Thursday, July 12, 2007

La anciana y mi gorra

 

Una de las cosas que más me ha dejado marcado de este tiempo en Nueva York me sucedió en St. Paul Church, la pequeña iglesia cuyo cementerio desde hace seis años mira de cara a la Zona Cero.

Me encontraba mirando las fotografías de algunos de los muertos que dejó el atentado contra las Torres Gemelas cuando vi a una anciana levantarse de un banco de la iglesia. Tardó varios segundos en ponerse de pie. Al principio, parecía tambalearse, pero con tesón terminó por echar andar. Pensé que aquella mujer haría mejor en permanecer sentada, mientras a paso entrecortado ella se dirigía hacia donde yo estaba. Debía de estar muy ocupado en mis pensamientos porque de repente me la encontré frente a mí, a menos de dos palmos de distancia. La sorpresa fue inmediata. Lo que me dijo en un inglés centenario no pude entenderlo. Me lo volvió a repetir, sin más fortuna. Su rostro me indicaba que algo iba mal entre esa muchedumbre de curiosos allí congregada. Ante mi nula reacción, aquella anciana hizo un gesto, ligero como una paloma, con el cual me pedía que me quitara mi gorra. En menos tiempo del que recuerdo, me la quité. Ella me devolvió un thank you, sir, y se dio la vuelta para regresar al banco. Durante los siguientes minutos sentí que alguna de esas caras sonrientes, reveladas a color antes de esfumarse para siempre, se había quedado mirando mi torpeza.   

Desde el mismo 11 de Septiembre, St. Paul Church se convirtió en el centro de operaciones para atender a las víctimas y a los policías y bomberos. Hasta ese señalado día, esta pequeña iglesia, más propia de una callejuela de Praga, no atraía a más turistas que a los tres locos norteamericanos más nostálgicos de su propia historia. Su jardín alberga tumbas de los revolucionarios colonos y franceses, que dieron su vida por la Independencia de los Estados Unidos, y su edificio recoge una silla de madera donde George Washington ofició el discursó de inauguración del nuevo país un 30 de abril de 1789.

Durante los días que siguieron a la tragedia, la iglesia se llenó de voluntarios que trabajaron día y noche para el servicio de bomberos y policías. Como dijo uno de los muchos voluntarios, St. Paul Church fue un oasis de cielo en mitad del infierno. Bajo el techo blanco de su capilla, hubo una cocina abierta las 24 horas con todos los alimentos donados y sirviendo más de 3.000 almuerzos diarios. También decenas de masajistas. Incluso un piano que no dejó de sonar ni un solo día y por el que pasaron 500 músicos diferentes.

Hoy, el piano está cubierto por una lona. Sólo queda una simple cama por la que debieron pasar centenares de personas para descansar unas horas. De los 15.000 osos de peluche que mandaron los niños de las escuelas de Nueva York a St. Paul Church, apenas se recogen unos 10 muñecos sobre un mostrador. Y un enorme rollo de papel permite a la gente escribir mensajes o bendiciones. A veces, hay cola. “Dios bendiga a todo el mundo” o “Nunca olvidaremos” aparecían con letras grandes sobre el resto.

No parecen mensajes escritos con tinta china. Uno de los trenes que cojo para llegar a Manhattan tiene su parada en mitad de la Zona Cero, donde ahora los camiones van montando pisos de la futura Torre de la Libertad. Lo he visto varias veces. Los americanos van hablando en el vagón y cuando de repente el tren sale del túnel, a la rara luz del antiguo World Trade Center, se crea el silencio. Una tarde de viernes dos chicos iban descojonándose sobre lo que seguro harían esa noche de marcha y, al llegar el tren a la Zona Cero, no tuvieron ni que mirarse para cerrar la boca y contemplar por la ventana. Al otro lado sólo había obras, pero ese vagón lo tomó un fantasma. 

Supongo que es casi imposible y pretencioso hablar de la Zona Cero y la tragedia cuando nunca antes se han conocido las Torres Gemelas. Supongo que aún lo es más cuando aquello fue, y ha permanecido con el tiempo en mi memoria, como un impresionante espectáculo de telerrealidad, que te hace sentir roto pero cuya sangre no te salpica. Bueno, viví más de cerca el 11-M, trabajando para informar de lo que todavía no era consciente. He nacido asimismo en un país marcado por el terrorismo, al que sin desearlo asocio con la vida de España, porque en mi país, por supuesto, tenemos tapas, toros, fútbol, playas, flamenco, bellas mujeres, varios idiomas y, no quepa duda, terrorismo. Por eso, tal vez, lo de las Torres Gemelas, de alguna manera, flota en un aire que reconozco.

