia de pan, a la hora del almuerzo, no hay mejor sitio que la mesa pegada a uno de los dos grandes ventanales. Lo que hay que hacer es sentarse y disfrutar el bagel con el goteo constante de los que entran y se van y, sobre todo, con el ritmo loco de la 6th Avenue, que en la mayoría de las veces encuentra su punto culminante cuando una trompeta se dispara haciendo swing redondo.

Posted by Fernando Navarro at 05:45:08 | Permalink | Comments (10)

Friday, April 13, 2007

The Read

Si Helene Hanff viviese, seguro que iría a tomarse más de un café a The Read. Para definir esta cafetería perdida en el inabarcable mundo de Brooklyn, lo mejor sería decir que es una pequeña y desordenada librería con olor a capuchino. Lejos de ser un antiguo enclave oculto en la gigantesca marabunta neoyorkina, se caracteriza por forma parte de una de las escenas más movidas de la ciudad.

Una de las maravillas de Nueva York reside en que es como una bobina que periódicamente ofrece nuevos lugares de moda, nuevos barrios en alza o nuevas tendencias. Esto es así porque Nueva York sobrevive reciclándose. The Read se encuentra en el 158 de Bedford Street, en pleno Williamsburg, una zona que actualmente atrae a buena parte del dinamismo neoyorkino.

Si hace cuatro años alguien hubiese preguntado en el Greenwich Village por Bedford Street, seguramente le hubiesen respondido que se comprase una guía para encontrar tan extraña calle. Hoy, lo más normal es que, aparte de indicarte, te digan la cafetería o restaurante más recomendable para visitar en esta zona. Bedford Street es posiblemente una de las calles más características de la vecindad de Williamsburg, donde se aliñan artistas que huyeron del SOHO y una de las escenas musicales más originales de la ciudad.

The Read es el justo medio perfecto entre esa dinamo y la quietud de un buen libro. En su reducido espacio se dan cita diariamente un buen número de vecinos de Williamsburg, que suelen llegar con el paso bastante más sosegado que los que habitan la isla de Manhattan. La cafetería les recibe con un hilo musical de fondo que proviene de una radio siempre encendida, de la cual se dejan caer grandes clásicos del rock y el pop y las últimas incorporaciones de los Ipods naturales de Brooklyn.

Si los residentes de Brooklyn pudieran poner de su puño y letra en el documento nacional de identidad de dónde son, la gran mayoría, entre autóctonos e hijos adoptivos, escribirían con letra clara Brooklyn. Para muchos, New York Cita es un apellido que acompaña a un nombre propio: Brooklyn. Y bien es cierto que esto se deja ver en The Read. La clientela está principalmente formada por una juventud menos explosiva que la de Manhattan, tal vez con un aire más europeo, mediante chicos que en su mayoría calzan cuidados zapatos y visten elegantes chaquetas de piel o pana y chicas que añaden un toque de imaginación diferente a los gorros y bolsos. Unos y otros suelen llenar el local mientras con un café (entre 1´25$ y 3$) y algún pastel ojean la prensa o se hacen con algún libro de The Read.

Como si de la biblioteca de un loco catedrático de Columbia se tratase, los libros y las revistas se hallan desordenados sobre los distintos departamentos de las estanterías. En horizontal y vertical, los libros se disponen sin orden aparente por el propio movimiento interno de la cafetería. Un movimiento relajado, donde como en toda buena biblioteca se comparte el espacio y el tiempo de lectura. Uno puede levantarse y coger cualquier libro, incluso un par, y regresar a la silla de colorido cojín que espera sobre el suelo de baldosas negras y blancas. La gran diferencia es que en esta cafetería el fondo de catálogo está formado por revistas de lo más variopintas y por libros de segunda mano que van desde ensayos políticos, las novedades literarias y algún clásico que otro. Además, todos los ejemplares están a la venta con precios para cualquier bolsillo. Con el buen tiempo, The Read hace de su patio interior una amplia terraza que con sus sombrillas y sus numerosas plantas es aún más confortable que el local.

