Wednesday, June 6, 2007

Mujer blanca en todo a 99 cents

Si no fuera por sus chanclas de primera generación y sus pinzas en el pelo, se diría que aquella mujer tiene pinta de atracar un hotel. Su gesto no perdona a nadie en el todo a 99 céntimos de la calle 33 entre la Sexta y Séptima Avenida. El mundo le pesa una barbaridad, pero no tanto como la cesta que carga repleta de latas de conserva, bolsas de congelados, patatas fritas, bebidas energéticas y demás morralla a menos de un dólar, aunque todo sea dicho: con tax cada producto quedará en 1,02$. El pelo gris de esta mujer blanca parece comprado en una de esas estanterías perdidas del hipermercado, entre utensilios para el baño y menaje del hogar, donde se esconden chollos que rara vez tienen algún sentido. La mujer parece una experta de los pasillos; esquiva gente, como evitando el roce que podría hacer saltar su cólera, y puede ir mirando a un lado para saber que se encontrará en el otro. No es fácil. Un hiper de todo a 99 céntimos es un desastre más grande que el tráfico neoyorkino. Ella arrastra sus pies, revisa varias veces cada producto que desecha y aspira fuerte, como si le faltara el aire, cuando por fin da con algo que la convence, siempre a 99 céntimos. Cuando llega a las cajas, donde se revuelven colas desordenadas, inquietas y abarrotadas de personas, nuestra mujer se precipita, sin quererlo tal vez, pero va a chocar con otra mujer. Se insultan, se mandan a la mierda, pero no se miran a los ojos. Si lo hicieran, se verían a sí mismas. Porque en ese desastre de compras de todo a 99 céntimos aquella mujer no está sola, las hay por docenas, casi tantas como hombres.

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Tuesday, May 1, 2007

Hombre blanco vestido de primavera

Dicen que la primavera llega a Nueva York como una invitación a la vida. Bien es cierto que el invierno es frío, duro, largo y desgasta. Un rayo de sol cambia la vista, crea una sonrisa, riega el espíritu maltrecho. Pero la primera vez pensé que era un tío salido de un cómic psicodélico, luego creí que iría alguna fiesta, y terminé por rendirme a la evidencia: aquel hombre de casi dos metros vestía así porque era su manera de saludar a la primavera.

Un sombrero con grandes flores de colores, una chaqueta con idénticas flores cubriéndole, flores grandes y pequeñas, unos pantalones chillones, de temporada primaveral que giran de arriba abajo entre el rosa de una flor, el rojo de otra, el amarillo de una más, el azul de aquella y el naranja de otra más. Visto de lejos, parece un payaso camino del circo. Visto de cerca, ni siquiera un dibujo animado da más color a las aceras de la calle 34. La gente le mira un poco, tampoco mucho, como temerosa de recibir agua de su chaqueta. Pero los hay quienes intentan captar una instantánea, para poder colgar la foto después en alguna página web. Es algo inusual, se piensa, pero lo que pasa es que al día siguiente vuelve a pasar por la misma acera, y a los tres días, y cuando se le pregunta qué hace un tipo como tú vestido de esta forma, contesta: Wonderful spring! Ese colorido hombre pasea en una masturbación constante y Central Park, con su primavera brotando, debe ser su Babilonia.

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Tuesday, April 17, 2007

Hombre blanco clamando a Dios

“Oh my God!”, exclama. “Oh my God!”, repite a los pocos segundos. Deja caer las palabras, sentado en uno de esas butacas de madera que habitan el nuevo trasbordador de ferry hacia Staten Island. Viste chaquetón gris, pantalones de pana grises y oscuros zapatos de un negro desteñido. Su cara tiene algún detalle de una suciedad incierta, que hace juego con su garabateado pelo gris. “Oh my God!”, vuelve a sonar de su boca. Está rodeado de gente que espera coger ese ferry hacia a la isla, la mayoría turistas dispuestos a quemar sus cámaras digitales tirando fotos al skyline y la Estatua de la Libertad, pero él no mira a nadie y tampoco se siente observado. Algunos niños luchan por quedarse afónicos a lo lejos. “Oh my God!”, revienta el hombre en un grito. “Oh my God!”, añade a lo que antes había dicho. Su mirada se levanta, sin encontrar descanso. “Oh my God!”. “Oh my God!”. Se incorpora, se desabrocha el único botón de la chaqueta que queda colgando, mientras por los altavoces una dulce voz femenina anuncia la llegada del barco. Como si fuese un capítulo que está cansado de vivir, ese hombre de paso torpe se va cuando todo el mundo viene. Busca la puerta de salida cuando la gente se amontona para coger el ferry y, si no lo ha dejado claro para quién estuviese haciendo caso a lo que estaba diciendo, repite incrédulamente: “Oh my God!”