Pero, sobre todo, no sé qué se puede decir si un grupo de adolescentes, y algún adulto, se apiñan en torno a un lado de la verja, por el que se recogen algunas coronas de flores y velas, que han permanecido a modo de detalle, como señal de duelo para recordar el 11-S. El grupeto se pega a la valla, posa, sonríe de oreja a oreja, con las flores y las velas detrás, y muestra su entusiasmo sólo similar a la fotografía de mesilla que se espera de la Estatua de la Libertad.

Este marco, que hoy es común denominador de la Zona Cero, a lo mejor nunca ha estado muy lejos de mi gorra. Aunque sólo sea por esa anciana que me miró a los ojos y anduvo hacia mí, intento llevar la gorra en la mano, siempre que me cruzo con lo mismo. Sinceramente, no es tarea fácil. Si te pones a mirar, acá, allá, casi en cualquier parte de este mundo que revienta por los cuatros costados, no encuentras momento de ponértela en la cabeza. Espero que haya más ancianas allí donde se necesitan.

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Thursday, July 5, 2007

Independence Day

Sólo el Día de la Independencia puede hacer que Nueva York, y más concretamente Manhattan, amanezca casi desierta. Tres cuartas partes de la ciudad están de vacaciones celebrando tan señalada fecha. La mayoría optan, si pueden, por una barbacoa con sus amigos. Porque el 4 de julio es, además del aniversario para conmemorar la independencia de los estadounidenses con respecto a los ingleses, el día de la barbacoa. Hamburguesas, perritos calientes o costillas aderezadas con salsas dulzonas. Los grandes almacenes y tiendas de ropa aprovechan la fiesta, por su parte, para lanzar sus rebajas del cuatro de julio que se extenderán hasta final de mes.

Pero el momento grande llega al final de la jornada. A partir de las nueve, Manhattan, Brooklyn, Long Island, Queens y Jersey se arrancan en una traca de fuegos artificiales. Sucede igual en todo el país. Previamente, ha habido fiestas, conciertos y barbacoas masivas para la llegada de los fuegos.

Medios de comunicación y neoyorkinos dicen que la mejor vista se encuentra en las inmediaciones del Puente de Brooklyn. Es en el río East donde se concentra la mejor parte de los fuegos. Puede ser. Pero todo el mundo sabe que te obligas a soportar una marabunta agobiante como pocas.

Yo he tenido oportunidad de asistir a mi segundo Día de la Independencia estadounidense en Nueva York. El primero fue hace ahora tres años subido a la azotea de un edificio de Jersey con la compañía de Toni y una pareja de coreanos. El skyline de Manhattan se estiraba en el horizonte con los fuegos por todas partes, mientras comíamos comida coreana cocinada por aquellos chicos. A mí se me ocurrió la genial idea de comprar Jack Daniels pero no refrescos. Matar el picante coreano con Jack Daniels es tan inolvidable como aquella vista de película.

Esta noche no había azotea. Nos hemos negado a morir ahogados en el río East. Por eso, hemos ido hasta orillas del río Hudson, en Pavonia Newport, en el lado de Jersey, donde el skyline se erige arrebatador. Llovía ligeramente. La fiesta de fuegos bailaba sobre la figura de luces de Manhattan. No había comida coreana ni whisky. Esta vez, unas manos estrechadas y la brisa despeinando el pelo. Nueva York, si se pone, sigue siendo la ciudad más mágica que te puedas echar a los ojos.

 

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Friday, June 22, 2007

Música callejera III

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Wednesday, June 20, 2007

Música callejera II

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Wednesday, June 13, 2007

Grand Central Terminal

Apenas tengo tiempo para sentarme frente a la pantalla, incluso para pensar que podría ser lo siguiente a escribir en “Serenatas”, ahora que Nueva York se ha metido tanto en mi sangre que podría mostrar cada componente del ADN de esta ciudad. Cuando dejo que mi mente dedique un minuto al blog, me salen decenas de cosas que merecerían ser compartidas. Pero la actividad neoyorkina me exige estar en la calle. Supongo que desde hace mucho estoy donde quería haber estado sólo más pisar las aceras de Nueva York.