Sin duda, Helena Hanff hubiese cambiado varias tardes de lectura en su apartamento de la 95th St. por tomar un café en The Read aunque tuviese que cruzar medio mundo.

Posted by Fernando Navarro at 05:24:07 | Permalink | Comments (9)

Wednesday, March 21, 2007

Pete’s Tavern

Si la fiesta de St. Patrick se celebra por todo lo alto todos los años, un local lo ha hecho más veces que ningún otro en Nueva York. Su nombre Pete’s Tavern, enclavado desde hace más de cien años en el 129 East de 18th Street, en el siempre poco conocido distrito de Gramercy.

Cuenta la historia que Pete’s Tavern antes fue una licorería, que abrió sus puertas por primera vez en un caluroso verano de 1851, hasta que los mismos dueños decidieron abrir una taberna al uso irlandés en 1864. Por entonces, abrir una taberna irlandesa no era una cuestión de moda, sino toda una cuestión vital. Los censos nunca pudieron medir con exactitud la ola de inmigrantes irlandeses que llegaron desde principios del siglo XIX a la ciudad. A mediados de siglo, decenas de miles de irlandeses, que huían de la famosa crisis de la patata, poblaban las calles de Nueva York.

Desde ese día de 1864, Pete’s Tavern se ha mantenido siempre abierto, consiguiendo el privilegiado honor de ser el bar-restaurante más antiguo de Nueva York. Un honor del que hace gala sin pudor pero el cual se disputa con dos o tres locales más de Manhattan. Dependiendo de la guía o del neoyorkino al que preguntes, te dirán uno u otro, pero todos reconocerán que Pete’s Tavern merece la visita.

La entrada de Pete’s Tavern es una fotografía de postal, donde para encajar en cualquier buena tienda de souvenirs se cruzan una bandera irlandesa y otra estadounidense. Por dentro, sin embargo, Pete’s Tavern es una auténtica taberna irlandesa, que conserva su decoración tradicional con una barra de madera pulida y largos taburetes que descansan sobre un suelo de baldosas. De un techo de madera oscura y motivos florales cuelgan farolillos, como sacados de una residencia londinense.

La taberna tiene dos zonas bien diferenciadas: la barra, frente a la cual se disponen unas pocas mesas con ventanas que dan a la calle, y un salón, que hace de comedor. Este saloon era el preferido de O. Henry, pseudónimo que se puso el periodista y escritor William Sydney Porter tras pasar por la cárcel y llegar a Nueva York. Se dice que O. Henry escribió uno de sus más famosos relatos, El regalo de los Reyes Magos, bajo el humo de los cigarrillos y los hielos del whisky irlandés que servían en Pete’s Tavern. El escritor americano se bebía hasta la última gota de las botellas para dar tinta a su estilográfica.

Con sus numerosas botellas de whisky y toda clase de marca de cervezas tras la barra, es para creer que Pete’s Tavern fuese el mejor sitio de inspiración de O. Henry. La taberna no cerró ni durante la Prohibición de los años veinte, convirtiéndose en uno de los más legendarios speakeasies (término con el que se conocía a los bares clandestinos de la época que vendían alcohol y que utilizaban como contraseña para comprarlo)

Hoy, un antiguo jukebox, rodeado de paredes con incontables fotografías de famosos que han pasado por Pete’s Tavern, se encuentra en mitad de su interior y lo más normal al sentarse es escuchar música de Dean Martin y Frank Sinatra, mientras una colección de camareros irlandeses, alguno de ellos con rostros como sacados de una pesadilla de Poe, friega vasos y recoge platos. Camareros que utilizan el extravagante pardon en una ciudad que sólo sabe de sorry y excuse me. Camareros que si no fuera por los precios de las cartas creería que llevan trabajando en Pete’s Tavern desde 1864.