 

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Sunday, April 1, 2007

Hombre con pajitas en las orejas

Media tarde de un sábado. Camino del tren, la gente baja las escaleras por la boca de metro. Al girar la esquina, dentro del pasillo subterráneo, un hombre se encuentra frente a la pared. De piel negra y con un gorro gris más por sucio que por colorido, el hombre tiene dos pajitas en las orejas. Parecen pajitas del Mc Donalds, que incrustadas en cada oído del caballero se mantienen en posición descendente y estirándose como dos antenas. Es difícil tener dos pajitas en las orejas, con ese pequeño gorro en la coronilla, y entablar un auténtico debate con la pared. Pero este hombre lo consigue. La gente vuela camino del tren. Y el hombre discute solo contra la pared. Parece un tema serio, al menos le va la vida en ello. Esas baldosas, tan sucias como su gorro, no ciñen en el gesto. Ni se inmutan. Pero el hombre agita sus pajitas mientras menea la cabeza y a veces señala con el dedo a la pared. Está muy cabreado, muy serio, pero no consigue nada. La pared, repito, ni se inmuta, y el hombre, repito, ni con pajitas en las orejas logra persuadirla.

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Monday, March 26, 2007

Hombre pájaro

Subestimé a Nueva York. Las posdatas de Travis siempre podrán superarse.

Hora: 1,15 p.m. Avenida de las Américas, en el cruce de la Sexta Avenida con Broadway a la altura de la calle 34. El sol cae picado. Manhattan anda con un punto de excitación distinta. Es hora del almuerzo. El tiempo acompaña y son muchos los que van camino de algún parque donde disfrutar de su comida recién comprada. Se oye el cantar de un pájaro. Parece un gorrion. Puede que sea un ruiseñor. El parque más cercano queda a mi espalda, un pequeño descansadero entre la Sexta y Broadway. Pero no viene de allí. Llega de la acera. Un hombre negro vestido de verde camuflaje soporta un enorme sombrero con plumas. También lleva una mochila estilo macuto. El canto viene de su garganta. Ese hombre canta como un pájaro. El problema es que es un pájaro en celo, sin jaula y alterado. Está graznando a toda voz, moviendose inquieto entre la muchedumbre. Los neoyorkinos no se sorprenden por nada, pero esta vez llamó la atención del menos pintado. Ese hombre llevaba un bicho dentro.

Pensé en los hombres de negro, en llamar a los cazafantasmas, porque ese hombre era un ave con los ojos de un loco y el cuerpo de un tío negro de metro y ochenta centímetros. Ese hombre no estaba de caza, tenía miedo de ser cazado y por eso graznaba. Estoy convencido que al girar la manzana, en la siempre oscura y triste calle 33, ese hombre salió volando, o escupió el ganso vivo que se había tragado.

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Friday, March 16, 2007

Motherfucker

 

Creo que esta posdata de Travis será difícil de igualar.

Cruce de la Sexta Avenida con la calle 23. Servidor se dispone a cruzar como otro cualquiera. De lejos, entre coches que aminoran la marcha, se ve venir por la carretera a alguien montando en bicicleta con una especie de abrigo de visón muy llamativo. La bicicleta va dando tumbos, quién conduzca parece que está a punto de perder el equilibrio en cualquier momento y darse de bruces contra el capó de un taxi o el suelo. Semáforo en verde (blanco en Nueva York) para los peatones. Servidor empieza a cruzar.

Quién conduce la bicicleta, ya más cerca, es como un animal sacado de un circo, que se esconde en pantalones cortos bajo un enorme abrigo de piel de leopardo, que cuelga como un mantón de Manila, y lleva puesto un sombrero negro de paja y una inmensas gafas de sol de pasta blanca y reluciente. No se sabe si es una mujer o un hombre. Es una persona negra, como sacada de una alucinación pasada de rosca de LSD, que recorre con su piel de leopardo y en una vieja bicicleta una de las avenidas con más tráfico. Servidor va por mitad del camino hacia la otra acera, y ha aprendido a cazar estas cosas de un vistazo, sin necesidad de seguir con la mirada al personaje, como un primerizo. Pero algo falla. De repente, la persona negra debe haber atravesado a servidor con unos ojos que no se dejan ver tras los oscuros cristales. Se arranca a gritar: “motherfucker”, “motherfucker”… Repetidamente, sin descanso.