Con todo, el problema no es la ciudad, que me roba algo de “Serenatas”. El problema es lo que queda. Ni mucho ni poco. Es lo que es, como todo. Sin embargo, ya ha sonado el primer aviso de llamada. Puede que por eso el otro día dejase todo y necesitase aguardar un buen rato en Grand Central Terminal, el templo de los viajantes.

La estación reside orgullosa en la calle 42, a medio camino de la New York Public Library y el edificio Chrysler, como un palacio de otra época en mitad de la vorágine de alturas del Midtown. Los edificios de oficinas, donde cada mañana despiertan las firmas comerciales más importantes de este siglo, rodean a esta construcción decimonónica, que sobrevive por el impulso diario de centenares de miles de personas que son como suspiros de una vida entera.

Remodelada sobre cimientos de mármol después de haber estado durante años abandonada y despojada de su esencia, Grand Central Terminal es un homenaje al acto de transitar. A principios de siglo XX, no existía el JFK y eran las puertas majestuosas de esta estación el primer contacto de los viajeros con Nueva York. Ese testimonio, que podría haberse perdido, se ha recuperado gracias al apoyo ciudadano, y hoy la estación de ferrocarriles ofrece, tanto al paso acelerado como al de libre de horarios, un espacio de resonancias casi místicas con esas grandes lámparas victorianas iluminadas y esos amplios ventanales en arcos de medio punto, por los que entran los radiantes rayos de sol de media mañana, la tenue luz de la tarde o el palpitante nocturno eléctrico del otro lado de la calle.

Grand Central Terminal está formada de centenares de zapatos y zapatillas, tacones y plataformas, que crean al unísono un sonido inigualable, como un murmullo de un río en mitad de la montaña. Bajo el mármol, esas huellas de fugacidad, adosadas a todo tipo de palabras, suenan casi a canción celestial, añeja, en una ciudad de dispares bocinas. Pero también está formada por sombreros, gabardinas, faldas o vestidos de encaje que esperan la llegada o la salida de un tren en alguna de sus ventanillas, donde lamparitas metálicas caen en curva. Un reloj plateado, que a la luz del día engaña por su tono oro, preside el tránsito, mientras en el techo se recoge un cielo verde azulado con estrellas, como un mar con cochas salteadas, recreando constelaciones que parecen salidas de una mitología muy lejana, frente a las barras y estrellas que rigen una gran bandera de los Estados Unidos.

Visto ahora, ese antiguo óvalo con agujas marca la partida. Queda menos. El tren está en el andén, ya es un hecho, aunque todavía queda tiempo para un capuchino en Central Café. Entre el vaivén de pasajeros, resopla la primera llamada del tren. Cuando me toque cogerlo, espero que no me deje nada. Porque, sinceramente, me va a hacer falta llevarme toda esta ciudad allí donde quiero dar buena cuenta de ella.

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Tuesday, May 29, 2007

The Subway

Fallow no tenía miedo físico de ir en el metro de Nueva York. Se imaginaba a sí mismo como un tipo curtido, y, por otro lado, jamás le había ocurrido nada desagradable yendo en metro. No, lo que temía y lo suyo era auténtico pánico, era la suciedad, la miseria. Bajar las escaleras del metro de City Hall en compañía de toda esa gente oscura y mugrientas era como descender, voluntariamente, a una mazmorra, una mazmorra suicísima y ruidosísima. Por todas partes había muros de enguarrado cemento y barrotes de hierro negro, celda tras celda, nivel tras nivel: en todas las direcciones, un delirio encerrado entre barrotes. Cada vez que uno de los trenes entraba o salía de la estación, se oían agónicos chirridos, como si un enorme esqueleto metálico estuviera siendo abierto por una palanca de potencia incompresible. Fallow  no comprendía que este país de vacas gordas, con sus obscenas montañas de riqueza y su todavía más obscena obsesión por la comodidad, hubiese sido incapaz de crear  un metro tan tranquilo, ordenado, presentable y en fin decente como el de Londres. Pero tenía una respuesta: porque era un país infantil. Todo lo que estuviera bajo tierra, lejos de la vista, carecía de importancia.