Posted by Fernando Navarro at 03:26:18 | Permalink | Comments (4)

Friday, March 9, 2007

Paseo hasta Vesubio

Existen pocas cosas más gratificantes que hacer en Nueva York durante un sábado soleado que pasear por Sullivan Street y alrededores, que se esconde al margen oeste del SoHo.

En el entramado de calles que forman el SoHo siempre destacan algunas de las fachadas más espectaculares de Manhattan, bajo las cuales descansan los famosos lofts, que dan cabida a algunas de las personas con más poder adquisitivo de la ciudad, y las galerías de renombre en las que uno puede perder media mañana con artistas que van desde los cuadros de pop-art a las esculturas de piedra maciza. Pero su arquitectura de hierro colado, que tanto atrajo a artistas y fotografías inspiró, hoy en día está habitada además por las tiendas de marca más famosas que son el segundo plato para los que se cansan de la Quinta Avenida.

Fuera de este ritmo comercial y de punto exquisito, se halla Sullivan Street, una de esas calles que guardan un espíritu fascinante, a medio camino entre el dinamismo bohemio del Greenwich Village y la tradición italoamericana de una zona que terminó por convertirse desde mediados del siglo XX en el asentamiento más perdurable de panaderías y tiendas de embutidos.

Por Sullivan Street se dan cita pequeños comercios como Pino’s Prime Meats, que tras abrir su puerta desprende un intenso olor a queso que transporta a un pueblo remoto, donde a media mañana los salchichones cuelgan y los grandes frascos de aceitunas se apiñan sobre viejas estanterías en una atmósfera genuinamente italiana. También se hallan mercados de auténtico acento mediterráneo como Richie’s Candy Store o una serie de cafés como Pepe Rosso to Go, donde apenas entran 15 personas y muchos asiduos llegan en bicicletas que aparcan a la puerta del diminuto local. La iglesia de San Antonio de Padua se encuentra enclavada en mitad de la calle con su románico fuera del contexto neoyorkino.

Sin embargo, a pocos pasos de Sullivan Street se esconde el verdadero tesoro de esta zona. Vivir en Nueva York supone privarse de ciertos menesteres. Para quién se ha alimentado más de bocadillos que de hamburguesas, Nueva York es un coto vedado donde el pan, la crujiente barra con miga dentro, es un producto para sibaritas al alcance sólo de poderosos bolsillos. Es difícil encontrar buen pan, y cuando se encuentra no baja de 4 dólares la barra. Esto ya no es problema si se va a Vesubio, ubicado en el 160 de Prince Street entre Thompson Street y West Broadway.

Vesubio es una panadería que empezó a vender su pan recién hecho en el año 1920. Especializada en toda clase de pan italiano, la pequeña tienda no sólo hace las funciones de una panadería al uso sino que también ofrece almuerzos en sus apenas 40 metros cuadrados, donde se recogen cinco mesas con dos sillas cada una. Para los cinéfilos, Vesubio aparece en la película El Príncipe de las Mareas (The Prince of Tides, 1991)

Parece imposible, pero Vesubio funciona como un organismo perfecto, donde el escaso espacio no altera su capacidad para organizar a su clientela. La gente que llega deseando comer alguno de sus grandísimos bocadillos parece estar de acuerdo para no amontonarse. Es un goteo constante de personas que llegan para comprar pan que llevarse a casa o para comer. A éstos últimos, si les toca esperar, se van a dar una vuelta por la zona, donde florecen cafés y galerías de arte.

Los bocadillos de Vesubio merecen más nombre que las hamburguesas de la mayoría de los diners. Lo que la panadería llama Vesubio Special Panini (8.50$) no es otra cosa que un pedazo de bocata de pan italiano (a elegir entre ciabatta, foccacia, whole wheat, Italian hero o roll) con atún, pollo, pavo o cualquiera de las múltiples variantes que se ofertan. De hecho, se puede hacer un bocadillo a la carta donde se elige el pan, dos ingredientes, el tipo de queso (provolone, parmesan, swiss, cheddar, aciago, brie o mozzarella) y dos condimentos (tomate, lechuga, pesto, pimientos…).