Al principio, servidor piensa que ese insulto va dirigido a otro, tal vez a alguien que ni siquiera existe. Pero el motherfucker se acerca a servidor como un tiro de escopeta, poniendo la quinta y dando pedales histéricos. Servidor ya se halla en la acera, pero ese motherfucker sigue persiguiéndole, cada vez más alto, más estridente en una ciudad llena de ruido. Motherfucker, motherfucker… una y otra vez, y en dirección contraria, porque la bicicleta de circo ya no atiende al tráfico y a los coches que pintan, la bicicleta atiende al motherfucker que persigue y que haciéndose el despistado sabe que, primero, maldita la gracia que tiene todo, y, segundo, esto supera cualquier sorpresa. Pero en su torpe balanceo, al lado de la acera, la bicicleta se cansa de perseguir a su motherfucker y gira de vuelta a su anterior destino, y servidor deja de oír motherfucker, como aliviado y con una risa tonta que sólo da un chute neoyorkino. Junto a servidor camina un hombre negro, muy alto, descojonado e indiferente, que dice bien claro: “Fucking motherfucker… she is crazy… Jajajaja”. Servidor también ríe, pero piensa: “¿cómo sabe que era una tía ese loco motherfucker?”

Posted by Fernando Navarro at 02:32:14 | Permalink | Comments (5)

Wednesday, March 7, 2007

Hombre negro con su blues

9:34 a.m. Estación de Metro de la calle 34. La gente sólo anda preocupada de llegar a su hora. Todos andamos atareados en cumplir con nuestro horario, en mantener la rutina en marcha, otro día más de diario. Todos menos uno. Es un hombre negro de unos 40 años pero que aparenta unos 60 pasados. Va vestido con traje gris, puede que de esos que llevaron los ejecutivos de Madison Avenue hace ahora 30 años. Parece que le queda dos tallas más grandes, pero en el fondo le va con su amplio sombrero negro que se estira en una circunferencia que es difícil que no llame la atención del más dormido de los transeúntes. El hombre se para en el andén, al contrario de la marcha unísona de la multitud sin un segundo que perder. El hombre se pone a cantar. Es un blues, es un loco y extraño blues a la desesperada. Se pone a cantarlo a gritos con una voz que realmente es de disco, pero se pone a cantarlo con los brazos en alto y a gritos, a marchas forzadas a contracorriente de todos, mientras los más educados le ignoran y le esquivan y los menos pacientes le insultan y le mandan a tomar por culo sin contemplaciones. Pero el hombre negro sigue con su blues a la desesperada caminando a codazos. Es imposible que coja ningún tren. Éste ha llegado a su última parada y la única salida es abandonar ese andén y tirar por donde van todos.

Posted by Fernando Navarro at 03:54:44 | Permalink | Comments (3)

Wednesday, February 28, 2007

Hombre blanco con traje de portero de hotel

Un hombre de unos cuarenta años se para en medio de la calle, entre 33th St con Broadway. En ese momento no pasan coches. El hombre lleva puesto una especie de traje de diseño similar al que visten los porteros de las entradas de los hoteles, sólo que éste se ve más viejo con su azul marino y sus botones deslucidos. El hombre grita improperios apasionadamente, nadie le entiende y nadie hace por escucharle, está solo en mitad de la tarde neoyorkina cuando la gente corre más por la acera que los coches por el asfalto. Sus gritos no tienen una cabeza visible como objetivo. Grita y grita. Cuando se cansa, a los dos minutos, sale corriendo, da una patada a la puerta de un coche aparcado y se larga calle arriba mandando a la mierda al mundo.


* Las posdatas de Travis es un nuevo apartado, que gracias a la idea de K, utilizaré para dar a conocer a modo de retazo en este blog algunos de los personajes extravagantes que forman NYC. Esta sección nunca hará justicia a la complejidad que rodea a Travis, mítico personaje de Taxi Driver. Al menos, sea en su honor que muchas de las personas a primera vista más extrañas y que pueblan esta ciudad serán inmortalizadas en estas posdatas.

Posted by Fernando Navarro at 04:15:33 | Permalink | Comments (5)