La hoguera de las vanidades (The Bonfire of the Vanities) - Tom Wolfe


Fallow es un personaje de la década de los ochenta, pero desde entonces hasta ahora el metro de Nueva York (subway) no ha cambiado nada. La suciedad y el ruido siguen siendo las dos principales características del medio de transporte más utilizado en la ciudad.

En cuestiones de voltaje, el metro neoyorkino es lo más parecido a una bajada a los infiernos. Si uno es de oído fino, lo pierde. Si uno está sordo, termina por oír, asustado, eso sí. La superficie de la ciudad, al menos, va ayudando para el novato: las decenas de bocinazos y las locas sirenas de los camiones de bomberos van dejando los tímpanos en perfecta sintonía para lo que vendrá después en el subsuelo. No exagero. El paso a no sé cuántos kilómetros por hora de un tren Express es lo más parecido al bombardeo de Pearl Harbor.

En lo relativo a la higiene, el suburbano no presenta una cara muy amable. Sólo una nota permite ilustrar esto. Para los poco amantes de los animales urbanos, lo menos recomendable en la espera mientras llega un tren es mirar a las vías. Resulta casi imposible no toparse con ratas. En estaciones como la de Union Square salen de cuatro en cuatro.

Pero, sinceramente, qué diría un neoyorkino: ¿qué importa esto si el metro funciona como la seda? Seda envuelta en un estridente sonido metálico, más propio de una herrería, pero seda al fin y al cabo. Nueva York no sería Nueva York sin su subway. Es verdad. Parafraseando al señor Lou Reed, es una sangre cargada de heroína, pero es una sangre que da vida.

El metro neoyorkino recorre la ciudad de arriba abajo, de derecha a izquierda. Sólo el lado este de Manhattan estaba falto de una línea norte-sur, pero ésta ya ha empezado a construirse para un futuro lejano.

Esto glorioso mapa de estaciones tiene un problema. Es lo más complicado para el novato, y no tan novato. Creedme. Existen líneas por colores que a su vez se dividen por letras o números, que a su vez pueden significar línea Local o Express. La línea Local va parando en todas las paradas, mientras que la Express sólo en algunas estaciones. Así, puede haber una línea del mismo color (por ejemplo, naranja) con letras diferentes (B,Q,D,F), las cuales unas son Locales y otras Express dependiendo de la parte de la ciudad donde te encuentres. Este galimatías que no tiene ningún sentido ahora, ni verdaderamente se sufre hasta que no se coge un tren, es para decir que el metro de Nueva York funciona de maravilla. La línea Express permite recorrer 20 calles en un minuto de reloj.

Pero si te equivocas, claro, puedes liarla. Si coges la línea azul con la idea de subir de la calle 59 a la 72, en dos paradas, pero en vez de tomar la línea A azul, coges la línea Express C, también azul, lo que sucede es que de la 59 acabas directamente en la 125. Algo que es anecdótico en comparación a lo se piensa, aunque sólo sea por un segundo, dentro de un vagón Express: ¿Este tren está a punto de descarrilar y de aquí no salgo para contarlo? Lo mejor es que llegas a tu hora. Siempre.

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Monday, May 14, 2007

Flatiron Building

Con sus viente pisos, el Flatiron Building fue el primer rascacielos de la ciudad. Poco duró este honor. A principios del siglo XX, Nueva York pondría en marcha toda una máquinaria de levantar edificios con dirección a las nubes. Pero Flatiron Building nunca fue sólo un rascacielos.

Flatiron Building, la plancha, descansa en 23rd Street en el cruce de Broadway y Fifth Avenue. Su singular forma se debe en buena medidad a que hubo que salvar ese extraño esquinazo. La rectangularidad del Nueva York moderno no preveía estas situaciones.

H. G. Wells, uno de los padres de la literatura de ciencia ficción con La guerra de los mundos o La máquina del tiempo, aseguró que tomó conciencia del poder de atracción neoyorkino cuando desde la calle 23 vio caer la tarde sobre el Flatiron Building. Imagino a H. G. Wells sintiéndose en otro planeta cuando hace más de cien años observaba este edificio. A mí, todavía, me pasa. 

Habría que ser un mago de las palabras para explicar el encanto de esta construcción. En serio, Flatiron Building es un edificio con vida, esconde el más profundos de los misterios.  