Como es de imaginar, y como servidor puede afirmar, el bocadillo de Vesubio es un tremendo órdago a grande, al que ni las mejores cartas pueden ganar con facilidad. Por cierto, los cubiertos no van con Vesubio. Mientras uno intenta hacerse con ese bocadillo, suena un hilo musical, a modo de cafetería, y se ven las fotos de unos italianos, que posando con sus delantales y sus gorros de panaderos, tuvieron la brillante idea de abrir Vesubio. Esos italianos color sepia sonríen de oreja a oreja a la entrada de la panadería, que ahora se mantiene igual que entonces, pareciendo indicar que lo que esperaba dentro ya en esos días era cualquier cosa menos comida americana.

Posted by Fernando Navarro at 05:25:56 | Permalink | Comments (6)

Monday, February 12, 2007

The Grey Dog’s Coffee

Dos barriles de madera que hacen de grandes macetas con un diminuto árbol cada uno y un banco también de madera decoran la entrada del número 33 de Carmine Street, más conocido como The Grey Dog’s Coffee, una pequeña cafetería que recoge en apenas sesenta metros cuadrados toda la actividad vital de Greenwich Village.

The Grey Dog’s Coffee es uno de los últimos establecimientos en llegar al barrio con más solera de Manhattan. En Greenwich Village, se amontonan algunas de las cafeterías, restaurantes y bares más históricos de la ciudad. Sin embargo, The Grey Dog’s Coffee se creó en 1996. Una fecha que no ha sido un impedimento para que el local se convierta en un clásico.

Al parecer, el establecimiento debe su nombre a dos perros labradores llamados Moose y Goose, uno blanco y otro negro. Los dueños de los perros, futuros dueños también de la cafetería, pensaron que lo mejor sería juntar el blanco de Moose y el negro de Goose para dar nombre al pequeño comercio. De ahí surgió The Grey Dog’s Coffee.

Desde la calle, a modo de taberna, se puede ver un letrero de madera roída con el nombre del local colgando sobre la entrada. Tras cruzar una doble puerta, se accede a una sala, no más grande que el salón de muchas de las casas que se dejan ver desde la calle de Greenwich Village, que recibe a los transeúntes bajo su decoración de luces de colores, radiadores iluminados y macetas colgando de techos y paredes de oscuro ladrillo chocolate. Unos pequeños cuadros de trazos impresionistas, que muestran varios perros grises, y unas fotografías de los distintos equipos infantiles de béisbol que patrocina la cafetería completan el paisaje del local. A primera vista, la impresión que despierta en el recién llegado es la de sentirse como en mitad de una de esas habitaciones del Manhattan más cool, que está a medio camino entre lo espléndido y lo aparatoso.

En esta línea, es recomendable acudir a The Grey Dog’s Coffee un sábado o domingo a nuestra hora del aperitivo y a la del almuerzo. No porque sea más tranquilo, sino porque esconde una agitada e inconmensurable actividad, la misma que desprende cada una de las calles del barrio. No se viene a The Grey Dog’s Coffee con la idea de buscar comodidad, más bien se espera formar parte del joven ajetreo, regatear a cada uno de los minutos un poco más de ambiente.

La gente en cola espera para que el camarero les asigne una de las pequeñas y apiñadas mesas del local, mientras se pide en la barra del fondo y se deja el nombre. El camarero sólo está para llevar los platos a la mesa. Una vez en el sitio se puede uno distraer durante un rato con los mapas de colores de los Estados Unidos que se recogen en los tableros redondos de las mesas. También con el peculiar mapa que muestra la cafetería, donde grupos de universitarios de la New York University conviven con parejas de recién enamorados y solitarios de gafas de pasta negra y estómagos sin fondo que parecen haber pasado antes por alguna de las viejas librerías de la zona.