PD. El album de fotografías de la barra de la derecha está actualizado. Hace mucho que dejo de nevar por aquí. Sólo tenéis que pinchar. Espero que disfrutéis. En breve, subiré bastantes más.

 

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Thursday, April 26, 2007

New York Public Library

Era una mañana soleada y quería visitar la Biblioteca Nacional de España, erigida en el Paseo de la Castellana entre Plaza Colón y Cibeles. Con amabilidad de funcionario, se me indicó que para acceder a la Biblioteca Nacional era necesario tener una autorización previa de investigador. Mi simple curiosidad no estaba autorizada por nadie, así que me quedé sin entrar al edificio y con cara de sorpresa mayúscula. Acababa de regresar de mi primer viaje neoyorkino, y, claro, allí había gastado varias mañanas de un verano caluroso en las salas de la New York Public Library, abierta para el gozo y disfrute de todo el que quiera desde 1849.

Con su fachada de mármol blanco, la Biblioteca Pública de Nueva York es la sede del sistema bibliotecario público más extenso del mundo, que descansa en la 5th Av. a la altura de la 42nd Street. A primera vista, es una construcción imponente, que pasaría por una construcción digna de la mejor época de la Roma de Augusto, gracias a una triple arquería de tipología clásica y elegantes columnas corintias. Pero las bocinas de los taxis y los transeúntes que hablan por sus móviles, sentados en las escaleras de entrada, delatan el vivir de los días. Los escalones están flanqueados por los majestuosos leones reclinados que, según aseguran desde la propia biblioteca, son símbolo de la policía de Nueva York.

Si la entrada exterior es para recordar, lo que se esconde en esas paredes es aún más impactante. El interior de la biblioteca es un sueño de mármol. A ambos lados de un amplio hall, dos escalinatas dignifican el paso de las personas hasta hacerlo decimonónico. Se suben escalones como se pasan páginas de un incunable. Con ese mimo, se llega hasta la Reading Room (sala de lectura), donde las palabras flotan en un espacio repleto de vida.

Esta sala de lectura es una de las grandes maravillas de Nueva York. Bajo un techo de madera pulida, se dan cita diariamente decenas de lectores, algunos con sus portátiles conectados, que habitan largas mesas que se distribuyen en fila. Unas confortables sillas de madera y unas lamparitas grises, perfectas para refugiarse en la lectura, forman parte de esta historia que alimenta al espíritu. Hileras de libros antiguos recorren las paredes, mientras la luz de unas elegantes lámparas que cuelgan del techo se refleja con timidez en un suelo de baldosa. Aunque son unos grandes ventanales, que muestran un cielo blanco y el recodo de algún edificio, los que iluminan el ambiente. 

Cualquiera puede pasear por esta sala. No hacen falta autorizaciones ni recomendaciones. Uno puede ojear los libros que allí descansan. O tirar una foto con sumo cuidado. Como cualquiera con residencia en Estados Unidos puede hacerse socio de la Biblioteca Pública de Nueva York. Yo mismo lo hice en dos minutos; lo que tardé en rellenar un formulario en un ordenador y que me hicieran una fotografía instantánea para el carné. En el mostrador que divide la sala en dos partes, hay un pequeño  marcador electrónico que da el turno a los solicitantes. Los libros suben disparados por unos ascensores provenientes de una colección de más de 140 kilómetros que descansa en ocho niveles bajo el edificio.

Socio, o algo parecido, era Trotsky. Está documentado que el ruso solía trabajar en esta sala durante su estancia en Nueva York, antes de la revolución de 1917, cuando la biblioteca abría hasta altas horas de la noche. La capital del capitalismo no sólo maravilló a Trotsky, sino que además en sus entrañas gestó buena parte de la revolución comunista. Una paradoja como la de la lengua española, que siendo más rica que la anglosajona y debería darse a conocer con orgullo se permite el lujo de cerrar las puertas de la Biblioteca Nacional.

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Tuesday, April 10, 2007

Strand Books

Me encantan esos libros de segunda mano que se abren por aquella página que su anterior propietario leía más a menudo. El día en que me llegó el ejemplar de Harzlitt, se abrió por una página en la que leí: “Detesto leer libros nuevos.” Y saludé como a un camarada a quienquiera que lo hubiera poseído antes que yo.

84, Charing Cross Road - Helene Hanff


La cadena de libros Barnes & Noble ha proliferado tanto por la ciudad de Nueva York que ya se ha hecho imposible caminar más de tres manzanas sin toparse con una de sus impolutas tiendas, donde best sellers y discos comparten estanterías como en un centro comercial. La cultura Barnes & Noble, como la de Starbucks, existe como una señal inequívoca de que las grandes compañías no sólo hacen dinero sino que imponen estilos de vida, pero que se quite toda esa perfección y garantía de Barnes & Noble por una tarde en Strand Books, que descansa desde 1956 en la esquina de 12th Street con Broadway, aunque su nacimiento data de 1927 cuando se encontraba en la Cuarta Avenida.

Bien es cierto que Strand Books tiene sucursales en el Downtown y el Uptown, pero posee el honor de ser la única librería superviviente de la legendaria Book Row, la hilera de casi 50 librerías que desde el siglo XIX se recogían en la Cuarta Avenida. Y sin ser actualmente una pequeña librería de bibliotecario, Strand Books es lo más parecido al paraíso de los amantes de la lectura. Dieciocho millas de libros usados, que al cambio son unos 29 kilómetros.

Los libros se agrupan por temáticas que repasan todas las artes, conocimientos y modos de entretenimiento y que pueden ser tan dispares como literatura black power o fotografía pornográfica. Cuando se trata de asuntos de historia, los períodos históricos se dividen en departamentos muy concretos, a modo de biblioteca universitaria. Con sus colecciones completas y sus rarezas escondidas en estantes de tres metros, Strand Books es una oda a las letras escritas. También es una invitación a la pasión por leer cuando alrededor de su puerta se colocan unos carritos con libros que cuestan entre uno y tres dólares y que los transeúntes y los ciclistas consultan a mitad de camino de alguna parte. Tal vez en otro lugar, sin tanto sentido cívico y adoración a la lectura, cualquiera de estos libros saldría volando, terminando por dejar esos carritos escondidos en el sótano.

Los fines de semana Strand Books tiene un ajetreo especial. Los pasillos silenciosos sacados de un cuento de Borges se pueblan de personas de todas las edades, sexos y procedencias en busca del tesoro perdido. Hombres de avanzada edad que escalan a por una novela del siglo XVIII encuadernada en tapa dura, mujeres que devoran sentadas en el suelo las páginas de un libro de relatos o jóvenes que cargan hasta arriba sus bolsas con ejemplares de bolsillo de grandes clásicos universales que, con portadas diseñadas con auténtico mimo, parece mentira que se vendan a cinco dólares.

El precio de Strand Books es un motivo para acercarse a esta librería que huele a polvo añejo. Cuando este escribiente preguntó en Barnes & Noble por el viejo libro de entrevistas ‘New York’ del periodista del New York Times, Meyer Berger, le dijeron que costaba cuarenta dólares; en Strand Books aguardaba por doce dólares y con unas páginas de tono amarillo que ni la mejor moda retro podría conseguir en la vida.

Pero es su funcionamiento orgánico lo que no tiene precio. A la derecha de la primera planta, un largo mostrador recibe a neoyorkinos de todo tipo que vienen a vender libros que ya no quieren o se encontraron dentro de alguna herencia. Ataviados con sus mochilas al hombro o sus pesadas bolsas o cajas, se colocan en fila mientras distintos tasadores examinan y decretan el precio de cada ejemplar. Existe un método y unas reglas para las tasaciones, pero a juzgar por el gesto policíaco de algún tasador cada ejemplar es un caso que no se resolverá hasta la última página. Strand Books cuenta con un selecto club de miembros neoyorkinos que vive al día de los tesoros que la librería consigue. Para ellos, está dedicado el estante New Arrivals (Nuevas adquisiciones), que puede guardar una edición de ‘Moby Dick’ fechada en 1922 o tomos dispersos con los bordes dorados de ‘En busca del tiempo perdido’ de Marcel Proust.