En un soleado mediodía de sábado, el murmureo de ese ambiente desordenado es casi tan apetitoso como cualquiera de los menús que ofrece The Grey Dog’s Coffee. Todo merece la pena, desde las ensaladas hasta los postres, pero son los menús de Michigan Sandwiches los que forman parte de la especialidad de la casa. Cada uno con su correspondiente número rondando los 7,50$ y 8,50$, es difícil decantarse por un menú u otro, pero el número 8, compuesto por una mezcla de ensalada de atún y cebolla, o el número 5, liderado por un pollo a la barbacoa, son garantía de buen provecho.

El mismo propósito de utilidad, que da comer cualquiera de estos sándwiches, invade al abandonar The Grey Dog’s Coffee. Pues, a veces, no hay nada mejor que verse dentro del bullicio para recordar que, al fin y al cabo, hay que alegrarse de estar vivos.

 

Posted by Fernando Navarro at 21:45:02 | Permalink | Comments (7)

Monday, January 22, 2007

Rocco´s Pastry Shop

En el 243 de Bleecker Street, entre Leroy & Carmine Streets, hay un sitio que todo médico neoyorkino, que se precie de serlo, nunca aconseja a sus pacientes diabéticos. En pleno tránsito alocado del Greenwich Village, Rocco´s Pastry Shop es el lugar maldito de los enfermos de azúcar.

Rocco era un joven italiano que a finales de los años cincuenta cruzó el charco para buscarse la vida en las calles de Gotham, como tantos compatriotas habían hecho antes. Podía haberse dedicado a los negocios callejeros, que ofrecían la posibilidad de ganar dinero de manera más rápida, pero Rocco era honrado y aficionado a la repostería. Trabajó en una panadería del Downtown y cuando se vio con habilidad suficiente y un poco de dinero ahorrado se decidió a abrir su propia tienda especializada en postres. Era el año 1974. Rocco´s Pastry Shop pasó a convertirse en una realidad, y hasta día de hoy es un sitio que tiene la virtud de enganchar a cualquier paladar.

Asentado en mitad de uno de los caminos más vivos de la ciudad, la tienda es un tesoro que esconde joyas de chocolate, nata o fresa. Los escaparates de Rocco´s Pastry Shop son apenas una pequeña muestra de lo que espera dentro. Al abrir la puerta, es el aroma a vieja pastelería, amasada en la tradición italiana, el que causa los primeros estragos. Bajo una radiante luz, los pasteles, las tartas, los bizcochos o los cannolis se colocan en un desfile colorido al que acompaña la vivaz decoración de las paredes con esos cuadros impresionistas de paisajes y flores.

Frente al mostrador, uno se siente como Hansel o Gretel. Lo difícil es saber por dónde empezar. Centenares de dulces se disponen en grandes bandejas. Los pasteles (2,50$) son los más solicitados: Napoleans, Chocolate Mouse, Cream puffs o Pasticiotte. Cada uno con su sonrisa y su dulce secreto esperando. Los hay también pequeños, llamados miniaturas (0,60$). También los cannolis (3$) permiten recrearse a gusto. Sfogliatelle, French Lulu o Cassatina suenan a damas de alta alcurnia. En cualquiera de los casos, es imposible decir si uno es mejor que otro. Lo recomendable es no repetirse nunca.

Además, Rocco´s Pastry Shop merece la pena por su café, posiblemente uno de los mejores de todo Manhattan tanto por calidad y precio. Importado desde Italia, una taza de café cuesta 1,50 dólares mientras un Cappucino se queda en 2,50$. Es muy difícil encontrarlo tan bueno y a ese precio.

Todos los dulces se pueden pedir para llevar, como en cualquier pastelería. Así, una de las especialidades de la tienda es la reserva de tartas, a cuál más original y con mejor pinta. A lo largo de la jornada se ven salir decenas de ellas.

Y un consejo. Conviene reservar un tiempo para ver cómo los pasteleros elaboran con sumo cuidado cada una de las tartas en la misma barra de atrás del mostrador, cara al público. Se puede apreciar el arte de la repostería en vivo, cuando se dejan ver en la trastienda sinuosas curvas de nata coronadas por jugosas fresas en punta sobre las que irá resbalando un chocolate líquido, que se regodeará en el cuerpo del pastel, hasta poder hincarle el diente.

Posted by Fernando Navarro at 06:01:15 | Permalink | Comments (4)

Monday, November 20, 2006

Central Café

Frente a la puerta principal de la Grand Central Terminal y bajo el pequeño puente que salva la calle 42 conectando Park Avenue con la estación de ferrocarriles, descansa una cafetería que desde hace mucho tiempo es mi humilde lugar de retiro. Su nombre es Central Café, uno de esos establecimientos que guardan el aroma a antigua canción de jazz.

Difícilmente alguien que busque alimentar el estómago encontrará en este sitio alguna gran recompensa, porque Central Café no sirve el mejor desayuno de Manhattan ni los platos más baratos. Su encanto poco tiene que ver con el contenido de su menú. La llave de su atractivo reside en un carácter único, forjado por esos viajeros que tienen unos minutos antes de coger el tren, otros que vienen cargados de historias tras apearse de la estación y quienes, como yo, sólo buscan un poco de reposo en medio de la vorágine urbana.

Ese rasgo de cruce de caminos también se constata en su aspecto físico. Con sus letras rojas y luminosas, el letrero de Central Café cuelga en una cabina a modo de hall, que trae a la memoria los viejos cafés neoyorkinos. En su interior, sin embargo, hay un aire a cafés parisinos con sus sillas de mimbre y sus mesitas rojas.

Sentado en alguna de esas mesas, bajo un techo ligeramente ovalado, lo mejor que se puede hacer es observar la intensidad de la vida al otro lado de los ventanales, con el encuadre que deja la puerta de la Grand Central Terminal y el puente sobre ese pedacito de la 42th St. 

El movimiento sordo de la calle pasa como un rollo de película que no se detiene. Los taxis van y vienen. Por ahí se ve a un caballero con maletín correr para coger el tren, mientras dos señoritas muy arregladas salen de la estación. Otro joven espera apoyado en una farola con un ramo de rosas y una chica, que carga una guitarra, cruza la calle con la mirada fija al suelo, pareciendo buscar un acorde que se le ha caído. El paso de las personas y los coches, como el sonido del viento otoñal que hace volar las hojas, ha de oírse fijando la mirada y dando paso a la fabulación. Uno termina por crear fotografías en blanco y negro de cada personaje que aparece en escena.  

Tal vez, Central Café no sea el mejor sitio para las recomendaciones de los periódicos. Pero es un rincón especial que esconde magia. La misma que me llevó hasta él. Fue cuando recién licenciado en Periodismo me encontraba disfrutando de esta ciudad en todo su esplendor mientras podía contarlo por la radio, en una sección que ganó peso. Un 10 de septiembre fue la última conexión, dos días antes de abandonar la ciudad. Cerré entrevistando en directo a Antonio Muñoz Molina, que acababa de llegar a la dirección del Instituto Cervantes de Nueva York y era una de las personas más representativas que vivió el 11-S, con la sombra del 11-M en España.

Creo que la emoción de toda aquella mañana me nubló con el tiempo muchas cosas tal y como fueron. Pero recuerdo que bajé la Quinta Avenida con un sol radiante, sintiendo que algo quedaba ya para siempre. Entonces giré en la 42th St y me topé con Central Café, frente a la Grand Central Terminal. Me senté en una de sus sillas de mimbre, junto a la ventana, con un café con leche, un zumo de naranja y un croissant. Me quedé contemplando el ritmo de la calle. Sentí que acababa de bajarme de un tren que había llegado a su última estación. Sólo deseaba coger el siguiente. Y la vida ha querido que mi tren pase de nuevo por Nueva York. Espero que la misma mesa de Central Café me quede reservada al final de este viaje.

Posted by Fernando Navarro at 07:10:50 | Permalink | Comments (6)