Las auténticas piezas de museo, sin embargo, se esconden en la tercera y última planta de esta gran librería de tres pisos y un sótano. Llamado Vintage Paperbacks, el más pequeño de los pisos recoge incunables que perfectamente podrían descansar en la biblioteca privada de una antigua campiña inglesa. Colecciones enteras de libros sacros de varias religiones, antiguas ediciones escritas a mano, tomos de ensayos, diccionarios clásicos o gigantescos libros de viajes o arquitectura con ilustraciones a pincel o carboncillo. Incluso tienen una sección dedicada a los fascículos de los años cuarenta y cincuenta que las revistas y periódicos estadounidenses de la época repartían dentro de sus colecciones sobre librillos de terror, bélicos o ciencia ficción, y que formaron parte de esa cultura de serie B que explotó la televisión, el cine y la música.

Si inglés es un problema, también tiene su parte de literatura castellana. No es abundante, pero posee cosas curiosas, que nunca sabes por donde pueden salirte. Servidor pudo hacerse por siete dólares con ‘Albert Camus. Una vida’, esa jugosa biografía de la mano Oliver Todd que ya reservo con ganas para la vuelta a España. Encontré ese libro, cuyo valor en el mercado es de veinticinco euros, después de dejarme la espalda agachándome por diferentes estanterías y recorrer pasillos por completo maravillado. Esa tarde mis manos salieron de Strand Books sucias y llenas de polvo, pero conecté directamente con Helene Hanff que pasó varios de sus días en esta librería, aún carteándose con Frank Doel, el librero del 84 Charing Cross Road.

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Monday, March 19, 2007

St. Patrick

Hace ya muchos años, Nueva York llegó a tener más irlandeses viviendo en sus calles que la propia Dublín. Ahora, parece que la cosa ha cambiado, pero todavía por la Gran Manzana se asegura que si se quiere vivir una fiesta de Saint Patrick (San Patricio) es mejor venirse a Nueva York que irse a Irlanda.

No sé hasta qué punto esto es cierto. Pero dos cosas son verdad: la catedral de St. Patrick de la Quinta Avenida es más conocida por el mundo entero que cualquiera de las irlandesas y la que montan los neoyorkinos con la fiesta del patrón irlandés es tan a lo bestia que mucho tendrían que multiplicarse los dublineses para armar tanto ruido.

Desde las diez de la mañana hasta las cinco de la tarde duró el desfile que recorre cada 17 de marzo la Quinta Avenida desde la calle 44 hasta la 86. Un desfile que más bien parecía un pasacalle siendo menos espectacular de lo que por costumbre son los neoyorkinos, como en el día de Acción de Gracias o Halloween. Aún así fue, como siempre, igual de concurrido con miles de personas subiendo la avenida bien formadas en bandas de música, ordenes religiosas, educativas o militares. Música folclórica tradicional de Irlanda, hombres con faldas y una ciudad que despertó cubierta de la nieve que había caído el día anterior. Pero esto último no fue problema para que una buena parte de Nueva York, que serían decenas de miles, se tirara a la calle vestida de verde con gorros, bufandas, guantes, camisetas o pantalones, siempre verdes.

Nueva York está lleno de pubs irlandeses y todos estuvieron desde primera hora de la mañana del sábado hasta los topes, con largas colas para entrar. A las doce del mediodía ya había decenas de perjudicados por la cerveza recorriendo la ciudad. No había alternativa. La gran mayoría de bares y pubs anunciaron días antes su programación y ofertas especiales para el día de San Patricio. Era la mejor manera de recibir a todos los miles de irlandeses que abandonaron sus casas y se tiraron a la calle en manadas y a todos los que no lo eran pero que estaban dispuestos a bailar hasta la última canción celta durante ese día. De esta manera, por ejemplo, un conocido pub de motivos japoneses y ambiente relajado cedía a la fiesta y se decoraba por completo con banderas irlandesas, adornos verdes y música irlandesa. U2, los Pogues, Van Morrison, los Cranberries, los Chieftains, Sinead O’Connor, Alanis Morrisette… así hasta que uno se llegó a cansar con la vigesima canción repetida de Van Morrison. Con otros de la lista, en cambio, no hizo falta pincharlos más de una vez.

Tónica general: bailes y desparrame. Los irlandeses, como los americanos, cuando beben a puertas abiertas montan un jaleo sólo comparable a una guerra de independencia.

Conclusión final a tanta fiesta irlandesa: para éste que escribe vino al día siguiente; primero, un dolor de estomago causado por un barril cerveza que debí tragarme en algún momento; segundo, una gorra verde que no recuerdo haberla comprado en mi vida.

Posted by Fernando Navarro at 02:55:42 | Permalink | Comments (6)